Notas sobre Davos: la ausencia mexicana

Hace algunos meses, en una conferencia en Cambridge, escuché al académico Antony Anghie decir: “Sucede que, lo que llamábamos aproximaciones del tercer mundo al derecho internacional, ahora es la aproximación global ”.

El derecho internacional no es un mecanismo neutro, tampoco surge de la interacción entre actores racionales, ni cumple una función sólo regulativa. Para países del Tercer Mundo, según Anghie, el derecho internacional es una arena en continua disputa y, a la vez, una herramienta de control, con orígenes que podemos trazar a los imaginarios coloniales que articularon el trabajo de Alberico Gentili y Hugo Grotius.

Anghie ha dedicado su vida a desenmascarar la aparente parsimonia y neutralidad del derecho internacional. Esto no quiere decir que la escuela de “aproximaciones del Tercer Mundo al derecho internacional” sea el reflejo de posiciones simplistas. Ni plantean que el derecho internacional sea sólo la imposición de una hegemonía, léase Estados Unidos. Tampoco argumentan que el Tercer Mundo y quienes lo componen sean indefensos frente al poder y la arbitrariedad. Al contrario, Anghie y su escuela de pensamiento buscan revelar los usos del derecho internacional por el Tercer Mundo: mostrar la agencia con la que los supuestamente indefensos cooperan para disputar, moldear y construir aquello que, en principio, aparenta ser sólo el campo de los poderosos.

Ejemplos de esto hay muchos y enlistarlos excede el propósito de este apunte. Pero sí es conveniente hacer explícito el denominador común: en posición de inferioridad y desde el derecho internacional, los países del Tercer Mundo han cooperado —no siempre de manera armoniosa— para fijar límites a la hegemonía, avanzar ideas y convicciones, defender intereses y escapar, o por lo menos perforar, el duro caparazón de la sumisión.

Países como India, Chile, Uruguay, Jamaica, Ghana, Egipto y México han sido pragmáticos con el derecho internacional y el orden global de posguerra. Sus diplomáticos y estadistas han sabido ver que las reglas del juego revisten el cinismo descarnado de las grandes potencias y, a la par, reconocen que, en esas mismas reglas, los pequeños y medianos encuentra una plataforma. Esta es la “aproximación del Tercer Mundo al derecho internacional”, evidente desde hace años para países como el nuestro, pero, hasta hace no mucho, extraordinario para el resto.

El discurso en Davos del primer ministro canadiense Mark Carney muestra que el trabajo de Antony Anghie no ha caído en saco roto. Carney llamó al orden de la posguerra una “ficción” y ha caracterizado al sistema internacional de reglas como “parcialmente falso”. Carney reconoce que sí: las reglas de comercio se aplican de forma asimétrica, el rigor con el que opera el derecho internacional es variable y la ritualidad de aquel orden hizo posible que países como Canadá ignoraran la brecha entre “realidad y retórica”.

Lo notable del discurso de Carney, claro y bien escrito, no yace tanto en el contenido como en el portavoz. Sorprende que sea un canadiense quien vea a Estados Unidos como la gran amenaza geopolítica —existencial, sin exagerar— de su país. Emociona que sea un anglosajón quien tenga que apelar a nuevos arreglos e instituciones para reducir aquellas “palancas que posibilitan la coerción”. Por supuesto, lo que para el primer ministro canadiense es una ruptura, para México es mera continuidad.

A fin de cuentas, Isidro Fabela no escribió un libro titulado Los Estados Unidos contra la libertad por puro gusto. El principal cerebro detrás de la Doctrina Carranza, Fabela fue comisionado por Venustiano Carranza para criticar la Doctrina Monroe como una prerrogativa a la intervención y no como principio constitutivo de un orden hemisférico. Para ello, Fabela abrevó de un consenso normativo que prohibía cobrar deudas soberanas por medio de la intervención —la llamada Doctrina Drago— para extender ese principio, el de la no intervención, en términos absolutos: no hay motivo que justifique que un país intervenga en otro.

La postura de Fabela y Carranza se inscribe y cobra fuerza en 1914, con la intervención estadunidense en Veracruz. Fabela, escribe para desnaturalizar la Doctrina Monroe, desacreditándola ante el derecho internacional. Desempeña entonces el papel de un “embajador errante”, viajando a Sudamérica y Europa para difundir la Doctrina Carranza y establecer al gobierno revolucionario como un gobierno internacionalmente legítimo. La labor de Fabela no era mendigar reconocimiento, sino argumentar para convencer que la legitimidad internacional de una revolución —la nuestra— no depende de los buenos deseos de los otros, sino del orden constitucional interno.

Así Fabela estableció una aproximación propia al derecho internacional y la movilizó para rebatir la arbitrariedad y esclarecer límites. Para Fabela, el gran riesgo de la Doctrina Monroe era su ambigüedad, y ante ello países como México tendrían que reconocer en el derecho internacional un medio para resistir.

Fabela constituye un precedente de varios ejemplos exitosos. La falta de reconocimiento diplomático por Estados Unidos y la ausencia en la Quinta Conferencia Panamericana en 1923 motivaron a México a convertir un asunto bilateral en uno multilateral. Cabildeando con delegaciones receptivas, la Cancillería de Pani buscó reformar la Unión Panamericana. En aquella Conferencia se lograron varias cosas: establecer que la asistencia a las conferencias era un derecho y no una invitación, permitir que países sin reconocimiento diplomático nombraran delegados especiales, y fijar una presidencia electa de la Unión. Más importante, la controversia aceleró las negociaciones de Bucareli donde Estados Unidos finalmente reconoció al gobierno de Obregón.

Esto no es una receta, pero sí un patrón del pragmatismo mexicano: por medio del derecho internacional y las disputas que lo construyen, México ha convertido su exclusión en ventaja, movilizando aliados y usando foros multilaterales para limitar la hegemonía.

Algo similar pudo observarse en Bretton Woods, con una postura mexicana contra el “proteccionismo yanqui” y en favor de un régimen multilateral de comercio, afincado en la regulación colectiva de precios, el control soberano de recursos y la coordinación para evitar desbalances en los precios pagados por materias primas y las utilidades generadas por las manufacturas. Impulsos similares guiaron a México en las negociaciones que dieron vida a los sistemas globales y regionales de derechos humanos. En Ginebra, pero también en Santiago de Chile, Bogotá, Caracas y Buenos Aires, diplomáticos mexicanos trabajaron para transliterar la doctrina constitucional de la revolución en la arquitectura de derechos humanos. Y algo similar podría decirse de México en la construcción de la arquitectura de la gobernanza económica global.

Carney dijo que el velo ha caído, que el rostro horrible de la verdad nos confronta. La “soberanía” ya no se sostiene en reglas, sino en la “capacidad para resistir la presión”. Lo nuevo para Carney fue lo básico para Fabela y quienes le siguieron en la diplomacia mexicana. Aquello que sostiene el orden global no son las reglas per se, sino la capacidad para disputarlas.

Las sirenas canadienses, belgas, francesas, danesas, británicas, alemanas, son la revelación, profunda y súbita, de que ellos, para sobrevivir, tienen que hacer lo que el Tercer Mundo ha hecho por décadas. Ese es el valor del discurso de Carney: entiende y les hace ver que en muchos sentidos, los acólitos del orden global son, ahora, parte del Third World.

Coda

Hay una ironía en esto. Justo cuando el “Primer Mundo” descubre lo que el “Tercero” siempre supo, el orden multilateral que México ayudó a construir —a veces fungiendo como enfant terrible— se encuentra bajo asedio. En ese contexto, la pasividad de la Cancillería es injustificable. México tiene una larga tradición, desde Juárez y Fabela hasta Bernardo Sepúlveda, que conjuga lo que ahora algunos llaman “autonomía estratégica” con multilateralismo.

Carney lo dijo: aquel que negocia bilateralmente lo hace desde la debilidad. De nuevo, esto en México ya se sabía.

Desde los años noventa, la creatividad combativa del pragmatismo mexicano ha hecho mutis. Creo que uno de los grandes éxitos de los gobiernos de aquellos años fue ese: rearticular la relación bilateral con Estados Unidos de una basada en el sospechosismo a una dependiente de la integración. El proyecto de “Norteamérica” se volvió nuestro mundo y, en muchos sentidos, bajamos la guardia.

Si el fruto del periodo neoliberal fue reorientar la política exterior a la integración, el del periodo obradorista ha sido pretender que la política exterior no es necesaria, que es trivial, que sólo opera para atender “bomberazos” o que su burocracia es mero repositorio de políticos fracasados, personajes canallas y compañeros de viaje incómodos. Es falso que ‘nos bastamos con nosotros’.

El mundo se resquebraja y de la fractura surgirá algo nuevo. México tiene que estar ahí, buscando aliados, mirando con sospecha a Estados Unidos y cualquier otra hegemonía, articulando ideas, transliterando nuestras prioridades domésticas en asuntos multilaterales, limitando la arbitrariedad, construyendo y disputando las reglas que habiliten nuestro derecho soberano a florecer. Eso no es revivir las épocas doradas de la diplomacia mexicana, aquello ya fue. Y retomo a Carney, “la nostalgia no es estrategia”. La Cancillería tiene que ponerse a pensar.

Andrés Ruiz Ojeda

Gates Cambridge Scholar y estudiante de Política y Estudios Internacionales en la Universidad de Cambridge

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Publicado en: Internacional, Política