La primera tarea de un buen profesor debería ser reconducir la escuela y la universidad a su función esencial: no la de producir hornadas de diplomados y graduados, sino la de formar ciudadanos libres, cultos, capaces de razonar de manera crítica y autónoma.
—Nuccio Ordine, Clásicos para la vida
Hace una semana falleció Nuccio Ordine, un pensador italiano que no era muy mayor (tenía 64 años). Hace una década saltó a la fama mundial con un librito titulado La utilidad de lo inútil (2013).1 Antes de este libro, Ordine era conocido dentro de ciertos medios académicos como experto en el Renacimiento italiano y, más concretamente, en Giordano Bruno. Los libros que escribió a partir de 2013 no reflejan a un pensador de altos vuelos, sino a un profesor y divulgador muy preocupado por ciertos temas. Como docente universitario, algunos de esos temas me parecen relevantes en los tiempos que corren. Antes de continuar, debo señalar que los libros aludidos repiten cuestiones o problemáticas que hemos leído o escuchado no pocas veces. Además, cabe apuntar que algunos han planteado que dichos libros son, básicamente, textos sofisticados de autoayuda (entre otros motivos, por esa relación que Ordine establecía entre conocimiento, por un lado, y bondad/virtud/felicidad, por otro).2 También se ha criticado que sus libros sean florilegios de citas comentadas (sobre todo, de literatura y filosofía, pero no solamente);3 me he topado además con críticas a su “europeocentrismo” y a su “androcentrismo”. No me detendré en ninguna de las cuestiones referidas, aunque pueda coincidir en cierta medida con algunas de ellas; en todo caso, como siempre, habría que matizar y contextualizar.

Si redacto esta breve nota sobre Nuccio Ordine no es para centrarme en sus “debilidades” o en sus “limitaciones”, es porque creo que varias de las principales motivaciones o hilos conductores de su obra desde hace diez años me parecen pertinentes y elocuentes. Particularmente para cualquier persona dedicada a la vida escolar o a la vida universitaria; no sólo en México, sino, con variaciones lógicas, según el tema o los temas que decidamos privilegiar, en el resto del mundo.
De entrada, cabe señalar que durante los últimos años, en México el conocimiento ha sido maltratado. De un tiempo a esta parte, parece que el dominio de un tema, el hecho de ser profesor de cierto nivel, el hecho de ser “experto” en cualquier cosa o, en suma, cualquier tipo de sofisticación intelectual, han tenido mala prensa, por decirlo así. Desde el poder se disminuye e incluso se vilipendia el saber, los científicos, la pericia, los grados académicos, la cultura (en sentido restringido, es decir, ser una persona “culta”). Ya que hablamos de utilidad (o inutilidad), por momentos parece que en el México de hoy, para que un país salga adelante existen pocas cosas tan inútiles como el saber. Ordine lo tenía muy claro: esto no solamente es falso, sino que el conocimiento y la transmisión del mismo (léase, la educación) es la vía más segura para que un país avance, progrese (moral, política y socialmente), y, además, para que sus ciudadanos sean mejores personas y, por tanto, mejores ciudadanos. El planteamiento nos puede parecer ingenuo, pero vale la pena detenerse en él, así sea como un mínimo homenaje a un hombre que creía, con pasión, pero también con argumentos, que conocer a los clásicos de todos los tiempos (no sólo el mundo grecolatino, los “clásicos” por excelencia)4 era una de las mejores maneras de forjar una ciudadanía más despierta, más crítica y más solidaria.
Puede llamar la atención que enfatice la pasión como una de las cualidades que definían la vida y la obra de Nuccio Ordine, pero cualquiera que lo haya leído o, sobre todo, que haya seguido en la red sus pláticas o conferencias, no puede evitar la mención de este punto. Por supuesto, él no fue el primero en enfatizar la importancia de la pasión en y para la enseñanza, pero leer o escuchar o ver a Ordine hablar sobre sus clásicos (desde Homero hasta Einstein) y plantear cómo estos autores podían contribuir a hacer de Italia un país menos corrupto, difícilmente puede dejarnos indiferentes. Por supuesto, en países en vías de desarrollo como el nuestro, ese tipo de argumentos pueden sonar a una mezcla de clasismo (entre países) y franca ingenuidad. No creo que sea eso o eso solamente. Lo que sí sé es que Ordine provenía de una familia de Calabria (una de las regiones más pobres de Italia), que tuvo un padre y una madre que apenas habían estudiado y en cuya casa no había un solo libro; una casa ubicada en un pueblo que no tenía una sola librería o una sola biblioteca. Dicho de otro modo y como él lo ha dicho en diversas ocasiones, sin profesores que hicieron su trabajo, que lo motivaron y que lo impulsaron de diversos modos, él no hubiera logrado nada de lo que logró.5 Por lo mismo, hasta su muerte, siguió viviendo en Calabria y siguió enseñando ahí literatura italiana.
Volviendo a la pasión, más de una vez he leído a George Steiner, gran amigo de Ordine, plantear que, sin pasión, la actividad docente no tiene mucho sentido y, sobre todo, no logra sus propósitos.6 Esta pasión, sin embargo, como ambos lo expresaron de diversas maneras, no era suficiente. Debía ir acompañada del indispensable recogimiento, del esfuerzo propio, del tiempo, de la dedicación, de la disciplina que implica leer con atención decenas de textos y de autores, de su análisis y contrastación, para poder impartir clases de apenas un par de horas (“…a menudo se olvida que un buen profesor es ante todo un infatigable estudiante”)7. Para ser un buen profesor, para aspirar a serlo, la vehemencia y la convicción deben ir de la mano de ese esfuerzo propio, de esa preparación y de ese rigor a los que acabo de aludir. Por cierto, no puedo evitar señalar que esos tres elementos son puestos en entredicho por ChatGPT, el último artilugio surgido de esa “revolución cibernética” que Ordine criticó de muy diversas maneras en varios de sus textos, pues se dio muy bien cuenta de todo de lo que implicaba en términos de (no) esfuerzo, de (falta de) aprovechamiento y de (desvirtuación del) aprendizaje.
Me detengo brevemente en este tema, pero antes conviene aclarar que me refiero a este programa en un solo ámbito: el académico. Todas las maravillas que supuestamente representa en otros ámbitos no me interesan, ni me conciernen como profesor. Ante este nuevo chat, no pocos docentes han reaccionado de una manera que me deja perplejo. Buena parte de las reacciones que he leído o escuchado son del siguiente tenor: no es nada grave, no es nada del otro mundo, es una especie de Wikipedia interactiva, lo que pone de manifiesto es lo anquilosado de los métodos prevalecientes de evaluar y calificar de profesores convencionales, basta con volver a los exámenes orales, basta con que los estudiantes puedan citar ChatGPT como referencia, oponerse a él es una pérdida de tiempo y es adoptar actitudes retrógradas ante el avance de la revolución cibernética, etc., etc., etc.8 No es este el lugar para responder a estos “argumentos”, pero cabe apuntar que, juzgando por la velocidad de su difusión, ChatGPT es el nuevo programa preferido de millones y millones de estudiantes alrededor del mundo.
En mi opinión, ChatGPT entra en “colisión frontal” con varios de los puntos centrales que Ordine quiso poner sobre la mesa y quiso transmitir en casi todos los libros que publicó durante los últimos dos lustros de su vida. El pensador italiano enfatizó una y otra vez la importancia de inculcar en los estudiantes ciertos valores (académicos y extraacadémicos): rechazar atajos de cualquier tipo, pensar por uno mismo y adoptar (como presupuesto, como medio y como fin) una actitud crítica. De lo anterior se desprende lo que yo denominaría una cierta honestidad intelectual. A mi parecer, ChatGPT representa una derrota de los valores mencionados: es un atajo por excelencia, evita que pensemos por nosotros mismos (que los estudiantes piensen por sí mismos) y es un atentado contra cualquier noción que se tenga del pensamiento crítico. Prohibirlo es absurdo, sin duda, pero aceptarlo sin más es una claudicación como educadores.
ChatGPT convierte a los estudiantes en meros glosadores o “regurgitadores” de lo que supuestamente pensaron otros. Digo “supuestamente” porque el nuevo chat no hace más que acumular información que pone en relación y en un cierto orden de acuerdo a una serie de algoritmos, pero no deja de ser un programa y, como tal, lo que produce no es responsabilidad de nadie, es decir, no tiene autores. Cualquier profesor que tome en serio su labor, particularmente la de por sí penosa faena de calificar exámenes o trabajos, puede, en principio, detectar que uno o varios de sus estudiantes están empleando ChatGPT. Ahora bien, uno de los aspectos más desazonadores para los docentes que se vean en esa situación es que la tecnología actual impide alcanzar conclusiones definitivas y, por tanto, les impediría tomar las medidas que debieran corresponder al hecho de que uno o varios de sus estudiantes están cometiendo fraude académico (hablar de “plagio” no tiene aquí ningún sentido, pues no se trata de copiar literalmente; además, ChatGPT produce versiones distintas dependiendo de qué se le pregunte o solicite y cuándo se realice la consulta). Termino este tema con una cita del propio Ordine: “…el saber es el fruto de una fatigosa conquista y de un esfuerzo individual que nadie puede realizar en nuestro lugar”.9
En los últimos libros de Ordine hay otros temas importantes además de la crítica a lo que he denominado “revolución cibernética”. Entre ellos, la omnipotencia del dinero y de las leyes del mercado en el ámbito que a él más le interesaba: la educación universitaria. Desde 2013, sus libros están llenos de referencias a las nefastas consecuencias de dicha omnipotencia para la vida académica. Más importante aún es una convicción que recorre esos libros de parte a parte y con la que me gustaría terminar este mínimo homenaje: la lectura de los clásicos hace a los seres humanos mejores personas y, en consecuencia, contribuye a formar mejores ciudadanos.10 La aparentemente nimia labor cotidiana de miles de profesores alrededor del mundo tiene para Ordine consecuencias; concretamente, en lo relativo a la difusión y adopción de valores como la justicia, la igualdad, la libertad y la solidaridad.11
Es realmente difícil compartir este optimismo. De entrada, la correlación que a menudo establece Ordine entre conocimiento y virtud tiene un sinfín de desmentidos en la historia y en lo que vemos a nuestro alrededor. No obstante, y más allá de lo evidentes que nos puedan parecer algunos de sus planteamientos en los tres libros referidos hasta aquí, creo que ciertas nociones que machaconamente repite en ellos debieran movernos a reflexionar sobre la deriva que en las últimas décadas ha tomado la educación, en México y en el mundo entero. En cuanto a la ignorancia, descuido y desdén respecto a las humanidades (independientemente de su aspaventosa inclusión en acrónimos institucionales), en cuanto a la adopción de criterios eminentemente crematísticos para tomar decisiones académicas y en cuanto a visiones utilitaristas sobre lo que son y lo que significan la escuela y la universidad para la niñez y la juventud en estas postrimerías del primer cuarto del siglo XXI.
Ordine estaba convencido de que el saber, la educación y la cultura son la mejor vía, si bien no la más expedita, para terminar con los prejuicios y con la corrupción. En el largo plazo, puede ser… En cualquier caso, si se puede hablar de un legado de Nuccio Ordine, yo me quedaría con su pasión por la docencia, con su amor por el conocimiento (per se) y con ese optimismo ingenuo respecto a los clásicos y su poder transformador. Un optimismo al que, como educadores al menos, habría que aferrarse como a un clavo ardiendo.
Roberto Breña
Profesor-investigador de El Colegio de México
1 El par de referencias al libro que haré en lo sucesivo son de la edición de Acantilado (Barcelona, 2013; la primera edición, de ese mismo año, apareció primero en francés y, poco después, en italiano). Los otros dos libros publicados por Ordine en la estela de La utilidad de lo inútil son Clásicos para la vida (2016, primera edición en italiano) y Los hombres no son islas (2018, primera edición en italiano). Ambos han sido publicados en español por Acantilado (2018 y 2022, respectivamente).
2 A este respecto, el subtítulo de Los hombres no son islas es revelador: Los clásicos nos ayudan a vivir.
3 No obstante, es el propio Ordine quien advierte: “…las ‘antologías’ no sirven para nada si no invitan a abrazar íntegramente los textos de los que reproducen pasajes o fragmentos.” Los hombres no son islas, p. 12
4 De hecho, los clásicos grecolatinos ocupan un lugar claramente secundario en los tres libros mencionados.
5 Al respecto, el ejemplo que seguro viene a la mente de algunos lectores es Albert Camus y la celebérrima carta que escribió a Louis Germain cuando recibió el Premio Nobel en 1957 (Germain había sido su profesor cuando él era apenas un niño).
6 Recuerdo particularmente una alocución pronunciada por Steiner en la Universidad La Sapienza de Roma el 9 de diciembre de 1998 y que el diario La Stampa reprodujo en su edición del día siguiente; el periódico tituló así la transcripción: “Jóvenes, lo que aquí se necesita es pasión”. Suelo dar esa lectura a mis estudiantes cuando están iniciando su licenciatura. En cuanto a Ordine, en la red se puede encontrar una larga entrevista (en italiano), realizada en 2014, que refleja no solamente la pasión referida de manera, digamos, “inmejorable”, sino también todas y cada una de las mayores preocupaciones de Ordine durante los últimos diez años de su vida.
7 La utilidad de lo inútil, p. 80 (la cursiva es de Ordine).
8 En relación con el último punto, concretamente sobre el uso inmoderado por parte de sus estudiantes de las redes sociales, de los smartphones y de los ipads, Ordine escribe: “No se trata de adoptar insostenibles posiciones luditas [la cursiva es suya]. Pero cuando el grado de dependencia de los instrumentos tecnológicos supera cualquier umbral sensato, ¿no sería oportuno convertir la escuela en un sano momento de ‘desintoxicación’?” Clásicos para la vida, p. 25.
9 Clásicos para la vida, p. 37.
10 En la primera página de La utilidad de lo inútil, Ordine nos da la clave de esa “utilidad” (a mí me parece un vocablo fuera de lugar, pues yo nunca emplearía el término “utilidad”, o cualquiera de sus variantes, para referirme a lo que él se refiere): “…considero útil todo aquello que nos ayuda a hacernos mejores.” La utilidad de lo inútil, p. 9.
11 El último de los tres libros mencionados en la nota 1, Los hombres no son islas, es el que presta más atención a la solidaridad y el que más enfatiza las posibilidades de la literatura como fomentadora de solidaridad entre los seres humanos.