Ariel Rodríguez Kuri no respondió a las preguntas que le hice. Está en su derecho. No soy ministerio público. Pero esas preguntas tenían un claro sentido: discutir lo que hoy está sucediendo en el terreno de la política. Porque algunos sostenemos que México está transitando de una democracia imperfecta hacia un autoritarismo descarnado. Ese, me parece, es el punto relevante. Y por supuesto cualquiera puede mirar para otra parte.

Sólo se refirió a una de las preguntas. Insisto, está en su derecho. Lo que no se vale en una discusión es mentir. Le pregunté si estaba de acuerdo con la propuesta de la presidenta de desaparecer a diputados y senadores plurinominales y a los senadores de primera minoría. La consideró una pregunta “retórica” porque según él yo rechacé “una propuesta absolutamente inédita… cuando el entonces presidente…propuso la representación proporcional en 32 jurisdicciones”.
No tiene por qué leerme, por supuesto, pero no tiene derecho a inventar. En aquel entonces escribí en El Universal: “Las propuestas de nuevas fórmulas de integración de las Cámaras es quizá lo único interesante. Contra lo anunciado por el presidente, la eliminación de los plurinominales, la iniciativa acaba por el contrario con los uninominales: una tradición de 200 años. Los senadores se elegirían en listas de tres (por cada entidad) y se repartirían con un criterio de representación proporcional estricta. La Cámara de Diputados en 32 circunscripciones (una por cada entidad) con listas que pueden fluctuar (hoy) entre 40 y 2 legisladores. El reparto se haría con un criterio de representación proporcional. En los estados con listas numerosas funcionaría muy bien, en las de 2, 3, o 4 diputados las minorías quedarían excluidas. Pero si lo que se quiere es que los votos se traduzcan de la mejor manera en escaños, podría mejorarse notablemente. Por ejemplo, si fueran 4 senadores por estado, de tal forma que hubiese mejores posibilidades para las minorías; y en el caso de los diputados se podría llegar a una representación proporcional estricta si se eligieran, por ejemplo, 400 o 500 diputados, la mitad en distritos y la otra mitad en listas cuya misión fuera la de ajustar los porcentajes de votos a los asientos en la Cámara”.
Y por supuesto escribí contra aquel paquete de reformas que no sólo aludía a ese tema, sino a la desaparición de todos los institutos y tribunales electorales locales (como si fuéramos una república centralista), a la elección de consejeros y magistrados propuestos por los poderes de la Unión (con lo cual volveríamos a tener autoridades propuestas por el presidente), a la destrucción de buena parte del servicio civil de carrera (columna vertebral que ofrece certeza y profesionalismo), al fin del financiamiento por “actividades ordinarias” a los partidos políticos (lo cual beneficiaría, sin duda, al partido en el gobierno), a menos tiempo en radio y tv para los partidos (en un guiño ni siquiera disimulado a los concesionarios). Es decir, no era una reforma puntual como lo quiere hacer ver Rodríguez Kuri, sino una contrarreforma en la mayoría de los temas. Y hasta donde recuerdo nada dijo sobre esos asuntos.
Por supuesto que mucho se puede y debe discutir sobre el pasado y el proceso de construcción de nuestra democracia, sobre sus luces y sombras, sobre lo que hay que reformar e incluso desechar. También es pertinente debatir sobre nuestro concepto de democracia. Y en efecto, la transición democrática finalizó allá por 1997 (eso decimos algunos), por eso pudo darse la alternancia en la presidencia en el 2000, no como un milagro sino como fruto de un largo proceso. Pero hoy, no se debe evadir lo que en la materia está sucediendo en México.
Bajo cualquier noción de democracia, la que escoja Rodríguez Kuri, sobrerrepresentar con más de veinte puntos porcentuales a la mayoría, acabar con los contrapesos institucionales, construir una presidencia omnipotente, despreciar y anatemizar a todas las oposiciones, destruir al Poder Judicial para edificar uno alineado al Ejecutivo, y la lista podría crecer, debería ser alarmante. Salvo que se esté pensando en un modelo “democrático”, digamos como los que, a nombre del proletariado, el pueblo o la nación abolieron el pluralismo para consagrar en el poder una sola corriente, una sola organización, una sola persona, una sola voz.
José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es Contra el autoritarismo.
Se cierran los espacios de la democracia. Se rehuye la discusión en todos los espacios, empezando por los que constitucionalmente fueron creados para ello. La discusión pública es escasa; hemos sustituido la deliberación por el desprecio y los calificativos (cierto que nunca hemos alcanzado espacios de deliberación política seria y respetuosa en nuestra sociedad, como cultura política). Se concentra el poder y los adversarios son verdaderos enemigos políticos a eliminar y destruir. Se desprecia el pluralismo y se sustituye por la conducta de la descalificación y la condena. Las bases constitucionales del quehacer político se erosionan y peor aún se sustituyen por principios de concentración excesiva del poder que fortalecen el autoritarismo, la soberbia y el desprecio al «otro». Buena dosis de tolerancia le hace falta al país, empezando por la que deben enarbolar los «políticos». El gran ausente la sociedad en su conjunto, invitados de piedra en el festín de los cambios estructurales: políticos, económicos, sociales y culturales. La nación somos todos y tenemos que construir estructuras, políticas y leyes para la convivencia y el bienestar de todos. El respeto a la Constitución es fundamental; no la sustituyamos con una «constitución» a modo. Las mayorías cambian con el tiempo, no impongamos una «mayoría» irreversible que se construye con el engaño, la difamación y el autoritarismo. No pongamos en riesgo a nuestros derechos humanos, materia en la que estamos en rezago histórico y lo que se ha logrado avanzar, particularmente la reforma de 2011 en la materia, no debe ser limitada y condicionada a los caprichos del poder.
Es una falacia creer que las críticas a lo que se ha hecho en los últimos treinta años sea un apoyo a morena
Woldenberg se equivoca, juro no ha apoyado el autoritarismo,