Obama: el arte de lo posible en un mundo imperfecto

“Un hombre mira su peral día tras día. Impaciente, anhela que maduren sus frutos.
Si tata de forzar el proceso, de seguro estropeará tanto el fruto como el árbol.
Sin embargo, déjalo que con paciencia espere y las peras maduras caen al fin en su regazo”.
—Abraham Lincoln

Es una añeja costumbre que, al menos desde Theodore Roosevelt, casi todos los presidentes norteamericanos una vez que abandonan el cargo, escriban (o dicten) las memorias de lo que han sido los años de su gobierno. Es probable que la mayoría lo haya hecho con el doble propósito de poner en claro lo que consideran más distinguido y perdurable de su legado y de proporcionar al público lector, quizá en especial a los historiadores, una imagen de sí mismos que se acerque lo más posible a aquella con la que quieren ser recordados y juzgados.

El 44.º presidente, Barack Obama, se ha abonado a esa tradición. Recién acaba de publicar el primer tomo, de dos, de sus memorias en la Casa Blanca: Una tierra prometida (Debate, 2020). Y se ha esmerado en la tarea. Este primer tomo alcanza las 905 páginas, y no escatima detalles para ofrecer una crónica que comienza con sus años universitarios y sus primeras experiencias en la vida social y pública en Chicago en el verano de 1985, para cerrar veintiséis años después, a inicios de mayo de 2011, con la caída de Osama bin Laden.

Siendo un libro tan voluminoso, lo primero que hay que subrayar es que se confirma que Obama conoce muy bien el oficio de escribir. No hay momento en que decaiga el interés y, de manera similar a la lectura de una buena novela, uno va recorriendo sus páginas preguntándose una y otra vez por lo que sigue.

Ilustración: Víctor Solís

Elegante y preciso, sin perder nunca el tono templado y reflexivo y sin permitirse circunloquios, Obama muestra un gran sentido de la composición y ritmo del relato, una conmovedora y concentrada capacidad de evocación de sus afectos más íntimos (principalmente hacia las mujeres de su vida, su abuela y su madre, su esposa e hijas, su suegra), una fina destreza para recrear tanto las atmósferas –personales, familiares, laborales, políticas– en que se mueve como para delinear de manera aguda y en pocas líneas el carácter y fisonomía de sus muchos interlocutores y, desde luego, un sosegado y consistente apego a la franqueza del relato.

Todo el libro está atravesado por lo que Chimamanda Ngozi Adichie llamó en su notable reseña para el New York Times, “un romanticismo, una corriente casi melancólica en su visión literaria”.

Esta melancolía es quizá en parte, lo que hace que Una tierra prometida no sea ni un autorretrato del héroe que superó todas las dificultades que harían impensable que un joven negro nacido en Hawái llegará a la presidencia de los Estados Unidos, ni tampoco un trivial enaltecimiento del buen gobierno.

Lejos de ello, si algo, Una tierra prometida muestra como el dicho de que la política es el arte de los posible es algo más que un viejo tópico, y que como tal supone el aprender, de manera dolorosa, irritante y frustrante en ocasiones, a distinguir la diferencia entre lo que se desea hacer y lo que efectivamente es posible hacer, a aquilatar la dureza y resistencia de la realidad que se pretende reformar e identificar los  derroteros a recorrer para impulsar los cambios pretendidos o, dicho de otro modo, a reconocer que el camino de las grandes esperanzas está colmado de decepciones y obstáculos, muchos de ellos pérfidos.

Si, como muestra la crónica de Obama, gobernar exige aprender a gestionar las expectativas propias y de los otros (El “sí se puede” da lugar al “esto es lo que se pudo”), asimismo deja en claro que, bajo el imperativo de una ética de responsabilidades, la mesura y la prudencia acompañadas de una buena dosis de audacia y coraje son, al final del día, opciones más sensatas y fructíferas que la temeridad y la confrontación irreflexiva.

Ello, por supuesto, exaspero a unos y otros, pero ciertamente el ganarse la simpatía o el apoyo de todos no es la tarea del gobernante. Y, de manera paradójica y triste que ese consenso,  esa unidad de propósitos sólo la obtuvo cuando logró atrapar a Bin Laden: “Me imaginé —escribe casi al final del libro— cómo sería Estados Unidos si pudiéramos unir al país para que nuestro Gobierno invirtiera el mismo nivel de experiencia y determinación para educar a nuestros hijos o dar cobijo a los indigentes que en atrapar a Bin Laden; como sería si pudiésemos aplicar la misma persistencia y recursos a reducir la pobreza o los gases de efecto invernadero o asegurarnos que todas las familias tuvieran acceso a guarderías decentes”.

Uno de los mayores méritos del libro es la forma en que Obama construye una narrativa en la que, siendo el protagonista, logra ser lo suficientemente convincente para que se aprecie que, en realidad, está hablando de algo que lo trasciende y que sus dilemas personales están enraizados profundamente en los de su país. Y, más que demandar se comparta su visión o se avalen sus decisiones, pretende hacer comprensible tanto el recorrido – político, analítico, emocional- que llevó a estas, como los muchos interrogantes éticos que se presentaron en cada ocasión.

Así, se trata de una crónica donde conviven la descripción detallada del juego político implicado, el análisis técnico de las opciones disponibles, la recreación y observación (maliciosa en ocasiones) de las atmósferas y personajes en escena, y las muchas cavilaciones personales y filosóficas que Obama se hacía en cada caso.

Se trate de políticas para apoyar la recuperación económica e introducir un marco regulatorio más eficiente en el sistema financiero, evitar el colapso de la industria automotriz, ampliar la cobertura del seguro de desempleo u optar por la mejor forma de combatir el terrorismo internacional y el racismo doméstico, pasando por el impulso a la reforma del sistema de salud, las directrices migratorias o la redefinición de la política exterior (especialmente en Medio Oriente, Rusia y China), el relato de Obama permite considerar, por un lado los altos costos que trae a la capacidad de gobernar y la funcionalidad de las instituciones democráticas el partidismo exhalado y la maniquea y necia polarización política. En este sentido, sobrecoge como la sombra de la sin razón política asedió y traspasó cada iniciativa de cambio por más modesta que esta fuera.

Pero, por el otro lado, el relato permite también apreciar el valor de contar con un liderazgo firme —ética y pragmáticamente hablando— que bien podría entenderse como una combinación de liderazgo transaccional y transformacional, es decir una combinación que no excluye el quid pro quo, pero que nunca abandona la persecución de aquellos valores que, en principio, le hicieron incursionar en la vida pública.

Estas memorias nos permiten a su vez asomarnos, así sea a la distancia, a la personalidad de su autor. Como si fueses un ejemplo de la máxima socrática de que una vida sin examen no merece la pena ser vivida, no hay momento en su vida familiar o en su trayectoria pública que no condujera a Obama a hacer un examen introspectivo, a interrogarse una y otra vez sobre sí mismo, sobre sus motivos y capacidades, sus afinidades y fobias, sus posibilidades y opciones. Este hábito reflexivo, que comparte con franqueza con los lectores y que no esquiva los momentos de enojo y frustración, es guiado siempre por una mente educada no sólo en las virtudes de la razón sino asimismo por la más profunda y generosa empatía.

Leer en estos tiempos turbulentos Una tierra prometida es, en fin, una buena razón para no perder la esperanza, o al menos un razonable optimismo, de que es posible tratar de construir un mundo mejor. Por ahora, la tarea de los norteamericanos es reintroducir la decencia en la vida pública, revivir la noción de propósito común y retomar el camino, no hacía la vieja normalidad, sino hacía el cambio que Obama anheló para su país.

 

Claudio H. Vargas
Economista, crítico y ensayista.

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Publicado en: Internacional