A Ixchel
“Es el estilo el que complementa la afirmación con la limitación y con la humildad;
es el estilo el que hace posible que actuemos efectivamente, pero no en términos absolutos;
es el estilo el que, en lo que respecta a la política exterior, nos permite encontrar armonía
entre la búsqueda de fines esenciales para nosotros y las perspectivas,
las sensibilidades y las aspiraciones de aquellos para quienes
el problema aparece bajo otra luz;
el estilo es la deferencia que la acción rinde a la incertidumbre; sobre todas las cosas,
el estilo es la vía mediante la cual el poder defiere ante la razón.”
—J. Robert Oppenheimer
American Prometheus (p. 561)
Hace varios años que no veía una película tan buena como Oppenheimer. Su ritmo, su edición, su uso y mezcla de flashbacks, su sonido, su “visualidad” (de paisajes, personajes y hasta átomos), su apego a la historia, las actuaciones del protagonista y de los actores y actrices de reparto, así como la habilidad del director, Christopher Nolan, para encontrar en la vida de Oppenheimer una serie de temas universales y profundos; todo lo anterior hizo que la película me impactara y, en buena medida, me llevara a escribir estas líneas. Ahora bien, no me considero cinéfilo y, por supuesto, no soy crítico de cine, ni nada parecido. Si escribo estas líneas no es para elogiar la película o el libro en el que está inspirada, por notables que me parezcan, sino para poner sobre la mesa algunos de los temas que Oppenheimer, el hombre, el libro y la película ponen ante nuestros ojos. A menudo de manera explícita, pero en ocasiones solamente como indicios o conatos. Un carácter indiciario que es inevitable con alguien tan reflexivo y tan complejo como J. Robert Oppenheimer, cuya experiencia profesional en una etapa de su vida instaló al mundo, de un día para otro, en la llamada “Era atómica”. Una era que, de maneras poco evidentes quizá, pero tremendamente perturbadoras, colocó al ser humano ante una situación inimaginable hasta la madrugada del 16 de julio de 1945 (día en que tuvo lugar la prueba nuclear Trinity en un lugar del desierto del estado de Nuevo México). En cualquier caso, los alcances y consecuencias de aquel día nos llevan mucho más allá de un hombre y de su contexto particular, hasta envolver a la humanidad entera con una especie de pathos que, lo digo sinceramente, me parece inefable.
Cabe añadir que las líneas que siguen toman como base tanto la película como el libro Prometeo americano (El triunfo y la tragedia de J. Robert Oppenheimer), publicado en español a principios de este 2023 por Editorial Debate. Esta edición en español tiene más de 850 páginas y es una edición mucho más cuidada que la versión original en inglés, que fue la que yo leí (Nueva York, Vintage Books, 2005).1 Este libro recibió varios premios, entre ellos el reputado Premio Pulitzer. En el papel, los autores son dos, Martin J. Sherwin y Kai Bird, pero quien reunió prácticamente todo el material durante 20 años fue Sherwin, un académico de la Universidad de Tufts, quien murió en 2021, a los 84 años. Kai Bird, un escritor y editor de renombre, se sumó a la elaboración de la biografía hacia el año 2000 y eso es lo que explica que aparezca como coautor.

J. Robert Oppenheimer nació en 1904 y murió en 1967. Su trayectoria vital recorre la Primera Guerra Mundial, el periodo de entreguerras, la Segunda Guerra Mundial y buena parte de la llamada “Guerra Fría”. Un periodo de la historia contemporánea que definió la historia política e ideológica del mundo entero desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta la desmembración de la Unión Soviética casi medio siglo más tarde. Entre los aspectos que definen a la Guerra Fría, tal vez el más importante de todos, si bien no el más visible, es lo que podemos denominar “la amenaza nuclear”. Es cierto que solamente una vez (me refiero a la crisis de los misiles de octubre de 1962) dicha amenaza pareció ser mucho más que eso, pero lo cierto es que la carrera nuclear ensombreció la historia de la humanidad durante todo el periodo referido. Lo que olvidamos, con demasiada facilidad y demasiada comodidad, es que la amenaza en cuestión sigue ahí y seguirá con nosotros mientras el mundo sea mundo.
Una de las grandes paradojas de la vida de Oppenheimer es que “el padre de la bomba atómica” tuvo clarísima conciencia desde el día referido de julio de 1945, y más aún quizá con las bombas de Hiroshima y Nagasaki del 6 y 9 de agosto de ese mismo año, que se abría una nueva era para la humanidad. No sólo en términos del poder destructivo del ser humano, sino, por la magnitud de dicho poder, a sus ojos se abría la posibilidad de terminar con las guerras, con todas las guerras, para siempre. Un sueño tremendamente ingenuo si se quiere, pero me resulta fascinante que, en el parto mismo de la Era atómica, Oppenheimer haya sido el primero en soñarlo… Lo cierto es que ante la bomba que él, más que nadie, había contribuido a crear, parece haberse instalado en su conciencia un imperativo moral: contribuir a librar a la humanidad de los peligros de la energía nuclear como energía bélica. Insisto, los planteamientos de Oppenheimer al respecto le pueden parecer ingenuos a muchos, pero lo cierto es que durante el resto de su vida fue consistente y persistente en este esfuerzo, que muy bien se puede definir como una especie de obsesión (en la que, cabe apuntar, la influencia de Niels Bohr fue determinante). Al respecto es muy curioso como a la obsesión de construir la bomba atómica le siguió, sin solución de continuidad, la obsesión por controlarla, moderarla, limitarla. En esto, como en muchos otros aspectos, Oppenheimer fracasó. Lo que se impuso fue una carrera armamentista nuclear sin límite, ni medida. La magnitud del fracaso de Oppenheimer a este respecto es fácilmente cuantificable: en enero del presente año existían 12 512 ojivas nucleares listas para ser utilizadas por alguno de los nueve países que actualmente tienen capacidad nuclear.
Este es quizás el mayor de los fracasos de J. Robert Oppenheimer, pero no es el único. Tanto el libro como la película, sobre todo el primero, documentan y revelan varios de estos fracasos en la vida de Oppenheimer, tanto a nivel personal como profesional y político.2 Una mezcla de los dos últimos se resume en el hecho de que uno de los científicos más reputados en la historia de la humanidad haya terminado por ser humillado por el establishment político del país que, hasta la fecha, con relativa frecuencia es visto como un faro de la democracia y del pensamiento libre en el mundo. Me detengo aquí porque he leído aquí y allá a críticos de cine que afirman que Oppenheimer es una película pro-Estados Unidos (uno de ellos incluso llegó a escribir que la película es “un monumento para la supervivencia moral de Estados Unidos”). Francamente, no sé qué película vieron. Cabe anotar, de entrada, que Nolan es inglés. En todo caso, el gobierno de los Estados Unidos, todos los gobiernos estadunidenses que se suceden a lo largo de la película y del libro, así como la casi totalidad de sus políticos, salen muy mal parados. Por torpeza, por miopía, por ignorancia, por ideologización, por prepotencia, por maniqueísmo, por ambición excesiva y por otros motivos.
Cabe apuntar que el contraste de la clase política estadunidense con la comunidad científica de los Estados Unidos me parece notable; salvo casos como el de Edward Teller, “el padre de la bomba de hidrógeno”, quien no dudó en hablar mal de Oppenheimer en medios oficiales y extraoficiales (incluido, por cierto, el FBI, que es una presencia recurrente en el libro, bastante más que en la película) con tal de lograr que “su” bomba fuera aceptada por la jerarquía militar estadunidense y cuyo primer éxito fue la explosión de una bomba termonuclear en el Atolón de Bikini en octubre de 1952. Como es sabido, Oppenheimer se opuso sistemáticamente al desarrollo de dicha bomba, pues la consideraba, como muchos otros de los físicos más destacados que habían participado en la elaboración de la bomba atómica, como un sinsentido político, militar, humano, ético y social.
Ahora bien, más allá de lo expresado sobre la película al inicio de estas líneas, a Christopher Nolan se le pueden hacer varias críticas. Entre ellas yo destacaría dos: la primera es darle a la pretendida confirmación de Lewis Strauss como miembro del gabinete del presidente Eisenhower una relevancia de la que carece por completo en el libro. La segunda es que el sufrimiento de los miles y miles de japoneses y japonesas residentes en Hiroshima y Nagasaki reciba una atención que a mí me parece tangencial. En cuanto a la primera cuestión, esa relevancia solamente se explica por efectos dramáticos y más bien facilones: si Strauss trató a Oppenheimer como lo hizo en 1954 con el montaje de la Junta Gray (Gray Board), cinco años después pagó su osadía con creces y entonces Oppenheimer queda supuestamente reivindicado… La defenestración de Strauss, que tanta centralidad tiene en la película, puede resultar gratificante para buena parte del público de Oppenheimer, pero lo cierto es que a juzgar por el libro, este incidente apenas recibió atención por parte de Oppenheimer. Más importante aún, el daño que la Junta Gray y el proceso al que sometió a Oppenheimer en 1954, cuya conclusión fue el retiro de su permiso o autorización de seguridad (security clearance), no tuvo marcha atrás, ni resarcimiento posible. Como lo vio con nitidez uno de los mejores amigos de Oppenheimer, Isidor I. Rabi, lo sucedido en 1954 casi lo mata espiritualmente y, en última instancia, lo “destruyó” en buena medida como persona (el término lo empleó Rabi y en el libro hay varios testimonios que muestran que apenas exageraba).
En cuanto a la segunda cuestión cinematográfico-histórica que me gustaría poner sobre la mesa, el problema no es por lo que yo considero una crasa exageración (la no-confirmación de Strauss como miembro de un gabinete presidencial en 1959), sino justamente por algo en sentido inverso: lo que yo considero un notable descuido o, si se prefiere, una laguna de consideración. Un director con la enorme capacidad visual y evocativa como la que caracteriza a Nolan tenía un sinfín de posibilidades para retratar y transmitir a su auditorio el horror que significaron Hiroshima y Nagasaki. Lo anterior, sin caer en escenas insoportables a la vista o melodramáticas. Sin embargo, limitar dicho horror a la breve escena del auditorio me parece que se quedó no corto, cortísimo. Es cierto que esa misma escena incluye a un Oppenheimer pisando un cadáver que era pura ceniza y a una mujer cuya cara se desintegra en aparentes pedacitos de papel (un efecto que, efectivamente, es posible ver en algunas de las fotos de sobrevivientes a ambas bombas), pero en una película sobre Oppenheimer, sobre la bomba atómica, sobre Trinity, sobre Hiroshima-Nagasaki, sobre la carrera armamentista y sobre el horror de la era atómica que comenzaba su andadura como arma de destrucción masiva en ese preciso momento (en Hiroshima y en Nagasaki, no en el desierto de Nuevo México), creo que estamos ante uno de los grandes “déficits” de Oppenheimer como testimonio de un momento histórico que define a la humanidad hasta la fecha y que, como quedó dicho, lo seguirá haciendo hasta el final de los tiempos.
La vida de Oppenheimer, particularmente entre 1942 y 1954, es, en esencia, el dilema de la creación y el conocimiento acarreando consigo la tragedia (el subtítulo del libro me parece un acierto: El triunfo y la tragedia de J. Robert Oppenheimer). Sobre la magnitud de la tragedia, ese extraordinario actor que es el irlandés Cillian Murphy (cabe apuntar que la C se pronuncia como si fuera una K) la transmite de múltiples maneras a lo largo de la película y si bien de un modo menos “visual” o “actoral”, pero igualmente impactante, existen múltiples manifestaciones y testimonios de la misma a lo largo del libro. Para quienes duden de las reservas morales de Oppenheimer respecto a su creación (otro aspecto que, por cierto, cuestionan algunos críticos de cine), ahí están esos 53 segundos de Oppenheimer relatando lo que pasó por su cabeza y por la de otras de las personas que se encontraban presentes cuando tuvo lugar aquella detonación en Alamogordo en el verano de 1945.
Los mitos griegos de Prometeo y de la caja de Pandora son los que, de manera más pronta, vienen a la cabeza cuando se piensa en Oppenheimer y la bomba atómica, pero hay otros que son igualmente elocuentes para referirse a algo que, insisto, tiene todos los visos de una tragedia. Entre ellos cabe destacar el Bhagavad Gita y el Doctor Fausto, en cualquiera de sus avatares literarios. En el video referido al final del párrafo anterior Oppenheimer hace referencia explícita al Bhagavad y es bien conocida su afición y su admiración por esta obra de la antigua literatura de la India. Algo que apenas puede sorprendernos, pues las similitudes entre Arjuna y Oppenheimer son clarísimas: tengo que cumplir con mi deber, aunque las consecuencias del mismo puedan ser reprobables desde diversos puntos de vista. Tanto Arjuna como Oppenheimer cumplen con lo que en algún momento consideraron su deber, pero en el caso del segundo no es ninguna exageración afirmar que, como Prometeo americano muestra de modo fehaciente, las reservas ante el deber cumplido fueron tantas y tan intensas que se puede decir que lo marcaron hasta el final de su vida. Más aún tal vez cuando supo que la información que los militares le proporcionaron respecto a Japón era falsa (concretamente, sobre la posibilidad de una rendición desde julio de 1945). Dicho lo anterior, por lo menos en un par de ocasiones después de la guerra, Oppenheimer afirmó que con la información de la que disponía en ese momento, hubiera procedido de la misma manera (es decir, hubiera dado luz verde para la bomba sobre Hiroshima; no así respecto a la bomba que Truman decidió soltar sobre Nagasaki). A este respecto, cabe añadir que si desde el inicio del Proyecto Manhattan, en 1942, Oppenheimer sintió la presión de la Alemania nazi y de lo que él consideraba su capacidad para construir una bomba atómica en relativamente poco tiempo, la rendición alemana de mayo de 1945 modificó necesariamente su percepción de lo que en algún momento fue la urgente necesidad de construir una bomba de esa naturaleza.
Oppenheimer, el hombre, es pues un héroe trágico donde los haya. Un hombre seducido hasta la médula por el conocimiento y por su “belleza” (entendida sobre todo como algo necesario, incluso ineluctable, como una obligación), pero atormentado el resto de su vida por lo que ese conocimiento trajo consigo: la belleza trasmutada en su antítesis, como quiera concebir a ésta cada lector. La combinación de inteligencia, debilidad de ánimo (en ciertos momentos de su vida), profundidad, vulnerabilidad, extraordinaria capacidad de organización, prepotencia, soledad, generosidad, arrogancia, sensibilidad, incapacidad para ser un buen padre, defensa de ciertas causas sociales, debilidad de carácter (en ciertos aspectos de su vida) y la conciencia de haber contribuido a llevar al mundo (todo lo nolens volens que se quiera) a la Era atómica como carrera armamentista es una combinación que, al menos para mí, resulta muy atractiva, humana (demasiado humana) y, como ya lo expresé, de carácter universal.
La derrota de Oppenheimer, es decir, el paso de ser en algún momento el científico más reputado del mundo (quien, a ojos de muchos, dio la victoria a los Estados Unidos sobre Japón en la Segunda Guerra Mundial) al hombre vilipendiado y maltratado en 1954 por el gobierno del mismo país al que había “salvado” menos de una década antes, es un ejemplo emblemático de eso que los griegos denominaban hubris (el orgullo o arrogancia sin medida) y de su consecuente némesis (caída, castigo). En el caso de Oppenheimer, cuya arrogancia está fuera de discusión, su némesis fue el gobierno que él defendió hasta el final, incluso después de lo acontecido en 1954. Nadie mejor que Einstein resumió esta situación: “El problema con Oppenheimer es que ama a una mujer que no lo ama a él —el gobierno de Estados Unidos”.3 Efectivamente, Oppenheimer nunca dejó de sentirse orgulloso de ser estadunidense. Lo cual quizás contribuye a explicar su poco combativa actitud durante el prolongado y vergonzante interrogatorio al que fue sometido por la Junta Gray. Una actitud que su esposa Katherine le recriminó más de una vez. Ella sin duda sabía de lo que hablaba cuando le preguntaba a su marido si lo que pretendía con ese comportamiento era convertirse en mártir.
La “derrota” de Oppenheimer (las comillas se explican porque, en la historia, solo algunas derrotas militares lo son en toda regla) no es el fracaso de un solo hombre. Es también el fracaso de una sociedad y, en última instancia, de sociedades más abiertas, más democráticas, menos ideologizadas y menos belicistas. En suma, menos proclives al secretismo y, sobre todo, más adeptas a la razón (tan vilipendiada en el mundo actual, social y políticamente). En algún momento, Sherwin y Bird afirman que la derrota de Oppenheimer fue también una derrota para el liberalismo estadunidense.4 Por la carga que a menudo tiene el sustantivo “liberalismo” en las postrimerías de este primer cuarto del siglo XXI, yo preferiría hablar de una derrota para la libertad, a secas; para la libertad en cualquier sociedad, en cualquier tiempo.
Lo que se podría denominar “el estilo Oppenheimer” incluía expresar con firmeza y con claridad meridiana opiniones poco ortodoxas o poco populares en ciertos contextos. Ese estilo empieza a desplegarse realmente no en su apoyo al New Deal y a causas como la de los republicanos españoles durante la década de 1930, sino en el momento mismo en que inicia la Era atómica. Como puede verse en el epígrafe de este breve ensayo, dicho estilo, en las propias palabras de Oppenheimer, era una mezcla de razón, mesura, apertura y optimismo; una combinación con la que J. Robert Oppenheimer intentó parar en seco la carrera armamentista (la cual, por cierto, es motivo de la escena final de la película). Como quedó expresado, su fracaso en este aspecto, tan importante, sigue con nosotros. No obstante, como el libro y la película muestran de muy diversas maneras, el legado Oppenheimer también está en otros lugares; menos evidentes o menos vistosos sin duda, pero no menos importantes.
Roberto Breña
Profesor-investigador de El Colegio de México
1 American Prometheus (The Triumph and Tragedy of J. Robert Oppenheimer). Esta edición, notablemente descuidada en varios aspectos editoriales, consta de poco más de 700 páginas. La marcada diferencia en extensión con respecto a la edición en español es que el tipo de letra de la edición de Vintage Books es muy pequeño y, además, tiene márgenes mínimos.
2 Una de las grandes virtudes de la biografía de Sherwin y Bird es la enorme cantidad de documentación revisada y del sabio uso que hacen de ella. Si los testimonios que se pueden considerar “positivos” sobre Oppenheimer claramente predominan a lo largo del libro, no son escasos los testimonios referidos por los autores en el que el retrato que surge del protagonista está lejos de ser favorable.
3 American Prometheus, pp. 503-504. Cabe añadir que la relación entre Einstein y Oppenheimer fue complicada, por decir lo menos. Se apreciaban como científicos, pero como personas siempre mantuvieron una cierta distancia (la admiración de Oppenheimer, más que la de Einstein, fue menguando con el paso del tiempo). A pesar de ser en varios sentidos el progenitor científico de la física cuántica, a partir de cierto momento Einstein no creyó en ella; sin embargo, fue esta física la que revolucionó la disciplina durante la década de 1920 y la que, desde una perspectiva teórica, explica mejor que nada el éxito de la prueba Trinity. En este aspecto, como en muchos otros, creo que la película refleja al libro de modo fiel. En relación con algo expresado al principio de este párrafo y con la retrospectiva que nos da el siglo XXI, el científico más reputado y admirado del siglo XX no es J. Robert Oppenheimer, sino Albert Einstein (a quien Oppenheimer nunca invitó a participar en el Proyecto Manhattan).
4 American Prometheus, p. 550. Para ellos, lo sucedido en 1954 representó un estrechamiento significativo del debate público en la sociedad estadunidense durante la primera etapa de la Guerra Fría.