Hoy se cumple un año de los ataques terroristas de Hamás en Israel en donde fueron asesinados 766 civiles y 373 policías y militares. 248 personas más fueron tomadas como rehenes. Está por cumplirse también un año de que inició el genocidio perpetuado por Israel como respuesta a los atentados. 365 días no han bastado para llegar al consenso más básico: las vidas de palestinos e israelíes valen lo mismo. El término “genocidio” no debe usarse a la ligera: aplica a este caso en tanto que las intenciones del gobierno israelí de aniquilar a la población en Gaza han sido explícitas y sus acciones involucran crímenes sistemáticos que buscan imposibilitar la vida de los palestinos en Gaza.
Las palabras se muestran inútiles cuando describimos el horror que han vivido y por el que han fallecido más de 100 000 palestinas y palestinos.1 Quizá por eso la mayoría de nuestros medios no ha intentado hacerlo. La prensa occidental tomó partido: mientras desinformó sobre la violencia terrorista de Hamás, ha minimizado, ocultado y tergiversado la violencia genocida de Israel. Medios corporativos como CNN, la BBC y The New York Times han replicado notas no verificadas o falsas, como el rumor de que Hamás había matado a 40 bebés o la noticia no verificada sobre el uso sistemático de violencia sexual el 7 de octubre. Al mismo tiempo, crean encabezados que buscan minimizar o invisibilizar la responsabilidad de Israel en sus crímenes. Salvo escasas o intrascendentes excepciones, la prensa mexicana decide guardar silencio. El silencio de los medios y las voces públicas exhibe una complicidad histórica.
Faltan palabras, pero las imágenes están ahí. Cualquiera con acceso a redes sociales ha visto las desgarradoras imágenes de una violencia que quedará para siempre atrapada en nuestro imaginario y memoria colectiva. Mientras los medios corporativos callan, las palestinas y los palestinos reportan algunos fragmentos de su nueva cotidianidad: decenas de periodistas gazatíes registran los ataques que ocurren a su alrededor Muchas personas en Gaza se convirtieron en periodistas por la necesidad de informar y dejar testimonio de su humanidad. Quienes seguimos el conflicto hemos visto cómo algunas comunicadoras enferman en medio de la destrucción y otras han sido asesinadas por el ejército israelí. Los medios nos han fallado, pero la realidad está ahí para quien quiera verla.
Hay quienes esperan que la historia defina con el tiempo cuál es la postura correcta sobre este conflicto. Pero con un saldo superior a los 15 000 niños y niñas asesinadas —una de las muchas muestras del castigo colectivo perpetrado por el gobierno israelí— quien no condena el genocidio es porque ha perdido la brújula moral (o porque se le averió y siempre se orienta al Norte). A un año, ya no necesitamos más voces de autoridad para entender lo que está pasando. Desde la Corte Internacional de Justicia hasta el Papa Francisco, pasando por intelectuales y activistas judíos como Jewish Voice for Peacey la Agrupación Mexicana de Judíes Interdependientes, se condenan las masacres y señala que se tratan de crímenes de lesa humanidad.

En su libro Gaza ante la historia, el historiador italiano Enzo Traverso presenta las formas en que se han explicado las formas de resistencia violenta —y terrorista— como la de Hamás. El escritor y sobreviviente de Auschwitz, Jean Améry argumenta que esta “violencia vengativa” viene de la necesidad que tiene el oprimido o colonizado de afirmar su igualdad ante la violencia represiva de su opresor.2 El gobierno israelí lleva 72 años discriminando, desplazando y asesinando a los palestinos: una muestra clara de su intención de reducirlos a “ciudadanos de segunda clase”, como menciona Traverso. Israel creó y sostiene un sistema legal dual que discrimina a los palestinos y le confiere más derechos a los israelíes, por lo que las principales organizaciones internacionales de derechos humanos lo han llamado un régimen de apartheid que niega el reconocimiento de la igualdad.
La explicación política de la violencia de Hamás no es una justificación moral del asesinato de civiles, como intentan hacer algunos defensores de la resistencia palestina. Del mismo modo, ningún argumento político podría justificar la respuesta genocida de Israel. Son estas explicaciones políticas las que nos encasillan en dos bandos en apariencia irreconciliables. Por esto debe de prevalecer una dimensión ética universalista: desde ahí, es claro que nadie puede atentar de manera legítima contra civiles.
El origen de todo esto, según Traverso, está en la culpa histórica de Europa que por siglos permitió el desarrollo de un antisemitismo cuyo resultado fue la discriminación y persecución sistemática de judíos que culminó en el Holocausto. Para compensar su propia culpa, Europa ofreció la colonia inglesa de Palestina a ese pueblo judío víctima de un genocidio. El gobierno de Israel forjó un nacionalismo basado en la etnia y la religión a partir del sufrimiento de los judíos europeos a manos del antisemitismo y de ahí estableció la narrativa de un enemigo siempre dispuesto a aniquilarlo. Los ataques terroristas de hace un año fortalecieron esa narrativa histórica. El antisemitismo europeo, argumenta Traverso, se traduce ahora en otro prejuicio: una islamofobia que hace posible el apoyo casi uniforme de los Estados europeos a Israel en su política de violencia antipalestina. Así como hace un siglo se deshumanizaba a las personas judías, ahora se deshumaniza a las musulmanas.
Más allá de este traslado de culpas de Europa a Palestina, que ilustra bien Traverso, hay una serie de niveles o tipos de culpa que el filósofo alemán Karl Jaspers estableció para analizar la culpa colectiva de los alemanes por el nazismo y que permiten ilustrar los grados de responsabilidad que implican a toda la humanidad de diferentes maneras. En primer lugar, Israel es culpable de los 72 años de opresión al pueblo palestino, de cometer crímenes de lesa humanidad de dimensiones genocidas y de haber roto el derecho y quizá el orden internacional. En este sentido, según la tipología de Jaspers, los miembros del gobierno y ejército israelí tendrían una culpa criminal en tanto que son conscientes y responsables de sus violaciones a los derechos humanos y el derecho internacional.
En segundo lugar, los ciudadanos israelíes tienen una culpa política en tanto que su gobierno democrático es responsable de un genocidio. Además de las culpas políticas y criminales, Jaspers añade la especificidad de la culpa moral: cualquier acto individual de participación en el genocidio entraría en esta categoría y aplicaría a quienes, desde el ejército y el gobierno, acatan órdenes genocidas o permiten su legitimación. En este sentido, la culpa moral se implica en la criminal, pero va más allá: involucra también a los líderes internacionales —y comerciales— que apoyan a Israel, a los propios combatientes de Hamás y a otros grupos terroristas.
Desde el punto de vista ético, las culpas no se limitan a quienes están implicados de manera directa en los crímenes. Por eso Jaspers introduce un cuarto tipo de culpa: la metafísica. Este tipo de culpa se refiere al principio de moral universal: como especie, estamos obligados a no dañar a ninguna otra persona. En este principio se basan el humanismo, el cosmopolitismo y los derechos humanos. Ante Gaza, todos los seres humanos seríamos culpables en caso de conocer los crímenes que atentan contra la humanidad y no hacer lo que está en nuestro poder para detenerlos. Cuando guardamos silencio, cuando apartamos la vista, cuando excusamos o minimizamos lo que hace el perpetrador, nos volvemos corresponsables. Hoy, la deshumanización sistemática de los palestinos atenta contra la humanidad que hay en todos nosotros.
El hecho de que la política y el derecho internacional permitan que este genocidio continúe después de un año de señalamientos, demandas y críticas, nos pone en una situación desesperanzadora. La legitimidad de las instituciones y los líderes globales se desmorona con cada palestino inocente que es asesinado por el gobierno israelí. Pero hay una esperanza desde la ética: que nos despojemos de las categorías políticas e ideológicas y hagamos efectivo ese intento de proteger a la humanidad donde sea que se encuentre. En la historia, nos dice Traverso, encontramos esperanza en el hecho de que países como Alemania, Francia e Italia hoy están unidos a pesar del daño mutuo que se hicieron en el pasado. Encuentro la mayor esperanza en las personas que protestan y luchan contra el genocidio.
El 7 de octubre marca la fecha de la derrota moral de nuestra generación y, sobre todo, del orden internacional. En el futuro nadie podrá decir que no sabía lo que pasaba en Gaza, no podremos esconder nuestras culpas. Nos toca hacernos cargo: la historia ya nos está juzgando.
Tatiana Lozano
Filósofa y ensayista. Estudia la maestría en Ética y Justicia Global en la Universidad de Birmingham.
1 La cifra oficial es de 40 000 muertos desde finales del año pasado, pero los estimados del personal de salud van mucho más allá de esos números. En una carta dirigida a Biden y Harris de los profesionales estadounidenses de la salud que han estado en Gaza, se presenta un cálculo de más de 60 000 muertos. Según una investigación publicada en julio de este año por The Lancet, la cifra podría rebasar los 180 000.
2 Traverso, Enzo, Gaza ante la historia, Akal, 2024, p. 79.
Es lamentable lo sucedido en Gaza, pero no podemos hacer víctimas a quienes primero efectuaron actos de terrorismo para Israel y esperar que esté permanezca sin respuesta a tal acción, además de que debemos primero ver lo que sucede en nuestro país con el problema de los carteles que también se pueden considerar ya terroristas por las acciones que llevan al cabo y lo agrava la inanición del gobierno federal en lal omision de dar seguridad a los ciudadanos, veamos la cifras de muertos, desaparecidos y exiliados que da esta situación en México, pedir que nos fijemos sintamos culpables por acciones en Gaza y no por México es contradictorio