Desde hace varios años se señalaban las tensiones que alimentan la hoguera del conflicto palestino-israelí; desde hace algunas semanas se comentaba en los círculos periodísticos la posibilidad de una tercera intifada; desde hacía varios días se advirtió presuntamente de un nuevo desastre en camino. Bien, el nuevo desastre ya está aquí y de acuerdo con el vocero de las Fuerzas de Defensa Israelíes equivale, en “lenguaje americano”, a la suma del 11 de septiembre y al ataque a Pearl Harbor de 1941.

No se trata de una simple declaración para la prensa, pues simboliza también un punto de inflexión en la historia de Medio Oriente. Los números son claros y contundentes: alrededor de 2000 fallecidos, más de 2600 heridos, unos 150 rehenes en manos de los terroristas.1 ¿Cómo se llegó a tal punto y a dónde podría conducir?
No es un secreto que el conflicto palestino-israelí recae en una relación asimétrica de poder económico y militar. Mientras el PIB de Israel alcanzó los 522 000 millones de dólares en 2022, el producto de Gaza y Cisjordania apenas llegó a 19 000 millones. Del mismo modo, las fuerzas militares de uno y otro son incomparables: lamentablemente no se encontraron datos para los territorios palestinos, pero la verdad es que no son necesarios. Queda entonces la duda: ¿por qué Hamás decidió lanzar un ataque masivo, por tierra y aire, frente a un enemigo tan superior? No hay una respuesta clara a esta pregunta y probablemente no la habrá.
Sin embargo, para muchos no es del todo conocida la situación de Israel y de la causa palestina en los años más recientes. Así que en este artículo se expondrán algunos factores de los últimos años que ayuden a contextualizar cómo llegan parados al conflicto. Me centraré en 1) la política interna de Israel en los últimos años; 2) los cambios en la política exterior israelí; 3) la dimensión del ataque y sus apoyos como carta de negociación para Hamás, y 4) la reacción de Israel y los efectos que tendrá en el sistema global y regional.
Un primer factor a analizar tiene que ver con las políticas internas del Estado de Israel.2 Al ser un sistema parlamentario, los partidos políticos de Israel deben formar coaliciones para inaugurar gobiernos. Así, en diciembre de 2022 inició el 37.° gobierno israelí encabezado por el partido Likud del primer ministro Benjamin Netanyahu, acompañado por partidos nacionalistas, adherentes al judaísmo ortodoxo y de extrema derecha, como Poder Judío, el Partido Sionista Religioso y Shas.
Las preferencias programáticas de esta coalición gobernante han promovido la intensificación de la política asentamientos en los territorios ocupados por Israel; exacerbación del nacionalismo judío (en detrimento de los ciudadanos árabes de Israel);3 y una reforma al poder judicial que modifica la relación entre la Suprema Corte y la mayoría parlamentaria, en favor de esta última.
Este programa de gobierno ha polarizado a la sociedad de Israel; en agosto pasado, el Pew Research Center publicó una encuesta que mostraba estas divisiones con más detalle: 52 % de la ciudadanía reportó ser “desfavorable” a Netanyahu, proporción que se elevaba a 84 % en el caso de las personas que se identificaban en el centro; 93 % para quienes se identificaban con la izquierda y 89 % entre la población árabe. Se instauró así una lógica de “ellos contra nosotros”, propicia para abonar radicalismos ya sea dentro o fuera de Israel.
Esto ha permeado en las estructuras del Estado israelí, sobre todo entre los integrantes de las fuerzas de seguridad. Por ejemplo, durante las protestas contra la reforma judicial a mediados de 2023, hubo oficiales en reserva de las fuerzas armadas que decidieron no reportarse a servir, como muestra de su desacuerdo. Es probable que esta cohesión disminuida ayude en un futuro a explicar las fallas en los sistemas de inteligencia.4
Otra vulnerabilidad de origen interno tiene que ver con el programa mismo de la coalición en el gobierno: analistas señalan que, al momento del ataque, la mayoría de las fuerzas en activo se ubicaban en el área de Cisjordania, apoyando la política de expansión de asentamientos, en detrimento de las tareas de vigilancia en la frontera con Gaza. Esto facilitó la incursión de terroristas en las localidades cercanas a estos límites.5
Como segundo factor, está el despliegue de una política exterior orientada a constreñir el conflicto con Palestina y sus aliados, en lugar de solucionarlo. En este punto, es crucial prestar atención a los Acuerdos de Abraham, que Israel firmó en 2020, bajo el amparo del expresidente Trump, con Bahréin y Emiratos Árabes Unidos, y los que firmó con Marruecos y Sudán. Estos acuerdos normalizaban las relaciones diplomáticas entre Israel y estos países. No es cosa menor, pues hasta ese momento, sólo dos miembros de la Liga Árabe mantenían relaciones diplomáticas con Israel: Egipto y Jordania. Ahora son seis, casi 30 % de sus miembros.
En otras palabras, los Acuerdos de Abraham buscaban ampliar y mejorar las relaciones de Israel con otros países, quitarle centralidadal conflicto palestino, y sustituirlo por temas como seguridad regional y comercio. Por ejemplo, en 2022, 24 % de las exportaciones israelíes de armamento se dirigieron a socios árabes.
Uno de los grandes perdedores en los Acuerdos de Abraham fue precisamente Hamás, cuya organización se alimenta del conflicto con Israel. De triunfar la apuesta israelí por congelar el statu quo, se incrementaba el riesgo de perder apoyos valiosos, más aún ante la posibilidad de un nuevo acuerdo entre Arabia Saudita e Israel.
En estas circunstancias llegamos al ataque del 8 de octubre. Por una parte, el contexto regional había cambiado desfavorablemente para la causa palestina; por otra parte, el ambiente político de Israel estaba cargado de polarización y conflictos internos. La combinación de ambas circunstancias da pie a pensar en la viabilidad de un ataque así: a gran escala, planeado con mucho tiempo y con la probable ayuda de Irán.
¿Se trata de un acto suicida? ¿De una edición sangrienta de la fábula sobre la rana y el buey? Esa es la cuestión: la magnitud del ataque, la toma de rehenes y la gran cantidad de bajas en el lado israelí obligan a una respuesta contundente. El gobierno de Israel tiene ante sí una encrucijada: elevar la brutalidad a un grado nunca visto, arrasar con Palestina y provocar un cuestionamiento mundial, ser Julio César en la Galia y al mismo tiempo Bush en Irak, o moderar la respuesta a cambio de los rehenes y los infiltrados que quedan, y encarar entonces la posibilidad de perder simpatizantes y alimentar las críticas.6 El mundo observa, incluyendo a los firmantes de los nuevos acuerdos.
Como sea, parece que Hamás ha doblado la apuesta y espera cambios tanto al interior como al exterior de Israel. Desde luego, puede perderlo todo también. Así, tanto la acción de Hamás, como la reacción del gobierno (que parece tener en mente las respuestas estadounidenses contra Japón y Afganistán) obligan a pensar en qué reequilibrios podrían configurarse.
En primer término, está el previsible endurecimiento de las condiciones bajo las que vive el pueblo palestino. No sólo por el bloqueo decretado por Israel que impedirá el paso de energía eléctrica, combustible y alimentos, sino por los debates que están surgiendo en latitudes europeas sobre la pertinencia de las ayudas internacionales para Palestina, basados en el temor de que puedan acabar en los bolsillos de los liderazgos terroristas.
En segundo lugar, está la cuestión de si avanzan los acuerdos de normalización de relaciones, especialmente aquel con el reino saudí, o si se congelan y se retorna a una situación parecida a la que había antes de 2020. En este caso, el dilema bien podría caer en la Casa Blanca, pues fomentar algún pacto en el porvenir significará ceder condiciones más favorables a los territorios palestinos y tomar entonces el riesgo de enfrentarse con la influyente comunidad judía que vive en Estados Unidos.
En tercer lugar, mencionar las posibles consecuencias “interregionales” de esta nueva guerra. Ahora hay dos conflictos bélicos de gran atención mediática en el mundo: Palestina y Ucrania, ambos con el mismo potencial de reconfigurar las dinámicas internacionales de sus respectivas regiones e incluso del sistema internacional en general. Hasta ahora, había un flujo de recursos militares y económicos más o menos establecido entre los países occidentales y el frente en Europa del este, queda ver si puede sostenerse con un segundo frente abierto en Medio Oriente, porque si, como declaró el propio Netanyahu, la guerra será “larga y difícil”, es probable que en algún momento se requiera algún tipo de asistencia internacional. Mismos recursos, más conflictos.
Por último, ¿qué sucederá en la política israelí? ¿Pasará que, como dicen algunos teóricos de las relaciones internacionales, el conflicto exterior servirá para calmar los conflictos al interior? ¿Seguirá su marcha el plan de gobierno de la coalición gobernante o dará marcha atrás para conseguir un gobierno de unidad nacional? ¿La democracia israelí saldrá fortalecida o debilitada de esta guerra?
Mauricio Rodríguez Lara
Internacionalista por El Colegio de México y maestro en Ciencia Política por el CIDE. Se ha desempeñado como asesor en comunicación política y asuntos internacionales
1 Cifras mencionadas en diferentes medios al 10 de octubre de 2023.
2 Sobre este punto, se recomienda leer Mauricio Meschoulam, “Ataque relámpago contra Israel desde Gaza, primeros apuntes”, El Universal, 7 de octubre de 2023, sección Opinión.
3 Sobre esto, está el caso de la polémica reforma penal aprobada por esta mayoría que incrementa las penas por crímenes sexuales si éstos se cometieron con motivaciones “nacionalistas”. Los especialistas advirtieron que la consecuencia de esta legislación serían penas más severas contra los ciudadanos árabes..
4 Una explicación alterna tiene que ver con el desarrollo de técnicas de insurgencia, basadas en un uso muy rudimentario de la tecnología, dentro de Gaza y Cisjordania, que haría más difícil para los agentes de Israel el llevar a cabo su tarea. Véase la entrevista de Associated Press con el general retirado Amir Aviv.
5 Íbid.
6 De hecho, al momento de escribir estas líneas, han surgido señalamientos contra Netanyahu, que lo responsabilizan del ataque y solicitan un cambio de gobierno.
¡Excelente artículo del profesor Mauricio Rodríguez Lara!
Ahora comprendo que los Israelitas no tuvieron la precaución para detener los misiles antes de que cayeran en territorio israelí. Observo que en Kiev destruyen los misiles rusos en el aire, pero en Israel no pudieron hacerlo con los misiles procedentes de Gaza. ¡Es una verguenza para la inteligencia militar israelí! Los ucranianos lo hacen, pero los israelitas no pudieron hacerlo. Y ahora sí ataca Israel a Gaza desproporcionadamente, cuando no defendieron a tiempo su propio territorio. Tengo todavía algunas preguntas:
¿Pretende Hamas renovar el conflicto con Israel para nutrirse nuevamente de recursos económicos? ¿Es la guerra la estrategia para aumentar sus ingresos económicos? ¿Representa Hamas a los palestinos, o solo representa al terrorismo?