Playas de Tijuana: tan lejos de Estados Unidos

En Playas de Tijuana nunca falta gente que goza de la cercanía del mar. Algunos se limitan a observarlo, inmenso, desde los cafés y bares que hay en el descuidado malecón; otros se atreven a mojarse los pies en su orilla y los más aventureros se bañan entre sus olas, felices. ¿Cuántos de ellos sabrán que se sumergen en un mar de mierda? No lo digo en sentido figurado. La falta de mantenimiento del drenaje de la ciudad tiene como triste consecuencia que la mayoría de las aguas residuales del municipio terminen en la parte del Océano Pacífico que bordea las playas tijuanenses. Pese a ello, los fines de semana cientos de familias, parejas y amigos acuden con entusiasmo a pasar el día frente al mar. Los vendedores ambulantes caminan a lo largo de la playa mientras ofrecen frituras, agua de coco y nieves.

Ilustración: Alma Rosa Pacheco

Salvo sus altos índices de contaminación, la playa en Tijuana no difiere demasiado de otras en México. Sin embargo, al caminar con dirección al norte, un conjunto de columnas de acero interrumpe el paso. Su altura rebasa los tres metros y están dispuestas de tal modo que forman una fila que se adentra en el océano. Es ahí donde parecen tener su origen, imperturbables sin importar la marea, y si bien deben tener su final en algún punto, no es posible vislumbrarlo en el horizonte. De aquel lado, el que queda al norte de la estructura de metal, está la razón de ser de esta esquina olvidada de América Latina: Estados Unidos. La playa es la misma, pero el contraste entre ambos lados es notorio desde el primer instante. De este lado la costa está repleta de personas, sillas plegables, sombrillas; del otro no hay un alma. No se trata de un límite fijado por la naturaleza, sino por el Department of Homeland Security.

A menudo se habla de la región constituida por las ciudades de Tijuana y San Diego como un ejemplo de integración transfronteriza. Sin embargo, esta perspectiva ignora un proceso paralelo al creciente intercambio económico: el endurecimiento de las políticas de seguridad fronteriza en Estados Unidos. Parte de la promesa del TLCAN era que el desarrollo económico de México detendría la migración irregular hacia el norte, pero eso no sucedió.1 En consecuencia, desde entonces —y en especial tras el 11 de septiembre de 2001— Estados Unidos implementa medidas unilaterales a las que México, en su intento por rescatar el proyecto “regional”, no tiene más remedio que adaptarse como puede. Esta lógica de acercamiento en lo económico y distanciamiento en lo social es clara en el muro que marca el término de Playas de Tijuana. Para los tijuanenses que sólo conocen esta playa en la era post-TLCAN, la idea de que la integración económica nos colocaría en un plano de igualdad frente a nuestro vecino suena a una promesa vacía.

Frente a la estructura de metal la única alternativa es detener el paso. Gracias a Dios, la vista de los mexicanos todavía escapa del control del U.S. Federal Government, y nada impide estar de mirón por los delgados espacios entre las columnas. A lo lejos se alcanza a distinguir una concentración de rascacielos: es el centro de San Diego. Muchos tijuanenses prefieren ir de paseo allá, a salvo de los desechos del desagüe municipal, pero no todos pueden darse ese lujo. Una buena cantidad de ellos nunca ha conocido ese edén californiano al alcance de la vista, y quizá nunca lo hagan. A diferencia de los sandieguinos, que pueden moverse con libertad entre los dos países, los habitantes de Tijuana tienen que llevar a cabo un extenso proceso burocrático para conseguir una visa. Todas las personas pueden emprender este proceso, pero es innegable que hay una selección que no tiene una equivalencia a la hora de entrar a México. Cualquier estadunidense puede visitar Tijuana, pero no cualquier mexicano puede poner un pie en San Diego.

Antes, las familias separadas por la frontera organizaban convivios en lo que se conoce como el Parque de la Amistad, ubicado a unos metros del mar, al lado del muro. En México el acceso a este espacio no tiene ninguna restricción, y quien esté interesado puede acudir a admirar las expresiones artísticas plasmadas en esta sección. De nuevo, las cosas son diferentes en territorio estadunidense. Desde hace varios años dicho espacio está bajo la administración del Department of Homeland Security, y el acceso restringido. Sólo hay un tramo de tierra árida, un camino de concreto para las camionetas de la Border Patrol y después un segundo muro; nada que se asemeje a un espacio recreativo, y mucho menos a un parque. Por supuesto que no todos están de acuerdo con estas medidas, y grupos de la sociedad civil se han movilizado para que el acceso a este espacio desde Estados Unidos vuelva a ser público. Hasta ahora no han tenido éxito. Al ser la frontera un asunto de jurisdicción federal, las decisiones sobre su gestión son tomadas en Washington, donde las autoridades desconocen —o ignoran— las inquietudes de los actores locales.

Frente a este paisaje es normal que surjan dudas respecto al discurso que las autoridades de ambos lados adoptan al hablar de la región, en particular en cuanto a la existencia de una sociedad transfronteriza. No puede negarse que hay un tránsito ininterrumpido de un lado a otro: camiones de carga que transportan productos de las maquiladoras, personas que trabajan o estudian en la ciudad vecina, y estadunidenses que huyen de los precios exorbitantes de su país. Este mismo fenómeno se observa a lo largo de toda la frontera entre México y Estados Unidos, pero el área San Diego-Tijuana destaca por su magnitud. Ambas ciudades son las más grandes en la franja fronteriza; por ello, el intercambio es mucho más patente aquí, pero también la contradicción. No hay duda de que la colaboración entre ambos lados aumentó a raíz del TLCAN, pero la asimetría es indisimulable.

Al lado de ese segmento de la población tijuanense que cruza a diario al país vecino está ese otro para el que California bien podría estar del otro lado del mundo. Mientras que la economía de San Diego se distingue por su alta productividad y el desarrollo tecnológico, Tijuana tiene su fortaleza en la mano de obra barata, los servicios y el turismo, con una fuerza de trabajo con pocas aptitudes y un nivel tecnológico menor. El intercambio económico no ha hermanado a los dos países, y tampoco disminuyó la desigualdad que hay entre ellos. El muro fronterizo, que tiene su inicio —o su final— en los barrotes que se internan en el Océano Pacífico, demuestra que ese trato cotidiano entre socios aún está lejos de traducirse en una sociedad de iguales. En un momento en particular delicado para la relación México-Estados Unidos, y con la revisión del TMEC a la vuelta de la esquina, Playas de Tijuana ilustra las contradicciones de un proyecto de modernidad que sigue sin cumplir lo prometido a ninguna de las partes.

 

José María Vázquez Cabanillas
Estudiante de la Licenciatura en Relaciones Internacionales en El Colegio de México


1 Celia Toro, “Vicisitudes del acercamiento mexicano a Estados Unidos”, en Marta Tawil Kuri et al. (coords.), Integración en América del Norte (1994-2016) Reflexiones desde el PIERAN, México, El Colegio de México, 2017, p. 227-228.


Un comentario en “Playas de Tijuana: tan lejos de Estados Unidos

  1. Felicidades José Maria que buen artículo. Sin duda, cómo bien escribes los gobiernos nos quieren hacer creer que somos socios e iguales pero eso está muy lejos de ser una realidad en esta esquina olvidada de Latinoamérica.

    ¡En hora buena!

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