¿Por qué estudiar en el CIDE?

Cada año, como parte del proceso de selección de jóvenes que solicitan admisión a algún programa de estudios del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), hay una entrevista con profesoras y profesores. Una pregunta habitual es por qué quieren estudiar en el CIDE. Las respuestas son porque les han contado que son los mejores programas de México; porque van a tener una educación de calidad, que les permitirá alcanzar algún propósito en su vida; porque van a tener muy buenas y buenos profesores, quizá lo mejor que hay en el país. Pero estoy seguro de que, a partir de este año, las y los aspirantes al CIDE también van a responder que quieren entrar para conocer y ser compañeras y compañeros de quienes hoy están defendiendo a nuestra institución; que quieren formar parte de una comunidad que tienen la disposición a dar lo necesario para asegurar que existan las condiciones requeridas para este tipo de educación. ¿Por qué lo sospecho?

Por distintas razones, la crisis actual del CIDE no tiene precedente en la historia de la institución: la imposición de una nueva autoridad externa de manera autoritaria y desapegada a las normas por parte del gobierno federal; el escalamiento del conflicto y la cerrazón de los funcionarios públicos ante las solicitudes de la comunidad. Otro aspecto sin antecedente en el CIDE es la movilización de nuestras y nuestros estudiantes ante la amenaza: su compromiso, su madurez, su resistencia, su responsabilidad.

Ilustración: Sergio Bordón
Ilustración: Sergio Bordón

Frente a una imposición en la Dirección General, el 29 de noviembre del año pasado, las y los alumnos tomaron las instalaciones y las mantuvieron resguardadas hasta el 15 de enero de este año. El pasado 24 de enero, en respuesta a la modificación unilateral de los Estatutos Generales del CIDE, bloquearon por varias horas la carretera México-Toluca, donde está ubicada la sede en la Ciudad de México. En este mismo proceso, han organizado marchas y protestas en las calles; han dado entrevistas y han informado con claridad y contundencia sus decisiones. Es necesario establecer desde ya que, aún sin conocer el futuro cercano o lejano, estas acciones deberán tener consecuencias en el CIDE que surja después de esto.

Entre los cambios que deben ocurrir en la institución avizoro por lo menos dos que son impostergables. Primero, y esta es una de las demandas de nuestras y nuestros alumnos, que la comunidad estudiantil pueda formar parte del Consejo Académico y de los otros cuerpos colegiados — tales como las juntas de profesores de los programas docentes, que deberían dejar de llamarse así — donde se presentan, se discuten, se aprueban y se vigilan las decisiones, actividades, programas, políticas, normas y valores más importantes de la institución.

El otro cambio que también me parece irrenunciable es que la evaluación de los profesores-investigadores del CIDE debería valorar más a nuestras actividades docentes, pues estas son al menos tan importantes como nuestras labores de investigación. Cabe decir que estas propuestas formaban parte de la discusión que habíamos comenzado a tener dentro del CIDE el año pasado y que fue abruptamente interrumpida y desdeñada. Sólo que ahora, opino,  ya no son propuestas, sino demandas claras.

Hasta ahora, la gran mayoría de profesoras y profesores titulares del CIDE nos convertimos en tales tras superar un proceso de contratación abierto, largo, competitivo, difícil y muy retador. Debemos demostrar, ante nuestros colegas, que tenemos las capacidades técnicas, intelectuales y humanas de formar parte de esa comunidad. Quiero pensar que quienes somos hoy profesoras y profesores en el CIDE, y quienes en el futuro también busquen pertenecer a esta institución, deberemos demostrar también que contamos con la preparación, el compromiso y la actitud para estar frente a esos y esas alumnas; que somos conscientes de la responsabilidad de compartir un aula y encontrarnos con jóvenes que han luchado de forma incansable y de manera creativa por defender a su casa. No cualquiera puede dar clases en el CIDE.

Se ha escrito y hablado mucho sobre las contribuciones del CIDE al país. Entre ellas, que aquí se crea conocimiento a la vanguardia de la ciencia, con métodos, teorías e ideas innovadoras y de excelencia internacional. Se ha dicho, además, que estas investigaciones han servido probadamente al entendimiento de los problemas públicos y, por ello, ayudan a su solución. También se ha dicho que el CIDE ha servido como un claro mecanismo de movilidad social para el estudiantado: sin el CIDE, muchos —ustedes saben quiénes son— no estarían en los sitios y condiciones donde están.

Pero creo también que una de las aportaciones del CIDE a nuestra sociedad es el tipo de actividad docente que aquí se ejerce. El desempeño de profesores, alumnos y alumnas, así como la forma en la cual se imparten clases en el CIDE, explica porqué la comunidad ha reaccionado de esa manera. El CIDE ha sido crítico con datos, evidencia, argumentos y conocimientos, y eso proviene precisamente del tipo de educación que se imparte aquí. Ser profesora o profesor del CIDE implica que se está en el aula enseñando con evidencia, con argumentos, con datos, con ideas, precisamente para ser críticos y plurales y para rechazar el pensamiento único. En la selección de nuestras y nuestros alumnos buscamos al talento dispuesto a aprender con esas características, prescindiendo de sus orígenes, ideologías, preferencias o cualquier otro aspecto que no sea enteramente académico.

A algunos de mis colegas, dentro y fuera del CIDE, les resultó sorprendente que las y los alumnos se movilizaran de esa manera y que se mantuvieran con coraje durante los últimos meses. Llevo más de una década dando clases y, al contrario, me parece que la reacción ha sido muy consecuente y coherente. Les he visto leer, presentar, reflexionar, discutir, sorprenderse, enojarse con las cosas que van ocurriendo en el aula, y también fuera de ahí, mientras están en el proceso y actividades de aprendizaje. Entonces, si han sido capaces de hacerse un espacio para defender al CIDE, no dormir, apoyarse entre sí, resistir al frío, sacrificar celebraciones con sus familias y sus amigos para un propósito que, en este caso, es defender al CIDE es porque esa es la manera en la cual ellas y ellos estudian y cumplen con la excelencia que se les pide.

Así como dije que creo que en el futuro las y los profesores tenemos que ganarnos el honor para darles clase en las aulas, también, a partir de ahora, las y los alumnos deben estar más comprometidos y dedicados a su formación y su educación en el CIDE. Tienen que ganarse el espacio en esa comunidad, comprometiéndose con una educación de origen y visión pública, de excelencia, de calidad, retadora y que también van a luchar por lo que creen. No cualquiera puede recibir clases en el CIDE.

Entiendo que la situación actual provoca tristeza, rabia e impotencia, y que algunos tengan dudas sobre solicitar admisión o continuar estudiando en el CIDE. Pero tengo esperanza en que la imposición y los ataques tendrán caducidad. Creo, también, que ahora hay más razones que nunca para estudiar en el CIDE: es una oportunidad de ser participante de los cambios que deberán ocurrir, de aprender con profesores y profesoras que los van a retar cada día y —la más importante— de formar lazos con compañeras y compañeros con quienes seguir luchando, no sólo por esta pequeña institución, sino también por el valor y la autonomía de la educación pública y, por lo tanto, por nuestra democracia.

 

Gerardo Maldonado
Profesor investigador del CIDE y Cátedra México Fulbright en la Universidad de Chicago

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Publicado en: Política