Supongo que una realidad podría haber sido distinta según otras decisiones, otras voluntades del mismo sujeto. Como recordó Isaiah Berlin, en uno de sus trabajos tempranos, todo actor tiene en principio al menos dos alternativas: hacer o no hacer. Y si decide hacer, las posibilidades suelen ser múltiples; van de la opción uno a un largo etcétera. Tengo para mí que una mayoría de historiadores es reacia a reconocer la valía analítica de las hipótesis contrafactuales. El contrargumento es enfático y de una espesura filosófica envidiable: si un problema se puede pensar y enunciar sólo por eso es un problema de la realidad. La historia del PRD puede reconsiderarse a partir de sus contrafactuales, aquellas que implicaron en su momento decisión, posicionamiento y consecuencias en una realidad. Otra vez: si podemos enunciarlas, las contrafactuales están en el ámbito de nuestra realidad.

Primera contrafactual
Transcurrida la jornada del 6 de julio de 1988 se impuso una cuestión estratégica, que marcaría el futuro de las izquierdas y de su criatura en gestación, el PRD: ¿hasta dónde era imaginable llevar la protesta postelectoral? La percepción de un fraude electoral generalizado era un hecho político, más allá de la discusión posterior sobre los resultados verdaderos. Por tanto, para el oficialismo y la oposición de izquierda el asunto eminente era el manejo público del fraude. Un alegato del tipo y tono de que se había tratado de una elección accidentada, pero de resultados justos, era tan inverosímil como aún suena hoy día. La oposición representada por Cuauhtémoc Cárdenas conocía bien, no de oídas, el patrón de respuesta del gobierno cuando éste sentía una amenaza al dispositivo material y simbólico estratégico del autoritarismo: la figura presidencial. Habían transcurrido, reparemos en ello, menos de 20 años desde el 2 de octubre.
Hasta dónde empujar la protesta era la cuestión antes del 10 de septiembre, cuando el Colegio Electoral avalaría los resultados de los comicios presidenciales. Sabemos de dos alternativas en el círculo del candidato presidencial. Una salida rupturista corría por cuenta de Porfirio Muñoz Ledo. En cambio, Cárdenas, si bien defendió su triunfo e insistió en revisar y limpiar la elección, optaba por encauzar en el mediano y largo plazo la energía política acumulada en campaña. El hijo del general quería evitar la violencia represiva, ante la cual sus seguidores estarían indefensos, según recordó en sus memorias. Incluso antes de la fundación del PRD, ¿era posible la salida rupturista, esto es un programa cívico y político para denunciar el fraude, invalidar la elección (jurídica o políticamente) e impedir la asunción de Salinas de Gortari? ¿Era aquel un camino más transitable?
Cualquier cálculo responsable debía contemplar la posición del adversario: el presidente de la República, Miguel de la Madrid; el candidato oficial, Carlos Salinas de Gortari; sectores de la alta burocracia; y las Fuerzas Armadas. Los tres primeros habrían sido el foco de una campaña de movilización popular en aras de modelar sus respuestas. Tanto si el hipotético movimiento de resistencia se hubiese dirigido a limpiar la elección o a repetirla, ninguno de esos tres actores (el presidente constitucional, Salinas de Gortari y la clase política) tenía en esos momentos el prestigio nacional o internacional para encarar un movimiento de protesta por tiempo prolongado. Ante una disidencia firme y coherente el eslabón más débil era el presidente De la Madrid; nadie más que él enfrentaría la disyuntiva de terminar su gobierno con un arreglo político producto de un enredo electoral, o bien, con la represión abierta no sólo contra un grupo de políticos notable sino de un movimiento amplio de oposición implantado en buena parte del territorio nacional. Supongo que las responsabilidades y atribuciones constitucionales constreñían el campo de acción de Miguel de la Madrid. Más allá del aura posterior de Salinas, no tenía entonces un poder real más allá de la palabra y quizá su partido. Las Fuerzas Armadas resultan clave en el desenlace. No sabemos si el Ejército y la Armada habían iniciado su camino hacia la neutralidad política, pero su sola permanencia en los cuarteles hubiese bastado para inclinar la balanza en favor de un arreglo negociado para limpiar la elección. La pregunta básica, la que funda esta contrafactual, es si la institucionalización del movimiento social que aupó y conformó al PRD fue una decisión precipitada.
Segunda contrafactual
¿Qué habría pasado si el PRD hubiese compartido la candidatura presidencial de López Obrador en 2018? Como sabemos, el PRD, coaligado con el PAN en la candidatura presidencial del panista Ricardo Anaya, obtuvo 2.83 % de los votos (poco más de 1 600 000), una catástrofe política si lo comparamos con sus resultados en las elecciones presidenciales de 2006 y 2012. Tal hundimiento cuantitativo de un partido político es único en la historia electoral mexicana. Para entender la magnitud del fenómeno tengamos en mente los poco más de 30 000 000 de votos de Andrés Manuel López Obrador en la elección de 2018, 53 % del total de sufragios emitidos. Visto en perspectiva se puede sostener que el piso electoral de las izquierdas se ubicaba en los 15 000 000 de votos. Así, en 2012 la coalición electoral con núcleo alrededor del PRD y de López Obrador alcanzó 32.61 % de los votos (15 848 827 en coalición, de los cuales 11 122 252 corresponden al partido como tal), siete puntos por debajo del candidato triunfador, Enrique Peña Nieto. En otras palabras, en los comicios de 2018 el PRD perdería entre 85 y 90 % de votos.
Es del todo conocido que algo crucial sucedió en el partido del sol azteca luego de la elección presidencial de 2012. Una pulsión se apoderó de las dirigencias perredistas: hicieron suyas las críticas al populismo e imaginaron que su futuro estaba en un inédito e improbable perfil socialdemócrata mexicano. Semejante operación intelectual se dio en un vacío teórico y discursivo rampante, más como confesión y arrepentimiento que como proyecto ideológico y programático. Miremos la autodestrucción: justo cuando consolidó su piso electoral en 15 000 000 de sufragios (cota nada deleznable en el México de la transición), las dirigencias del PRD decidieron alinearlo con los argumentos de sus críticos acérrimos. Esto es crucial en cualquier historia del PRD: sus detractores (oficialistas de entonces, liberales de masas imperceptibles, ultras de izquierda acéfalos, politólogos normativos) habían creado una pastoral para la izquierda en México en la que todos los valores buenos del universo se vincularían en un proyecto sin política, masas, conflicto o poder y… sin López Obrador.
Es un de los hechos más notables de la historia política e intelectual mexicana reciente que la imaginería tóxica que asumió la élite perredista provino de un fofo conglomerado de opinadores públicos que no acreditaron (ni entonces ni ahora) dominio alguno de los dilemas, tragedias y venturas de la historia de las socialdemocracias e izquierdas europeas. Para cualquier efecto práctico las dirigencias del PRD empedraron el camino de un futuro más católico que socialdemócrata: el partido testimonio.
Sólo por un momento imaginamos al PRD como compañero de viaje de la candidatura de AMLO en 2018, una vez en suspenso momentáneo los rencores del divorcio reciente que dio pie a Morena (e incluyo los de López Obrador). A saber qué habría pasado, pero es probable que el PRD hubiese obtenido una tajada de aquel 53 %, más abundante que sus históricos, por ridículos, 1 800 000 votos. La contrafactual raya en una farsa si recordamos que el PRD suscribió como candidato presidencial a un militante del PAN, sin que hubiese ninguna justificación doctrinaria o política para que el hasta entonces partido hegemónico de las izquierdas optase por un político de la derecha ideológica, en las postrimerías de un desastroso gobierno del PRI que se hundía solo, y con los datos duros en mano de que el candidato presidencial favorito de las encuestas era López Obrador.
En 2018, sostengo, se registró un acto contra natura. La deserción del PRD iba contra las tradiciones e instintos de las izquierdas mexicanas luego de la Segunda Guerra Mundial; en ese sentido resultan más lógicos y audibles los añejos argumentos lombardistas de apoyo a los “gobiernos de la Revolución” que las omisiones y silencios perredistas. Si somos benevolentes, podríamos encontrar una explicación de orden cognitivo: el PRD no entendió que la elección podía ser la puntilla para el orden político de la transición y para una cierta economía política que le estaba aparejada. No obstante, hay otro cálculo posible, eso sí, mezquino: el PRD estaba cómodo en el régimen de la transición y, más aún, pronto estrenaría los nuevos ropajes socialdemócratas, casi todos diseñados por unos opinadores que lo han detestado desde 1989.
Lo demás es historia en forma de triste paradoja: el PRD se convirtió en una entidad criolla justo cuando los electores asaltaban las urnas con un candidato y un programa plebeyos. (El adjetivo plebeyo es crucial: lo utilizo a conciencia en el sentido de los mundos de vida, valores y prácticas de la plebe vis a vis el privilegio político y socioeconómico.) Todo el mundo sabe que las moralejas no sirven de nada pero acá hay una: el PRD no tendría que estar donde hoy no está.
Ariel Rodríguez Kuri
Académico en El Colegio de México