Propósito de año nuevo: Ozempic

Comienza un año nuevo y los renovados ánimos por ser mejores iluminan el camino de un porvenir poco promisorio. Para muchas personas el mes de enero es una gloriosa oportunidad para intentar dejar atrás malos hábitos, vicios y, si nos ponemos ambiciosos, de una vez por todas nuestra incapacidad de cumplir cualquier cosa remotamente parecida a un objetivo.

Aprender un nuevo idioma, leer más libros, correr un maratón, dejar de fumar, ahorrar dinero, tener más autocuidado y claramente ponerse a dieta. Propósitos tan genéricos y afanosos que en cuestión de semanas son desdeñados ante una rutina que impide que los problemas acumulados durante años desaparezcan sólo porque hemos alineado astronómica, histórica y culturalmente nuestros buenos deseos con el tiempo que la Tierra tarda en completar una órbita alrededor del Sol.

Por fortuna estamos en un momento de la historia humana en el que la palabra importa poco y el escepticismo es el mejor camino para fundamentar decisiones. Cuando el mercado ha moldeado a su antojo hábitos y necesidades, generado una adulación acrítica y frívola de la cultura del confort, el mínimo esfuerzo es la alternativa adecuada para obtener resultados.

De ahí que sea lógico que, precisamente, en este contexto haya encontrado su auge un peculiar medicamento para bajar de peso: el Ozempic. Originalmente diseñado para tratar la diabetes tipo 2, este fármaco se ha convertido en el nuevo objeto de deseo de aquellos que anhelan resultados rápidos en la báscula, sin tener que comprometerse con los tediosos rituales de la comida sana y el ejercicio constante.

Esta medicina que estimula al páncreas para producir insulina ayuda a su vez a reducir los niveles de azúcar en la sangre, desencadenando como su efecto secundario más notable la pérdida de peso, ya que uno de sus compuestos interactúa con los receptores cerebrales y genera una sensación de saciedad que limita el consumo excesivo de alimentos.

El humano es lo que come, afirmó el filósofo Ludwig Feuerbach. Cuando el futuro abrió una oportunidad para redefinir nuestro paladar es momento de aceptar que, quizá, el humano también es lo que no come.

Así, disminuyendo inadvertidamente el apetito y ralentizando el vaciamiento gástrico, el Ozempic ha trascendido su uso inicial y es ahora una supuesta "solución milagrosa", cobrando especial fuerza entre artistas y celebridades estadounidenses, quienes lo promueven como la clave para alcanzar un cuerpo ideal.

Las implicaciones de este fenómeno no tienen comparación en nuestra historia moderna. En lo personal me rebasa imaginar que es posible enflacar porque uno ha decidido no tener hambre. Lejos quedaron las riesgosas operaciones estéticas, como la liposucción o la banda gástrica, ni que decir ya de tomar Coca Cola sin calorías, o sustituir azúcar por edulcorantes artificiales.

No me interesa el tópico común de cómo el Ozempic está desafiando los cimientos del movimiento body positive, dejando al descubierto que el supuesto orgullo de "amar nuestro cuerpo tal como es" era sólo una forma de disfrazar la incomodidad de enfrentar los sacrificios necesarios para un cambio. Por ahora, considero más interesante destacar que los efectos de este medicamento no sólo modificarán patrones psicológicos y hábitos alimenticios a escala individual, sino también al mercado alimentario global.

Hace unas semanas en un artículo de The New York Times se analizaba que si bien el Ozempic podría acabar con el deseo por ingerir alimentos altamente calóricos (ya que quienes lo consumen afirman preferir sabores frescos y ácidos), la industria de la comida procesada ya está buscando adaptarse, creando alternativas que se alineen con los nuevos comportamientos de las próximas generaciones de consumidores.

Así, antes que seguir experimentando con papas fritas sabor a pizza, o idear galletas con toques extravagantes como churro o algodón de azúcar, dicho sector está concibiendo productos que resalten por su contenido de proteínas y fibra, o fabricándolos en porciones más reducidas. El mensaje es aterrador: adelante con que todos puedan perder unos cuantos kilos, pero que quede claro que el mercado nunca pierde.

Todo esto parece sacado de una ficción. De hecho, al hablar del tema con Valeria Villalobos me recuerda el cuento “Stoormtrooper” del escritor Carlos Velázquez, un relato sobre los productos milagro; la historia es divertida y fascinante en el sentido de criticar sus métodos comerciales y sus improbables consecuencias en la sociedad.

Haciendo una parodia tanto de Herbalife como de la desconfianza de los mexicanos que suele acentuarse en circunstancias adversas, el relato aludido utiliza el humor y el realismo para explorar esa obsesión por salir adelante, aunque no siempre a costa de lo que sea. El protagonista, una vez que ha perdido su trabajo y tiene que verse en la necesidad de vender licuados con polvos naturistas para adelgazar y de esa forma subsistir, es obligado por su esposa a consumirlos para convencer a la clientela de su efectividad. No obstante, lejos de lograr el éxito esperado, el protagonista experimenta un giro imprevisto, ya que a pesar de haberse sometido hace poco a una vasectomía, su esposa queda embarazada. Este insólito evento lo transforma en una especie de ídolo que ha vencido la infertilidad gracias a las propiedades casi divinas de los polvos y cuya prosperidad económica va viento en popa, pero las sospechas de que no fue él quien concibió a su hijo provocan una serie de eventos fatales.

Lo dicho, en tiempos en que la congruencia es una exquisitez, queda en evidencia la credulidad de las masas y la vulnerabilidad de quienes, atrapados por la necesidad, sucumben ante esa idea tan distorsionada de progreso y dignidad que se nos ha impuesto.

Cabe mencionar que en México ya es posible comprar Ozempic bajo prescripción médica (que no sería muy complicado conseguir) por un precio de alrededor $4,000.00 pesos (considerando que las dosis serían semanales, al mes se estaría gastando $16,000.00 pesos, y debería administrarse por periodos de tiempo prolongados, según la evolución y necesidades del paciente).

Da igual que la principal causa de muerte de los mexicanos sea la diabetes, o que el 70 % de la ciudadanía padezca sobrepeso, el acceso al tratamiento de moda en tierra nacional será, como siempre, una cuestión de dinero. Una posibilidad sólo para quienes puedan pagarse el Ozempic y no para los que se dejan convencer por sellos que tapizan los alimentos procesados y sienten nostalgia por animales animados en las cajas de cereal.

Delegando a la tecnología aquello que alguna vez fue humano, no cabe duda de que el presente, tarde que temprano, será algo factible sólo para una muy escasa minoría.

Qué mejor propósito para el año nuevo que dejar de tener propósitos. De abandonarse a la espontaneidad de una vida egoísta y moldeada artificialmente a conveniencia por el mercado, donde el futuro permita enflacar sin esfuerzos o, incluso, escribir textos con ayuda de un algoritmo. Es momento de renovar mi suscripción a Chat GPT.

 

Juan Jesús Garza Onofre

Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM y profesor en El Colegio de México y el ITAM.

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Publicado en: Salud