Protestas en Cuba o el sentido de la injusticia

Las protestas de 2021 sobresaltaron el ánimo de los cubanos en un régimen donde la política parece estancada en un limbo histórico. En esa monotonía, las novedades relucen en el trasfondo de los discursos gastados como la verdad en boca del mentiroso y desatan las ansiedades reprimidas. En efecto, el 11J fue revuelta popular y espiritual, agitación de los vejados y de las emociones. Pero el tiempo calmó los ánimos y su locuaz impedimenta de calificativos; ahora toca el turno al análisis.

Ilustración: Patricio Betteo

Protestas en Cuba. Más allá del 11 de julio, de Velia Cecilia Bobes, ofrece al lector la primera investigación metódica sobre aquel suceso de la cual tengo noticia. Es probable que aparezcan otras en el futuro, pero el libro publicado por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales destaca por su explicación sociológica de la protesta y algunos vislumbres del futuro, que los mandamases de La Habana harían bien en tomar en cuenta.

Bobes evitó las explicaciones comunes sobre el origen de la protesta. Al lector poco entendido en “asuntos cubanos” conviene saber que la opinión pública responsabiliza al deterioro económico, al control autoritario, a las sanciones de Estados Unidos, al despertar de la sociedad civil y, en menor medida, al adelgazamiento del Estado por la crisis general. El argumento de la autora, por el contrario, identifica al sentimiento de humillación e injusticia provocado por un cambio en el discurso político como la causa de la asonada.

Para sostener su hipótesis Bobes recurrió a una comparación simple pero efectiva. Es lo que conocen los comparativistas como “estudio de casos más similares”, pero no es lugar para agobiar al lector con la jerga de la ciencia positiva. Primero, tomó dos momentos en la historia reciente de nuestro país donde las explicaciones alternativas estuvieran presentes. Esos dos momentos son la crisis tras la caída del Muro de Berlín y la posterior a la pandemia de covid-19. En los dos hay dificultades económicas, represión, embargo, sociedad civil incipiente y Estado reducido. Luego se pregunta a sí misma: “Si todo permanece igual, entonces, ¿qué elemento cambia entre un periodo y otro?”. El liderazgo y el discurso político.

Tras el derrumbe de la Unión Soviética, Fidel Castro autorizó las innovaciones mínimas para mantener vivo el sistema de control político y económico. Las reformas generaron desigualdad en el acceso a bienes y servicios, una amenaza para el plan de sociedad medianamente digna que fundaba el poderío del líder máximo y sus allegados. Pero Castro, hábil en la persuasión y el manejo de la crisis, cuidó la imagen justiciera de “la Revolución” disculpándose en largas presentaciones públicas e hincando la rodilla ante el pueblo soberano, del cual era servidor humilde, y al que dañaba ahora por necesidad y no por convicción, sin perder un ápice de fe en el futuro del socialismo.

La muerte del hermano mayor puso a Raúl Castro a la cabeza del Estado. El cambio de jefe trajo consigo otra ola de reformas para apuntalar el edificio socialista, pero a diferencia de las anteriores, vinieron acompañadas por mutaciones en el discurso. Raúl Castro y otros dirigentes cubanos comenzaron a culpar de los problemas a la ciudadanía. Si todo andaba mal era porque los cubanos no trabajaban y deseaban vivir del asistencialismo estatal, decían. En un giro irónico, los jefes supremos adoptaron el desprecio elitista hacia la gente común de la derecha latinoamericana a la que tanto criticaron en público —nada sabemos de la vida privada. Llegaron al extremo de llamar “parásitos”, “analfabetos”, “egoístas” e “ingratos” a su propio pueblo. El nuevo discurso trasladaba la responsabilidad del fracaso a los ciudadanos, una estrategia que Fidel Castro evitó astutamente. En el momento de la protesta incluso pasaron del desprecio indulgente al agresivo: “vándalos”, “delincuentes”.

A partir de entonces sobrevienen minúsculas rebeliones públicas hasta desembocar en el gran acontecimiento de julio de 2021. El argumento de Bobes aprovecha con originalidad la literatura sobre movimientos sociales y la adapta al contexto autoritario de Cuba. Sin embargo, creo que una inspiración latente es la obra clásica de Barrington Moore La injusticia. Bases sociales de la obediencia y la rebelión. El sociólogo estadunidense se propuso con ese libro comprender por qué la gente se subleva contra el poder establecido y por qué lo acepta y obedece. Moore llegó a la conclusión de que el sentido de la dignidad personal es un sentimiento universal y poderoso, porque si se lo agrede puede convertirse en la pesadilla de cualquier aparato de dominación. Bobes narra una historia parecida, pero con ambiciones más modestas.

La protesta pública llegó para quedarse en el repertorio de posibilidades de la ciudadanía, afirma la autora. Mala noticia para el gobierno cubano. A partir de ahora tendrá que aprender a lidiar con este tipo de manifestaciones; viene a cuento decir que la violencia puede ser muy costosa si se la concibe como el único trato para los “insubordinados”. Además, la protesta pública continuada es síntoma de división y pluralidad social —la pluralidad política es asunto diferente—, lo que supone un reto al discurso de la “unidad del pueblo revolucionario”. No es que muchos en Cuba crean en esa antigualla polvorienta, pero todavía quedan algunos grupos de izquierda en Occidente cuya fe podría resquebrajarse al observar la diferencia entre lo que dicen los jefes revolucionarios y lo que dicen los hechos.

La obra de Velia Cecilia Bobes agranda la literatura sobre los cambios en la Cuba posterior al fin de la Guerra Fría, que es la Cuba de los últimos treinta años. A decir verdad, esa literatura cuenta con poca ciencia social y mucha opinión. Ambas son necesarias y encomiables, pero conviene más el equilibrio que la desproporción en el reparto de cantidades. Los científicos sociales cubanos nos enfrentamos a la escasez de información, recursos y permisos para hacer trabajo de campo. Cierto, esos obstáculos a veces nos sobrepasan, pero ninguno debe convertirse en impedimento tan severo como para inhibir nuestra voluntad de saber. Vastas regiones de la realidad nacional están por ser redescubiertas: la vida rural, el sistema de gobierno, la religión.

El libro de Bobes ilumina una parte de esa realidad a través del lente ecuánime de la ciencia social. Como otros analistas antes de ella, trata de establecer una línea clara entre sus prejuicios y la realidad, anteponiendo la explicación a la crítica. Su objetivo es entender, no juzgar. En ambientes de exaltación, esa actitud desapasionada revela elementos esenciales del mundo físico y espiritual que la ira ensombrece u oculta. Bienvenidos sean esos aires fríos cuando atemperan las llamas de la mente.

 

David Corcho Hernández
Maestro en Ciencia Política por El Colegio de México y doctorante en Ciencias Políticas en la Flacso-México. Se ha desempeñado como periodista y editor. Actualmente estudia temas relacionados con historia del pensamiento político y procesos de erosión democrática.

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Publicado en: Internacional, Política