Decenas de miles de jóvenes aspiran año con año a ingresar al sistema educativo militar y naval como cadetes, soñando con volverse médicos, ingenieros, comandantes de tropas al servicio de México. El primero de septiembre de 2014 fui uno de los “afortunados” seleccionados para causar alta en el Heroico Colegio Militar —“yunque forjador de hombres de guerra”. Aquella fortuna que por años fue mi sueño de juventud, acabaría por convertirse en un infierno cuyas cicatrices, a la fecha, con frecuencia se reabren, sanan, tullen y vuelven a sanar.
A propósito del estreno de la película Heroico dirigida por David Zonana, escribo este texto para narrar públicamente las prácticas de tortura, extorsión y violencia sexual que sufren los cadetes y reclutas de Sedena y Semar al perseguir el sueño de ponerse el uniforme. Confío en que este testimonio crudo y directo de las vivencias del personal de nuevo ingreso en las Fuerzas Armadas (FFAA) permita a los jóvenes de México tomar una decisión informada sobre si desean someter sus cuerpos y almas a esta clase de vejaciones, y espero contribuir al debate para entender los peligros de la militarización de la seguridad pública.

Las novatadas o ritos iniciáticos para el personal de nuevo ingreso se denominan “la potreada” o “pócima”. No se trata de un día o un ritual de paso en concreto, sino de un periodo de uno a dos años (dependiendo del plantel) en el cual el recluta o cadete se somete a una serie de formas de violencia psicológica, económica, física y sexual para probar su “hombría” y pertenencia a la institución.
Me permito describir, dentro de los límites del decoro, la mecánica de estas torturas, empezando por las agresiones físicas:
- Tablazos. Al interior de las FFAA se utilizan tablas de madera para lesionar los glúteos y pies de soldados y marinos. Las golpizas sólo se detienen cuando las partes del cuerpo agredidas quedan completamente negras y cubiertas de moretones. Cuando la golpiza se realiza específicamente en los pies, puede utilizarse un tubo en lugar de una tabla, en cuyo caso la novatada se conoce como “herrar al potro”, siendo “potro” el apodo peyorativo de los reclutas y cadetes de nuevo ingreso. Con frecuencia se utiliza como correctivo para incumplimientos de parte de los cadetes: botines mal boleados, uniformes sin sirolear, cuarteleras en mal estado. Aunque también se dan sólo por el propósito de la violencia gratuita. Recuerdo con claridad una ocasión en que uno de mis tenientes comandantes de sección decidió, en virtud de que la compañía había estado tranquila los últimos días, tablear a todos los cadetes de segundo año sólo para recordarles su lugar.
- Chavelitas. En ocasiones el personal es obligado, fuera del contexto del adiestramiento, a inhalar hasta el desmayo o el vómito granadas de gas lacrimógeno. Este tipo de novatada suele ocurrir en los baños de las compañías o en espacios abiertos como los jardines.
- Mortero, kaibil y vampiro. Siguiendo las tácticas de centros de interrogatorio como Guantánamo, en ocasiones los cadetes son dejados por horas en posiciones incómodas (a veces incluso hasta el punto del desmayo) recargando el peso de su cuerpo especialmente con la intención de lesionar el cuello. El cuello está diseñado para cargar el cerebro, no el peso de un adulto. Colocar el peso entero del cuerpo en el cuello puede derivar en hernias, fracturas, incluso la muerte si se presenta una caída en estas posiciones.
- Coca artillera. Al terminar de disparar el obús, se le debe limpiar con químicos corrosivos para impedir que la pólvora se solidifique al interior del cañón y forme una costra que arruine el regimado. Dichos líquidos caen en una cubeta conocida como “la coca”. Los cadetes son obligados a beber de la coca y vomitarla inmediatamente como ritual de paso específicamente para las tropas de artillería.
- Judiciales. Conocido en el mundo sajón como waterboarding. Se vierte agua (o en el caso de Sedena, líquido de limpieza como cloro o detergente) para asfixiar al cadete hasta el desmayo, quemando el esófago en el proceso con el paso de los químicos.
- Marías. El “reto” consiste en poder decir en voz alta el nombre “María” en múltiples ocasiones mientras el cadete es golpeado en repetidas ocasiones en el diafragma. Naturalmente, al quedarse sin aire, se vuelve cada vez más difícil articular palabra alguna, o incluso conservar la consciencia a causa de la hipoxia.
- Hormiguero. Se coloca al cadete descalzo sobre un hormiguero y se vierte sobre sus pies alguna sustancia dulce (miel, refresco, jarabe, etc.). Las hormigas emergen y muerden los pies del cadete hasta dejarlos ennegrecidos por la inflamación. El cadete será obligado a caminar y marchar los días subsiguientes sin queja alguna, pues si denuncia a las autoridades la herida que se le provocó será tenido por cobarde.
Cadetes mueren con frecuencia a causa de las novatadas, tal es el caso del cadete Jorge Eduardo Sánchez Ortega, asesinado en el 2017 precisamente por medio de una coca artillera en el Centro Nacional de Adiestramiento en Chihuahua. Jorge, cuya mayor ilusión era servir a su país, fue asesinado por sus superiores en esta novatada.
En principio hay un mecanismo para detectar la tortura física en los planteles educativos militares. Todo el personal pasa una revista médica antes y después de salir de franquicia (día libre). Sin embargo, con frecuencia se esconden en distintas compañías a los cadetes demasiado lesionados como para pasar revista para que la comisión del delito quede oculta.
La segunda forma de violencia es económica y se conoce como la “sangrada”, una forma de extorsión mediante la cual se exigen cuotas al personal bajo diferentes conceptos: supuestas reparaciones necesarias en la compañía, compra de equipo, etc. Con ello se priva a los cadetes de su PRE (Pensión Recreativa Estudiantil), la beca en efectivo (que en mi época era de menos de 200 pesos semanales y hoy en día es superior a 500) que reciben los cadetes durante su estancia. No pagar la sangrada es motivo para golpear a un cadete o robarle su equipamiento, esto con miras a que lo reponga con su propio dinero si no quiere ser enviado a una prisión militar por el extravío del equipo. En muchas ocasiones, el propio personal que administra los pañoles y almacenes opera en contubernio con los cadetes agresores para consumar estos robos y extorsiones.
Hay algunos cadetes que incluso recurren a la prostitución para poder pagar estas extorsiones. Durante los fines de semana acuden con personajes conocidos como los “tíos rich”, varones que pagan por sexo con cadetes varones en una transacción que en el mundo civil se llamaría como suggar daddy. Los cadetes no se prostituyen ni por gusto ni para acceder a una mejor vida, sino para tener el mínimo indispensable para pagar las extorsiones que se les exigen en el transcurso de la semana.
La tercera forma de violencia es de índole sexual. Puede adoptar formatos como el descrito en la recomendación 2/2016 emitida en contra de la Sedena por la violación equiparada de un cadete de la Escuela Médico Militar, a quien sus cadetes antiguos le insertaron un toallero por el recto. También puede adoptar formatos como el de los feminicidios de la subteniente Susana Sayas en 2019 o el de la teniente Gloria Cházaro en 2023. Las mujeres al interior del instituto armado con frecuencia son tratadas como objetos, como ganado o botín de guerra del que se puede disponer si un superior jerárquico las desea sexualmente. Se presentó una denuncia de amplia difusión sobre acoso laboral por la soldado Alexa Bueno, quien fungió como community manager de la Sedena hasta que solicitó su baja de la institución ante el incesante acoso que sufrió.
La cuarta y última forma de violencia que se vive es psicológica. En promedio nunca dormimos más de una o dos horas por noche mientras fuimos potros. La noche era para trapear, para ser golpeados, para bolear o sirolear uniformes de cadetes antiguos, no para dormir. Al cadete se le tortura bajo la idea de que él voluntariamente ingresó a la institución y en cualquier momento puede abandonarla.
Con cierta frecuencia los cadetes escapan durante la noche, brincando la barda del Heroico Colegio Militar y eludiendo a los centinelas para escapar. Vuelven a sus pueblos, regresan a la vida que habían dejado atrás. Pero la vida ya no es igual. Ellos han cambiado para siempre: cargan heridas que en la mayoría de los casos culminan en el desarrollo de un trastorno de estrés postraumático.
Estas prácticas se justifican como un ritual de hombría, supuestamente entrenan al soldado a manejar la presión de un enfrentamiento, a tomar decisiones en medio del fuego enemigo. Curiosamente, estas prácticas también las utilizan los soldados que desertan del Ejército mexicano (como los Zetas) para adiestrar a sus sicarios. Así los desensibilizan, los preparan para matar. Debería preocuparnos profundamente como sociedad si el sicario y el soldado se entrenan con los mismos métodos, las mismas narrativas y a cargo de los mismos personajes (soldados y marinos).
Es difícil encontrar un vínculo causal entre cómo la inserción de un toallero en el ano mejorará la consciencia situacional de un soldado a mitad de un enfrentamiento, o cómo una coca artillera agudizará la memoria muscular del soldado que debe desencasquillar su arma si ha tenido un accidente de tiro a media balacera.
Las novatadas del sistema educativo militar y naval vienen acompañadas de una noción muy particular de la masculinidad. El macho es cabrón, es asesino, es capaz de seguir órdenes ciegamente. Negarse a sufrir estas novatadas ya sea desertando o solicitando tu baja de la institución es algo considerado femenino y feminizante. Quien deja la institución es considerato “puto”, “culero”, “chivatón”. El verdadero macho mexicano es el que abre sus glúteos y tracto digestivo a la formación que la patria le ofrece.
Las conductas aquí descritas no admiten margen de interpretación, son delitos, tipificados además en el Código Penal Federal y en el Código de Justicia Militar: infracción de deberes militares, abuso de autoridad, lesiones, tortura, violación equiparada, etc. Es paradójico que para entrenar a soldados a cumplir la ley, se considere indispensable romperla en el proceso.
La guerra contra el narcotráfico empieza perdida si el soldado y el sicario se comportan igual, si operan bajo las mismas motivaciones y narrativas. El soldado y el sicario no son tan diferentes. Muchos de ellos provienen del mismo contexto de precariedad económica. En ambos casos, la institución les ofrece un arma (poder) y sentido de pertenencia (identidad), lo cual sacia los anhelos más profundos de estatus y superación personal que cualquier joven pueda tener. Al joven mexicano se le ofrecen dos opciones: puedes ser sicario del narco o sicario del Estado, pero el proceso formativo es el mismo, la operatividad es la misma, los incentivos son los mismos. Ingresar a la corporación es garantía de ingreso fijo, de reconocimiento de sus pares, mujeres, armas, aventura.
Es diminuto el porcentaje de personal que cumplirá veinte años de servicio para jubilarse en el ISSFAM. La mayoría de los soldados y marinos desertan o piden su baja, nadie puede tolerar estas prácticas para siempre. Y cargan toda su vida en silencio estas heridas psicológicas que más tarde pueden manifestarse de muchas maneras: adicciones, violencia intrafamiliar, conductas antisociales, estrés postraumático, etc.
Nuestras FFAA son una organización de víctimas y de victimarios. De víctimas, porque hasta los hijos de generales y almirantes sufren su dosis de potreadas. Victimarios, porque eventualmente tendrán su oportunidad de revancha, de extorsionar, violar, golpear. Así, entre víctimas y victimarios, el ciclo de violencia se repite.
Militarizar la seguridad pública es poner en manos de más de 300 000 soldados y marinos, forjados por estas prácticas de tortura, la paz de los mexicanos. Probablemente la próxima vez que alguien llame al 911 y llegue la Guardia Nacional al rescate, el oficial que viene al mando, el soldado que maneja la ametralladora MK, es ese joven desvelado, extorsionado y golpeado.
Las Fuerzas Armadas se comportan como una organización criminal al interior y al exterior. Internamente extorsionan, golpean y agreden sexualmente a sus integrantes. Hacia fuera, hacen lo propio con la ciudadanía por medio de detenciones ilegales, fabricación de delitos, torturas y violaciones a derechos humanos.
Muchos sectores de la población tienen un amor adolescente e idealizado por el Ejército y la Marina precisamente porque no conviven de cerca con ellos. Es muy diferente el rostro del Ejército y la Armada en el desfile del 16 de septiembre al rostro que conocen las “víctimas colaterales”, los supervivientes de tortura en instalaciones militares, los exsoldados y marinos de México.
Estas historias no se conocen, se silencian, se minimizan, se desprestigian. Denunciar estas prácticas no es difamar a las FFAA, es describirlas tal cual son. Su popularidad responde a una razón muy sencilla: la opacidad.
En el comedor del Heroico Colegio Militar están inscritas en letras de oro las virtudes militares: honor, valor, lealtad, patriotismo. Palabras vacías para intentar dar sentido a la profesión de la muerte. No hay honor en golpear a muchachitos de 18 años, extorsionarlos, manipularlos, agredirlos sexualmente. El bicentenario del Heroico Colegio Militar es el bicentenario de la pedagogía de la tortura, 200 años de expertise de mexicanos asesinando mexicanos en incesantes guerras civiles y campañas de contrainsurgencia.
Víctor Antonio Hernández Ojeda
Maestro en Inteligencia y Seguridad Internacional por el King’s College London, licenciado en Filosofía por la Universidad Panamericana y egresado del Centro William J. Perry de Estudios Hemisféricos de Defensa del Departamento de Defensa de Estados Unidos