El 23 de octubre de 1968, Luis Donaldo Colosio manda una carta a su papá en la que le cuenta que consiguió un empleo como recadero en una oficina. Tiene 18 años y aún no cumple su primer año en el Tecnológico de Monterrey, donde estudia Economía. En su carta, Luis Donaldo revela que usa los tiempos muertos del trabajo para leer. Acaba de terminar la novela El abogado del diablo, de Morris West y un ensayo llamado Doctrina socioeconómica del cual señala con orgullo: “Gracias a este libro ya no me quedo boquiabierto cuando me hablan de socialismo, capitalismo, marxismo, etcétera”.
Este es uno de los textos iniciales de Las cartas de Colosio, libro en el que Rafael Medina Martínez recopila la correspondencia que el político mantuvo con su papá durante toda su formación universitaria, desde sus tiempos en Monterrey hasta el posgrado que hizo en Estados Unidos. Sus cartas son, por necesidad, las que envía un muchacho lejos de casa que busca la aprobación del padre (y, a veces, justificar alguna mala nota). Pero son, también, las de un joven curioso que comparte sus pequeños asombros.

En esa misma carta del 23 de octubre, Colosio cuenta que compró Por quién doblan las campanas, de Hemingway, y una antología de poemas de León Felipe. También refiere que leyó un artículo en la revista Siempre! sobre el movimiento estudiantil que acaba de ser reprimido en la capital.
En estas primeras cartas que envía Colosio desde Monterrey no hay, todavía, una vocación política clara. En cambio, hay muchos pensamientos sobre sus convicciones y afinidades. En 1972, por ejemplo, relata que compró los discursos de Carlos Madrazo durante un viaje a Tabasco y añade que, para los políticos de Villahermosa, aún está “muy fresca” la desazón por la muerte de su antiguo gobernador. Para Rafael Medina Martínez la conexión entre El Ciclón del Sureste (como se le conocía a Carlos Madrazo)y Colosio es clara, al grado de encontrar en una frase del tabasqueño (“En este México tan hambriento y sediento de justicia”) un antecedente de la frase que lanzaría el candidato presidencial desde el Monumento a la Revolución: “Veo un México con hambre y sed de justicia”.
Al margen del desarrollo de su vocación política, Las cartas de Colosio revela, a lo largo de once años de correspondencia, el camino a la madurez de un joven que siempre mostró curiosidad intelectual. Si en sus primeras cartas en 1968 menciona con candidez sus lecturas de Hemingway, para 1976 relata el marasmo que le provoca la clase de un profesor ruso sobre planeación económica regional: “Ha despertado en mí una inquietud de tipo filosófica”. Aquel Colosio, que ahora estudia un posgrado en Filadelfia, explica a su padre: “Todo tipo de planeación económica exige un compromiso ideológico, ya sea que te encuentres en el seno de una economía tipo capitalista o en una centralizada”.
En su última carta, fechada en 1979, Colosio escribe con disgusto sobre Somoza, Videla y sobre el intervencionismo estadunidense en Latinoamérica. Para ese entonces, se ha desencantado parcialmente de la regional science que estudió en la Universidad de Pensilvania y empieza a afilar la elocuencia de quien habla desde el púlpito, aunque siga siendo un hijo que sólo intercambia impresiones por escrito con su padre.
Lo llamativo de Las cartas de Colosio no es tanto que el futuro candidato mantuviese a lo largo de los años la curiosidad que muestra en sus primeras cartas. Lo notorio, en realidad, es que este perfil estaba lejos de ser una rareza entre los políticos de aquellos tiempos. Mientras que Porfirio Muñoz Ledo se jactaba de ser un fanático de Rainer María Rilke, José López Portillo era considerado un sujeto en extremo culto, incluso por quienes matizan que todo este bagaje no le impidió ejercer una presidencia desastrosa e impopular.
Las inquietudes que se muestran en Las cartas de Colosio contrastan notablemente con el perfil de algunos políticos actuales: pensemos en el desdén institucional de Samuel García, que ejerce una gubernatura a punta de videos de TikTok; o Teresa Castell que, pese a haber sido sancionada, insiste en emitir teorías de la conspiración sobre minorías, como la gente trans; o de Pablo Hernández, actual candidato a una diputación local en CDMX por Morena, que se burló de los becarios de Conahcyt con el siguiente comentario: “Ya post doctorado? Alguna vez trabajarán? [sic]”.
La frivolidad (Samuel García), los prejuicios impermeables a la evidencia (Teresa Castell) y el desprecio hacia la labor intelectual (Pablo Hernández) han conseguido medrar en la actual política mexicana y pueden ubicarse dentro de una ola de antiintelectualismo que se puede interpretar como un rasgo más del desprecio hacia las élites que distingue al populismo, como indica Jan-Werner Müller en ¿Qué es el populismo?. El propio Isaac Asimov alertó, en un texto de 1980 acerca del “culto a la ignorancia”, sobre la fama que ganaba el eslogan “¡no confíes en los expertos!” en los medios estadunidenses de su tiempo. Sin embargo, el antiintelectualismo de nuestros tiempos también puede entenderse como una consecuencia de que en la política actual se confundan los likes con los votos.
En De la estupidez a la locura, Umberto Eco señaló que el concepto de reputación ha sido sustituido por el de notoriedad: la gente ya no encuentra distinción “entre ser famoso y estar en boca de todos”. Esta noción puede aplicarse a la perfección a las diferencias que hay entre Luis Donaldo Colosio y Samuel García, entre Porfirio Muñoz Ledo y Pablo Hernández. Los primeros no eran sujetos excepcionales, sólo se formaron en un sistema político que favorecía la preparación y a veces premiaba la inquietud intelectual. Los segundos, en cambio, han visto la oportunidad de crecer en un sistema que reemplaza la discusión pública con el espectáculo y en el que se interpreta como un valor antisistema el desdén por la evidencia y, en ocasiones, por la razón. Los primeros tenían una reputación; los segundos sólo son famosos.
No dudo que ahora mismo haya miles de jóvenes, interesados en la política, que profesan también una notable curiosidad intelectual. Sin embargo, en el actual panorama, aquellos que creen que la ciencia no es un trabajo, que creen en teorías de la conspiración, que creen que un político tiene el deber de entretener con sus videos de TikTok, tienen más posibilidades de obtener likes y, sobre todo, candidaturas.
Elisa de Gortari
Es autora del poemario Código Konami (Provincianos, 2022) y de la novela Los suburbios (Cuneta, 2015). Su próxima novela aparecerá en Alfaguara.
- Rafael Medina Martínez (comp.), Las cartas de Colosio, México, Aguilar, 2024, 320 pp.