Resolver la pandemia: evitar que se convierta en una enfermedad de los pobres

Con más de un millón y medio de muertes (más las que se sumen), la pandemia de coronavirus que experimentamos es una catástrofe en toda regla y sin duda su trascendencia será histórica. Desde hace algunos meses hay varias voces que afirman se trata de lo peor que le ha pasado a la humanidad desde la Segunda Guerra Mundial. Pero vale la pena poner un poco las cosas en perspectiva y hacerse la pregunta: ¿de qué forma es peor esta catástrofe que, por ejemplo, la Segunda Guerra del Congo, que generó entre 2.4 y 5.7 millones de muertos?, o, ¿de qué forma es peor que los más de medio millón de niños menores de cinco años que mueren por enfermedades diarreicas cada año? Quizás sea demasiado ocioso e insensible entrar en minucias respecto de qué situación es peor o cuáles serían los parámetros a considerar, pero sin duda genera incertidumbre las razones detrás de la inmensa diferencia existente, al menos en cuanto a la atención mediática recibida se refiere, entre la de covid-19 y el resto de eventos trágicos que involucran vidas humanas, sobre todo porque de ello suele depender el tipo de respuesta que se adopta frente a esos problemas.

Un atisbo de claridad en relación con esto lo podemos encontrar en un tweet publicado por la otrora primera ministra británica conservadora Theresa May con motivo de la noticia de que Boris Johnson se encontraba enfermo, en el que se puede leer con escándalo: “Este horroroso virus no discrimina, cualquiera se puede contagiar y cualquiera puede contagiarlo”. Creo que esto lo deja claro, lo que hace peor, o al menos más trascendente a la catástrofe actual es que no sucede en el siempre ajeno continente africano, con este horroroso virus las tragedias ocurren en la entrañable París, en Roma o Madrid, no discrimina. Se puede enfermar cualquiera, desde un cajero del supermercado hasta un graduado de Eton College que sabe recitar la Ilíada en griego. Los mejores miembros de este supuestamente meritocrático capitalismo están tan expuestos como cualquiera y al principio de la pandemia incluso más, cuando el principal frente de contagio lo constituían quienes volvían de un viaje de negocios en China, o de unas vacaciones esquiando en el norte de Italia o en Colorado, en el caso de los mexicanos.

Por eso durante las primeras semanas de brotes alrededor del mundo se llegaba a hablar de que el coronavirus era la enfermedad de los ricos. Esto es lo que ha tenido de diferente esta catástrofe, que ha asolado al Occidente rico y, que allí, ha cobrado las vidas de muchos de los que con su capacidad económica hasta este año se encontraban inmunizados frente a la gran mayoría de catástrofes globales que matan a cientos de miles cada año. En un principio la pandemia siguió la lógica de la repartición de riesgos que teorizó Ulrich Beck, según la cual las laxas regulaciones ambientales, los endebles derechos laborales y en general el ecosistema de pobreza que tanto promueven las inversiones de capital extranjero, generan riesgos que se padecen allí donde la mano de obra es barata, mientras que los principales beneficios se disfrutan a miles de kilómetros de distancia en donde las noticias de tragedias como la de las presas de Bento Rodrigues en Brasil son recibidas como si se tratara de infortunios endémicos. Según Beck la regla es que los riesgos se acumulan abajo y las riquezas arriba, y esta dinámica solo se ve alterada cuando los riesgos se salen tanto de control que llegan a las puertas de los más privilegiados (efecto búmeran).

Ilustración: Raquel Moreno

Así, esta catástrofe en cuestión cumple con las características del fenómeno observable: el virus parece haberse conjurado en Wuhan, una ciudad caracterizada por su industria manufacturera y en China, un país que debe gran parte de su estrepitoso ascenso económico a la inversión extranjera. Sin embargo, la razón de que “se saliera de control” el virus no es del todo una consecuencia de la intensidad del riesgo desatado sino de las particularidades de China. Este país es un caso sumamente peculiar dentro de la ecuación, en su territorio conviven en cierta armonía una nación en vías de desarrollo y una potencia económica plenamente desarrollada. A menos de mil kilómetros de Wuhan se encuentra Shanghái, una inmensa ciudad (la tercera más poblada del mundo), cosmopolita, turística y uno de los principales centros financieros de la actualidad, que ahora resulta ser el mejor ejemplo de un portal de conexión entre el catastrófico mundo del subdesarrollo y la autosuficiencia naive de las principales urbes europeas y estadounidenses. Si el virus se hubiera originado en Nigeria o si las potencias económicas del Occidente rico tuvieran la eficacia gubernamental de Japón, Corea del Sur o Nueva Zelanda, muy probablemente no estaríamos hablando ahora de una vacuna o de una crisis económica global, nuestro 2020 no habría sido este annus horribilis que todos queremos que acabe, sino apenas una inserción perdida entre las páginas del diario (valga el anacronismo).

Habrá quien argumente que es la crisis económica global la que lo explica todo y que las cosas no son tan inhumanas, que no es verdad que haya vidas que tengan menos valor moral o peso mediático que otras, que cualquier situación que genere las repercusiones económicas que está generando el covid-19 recibiría la misma atención así sucediese en África o fuera exclusiva de los barrios más pobres. Creo que cualquiera estaría de acuerdo con ello, pero ese argumento solo sirve para rizar más el rizo, ya que no da para explicar cómo es posible que vivamos en un mundo en el que, por ejemplo, los cientos de miles de muertes ocasionadas por la malaria cada año no tienen influencia suficiente como para alterar a los mercados internacionales. En realidad, lo que ha hecho tan devastadora a la crisis del coronavirus —en términos económicos o en general— no es que la pandemia sea tan intensa que haya abarcado al mundo entero de tal manera que nadie pudiera estar a salvo (efecto búmeran), sino porque la mezcla china de un bajo nivel de vida en las zonas al interior del país y una globalización hiperdensa en las zonas costeras creó la tormenta perfecta que hizo posible que el virus apareciera en el Occidente rico y que la pandemia misma que gestara allí, como escribió May: sin discriminar a nadie.

De hecho, conforme han ido pasando los meses, esa fuerza que hace que las catástrofes sí discriminen y lo hagan siempre en perjuicio de los más vulnerables, ha hecho que las cosas vayan retomando su cauce natural y vuelva a imperar la lógica de la distribución de los riesgos referida antes. Por supuesto cuando se habla de cauce natural se habla de ese que ha sido labrado por las profundas desigualdades económicas que rigen en estas cuestiones. En Estados Unidos ha sido claro cómo el virus ha tenido mayor incidencia en los vecindarios más empobrecidos y racializados, mientras que en México la diferencia entre ser hospitalizado en el IMSS o en un hospital privado es inmensa. Y eso solo en cuanto a lo que al virus como tal se refiere, si habláramos de la utilización de recursos públicos en alivio de las más graves repercusiones económicas producidas por la pandemia sobre la vida de los ciudadanos, todo sería mucho más evidente: en los mejores casos estas medidas han sido insuficientes, en otros países, como en el caso de México, prácticamente inexistentes.

Justo ahora se vive un ambiente de optimismo que si bien ya nos urgía a todos, puede que sea no más que una sensación fugaz. La luz al final del túnel que vislumbramos tiene que ver con el suministro de vacunas que ya está dando inicio. Diversos gobiernos nacionales han arreglado la disposición de un primer lote de vacunas para suministrarlas —al menos en la teoría— de forma estratégica y de forma gratuita, privilegiando al personal sanitario, a los más vulnerables frente a la enfermedad y a quienes por su oficio o condición, están más expuestos al contagio. En el plano internacional las cosas también lucen bien con el impulso de COVAX, una estrategia de cooperación multilateral liderado por la Organización Mundial de Salud que busca que todos los países tengan acceso a las vacunas de forma equitativa, independientemente del poderío económico o geopolítico de cada uno. El gran reto —suponiendo que todo durante esta primera fase saliera bien— vendría después: una vez que la pandemia entre en una franca fase menguante, con seguridad irá creciendo el debate sobre si la vacuna debe estar abierta al mercado privado, a libre disposición de cualquier que pueda pagársela.

En principio, apelar al libre mercado puede parecer inocuo, una vez la producción de vacunas se encuentre encarrilada podemos suponer que habrá suficientes como para que las adquiridas con dinero público no entren en conflicto con aquellas adquiridas por laboratorios o clínicas privadas. Sin embargo, el nuevo riesgo radicaría en que, por ejemplo, el gobierno de México determinase, de la misma forma en que ha determinado que el uso de cubrebocas no es indispensable, que no es necesario inmunizar a toda la población y dejase sin vacunar a un porcentaje de población incapaz de pagarse una por su cuenta. Si algo similar se repitiese además en otros países empobrecidos difícilmente se podría decir que se ha resuelto la pandemia ¿cuál sería el panorama en diciembre de 2022 o 2023? ¿haríamos como hacemos con las cifras de quienes mueren de diarrea o malaria y toleraríamos una cifra anual de cientos de miles de fallecidos a nivel mundial por tratarse de una enfermedad de pobres? Dependerá de todos nosotros.

 

Daniel Flores Gaucin
Politólogo. Doctor por la Universidad Autónoma de Madrid.

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Publicado en: Salud