Como sabe cualquier profesor (incluyendo a José Woldenberg) hay diferencias sustantivas entre un examen en el cual se responde a las preguntas con un sí o un no, y uno en el que el examinado desarrolla, en orden, un razonamiento. La democracia mexicana, un hecho complejo (como cualquier democracia), sólo puede ser entendida y defenderse apelando a la segunda modalidad: desarrollando pensamientos articulados entre sí, en un orden de precedencia y a partir de una matriz de valores. Una doctrina de la democracia, un pensamiento fundado en unos valores y cómo se articulan resulta siempre necesaria. (O sería mejor decir un conjunto de doctrinas de la democracia, porque sería un pecado, una contradicción en sus términos, aducir que hay sólo una doctrina de la democracia).

Postulo, y es una de mis repuestas a Woldenberg, que el debate político actual sobre la democracia se da en un vacío doctrinal pasmoso, y su cuestionario en nexos es un ejemplo logrado. Después de largar sus inquisiciones remata: “creo que con ese aterrizaje [responder a su cuestionario] podríamos dejar de hablar de pastorelas [sic por pastorales], no habría necesidad de citar a Wagner, Nietzsche, Bulnes, ni traer a cuenta a grandes políticos mexicanos”. Agradezco su “curiosidad malsana”, pero el asunto es que yo creo otra cosa: si me referí, apenas, a Nietzsche, Bulnes y a los que el aludido llama los “grandes políticos mexicanos” es porque en mucho nos ayudan a entender nuestra democracia. Y Wagner, como ego, importa también; no es difícil concluir que la esfera pública mexicana está marcada por un manto autorreferencial que pesa sobre los alegatos de los intelectuales públicos (y Woldenberg es un ejemplo). Esa dimensión es, de entrada, la defensa absolutamente legítima de su obra: de un extenso y multifacético legado escrito y político. Más a mi favor: cuiden al Wagner interno, justo para que la defensa sea más eficaz y la herencia tenga sentido en el hoy, no sólo en el ayer.
Del 68 mexicano heredamos aquello de “concretito, concretito” (lo leí en Luis González de Alba). Tal llamado era un mantra para contrarrestar la verborrea teórica en las asambleas multitudinarias de los estudiantes. Más de cinco décadas después ya no estamos en esas; “concretito, concretito” es una renuncia y tal vez una deserción de las obligaciones del intelectual público.
El nuevo mantra sobre la democracia mexicana debe ser, a mi juicio, “ideas explícitas y articuladas” (mantra feo si los hay) y una rigurosa imaginación que se dé a la tarea de crear y no sólo de repetir. Quien emprenda esta aventura tiene que asumir que su escritura y difusión lo sustraerá del estilo admonitorio y cómodo del comentario al uso en el periodismo político. No supongamos, como hace Woldenberg, que la transición mexicana es un paradigma platónico (o sea eterno) y no una etapa finita y ya fenecida de nuestra historia política; no imaginemos, tampoco, que las ideas fundamentales y los parámetros de la democracia son iguales para todos. No hay manera de sostener que los asuntos de la gobernabilidad democrática son de obvia resolución, y menos aún que se resuelven por la vía “procedimental”; en fin, asumamos que en esta tierra hay tirios y troyanos y que todos nos consideramos demócratas.
Dicho esto, pienso que Woldenberg habita algo así como una pseudoconcreción, una jaula de hierro que encierra y mata de hambre todo reformismo político. Si no hubiera nada que reformar, pasa; pero hay mucho por hacer, me temo. Dado que la historia es desvergonzada, se crea un costo de oportunidad enorme en la actitud sólo reactiva de los intelectuales públicos. La más inmediata está a la vista: en medio de la inesperada comunión entre el reformismo político de una élite de izquierda, la sociedad y los votantes, los intelectuales públicos como Woldenberg han preferido las trincheras a realizar movimientos sagaces en aras de plantar su bandera en Flandes y decir “queremos esto”. En cambio se desgañitan con un “no queremos aquello” para al final, eso parece, no querer nada.
Necesitamos un sí de Woldenberg, el sí a la vida de Nietzsche. ¿Cuál es la idea general de Woldenberg, cuál su idea de futuro de la democracia? ¿Dejar las cosas como están, en especial esa dimensión clave que llamamos representación política? En el muy famoso cuestionario me pregunta: “¿Es correcto desaparecer a los diputados y senadores plurinominales y a los senadores de la primera minoría como insiste la presidenta de la República?”; pregunta retórica porque el 1.° de noviembre de 2022, en El Universal, Woldenberg rechazó, con argumentos nimios, una propuesta absolutamente inédita en nuestra historia política, cuando el entonces presidente Andrés Manuel López Obrador propuso la representación proporcional en 32 jurisdicciones, equivalente a las entidades federativas y la Ciudad de México. Woldenberg propuso entonces, como insiste ahora, que las cosas se queden como están, esto es, con el sistema mixto. Y de todas maneras nos soplamos los lagrimones por la sobrerrepresentación, aparejada sin remedio a tal sistema, que Woldenberg defiende. Costo de oportunidad: la iniciativa presidencial de 2022 hubiese terminado con la sobrerrepresentación.
Aunque incurra de nueva cuenta en el consejo no pedido, me pregunto por qué Woldenberg y quienes piensan como él no elaboran un programa para un cambio de régimen político, en lugar de deshojar cada conferencia mañanera, cada gesto de la presidenta, cada imprecación imputada, cada instante del poder legítimo. Yo empezaría colocando en la cima de todo el asunto la elección, integración y funciones de la representación política y dejaría en espera los asuntos de la oficina que organiza las elecciones.
Mi programa es como sigue: instauración de un sistema de representación proporcional en el Congreso con la consiguiente supresión de los diputados de mayoría; redefinición de las funciones de la Presidencia de la República en sus atribuciones de política exterior, seguridad exterior e interior y salvaguarda de la vida democrática y republicana; creación de una Jefatura de Gobierno nacional como expresión del partido o coalición mayoritaria en el Congreso; creación de una autoridad electoral única y de una jurisdicción nacional para la defensa de los derechos electorales de los ciudadanos. No sé si esto sea la panacea, pero se empieza por algo. Y como experimento de ideas y modelos esto que propongo es más sano que añorar al presidente o presidenta buena que haga caso a las jeremiadas del día. Salir de la jaula de hierro, de la política como reacción y habitar esa nueva nación política, ávida y ansiosa de creaciones, de cambio. Es un buen plan para todos.
Ariel Rodríguez Kuri
Historiador. Investigador en El Colegio de México