
¿Cómo pensar el Derecho sin ceder al cinismo? ¿De qué forma enseñar sin domesticar? ¿Es posible una educación que emancipe y no sólo capacite en un entorno repleto de estímulos, algoritmos y murmullo? ¿Se puede sostener una postura liberal sin desatender las exigencias de justicia social? Preguntas complejas, sin duda, pero que no pueden dejar de responderse en tiempos donde lo cómodo e inmediato excluyen el rigor que entraña la reflexión cauta y prudente.
Antes que soluciones exactas, la práctica filosófica demanda tiempo, debates, errores y experiencias para encontrar alternativas equilibradas de cara al presente, intentando cerrar la brecha entre una teoría y una realidad cada vez más distantes. Leer a Rodolfo Vázquez, en ese sentido, es ponerles nombre y estructura a algunas de esas interrogantes. En un contexto jurídico donde la filosofía del derecho se enseña de forma marginal —muchas veces reducida a una revisión superficial de las posturas más conocidas dentro del positivismo—, su pensamiento resulta esclarecedor.
Sin embargo, conocer a Rodolfo Vázquez es encontrarse con algo más que una teoría congruente que articula derecho, moral y política; lo que se descubre en su persona es una ética vigorosa de vivir la justicia. Y es que Rodolfo no es de los que levantan la voz para tener razón, es de los que argumentan con rigor y te obligan a pensar. No impone sus ideas, antes bien, las propone con el impulso tranquilo de quien ha vivido conforme a lo que piensa.
Me queda clarísimo que hay muchas maneras (tan absurdas como triviales quizá) de medir el impacto de un académico: la cantidad de publicaciones, los premios recibidos, el número de clases impartidas, los cargos desempeñados. Pero hay otra métrica, más sutil y, a mi consideración, más trascendente; la que tiene que ver con las generaciones de estudiantes formadas, los proyectos fundados, las discusiones sembradas y la vocación por la apertura y la colaboración interinstitucional. En esa medida, Rodolfo ha sido un fuera de serie.
Piénsese, por ejemplo, en el Seminario Eduardo García Máynez, espacio plural y riguroso de discusión iusfilosófica que abrió brecha a la disciplina a inicios de los años noventa; Isonomía, revista pionera en filosofía jurídica desde un ámbito regional y en lengua castellana; Estudios, foro interdisciplinario que amplió el horizonte humanista del ITAM; colecciones editoriales fundamentales para la difusión del pensamiento jurídico contemporáneo en Fontamara; o el Colegio de Bioética, institución que promueve una bioética laica y comprometida con los derechos humanos. En todas ellas, más que figurar, Vázquez no sólo pensó esos proyectos, los cuidó, los hizo madurar, y, lo más importante, nunca los convirtió en vitrinas de su ego.
Por eso destaca la manera en que Rodolfo ejerce la enseñanza como vocación verdadera. Uno puede imaginarlo entrando al aula sin prisas, con respeto, sabiendo que lo que está en juego no es sólo la transmisión de conocimiento, sino la formación de criterio. En un mundo universitario cada vez más obsesionado con rankings, productividad y visibilidad, su figura recuerda que enseñar sigue siendo un ejercicio de responsabilidad pública, de ética aplicada.
No sorprende, entonces, que buena parte de sus reflexiones giren en torno a la educación como una forma de vida filosófica. En su libro Educación liberal, publicado en 1997, propone una visión igualitaria y democrática de este proceso, como uno que vincula libertad, autonomía, justicia y ciudadanía. Es difícil no sentirse interpelado al leerlo, porque en el fondo lo que propone es simple pero radical: que la educación sirva para disentir, para imaginar otras formas de vida. No se trata de enseñar contenidos, se trata de formar personas capaces de deliberar y convivir en una sociedad plural.
Así, uno podría pensar que tras décadas de docencia, de publicaciones, de homenajes —como el que le dedicaron en 2016 el ITAM y el IIJ de la UNAM— Rodolfo estaría preparando su retiro. Nada más lejos. En lugar de reducir su actividad, el profesor sigue reflexionando, leyendo, publicando, participando en foros, acompañando tesis.
Este otoño está por publicarse Educar para pensar. Del Emilio a la era digital en Trotta, un libro que, a mi juicio, será uno de los más autobiográficos de Rodolfo. No porque hable de sí mismo, sino porque refleja una vida entera dedicada a enseñar. En diálogo con figuras como Rousseau, Kant, Ortega o Nussbaum, defiende la educación como el proceso para formar el juicio, una tarea incómoda para el poder cuando se ejerce con autonomía. El libro culmina con una reflexión sobre los retos de educar en la era digital, donde enseñar a pensar se vuelve más necesario que nunca.
Donde con frecuencia imperan la competencia y la vanidad, la figura de Rodolfo Vázquez representa una forma extraordinaria de comprender la universidad. Frente a la tecnificación y mercantilización del saber, su trayectoria nos recuerda que educar sigue siendo, ante todo, un acto profundamente humano. Su autoridad no proviene de la espectacularidad mediática ni de la acumulación de títulos, sino de una práctica coherente y generosa.
Su perspectiva pedagógica —centrada en el diálogo, la exigencia argumentativa y la apertura crítica— demuestra que es posible pensar con rigor y actuar con integridad. Que se puede formar sin imponer, enseñar sin pontificar, y construir comunidad sin jerarquías. Cuando el cinismo generalizado y un intelectualismo cada vez más vacío de contenido han colmado estos contextos, su ejemplo confirma que la vida académica todavía puede ser un ejercicio de responsabilidad pública y compromiso con la justicia.
Tal vez de eso se trate su legado, de haber mostrado que la filosofía y el Derecho, cuando se cultivan con honestidad intelectual, no son ejercicios decorativos, sino herramientas para comprender y transformar el mundo. No dando respuestas definitivas, sino enseñando a formular las preguntas correctas: que incomoden, pero que también iluminen. Preguntas que no son fáciles de responder, pero que nos obligan a dudar, a imaginar y a pensar con honestidad en un tiempo que muchas veces premia la celeridad y castiga la reflexión.
Rodolfo Vázquez no se convirtió en referente por estrategia. Lo hizo despacio, con constancia, con sentido. Y eso, en una época que alaba lo fugaz, es ya en sí mismo un acto de resistencia. De ahí que me tomo unos momentos para celebrar la posibilidad de seguir aprendiendo de su ejemplo, de su palabra serena y su congruencia. ¡Larga vida al profe!
Juan Jesús Garza Onofre
Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM y profesor en El Colegio de México y el ITAM
Extraordinario artículo y los libros del maestro Rodolfo una verdadera joya. Larga vida y mucha dicha.
Conocí a Rodolfo dando una conferencia en el 12° Congreso Mundial de Bioética en 2014 y al escucharlo pensé que es una de las cabezas mejor amuebladas que he tenido la fortuna de conocer. Un par de años después, al presentar mi ponencia de ingreso al Colegio de Bioética, A.C. me di cuenta que lo tenía justo enfrente. Temí que al terminar levantase la mano para peguntarme. Lo hizo, pero fue muy bondadoso conmigo. Desde entonces he tenido la oportunidad de tratarlo, escucharlo y leerlo, en dos palabras, de aprender de su inabarcable conocimiento decantado en sabiduría y de gozar de su bondadosa amistad. Suscribo en su totalidad lo expresado por Juan Jesús Garza Onofre.