Los pormenores del suceso se conocen de sobra. Samuel Paty, un profesor de historia-geografía y de moral-cívica, en el Collège du Bois-d’Aulne, es asesinado el 16 de octubre de 2020. Este homicidio representa el final trágico de una serie de momentos, pero a su vez es el inicio de otros, que están desarrollándose, y cuyo final desconocemos. La muerte del profesor Paty sería el desenlace de una historia que podríamos iniciar en la clase de moral-cívica del 6 de octubre. El tema de la sesión era la “Libertad de expresión”. Para alcanzar reflexiones y aprendizajes significativos, el maestro utiliza dos caricaturas satíricas del Profeta Mohammed, publicadas por la controvertida revista Charlie Hebdo. El profesor Paty imparte estas enseñanzas en un aula compuesta por alumnos de trece años. En el suburbio parisino de Conflans-Sainte-Honorine, donde está la escuela, hay quince mezquitas para una población de poco más de 35 000 personas.1 Esto nos permite entender que la estrategia pedagógica del profesor Paty, para esa sesión, no estaba desprevenida. Pienso que, tal vez, Samuel Paty, deliberadamente, buscaba despertar un espíritu crítico entre sus alumnos musulmanes.
Los testimonios divergen sobre lo que sucedió en el aula. Se dice que Paty advirtió a los musulmanes de que las caricaturas del Profeta podían ofenderlos. Si fue así, el profesor Paty no se equivocó. En los días posteriores, el profesor recibió provocaciones por parte de algunos padres de familia musulmanes. En redes sociales, se increpaba al maestro, se promovía la iniciativa de que fuera expulsado de la escuela y hasta se le acusaba de circular imágenes pornográficas en plena clase. La controversia aumentó vertiginosamente, al grado de iniciarse una indagación policíaca. Un migrante ruso de dieciocho años llamado Abdullakh Anzorov, hacia las 17:00 del 16 de octubre, va al encuentro de Paty, esgrime un arma blanca, y termina con la vida del profesor. En seguida, la policía persigue al asesino. Éste enfrenta a sus persecutores a balazos hasta que lo abaten.

Ilustración: Oldemar González
Así, la muerte de Samuel Paty consuma los hechos iniciados en una clase escolar. Sobrevino, sin embargo, una cadena de acontecimientos de mayores dimensiones. Samuel Paty difícilmente se habría imaginado que, después de morir, sería homenajeado por la Asamblea Nacional, y, luego, condecorado con la Legión de Honor. Como todos los que reciben esta condecoración, Samuel Paty recibe el calificativo de “héroe” por el Presidente de la República, Emmanuel Macron.
Los sucesos cobran carácter nacional —hay quienes le llamarían “histórico”—. Varios ciudadanos franceses se congregan para rendir respeto al profesor, y para exigir que se atienda el problema del terrorismo yihadista. La muerte de Samuel Paty se añade a la insondable crisis de migrantes y de yihadismo que viene asediando a Occidente desde que los soviéticos salieron de Afganistán. ¿Cómo se tramará la muerte del profesor en esta gran narrativa? ¿Será interpretada como un síntoma? ¿Será una consecuencia, una causa, un antecedente? ¿O se le reducirá, groseramente, a un caso ilustrativo del amplio fenómeno histórico del yihadismo?
Como sea que se construya el relato, los narradores verán que la muerte de Samuel Paty coincidió accidentalmente con las fragilísimas relaciones que llevan Francia y Turquía. La intervención militar que realizó Turquía en la Guerra Civil de Libia, a inicios de 2020, ha sido constantemente condenada por Francia. El envío de tropas turcas a Libia ha posibilitado que Turquía consolide su dominio sobre el Este del Mar Mediterráneo. Esto es delicado porque Turquía tiene pretensiones sobre reservas de gas que yacen en el mar que separa las costas de Chipre y las de Turquía. Grecia ha protestado contra Turquía porque también tiene pretensiones sobre las mismas reservas. Además, las relaciones diplomáticas entre Grecia y Turquía se agravaron cuando el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, decidió islamizar el Museo de Hagia Sofía, porque el edificio tiene significado sagrado para los griegos ortodoxos. Ni mencionar el intrincado problema del apoyo de Turquía a Azerbaiyán, en su guerra contra Armenia.
Macron, siguiendo la posición de la Unión Europea, ha disputado todas estas políticas emprendidas por Erdogan. Sin embargo, las condenas de Macron han hecho referencia, a veces, al Islam porque Erdogan fundamenta muchas de sus iniciativas en la islamización del Estado secular turco. Por eso, el presidente turco considera a Macron como un enemigo del Islam. El último momento que ha mermado la difícil relación entre Francia y Turquía es nada menos que la muerte del profesor Paty. Al condecorar como héroe nacional a alguien que —según lo interpretan los musulmanes— ofendió al Profeta Mohammed, Erdogan ve una clara provocación contra el Islam por parte de Francia. Después del homenaje a Paty, Erdogan pronunció en un discurso que Emmanuel Macron debía someterse a un examen de salud mental. Macron advirtió que no caería en provocaciones y denunció el “separatismo islamista” que está perpetrando Erdogan.2
¿Cómo cobrará sentido la muerte del profesor Paty? ¿Se explicará mejor si se inserta en la historia de la migración y la globalización? ¿O tendrá más lógica si la ubicamos en la historia de la política internacional y las fricciones entre Europa y el Medio Oriente? Ya puedo adivinar cómo los historiadores del futuro, inútilmente, se van a pelear sobre la mejor explicación. En realidad, éstas son malas preguntas, porque los hechos se pueden integrar en cualquier narración. El meollo está, más bien, en las habilidades retóricas del narrador, que en una lógica plausible que subyace a los hechos.
Sabiendo eso, podemos evocar otra narrativa en que la muerte del profesor Paty podría entrañar grandes consecuencias, y que apenas ha recibido atención. Estoy hablando de la narrativa de la “Era Postsecular”. Se recordará que Jürgen Habermas acuñó este concepto para argumentar que si el Estado moderno ha de sobrevivir debe redefinir la noción misma de secularización. Para Habermas, ha entrado en decadencia aquella idea del Liberalismo positivista, según la cual la religión debe desterrarse a ese espacio, casi indeterminado, llamado “esfera privada”. En realidad, ese destierro apuntaba a la liquidación total de la religión.
Varios pensadores, junto con Habermas, se han resignado al hecho de que la liquidación de la religión no se alcanzó. Marcel Gauchet admite que en Occidente hay “experiencia religiosa”, aun después de “la salida de la religión”.3 Gianni Vattimo, pensador de la Postmodernidad, insiste en que es visible un “retorno de la religión”.4 El fenómeno del yihadismo era, según muchos europeos, el indicio que corroboraba esta resurrección religiosa. El auge de los populismos, a mi juicio, es más elocuente que el yihadismo sobre ese “retorno” de la religión. Me refiero, al menos, a esos populismos que se bastan de tradicionalismos inspirados en la religión para apelar al alma del pueblo “local”.
Habermas sabe bien que la religión, para bien o para mal, está presente en la “esfera pública”. Habermas elabora una teoría normativa para que la religión pueda ingresar a la “esfera pública” de una manera que no sea problemática. El pensador alemán postula que los “ciudadanos religiosos” deben hacer un ejercicio de autorreflexión para traducir sus posiciones a un “lenguaje público”. De esta manera, si un musulmán participa en la esfera pública, no podría aludir al Yihad violento como vía legítima para definir el castigo contra un “blasfemo”, o contra un “infiel”. Cuando menos, no en esos términos. De algún modo, el musulmán deberá traducir al “lenguaje público” su creencia en la legitimidad del Yihad para debatir desde su posición como musulmán. Recuerdo cómo un exyihadista de Al-Qaeda, Sayyed Imam Al-Sharif, conocido también como Dr. Fadl, abandonó la idea de un Yihad violento en su libro traducido como Racionalizar el Yihad en Egipto y el mundo.5 Ahí se establece que el Yihad del que habla el Sagrado Corán no involucra asesinatos. El Dr. Fadl dice que si el Sagrado Corán menciona un Yihad militarizado, lo menciona en el contexto del Día del Juicio Final. Así, quien realice un Yihad antes del Juicio Final está violando el Sagrado Corán.6
Si acaso se tradujera de esta manera la creencia islámica del Yihad a la hora de debatir en la esfera pública, el diálogo no estaría imposibilitado. Pero Habermas dice que, si exigimos esto a los “ciudadanos religiosos”, los “ciudadanos seculares” también deben hacerlo. Habermas postula que los “ciudadanos seculares” deben dejar de pensar la religión como una “reliquia arcaica de las sociedades premodernas”.7 Al contrario, la religión de los “ciudadanos religiosos” debe considerarse “como un desacuerdo con el que hay que contar razonablemente”.8 Y es que Habermas reconoce que la religión tiene mucho que aportar a la esfera pública. Dice el pensador: “Las tradiciones religiosas están provistas de una fuerza especial para articular intuiciones morales, sobre todo en atención a las formas sensibles de la convivencia humana. Este potencial convierte al habla religiosa […] en un serio candidato para posibles contenidos de verdad”.9
Por ende, los “ciudadanos seculares” también deben autorreflexionar. Este esfuerzo de traducción “sólo se les puede exigir razonablemente a todos los ciudadanos por igual cuando los ciudadanos religiosos y los seculares recorran procesos de aprendizaje complementarios”.10 En palabras sencillas, la democracia exige que los ciudadanos se pongan en los zapatos del otro para entenderse mutuamente. Ni los ciudadanos religiosos, ni los seculares tienen la última palabra.
La muerte del profesor Paty transparenta la actitud obstinada de unos ciudadanos que no se atreven a hacer ejercicios autorreflexivos. La Francia secular, al condecorar a Paty, no ha tomado en cuenta a los casi seis millones de musulmanes que habitan al interior de sus fronteras. En la lógica musulmana, caricaturizar al Profeta Mohammed es una ofensa de tipo shirk, que en árabe quiere decir “volverse un asociado”. Esto connota una “asociación” a otros dioses, es decir, negar que sólo hay un Dios. Shirk es la peor ofensa, que algunos consideran imperdonable, en el Islam. Caricaturizar al Profeta Mohammed es un acto de politeísmo porque se da forma humana y visible al más grande enviado de Dios. Hay que decir que el Sagrado Corán no estipula que, a quien cometa un acto de shirk, sea legítimo arrebatarle la vida. Las penas contra esta ofensa máxima vienen en los Hadith, en fuentes complementarias al Corán. Por eso, el asesinato de Samuel Paty incluso lo han condenado los mismos musulmanes. El imán Hassen Chalghoumi, líder de los imanes de Francia, calificó el atentado como una “barbarie”.11
Para la Francia secular, uno de los valores más grandes es la Libertad. Se condecoró a Samuel Paty por morir en nombre de ese máximo ideal. Los musulmanes que castigan a quienes ofenden a Dios, al Profeta Mohammed, o a cualquier aspecto del Islam, son condenados por los “ciudadanos seculares” como opresores de la libertad. Un ciudadano secular encontrará repugnantes los motivos de los musulmanes, y éstos, a su vez, encontrarán aborrecibles los motivos de los ciudadanos seculares. En la muerte de Samuel Paty colisionan las ofensas máximas de dos visiones del mundo disonantes. Ya vimos cómo este choque puede provocar enfrentamientos de carácter internacional.
Mi narrativa consiste, pues, en relatar la muerte del profesor Paty a partir de la idea de la Era Postsecular, de Jürgen Habermas. Un desenlace feliz de la narración consistiría en que la muerte del profesor Paty llegara a ser el suceso propiciatorio de una autorreflexión postsecular de alcance internacional. Pero me temo que todavía no hay recursos retóricos disponibles para narrar esta historia de esa manera.
Adrián Tolentino
1 Cfr. “Mosquées et salles de prières à Conflans-Sainte-Honorine (78700)”.
2 Cfr. “France’s Macron vows to fight ‘Islamist separatism’”, BBC News.
3 Cfr. Marcel Gauchet, “Lo religioso después de la religión”, en El desencantamiento del mundo: Una historia política de la religión, trad. de Esteban Molina, Madrid, Trotta, 2005, pp. 280-292.
4 Cfr. Gianni Vattimo, Creer que se cree, Barcelona, Paidós, 2004.
5 El título original era Wathiqat Tarshid Al-’Aml Al-Jihadi fi Misr w’Al-Alam, que se traduce literalmente como “Guía correcta para la actividad del Yihad en Egipto y en el mundo”.
6 Esto está bien estudiado en Paul Kamolnick, “Al Qaeda’s Sharia Crisis: Sayyid Imam and the Jurisprudence of Lawful Military Jihad”, en Studies in Conflict & Terrorism, 36, 2013, pp. 394-418.
7 Jürgen Habermas, “La religión en la esfera pública”, en Entre naturalismo y religión, Barcelona, Paidós, 2006 (2005), p. 146.
8 Ibid., p. 147.
9 Ibid., p. 139.
10 Ibid., p. 148.
11 Cfr. Hugo Septier, “‘Réveillez-vous’: l’appel de l’imam Hassen Chalghoumi aux parents après l’assassinat de Samuel Paty”.
Apreciado Adrián, certeros los comentarios. Pienso sin embargo que en estos días – especialmente en el Medio Oriente – se verifica una politización de la religión por parte de no creyentes.