Sarampión: otra negligencia sanitaria

Crédito de la imagen: Raquel Moreno

El Programa de Vacunación Universal (PVU) fue, por décadas, un orgullo nacional. Gracias a los esfuerzos de varias generaciones de médicos y enfermeras que trabajaron en este programa, México eliminó, entre otras enfermedades prevenibles por vacunación, el sarampión. La última epidemia de esta enfermedad se produjo en 1989-1990 y el último caso de sarampión autóctono se registró en 1995. Sin embargo, a finales de 2020, el PVU se abandonó y ese año se registraron 196 casos de sarampión, el mismo número de casos acumulados en los 20 años previos. Ese brote debió obligar a las autoridades sanitarias de la pasada administración federal a fortalecer el PVU, pero sólo lo ignoraron. Las coberturas de vacunación, de hecho, se desplomaron.

Según la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición 2022, sólo 42 %de los menores de un año contaban con esquema completo de vacunación, cifras que no se veían en nuestro país desde los noventa. Los expertos anticiparon el resurgimiento de enfermedades que ya estaban bajo control e hicieron un llamado al equipo de salud de Claudia Sheinbaum a recomponer de manera urgente este programa. Sin embargo, el presupuesto 2025 del sector salud mandó muy malas señales: los recursos para el PVU disminuyeron de 14,473 millones de pesos constantes en 2024 a sólo 4572 millones de pesos en 2025, una caída de casi 70 %.

Las consecuencias no se hicieron esperar. En el primer cuatrimestre de 2025 se presentaron 809 casos confirmados de tosferina y 48 decesos por esta causa en menores de un año. En 2024 se habían presentado 46 casos y 32 defunciones por esta enfermedad. El sarampión también resurgió, primero en una comunidad menonita del estado de Chihuahua, pero pronto se extendió a otros 16 estados del país. Para finales de mayo se habían registrado 1629 casos de sarampión y cuatro muertes por esta causa, situación que no se veía en nuestro país desde hacía más de 30 años.

La conclusión es evidente: la 4T maneja de manera irresponsable e ineficiente los programas de salud y vuelve a poner en grave riesgo a la población de nuestro país, ahora sobre todo a los niños de los hogares de menores recursos.

Historia del PVU

El PVU se creó en México en respuesta a la aparición, en 1989-90, de 89 mil casos de sarampión que dieron lugar a 8150 defunciones. La creación de este programa ayudó la organización de la Cumbre Mundial a Favor de la Infancia, convocada por UNICEF, cuyos compromisos en materia de vacunación incluyeron la erradicación de la poliomielitis ,la eliminación del tétanos neonatal y la reducción del 95 % de la mortalidad y 90% de la morbilidad por sarampión. En 1994, además, México se sumó a la campaña establecida por la Organización Panamericana de la Salud para eliminar el sarampión de la región de las Américas en el año 2000.

El PVU se echó a andar en 1991 con la participación de todas las instituciones públicas de salud y bajo la coordinación del Consejo Nacional de Vacunación y los Consejos Estatales de Vacunación, creados ese mismo año. El esquema original, basado en el recomendado por la Organización Mundial de la Salud, contaba con seis inmunógenos: BCG, DPT (difteria-tosferina-tétanos), antipoliomielítica (Sabin) y antisarampión. Cuatro eran los objetivos de este ambicioso programa: i) completar el esquema básico de vacunación (tres dosis de Sabin, tres dosis de DPT, una dosis de antisarampionosa y una dosis de BCG) en niños menores de 5 años; ii) erradicar la poliomielitis, eliminar la difteria, el sarampión y el tétanos neonatal, y controlar la tos ferina y las formas graves de tuberculosis; iii) reforzar la vigilancia epidemiológica mediante medidas para identificar, notificar y tener control inmediato de casos y brotes, y iv) fortalecer la promoción y educación para la salud como mecanismos de apoyo para prevenir enfermedades que no se evitan mediante la vacunación.

El PVU contó con dos estrategias, una de acciones permanentes y otra de acciones intensivas.Las acciones permanentes incluían todas aquellas vinculadas a la vacunación que se hacían de forma regular en las unidades de las instituciones públicas de salud y en los centros de resguardo temporal de los niños mexicanos (guarderías, jardínes de niños, escuelas, albergues). Dentro de las acciones intensivas —que buscaban romper la cadena de transmisión de los padecimientos prevenibles por vacunación e incrementar las coberturas de vacunación en un periodo de tiempo muy corto— destacan los Días Nacionales de Vacunación, que se establecieron en 1986, y que se sustituyeron en 1993 por las Semanas Nacionales de Vacunación y en 1994 por las Semanas Nacionales de Salud. Estas últimas incluyeron, además de actividades de vacunación, otras medidas de salud pública, como la administración de megadosis de vitamina A, la desparasitación con albendazol y la distribución de sobres de rehidratación oral.

Dos instrumentos fueron esenciales en la implementación de estas estrategias: la Cartilla Nacional de Vacunación, que se estableció en 1979 y que registra las vacunas que cada niño ha recibido; y el Censo Nominal, un listado que se originó en 1991 y que registra el estado vacunal de todos los menores de 5 años y las mujeres embarazadas. Este censo es la fuente primaria de datos del sistema de información computarizado del PVU o PROVAC.

Otro elemento que consolidó las actividades de vacunación fue el fortalecimiento de la producción local de vacunas. El Instituto Nacional de Virología –que se convirtió en el Centro Regional de Referencia para Vacunas de la Organización Mundial de la Salud– producía la vacuna antipoliomielítica oral y la vacuna contra el sarampión, mientras que el Instituto Nacional de Higiene producía la DPT, la BCG y el toxoide tetánico. México, de hecho, fue uno de los siete países del mundo autosuficientes en la elaboración de todas las vacunas del Programa Ampliado de Inmunizaciones.

La Encuesta Nacional de Cobertura de Vacunación que se realizó en 1990 también desempeñó un papel central. Esta encuesta arrojó las siguientes coberturas en niños menores de 5 años: 60.1 % para DPT, 73.1 % para Sabin, 73.5 % para BCG y 85.4 % para la vacuna contra el sarampión. Esta encuesta también mostró que sólo 46 % de los niños mexicanos contaban con esquema completo de ocho dosis. Estas cifras se utilizaron como medición basal para darle seguimiento al cumplimiento de las metas del programa. La Secretaría de Salud, encabezada en ese entonces por el doctor Jesús Kumate —gran infectólogo y artífice indiscutible del PVU—, se comprometió alcanzar coberturas mayores de 90 % en octubre de 1992. El secretario ofreció su renuncia si no se alcanzaba esa meta. Por fortuna, se alcanzó.

Diez años después de establecido el PVU, las coberturas de vacunación en menores de 5 años en México habían mejorado de manera notable: 97 % para la DPT y Sabin, 9 9% para la BCG y 96 % para la antisarampionosa. Además, 94 % de los niños de este grupo de edad contaban con un esquema de vacunación completo. Estas altas coberturas permitieron eliminar la poliomielitis, la difteria, el sarampión, la rubéola y el tétanos neonatal.

EL PVU bajo la 4T

Las cifras de cobertura de vacunación alcanzadas a principios de siglo convirtieron al PVU en un ejemplo a seguir en el mundo entero. Este programa era, sin duda alguna, la joya de la corona de la salud pública mexicana y permaneció como tal hasta 2018. Por desgracia, el equipo de salud del expresidente López Obrador descuidó, de manera inexplicable, este programa y las coberturas de vacunación sufrieron una caída sin precedentes. Sólo cuatro de cada diez niños mexicanos menores de un año contaban con esquema completo de vacunación. Además, en 2021, México fue uno de los 20 países del mundo con mayor número de niños con dosis cero de vacunación. Esta escandalosa situación persistió hasta el final del sexenio.

Todo el mundo esperaba que el nuevo gobierno implementara medidas para revertir esta caída y que esto empezaría con un incremento de los recursos asignados a este programa. Pero no sucedió así: el abandono presupuestal del PVU no sólo se refrendó, sino que el gobierno de Claudia Sheinbaum lo acrecentó, en contra de lo que se había señalado en República Sana, el documento sobre salud diseminado durante la campaña presidencial.

La primera señal de alarma que produjo el nuevo abandono del PVU fueron los casos de tosferina, que siguen al alza. El segundo es el brote de sarampión, que surgió en marzo en una comunidad menonita del estado de Chihuahua. Un niño no vacunado de ocho años de edad adquirió la infección en una visita a Seminole, Texas, el epicentro del brote en Estados Unidos. De Chihuahua se extendió a Sonora y ahora está presente en otros 15 estados de la república: Campeche, Coahuila, Durango, Guerrero, Guanajuato, Michoacán, Oaxaca, Querétaro, Quintana Roo, San Luis Potosí, Sinaloa, Tabasco, Tamaulipas, Yucatán y Zacatecas. El principal grupo de edad afectada es de 0 a 4 años. A la fecha se han reportado cuatro decesos, tres niños y un adulto, ninguno vacunado. Tres de estas muertes se produjeron en Chihuahua, donde se han registrado casi 1500 casos de esta enfermedad.

Al gravísimo problema de los decesos, hay que sumar el daño que produce a largo plazo el sarampión. Estudios recientes indican que el virus del sarampión produce una amnesia inmunológica que reduce la capacidad de los infectados para combatir otras infecciones. Estos pacientes, aunque se recuperan, pierden entre 11 y 73 % de los anticuerpos que tenían contra infecciones previas y corren un mayor riesgo de contraer otras enfermedades infecciosas en años posteriores.

Conclusión

El brote de sarampión que afecta hoy a México es producto de una negligencia persistente del equipo de salud de la pasada administración que, lamentablemente, revalidó el equipo de la presidenta Sheinbaum. En primer lugar, por no haber empezado a atender, desde el periodo de transición, las conocidas fallas del PVU. En segundo lugar, por aceptar el escandaloso recorte de los recursos de este programa en el presupuesto 2025 del gobierno federal. En tercer lugar, no contar con un especialista en salud pública dentro del gabinete de la Secretaría de Salud, cuya tarea principal es ahora la coordinación del recién creado Servicio Nacional de Salud Pública.

Tanto los casos como las muertes por sarampión que se han registrado en 2025 eran perfectamente prevenibles. No hay nada que justifique esta tragedia. Las coberturas de vacunación de más de 90 %⎯como las que había hasta 2018⎯ hubieran evitado, si no todos, la abrumadora mayoría de los casos de sarampión que se han producido a la fecha. Es urgente recomponer el PVU ampliando su presupuesto y restableciendo los eficaces mecanismos de operación con los que contaba este programa hasta antes de la 4T.

Octavio Gómez Dantés

Investigador del Instituto Nacional de Salud Pública.

Este artículo expresa los puntos de vista personales del autor y no refleja la posición de la institución donde trabaja.

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Publicado en: Política, Salud, Vida pública

Un comentario en “Sarampión: otra negligencia sanitaria

  1. El investigador descuida un fenómeno que afectó mucho la respuesta social al sistema protección de la salud, en cuanto a la vacunación, donde hubo un efecto rebote con negatividad, no sólo a la vacuna del COVID, sino a todo el sistema de vacunación corrientes anti vacunas por medio de las redes sociales. Le sugiero a la investigador que esté más atento a las mañaneras de los programas que se están desarrollando a nivel nacional en el sistema general de salud.

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