Los linchamientos han sido una constante en la historia contemporánea de México.1 Sin embargo, estos actos públicos de violencia física contra presuntos malhechores por parte de civiles han aumentado en número en los últimos años según estadísticas disponibles. Desde el año 2018, los medios reportan más de 200 linchamientos anuales en el país.2

Las reacciones del público frente a los linchamientos reportados son tan contradictorias como el fenómeno mismo. Por un lado, se celebran las golpizas colectivas a los ladrones que asaltan a combis en el Estado de México. Un caso del año 2020 se convirtió en memes que ridiculizan a la persona linchada, quien quedó tirada en el piso sin ropa; en las redes, los linchadores fueron elogiados como “héroes”. Por otro lado, el público se escandaliza cuando se trata de violencia extrema contra personas claramente inocentes. Este fue el caso reciente de un joven profesionista y colaborador de un partido político quemado en Huauchinango, en el estado de Puebla, falsamente acusado de ser un “secuestrador de niños”. En este tipo de casos los linchadores son calificados de “bárbaros”.
Para entender mejor el fenómeno y estimar la incidencia de los linchamientos en México, diseñamos una encuesta junto con la empresa de investigación de opinión pública Data OPM. En febrero de este año aplicamos un total de 2183 entrevistas personales a una muestra representativa de la población general adulta de la Ciudad de México.3
Dado que las personas entienden cosas diferentes por el término linchamiento, presentamos a los participantes de nuestra encuesta un escenario típico de linchamiento que corresponde a un castigo colectivo a un ladrón por parte de la comunidad.4 Este escenario puede ser considerado como la situación menos extrema que se puede clasificar como un linchamiento. Una vez presentada esta “introducción”, hicimos varias preguntas de seguimiento para medir actitudes y comportamientos alrededor del tema de linchamientos: si está de acuerdo con el castigo colectivo, si participaría, si tiene conocimiento de linchamientos en su colonia y otras. Los resultados son sorprendentes.
El 71 % de los entrevistados aprueba el castigo colectivo del ladrón por parte de la comunidad, y un 45 % afirma que se prestaría a participar directamente en un linchamiento. Estas cifras nos parecen altas y reveladoras del contexto social que viven los capitalinos. Sobre el castigo y la justicia existen opiniones encontradas. Poco más de la mitad de los entrevistados opina que habría que llamar la policía para denunciar a la comunidad que castiga al ladrón (55 %), y un porcentaje similar (59 %) que se debería sentenciar a los vecinos que participan en esta forma de violencia. Estas cifras dejan entrever que hay cierta ambigüedad en las opiniones sobre el linchamiento. Si bien existe una mayoría que apoya este tipo de violencia, también hay una mayoría que quisiera una intervención del Estado contra los que participan.
Además de las opiniones y actitudes hasta aquí descritas, preguntamos también si la persona entrevistada había participado alguna vez en un castigo colectivo de un presunto malhechor. Un 10 % responde afirmativamente, es decir 1 de cada 10 adultos de la Ciudad de México admite haber participado en un linchamiento en el pasado. Este es quizás el dato más revelador y alarmante de nuestra encuesta. Por desgracia esta incidencia no es una realidad exclusiva a la capital. En noviembre del año pasado obtuvimos una incidencia similar a nivel nacional: 10 % de los entrevistados de una encuesta representativa de la población general adulta de todo el país afirmó haber participado en un castigo colectivo de un presunto malhechor.5 Esto significa que unos 13 millones de mexicanos afirman haber participado en un evento que podríamos clasificar como linchamiento.
Estos datos nos hacen entender que el fenómeno del linchamiento es mucho más común de lo que se desprende de reportes periodísticos que se enfocan en eventos particularmente llamativos. Esto lo respalda otro hallazgo: un 31 % de los entrevistados de nuestro estudio en la Ciudad de México asegura que tienen conocimiento de eventos parecidos que sucedieron en su colonia de residencia.
Es importante resaltar que las encuestas tienen sus limitaciones para capturar la realidad social. En nuestro caso, temíamos que los participantes no quisieran reportar sus verdaderas preferencias sobre este tema espinoso. Sin embargo, el gran apoyo al castigo colectivo y el gran número de personas que admite haber participado en ello nos hacen pensar que las respuestas no reflejan solamente lo que es socialmente aceptable y por ello describen acertadamente la realidad. Usar un escenario típico de linchamiento nos ayudó a anclar las respuestas a una referencia concreta. Es importante que el lector tenga en cuenta que todos los resultados obtenidos probablemente serían inferiores si el escenario usado en la encuesta hubiera descrito explícitamente un evento con desenlace fatal.
La pregunta que naturalmente surge después de los resultados aquí descritos es, ¿cómo se explica el fenómeno del linchamiento? La razón más frecuentemente mencionada en estudios previos, escritos sobre todo por antropólogos y sociólogos, se refiere a un estado deficiente en la provisión de la justicia, por lo que la comunidad busca su propia justicia de manera espontánea y autónoma. En efecto, nuestra encuesta demuestra que personas con menores niveles de confianza en la policía y las cortes tienden a ser más favorables al castigo colectivo de malhechores por parte de civiles. Esto es respaldado por un informe reciente de la Comisión Nacional de Derechos Humanos que también enfatiza cómo las deficiencias estatales conducen a los linchamientos.6
Más allá de la relación con el Estado, existen otras razones —quizás menos obvias— que explican este fenómeno. A nivel de la sociedad domina un discurso de la amenaza abrumadora de la delincuencia común. Cuando se presenta la oportunidad de enfrentar un representante de esta amenaza, no sólo se trata de responder de manera proporcional al delito que cometió aquel individuo —como puede ser el robo de un celular— sino proporcional a la amenaza abrumadora que representa la totalidad del crimen para la sociedad. Sobre el individuo en cuestión se descarga entonces todo lo que los linchadores asocian con esta amenaza.
Así, el desafortunado delincuente de poca monta es transformado en una especie de chivo expiatorio para todo el mal que azota a la sociedad. Este fenómeno no es exclusivo de México. En toda América Latina hay linchamientos, y en más de la mitad de los casos las víctimas son ladrones, siendo Guatemala y Bolivia los países más afectados por los linchamientos si se toma en cuenta el tamaño de la población. Sin embargo, México es el país con mayor número absoluto de linchamientos, según datos basados en reportes periodísticos. Linchamientos de miembros de organizaciones criminales son poco frecuentes dado que las comunidades no se quieren exponer a posibles represalias, un temor que no sienten frente a ladrones solitarios.
En otras partes del mundo donde existen linchamientos, las amenazas son diferentes. Por ejemplo, en Estados Unidos los linchamientos eran comunes después de la abolición de la esclavitud en el siglo XIX y hasta la mitad del XX; allí se acuñó el término linchamiento, que se relaciona con las ideas de cierto juez de apellido Lynch. Las principales víctimas de los casi 5000 linchamientos letales que se contaron en esta época eran afroamericanos que representaban una amenaza para la supremacía blanca. En otro caso, en la India contemporánea, es común el linchamiento de musulmanes que comen carne de vaca. Los hindúes extremistas ven esta práctica como una amenaza a su “madre”, la vaca sagrada, y por ende usan violencia colectiva para castigar el consumo de carne de vaca.7 A su vez, en la provincia de Aceh, en Indonesia, ha sido común el linchamiento de jóvenes que tienen relaciones sexuales antes de casarse, ya que esto amenaza la pureza de su religión.8 Finalmente, el linchamiento de brujas responde a una lógica similar de eliminar una amenaza para la sociedad. Esto puede parecer un tema del siglo pasado, pero sigue siendo común en países como Papúa Nueva Guinea y en partes del África subsahariana.9
A nivel psicológico, parece actuar un fuerte deseo de justicia justamente entre aquellas personas que padecen injusticias a diario. Esto está reflejado en la encuesta que realizamos. Aquellas personas que han sido víctimas de algún delito suelen ser más favorables al linchamiento, no sólo por un sentido de venganza sino por un deseo más profundo de justicia, una sed de justicia que tal vez no es tan pronunciada entre otras personas que no han sufrido un crimen directamente.
En el caso de las víctimas de delitos, el castigo se vuelve un mecanismo de compensación para la injusticia experimentada. Esto se relaciona con las fuertes preferencias punitivas que son comunes en muchos países de América Latina y se concentran en poblaciones vulneradas. No son entonces la pobreza y bajos niveles de educación los catalizadores directos del punitivismo, sino las experiencias de injusticia cotidianas que generan una sed de justicia y con ella un deseo de castigo que favorece los linchamientos. Por desgracia, la realidad mexicana, en la que se vive una alta incidencia de victimización por delincuencia y una altísima impunidad, hace pensar que estos “apetitos” no tienen por qué disminuir en el mediano plazo.
Es claro que los linchamientos no se explican solamente por estas dinámicas a nivel de la sociedad y de la psicología individual. Existen un sinnúmero de factores circunstanciales que son determinantes para que sucedan. Por ejemplo, pueden presentarse rumores que alertan a la comunidad acerca de “robachicos”, campanas de iglesias y cadenas de whatsapp que convocan a la gente, o personas que encuentran placer en el uso de la violencia y dan inicio a un linchamiento.
Más allá de estos factores circunstanciales, es importante que haya una estructura social que en dado momento facilite la acción colectiva. Es así como en comunidades con fuertes lazos sociales, este recurso colectivo puede producir tanto beneficios sociales como acción colectiva violenta, incluyendo linchamientos. Dado que Guatemala y Bolivia son los países con mayor número de linchamientos en América Latina, varios analistas han relacionado los linchamientos con los “usos y costumbres” de comunidades indígenas.10 Este argumento también se ha usado con respecto a linchamientos emblemáticos en México, como el de unos trabajadores y estudiantes universitarios que fueron linchados en Canoa en el año 1968, un evento que quedó grabado en la memoria colectiva gracias a la película del cineasta Felipe Cazals. Hoy en día, los linchamientos son un fenómeno tan común, sobre todo en las ciudades de América Latina, que la hipótesis de los “usos y costumbres” no se sostiene para la mayoría de los casos. De hecho, algunas comunidades urbanas incluso usan mantas y lonas que advierten a los “rateros” de un posible linchamiento en su contra, lo que sugiere que tienen cierto nivel de capital social. Los enumeradores de nuestra encuesta que en febrero pasado visitaron 340 colonias de la Ciudad de México, escogidas al azar, encontraron algún aviso público que advertía a los delincuentes de un posible castigo en el 30 % de ellas.
El linchamiento no es el problema más urgente para México, pero sí es un síntoma de graves deficiencias en el manejo de la seguridad pública. El apoyo masivo al castigo colectivo por parte de civiles que detectamos en nuestra encuesta demuestra que muchos mexicanos están lejos de creer en el monopolio legítimo de la violencia en manos del Estado. En este sentido, cada linchamiento es también un grito desesperado por un Estado que asuma sus funciones básicas de protección y provisión de justicia.
Enzo Nussio
Investigador y docente en el Centro para Estudios de Seguridad (CSS) de la universidad ETH Zurich en Suiza
Pablo Parás
Socio fundador de Data OPM e investigador afiliado al centro de estudios latinoamericanos de Georgetown University
1 Kloppe-Santamaría, G. In the Vortex of Violence. Lynching, Extralegal Justice, and the State in Post-Revolutionary Mexico, University of California Press, Berkeley, 2020.
2 Datos propios de una base de datos recogida por Enzo Nussio y Govinda Clayton (ETH Zurich), por publicarse en enero de 2023.
3 Margen de error de +/-2.1 % a un nivel de confianza estadística del 95 %. La encuesta fue financiada por el Fondo Nacional Suizo para la Investigación Científica.
4 Este es el escenario descrito en la encuesta: “Un ladrón asalta a una señora en la calle. Usando un cuchillo, le quita sus pertenencias y escapa. Después del robo, en un descuido del ladrón, un transeúnte logra quitarle el cuchillo y someterlo. En ese momento un gran número de personas se acercan, lo insultan y castigan”.
5 Pregunta incluida en el Ómnibus Nacional Académico 2021 de Data OPM. Muestra nacional representativa de la población general adulta del país de 1019 entrevistas personales en el domicilio del entrevistado. Margen de error de +/-3.1 % a un nivel de confianza estadística del 95 %.
6 Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), “Informe especial sobre los linchamientos en México”, México, 2019.
7 Salam, Z. U. Lynch Files: The Forgotten Saga of Victims of Hate Crime, Sage Publications, 2018.
8 Human Rights Watch, “Policing Morality. Abuses in the Application of Sharia in Aceh, Indonesia”, 2010.
9 Forsyth, M. “The Regulation of Witchcraft and Sorcery Practices and Beliefs,” Annual Review of Law and Social Science 12, n.º 1, 2016, pp. 331–351.
10 Mendoza, C. “Linchamientos en México y Guatemala: reflexiones para su análisis comparado”, El Cotidiano, no. 152, 2008, pp. 43–51.