Sheinbaum ante Estados Unidos

Presentamos la primera entrada de Jacques Coste como columnista de nexos. A partir de ahora será parte de las presencias quincenales de nuestra revista, haciendo el puente entre pasado y presente, lo cercano y lo distante: enriqueciendo la crítica y el análisis riguroso que nos caracterizan.

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Tras la operación para capturar a Nicolás Maduro en Venezuela, el Corolario Trump a la Doctrina Monroe adquirió un nuevo cariz en toda América Latina. El desarrollo de estrategias para lidiar con el nuevo imperialismo estadunidense se volvió una necesidad de sobrevivencia para conservar la integridad territorial y la soberanía de México. Se trata de una tarea de máxima dificultad y de total urgencia.

Muchos mexicanos citan de manera superficial y trivial ese viejo adagio atribuido a Porfirio Díaz: “Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”. La frase está tan manida que perdió su sentido. Se trata, sin embargo, del resumen de uno de los máximos desafíos que México ha enfrentado como Estado a lo largo de toda su historia. Ser vecino de un país tan poderoso, que ha sido y es un imperio, aunque sin reconocerlo de manera explícita, representa una enorme dificultad.

El lento, largo y zigzagueante proceso de construcción del Estado en México ha estado marcado por este desafío. En distintos momentos de la historia, el Estado mexicano se fortaleció, preservó o avanzó hacia su consolidación cuando logró un equilibrio entre satisfacer ciertas exigencias y expectativas irrenunciables de Washington y encontrar espacios de oportunidad derivados de compartir la frontera y los circuitos económicos con Estados Unidos. Por el contrario, el Estado mexicano ha salido debilitado cuando no encuentra ese delicado balance, cuando es demasiado servil ante Washington o muy resistente ante sus exigencias.

El reto más importante que enfrenta el gobierno de la presidenta Sheinbaum es encontrar ese delicado equilibrio en un momento especialmente álgido en la relación bilateral y en las dinámicas hemisféricas. La dificultad radica en que Estados Unidos demanda mucho a cambio de muy poco, quizá nada.

El Corolario Trump contiene muchos garrotes y pocas zanahorias. Exige que América Latina (incluido México) frene los flujos de migración y drogas hacia el norte; que no admita la inversión, infraestructura y tecnología de China, optando por opciones estadunidenses, más costosas en términos monetarios y ambientales; que retire las barreras comerciales arancelarias y no arancelarias a productos estadunidenses, pero que acepte los aranceles que Estados Unidos le impone a sus importaciones; que las empresas latinoamericanas (y mexicanas) se integren a las cadenas productivas de Estados Unidos, pero en un estatus subordinado, fabricando bienes de bajo costo, necesarios para los consumidores y compañías estadounidenses pero de escaso valor agregado; y que los países latinoamericanos alineen su política comercial y exterior con las prioridades de la Casa Blanca.

El único incentivo de los países latinoamericanos para cumplir con las exigencias de Washington es evitar una intervención militar, un boicot comercial o una ofensiva diplomática. Por la vecindad, la frontera compartida, el grado de integración de ambas economías y el nivel de dependencia de México frente a Estados Unidos, las cosas son aún más complicadas para nuestro país. ¿Cómo encontrar ese delicado equilibrio entre satisfacer a Washington y encontrar las oportunidades derivadas de estas exigencias y del entorno geopolítico global?

La Guerra Fría fue uno de los períodos en los que el Estado mexicano fue más exitoso para lograr este balance. Dos libros lo ilustran muy bien: A la sombra de la superpotencia de Soledad Loaeza (El Colegio de México, 2022) y The Last Good Neighbor de Eric Zolov (Duke University Press, 2020). Mientras que Loaeza arroja luz sobre los mecanismos y formas en que la política estadunidense le impuso límites al proyecto desarrollista y nacionalista del PRI, Zolov muestra que el gobierno mexicano era capaz de utilizar su buena relación con Estados Unidos para convertirse en un “pivote global”. Es decir, en uno de los líderes del Tercer Mundo sin causar preocupación en Washington de que México desafiara de manera abierta su hegemonía hemisférica y su liderazgo global.

De este modo, los libros ilustran dos caras de la misma moneda: Loaeza reflexiona sobre las restricciones que implica ser vecino de una superpotencia y la necesidad de satisfacer las exigencias no negociables de Washington; Zolov, por su parte, ilumina las oportunidades que pueden surgir cuando el gobierno de un país como México interpreta de forma correcta el entorno geopolítico y aprovecha su buena relación con la potencia vecina para impulsar su propia agenda internacional y un ambicioso proyecto político de industrialización, modernización y orden público.

Además, ambos libros —junto con otros como las obras de Renata Keller y Vanni Pettiná— muestran que algunas condiciones que México debía cumplir eran la represión o cooptación de grupos de izquierda radical, moderar las políticas de nacionalización, el respeto a la propiedad privada de ciudadanos y empresas de Estados Unidos, la apertura a inversiones estadunidenses y el mantenimiento de la estabilidad política interna (ninguna superpotencia o imperio desea que su vecino, su “patio trasero”, sea un foco de problemas). Asimismo, el gobierno estadunidense permitía que México asumiera un papel de liderazgo en el Tercer Mundo pero sin retirarse de su zona de influencia y sin unirse a los países no alineados.

A cambio, el PRI recibía apoyo tácito de Washington para continuar con sus ambiciosos proyectos de desarrollo nacional, los cuales incluían construcción de infraestructura e instituciones, dirigismo económico, la restricción de los canales de representación política y deliberación pública, un Estado de bienestar sui generis combinado con redes clientelares y un complejo circuito de mediaciones e intermediarios para llevar los beneficios de la industrialización, modernización y el crecimiento económico a distintos grupos sociales y regiones geográficas. En otras palabras: el régimen posrevolucionario de partido hegemónico —con todas sus luces y sombras— no se entiende sin el contexto de Guerra Fría y sin el complejo equilibrio entre restricciones y oportunidades que construyeron y mantuvieron los gobiernos priistas con el gobierno estadunidense.

Construir un equilibrio similar es la tarea más urgente que enfrenta la presidenta Sheinbaum en este momento. La integridad territorial de México depende de ello, pero también el éxito o fracaso de su proyecto de desarrollo fundamentado en la “prosperidad compartida” y, supuestamente, impulsado por el Plan México (que aún no despega) y los programas sociales redistributivos.

El problema es que las restricciones son claras —alinear por completo la política migratoria y de seguridad a los intereses de Washington; combatir la “triangulación comercial” de China, frenar las inversiones de Beijing y priorizar que empresas estadunidenses sean quienes participen en proyectos de asociación público-privada y de desarrollo de tecnología e infraestructura— pero las oportunidades son todavía muy difusas. Además, Trump es tan volátil e impredecible que el gobierno mexicano se ve obligado a reaccionar continuamente, sin posibilidad de diseñar una estrategia más articulada con objetivos claros (más allá de preservar el T-MEC a cualquier costo) y mecanismos para alcanzarlos (amén de “mantener la cabeza fría” y ceder a las demandas de Trump).

Matias Spektor argumentó en un sugerente ensayo en el New York Times que el retorno de la política de grandes potencias —basada en coerción, intervención y jerarquía— está suscitando una reacción en el Sur Global. Países con experiencias históricas de dominación externa no actúan de forma homogénea, pero comparten una defensa celosa de su soberanía y una creciente capacidad de maniobra: evitan alineamientos rígidos, diversifican socios y negocian de manera transaccional con otros países con vulnerabilidades similares y necesidades complementarias. Así, la coerción de las grandes potencias tiende a provocar resistencia silenciosa y tácticas dilatorias, no obediencia duradera. El orden internacional que está surgiendo —argumenta Spektor— será más inestable y disputado, marcado por la constante renegociación de jerarquías y no por su aceptación ciega.

Quizá la clave para que el gobierno mexicano identifique oportunidades en el orden global que está naciendo y en su relación estructural con Washington radique en una definición más precisa de prioridades. Ello implica aceptar que algunas exigencias de Estados Unidos constituyen restricciones ineludibles al proyecto político de Morena y al margen de acción del Estado mexicano, pero también reconocer que no todas las concesiones pueden ni deben ser gratuitas. En un orden internacional de competencia entre grandes potencias y estrecho margen de maniobra para los países intermedios, México debe decidir en qué temas debe ceder, en cuáles puede resistir, diversificar alianzas o dilatar, y en cuáles puede cooperar sólo a cambio de beneficios concretos. De esa capacidad para discriminar, negociar y cobrar sus concesiones dependerá que el delicado equilibrio entre México y Estados Unidos no sea sinónimo de subordinación.

Jacques Coste

Analista político, historiador y autor de Derechos humanos y política en México (Tirant lo Blanch e Instituto Mora, 2022). Cursa un doctorado en historia en la Universidad Estatal de Nueva York en Stony Brook, donde estudia la transición democrática de México.

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Publicado en: Internacional, Política