Sin límites: la segunda presidencia de Donald Trump

Y cuando despertamos, Trump seguía ahí. Cuatro años después de salir sin ceremonia ni pompa tras su fracaso electoral y un intento fallido de frustrar la transferencia del poder, Donald J. Trump se convirtió en el segundo presidente de Estados Unidos en ganar elecciones en periodos no consecutivos. Después de ser declarado culpable por violación, de enfrentar cargos de evasión de impuestos y fraude, así como evitar la declaración de su culpabilidad en el caso de interferir en una campaña presidencial, Trump regresa a la Casa Blanca con un mandato claro: vengarse de sus enemigos políticos y avanzar la agenda que no logró aprobar en su primera presidencia.

En esta ocasión, las instituciones nacionales e internacionales que frenaron sus peores instintos entre 2017 y 2021 están ausentes o debilitadas, dándole rienda suelta para implementar una agenda que transformará a Estados Unidos y al mundo en los años por venir. Desde su propio gabinete, pasando por el Partido Republicano –completamente capturado por el ala nacionalista MAGA (Make America Great Again)– hasta el desorientado Partido Demócrata y las cortes, ninguno cuenta con las herramientas políticas para diluir el avance de su agenda. Quienes predicen que esta presidencia será similar a la anterior ignoran el poder con el que llega Trump a la Casa Blanca y su determinación de ejercerlo.

Trump 2.0: Más rápido, más furioso

Trump no es el mismo de 2016, cuando desafió las encuestas y sorprendió al establishment político estadounidense. Entonces, era el primer presidente desde Dwight D. Eisenhower en ocupar la Casa Blanca sin haber ostentado un cargo público antes de su elección: un magnate al que pocos en Washington D.C. tomaban en serio y que carecía de un equipo capaz de implementar sus políticas públicas predilectas. Además, su derrota en el voto popular le restó legitimidad y motivó a sus opositores a frenar su agenda a cualquier costo. Tras una campaña envuelta en controversias y llena de promesas en apariencia insostenibles, había poca claridad sobre lo que se podía esperar de este novato en la política.

Ahora, Trump retoma el poder con un gabinete renovado y más alineado a su visión. En 2016, su jefe de gabinete, Reince Priebus, era el presidente del Comité Nacional Republicano. A Priebus le siguió John Kelly, un general retirado que fungió como secretario de Seguridad Interior al inicio de la presidencia y que renunció por diferencias irreconciliables con el comandante en jefe. Su primer Secretario de Defensa, James Mattis, era un condecorado general que lideró el Mando Aliado de Transformación en la OTAN. Estos personajes, junto con otros políticos del partido republicano, intentaron encauzar a Trump a seguir una agenda más cercana a los valores de libre mercado y liderazgo global que caracterizaron al partido desde la década de los ochenta.

A estas alturas de la presidencia, tan sólo había ratificado a 30 miembros de su gabinete, en comparación con las 2,000 posiciones que se llenaron en los últimos días. Esto demuestra que su equipo se concentró en seleccionar integrantes leales a su agenda durante los cuatro años que pasó exiliado en Florida. En esta ocasión, Trump llenará las filas del gobierno federal de leales a su proyecto y no de integrantes de carrera ni de imposiciones del partido. Sus nuevas designaciones demuestran un ímpetu por politizar la labor estatal, nombrando a su abogada durante su primer juicio político, Pam Bondi, como fiscal general, y a Kash Patel como director del FBI, quien amenazó con perseguir a miembros de la prensa que le mientan al público estadounidense. Esta lealtad ciega de su equipo le permitirá al presidente imponer una agenda radical en cuestiones de derechos humanos y civiles sin oposición interna alguna.

Una casa dividida no se puede mantener en pie

El “gran y viejo partido” republicano (GOP por sus siglas en inglés) también se ha mimetizado con su ala trumpista. A pesar de que el control de Trump sobre los republicanos fue considerable en su primera presidencia, senadores con largas carreras como Bob Corker, Jeff Flake y John McCain, se opusieron en momentos claves a sus políticas. El senador, y otrora candidato presidencial, Mitt Romney incluso llegó al extremo de apoyar el segundo juicio político después del ataque al capitolio del 6 de enero de 2021. Además de estas figuras, el presidente de la Cámara de Representantes entre 2016 y 2018 fue Paul Ryan, miembro de la élite del partido obsesionado con la prudencia fiscal y que era respetado por aliados y enemigos. Por último, el presidente del Senado Mitch McConnell ostentaba un liderazgo legislativo que avanzaba prioridades históricas de la élite republicana, no los caprichos del presidente.

Al igual que en 2017, el GOP controla ambas cámaras del Congreso. Sin embargo, Trump ostenta control absoluto sobre ambas mayorías después de desafiar la gravedad política por más de ocho años y haber llevado a los republicanos a su mayor victoria en términos absolutos en el voto popular. Hay facciones dentro del partido que compiten por influencia y que quizá seguirán dificultando las negociaciones presupuestarias a lo largo de la segunda presidencia de Trump. Pero no hay incentivos para que ningún legislador republicano se oponga al presidente. Al contrario, un claro ejemplo de esto fue la intimidación que recibió la senadora Joni Ernst después de manifestar sus preocupaciones ante la nominación de Pete Hegseth como secretario de Defensa, al punto de retractarse. Esto le permitirá acceder a mayores recursos para implementar políticas migratorias draconianas, entre otras medidas disruptivas.

En el otro bando, el Partido Demócrata carece de liderazgos, mensajes e infraestructura para hacer frente a la avalancha política que viene. A pesar de haber perdido la elección por sólo un 1.5 % del voto popular, los demócratas renunciaron a llevar a cabo un verdadero ejercicio de introspección tras su derrota, y no hay nuevos liderazgos que aprovecharan las audiencias de las nominaciones al gabinete para intentar controlar la narrativa. El GOP tiene la mayoría más pequeña en la Cámara de Representantes desde la Gran Depresión, con un margen de cinco representantes y una mayoría de 53 senadores. Es posible que el péndulo político regrese el control de la Cámara a los demócratas en 2026, pero gobernar con carro completo durante dos años le permitirá a Trump implementar sus políticas con poca resistencia legislativa.

Disfrutará la cosecha de sus frutos

En cuanto a la Suprema Corte, Trump se beneficiará de la captura del tercer poder durante su primer mandato. Cuando llegó a la presidencia en 2017, la Suprema Corte tenía un equilibrio de cuatro jueces liberales contra cuatro conservadores debido a las tácticas legislativas extremistas de McConnell para mantener una vacante abierta tras la muerte de Antonin Scalia en los últimos meses de la administración de Barack Obama. Esto le permitió a Trump llenar la vacante con el ministro Neil Gorsuch, a quien se unieron Brett Kavanaugh y Amy Coney Barrett tras la renuncia de Anthony Kennedy y la muerte de Ruth Bader Ginsburg, respectivamente. En consecuencia, la composición de la Corte se inclina hacia perspectivas conservadoras con seis ministros contra tres. La probable renuncia de Clarence Thomas o Samuel Alito durante el periodo actual le permitirá a Trump consolidar un bloque conservador en las décadas por venir.

Varias de las propuestas de Trump son inconstitucionales. Su orden ejecutiva para eliminar la ciudadanía por derecho de nacimiento –que cualquier persona nacida en Estados Unidos goza desde 1868– a los hijos de personas sin documentos se enfrascará en una serie de litigios y llegará probablemente a la Suprema Corte. La mayoría de la Corte estuvo dispuesta a litigar en contra del precedente al revocar la decisión Roe v. Wade que protegía el derecho a tener un aborto. La mayoría de seis contra tres le permite a Trump perder incluso un voto del bloque conservador y lograr su cometido. En caso de lograrlo, Trump consolidaría una visión etnonacionalista de la ciudadanía en Estados Unidos, cambiando por completo su régimen constitucional y el futuro demográfico del país.

Nada volverá a ser como antes

A diferencia de enero de 2017, hoy Trump tiene un gabinete unificado, un Partido Republicano disciplinado, un Partido Demócrata desmotivado y una Suprema Corte capturada. Además, tiene el apoyo de los grandes magnates de Silicon Valley, y no hay nadie en la esfera internacional –ni organismos multilaterales ni contrapartes en otros países– dispuesto a hacerle frente como lo hizo Angela Merkel durante su última presidencia. Encima de todo, la sociedad civil y los grupos opositores están exhaustos después de ocho años de enfrentarse contra Trump y su movimiento. Trump tendrá rienda suelta para imponer su visión económica, racial y política en Estados Unidos y en el mundo, lo cual tendrá consecuencias ruines para la economía internacional, la crisis ambiental y la inestabilidad geopolítica.

Lo más probable es que el Partido Demócrata recupere el control sobre la Cámara de Representantes en 2026. La popularidad de Trump también se erosionará en cuanto los efectos de sus políticas se evidencien, reactivando a la oposición social ante sus arrebatos autoritarios. También es probable que, ante el repliegue de Estados Unidos de la arena internacional, surjan liderazgos y cooperaciones multilaterales para lidiar con problemas globales. No obstante, los siguientes cuatro años serán más disruptivos e impredecibles que los últimos ocho y sentarán las bases de la reconfiguración del sistema político estadounidense y del sistema internacional.

Matías Gómez Léautaud

Internacionalista por El Colegio de México

 

1 McCain frenó el intento Trump de eliminar la Ley de Cuidado de Salud a Bajo Precio –conocido como Obamacare– una de las promesas de campaña más relevantes de Trump.

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Publicado en: Internacional, Política