Sobre Gaza: silencios y hartazgos

A mi amiga Alexandra Délano, cuya perspicacia intelectual
y mesura analítica mejoraron notablemente el presente texto

Ya casi se cumplen siete meses del inicio del “conflicto” de Gaza. Denominar así lo que ha tenido lugar ahí desde octubre del año pasado es, sin duda, un eufemismo, pero referirse a él como una “guerra” es claramente incorrecto. Un poco más adelante me ocuparé de la otra manera en que se ha caracterizado lo que está ocurriendo en Gaza desde entonces, como un “genocidio”. Por lo pronto, comienzo lamentando algo que no puede dejar de llamar la atención de cualquier persona que en México haya seguido con atención los sucesos en ese pequeñísimo territorio del Medio Oriente: el silencio de la mayor parte de la academia mexicana (como siempre, hay excepciones). No pienso tanto en términos institucionales (que también es el caso), como en lo poco que los académicos y las académicas de México nos hemos expresado sobre dicho “conflicto” (omito aquí tanto el “mundo Twitter”, que desconozco, como las firmas electrónicas de apoyo a cartas).

Ilustración: Estelí Meza

Tratándose de una situación de una injusticia manifiesta desde cualquier punto de vista, creo que esta escasa “expresividad” puede explicarse, sobre todo, por el temor a ser tachados de “antisemitismo”. Un término que hasta hace relativamente poco aún mantenía una fuerza notable y, por momentos, en ciertos contextos, un peso casi apabullante. Ya no es el caso y creo que nada ha contribuido tanto a esta “desmitificación” del vocablo como lo que el mundo ha presenciado en la Franja de Gaza desde hace casi siete meses. Sobre el “antisemitismo” actual (el relativo al “conflicto” en Gaza), su naturaleza y su desprestigio no es mucho lo que puedo añadir al mensaje que lanzó la semana pasada Bernie Sanders, senador independiente del Congreso de los Estados Unidos. Durante estos meses, yo no había escuchado a nadie expresarse sobre el tema con tal claridad y tal concisión. Aclaro: la palabra “antisemitismo” ha sido, es y seguirá siendo adecuada o pertinente para referirse a discursos, actitudes y comportamientos que surgen de prejuicios y de odios irracionales. Ahora bien, sacarla a colación cada vez que alguien critica lo que acontece en Gaza o que expresa una postura pro-Palestina en el contexto actual no es más que una cortina de humo. Una cortina detrás de la cual se esconden, condonan y tergiversan acciones que no tienen justificación alguna.

Conviene ser enfático en que lo anterior no implica justificar o siquiera pretender justificar las atrocidades que cometió el grupo militar Hamás el 7 de octubre del año pasado. Dicho esto, no distinguir entre Hamás y la población civil palestina es asumir el presupuesto del que parten Benjamín Netanyahu, varios sectores de la clase política de Israel y los generales del ejército de ese país. Partir de dicha confusión es lo que explica que hasta el día de hoy se contabilicen más de 34 000 muertos entre la población palestina, 70 % de los cuales son niños y mujeres; además, más de 77 000 personas han sido heridas. Por si fuera poco, 1.7 millones de personas han sido desplazadas, es decir, más del 75 % de la población total (las cifras son del último reporte de la UNRWA).

Ya es hora de dejar de emplear el vocablo “antisemitismo” no sólo como una cortina de humo, sino también como escudo, como excusa y como arma arrojadiza que, encima, se lanza desde una supuesta altura moral que a mí, visto lo visto, me parece más bien una bajeza. No es con ese término que se puede pretender explicar lo que está aconteciendo en Gaza desde octubre pasado y denostar así la causa palestina. Y aquí conviene subrayar que cuando empleo la expresión “causa palestina”, no me estoy refiriendo únicamente a la situación presente, sino a la larga cadena de injusticias de los que ha sido objeto la población de Palestina desde la quinta década del siglo pasado. Que es otra manera de decir que lo que se está viviendo hoy no puede ser entendido cabalmente si se aísla de la historia palestina desde entonces. Esto no es “antisemitismo”, esto es tratar de entender lo que sucede en Medio Oriente desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Sin esa historia, llena de colonialismo, arrogancia, prepotencia, inequidad, injusticia, violencia y cobardía (de la comunidad internacional), es imposible siquiera empezar a entender lo que ha vivido durante casi 200 días la población palestina que hoy intenta sobrevivir en condiciones desastrosas e indignas; en una palabra, inhumanas.

Retomo aquí la espinosa cuestión de si lo que está ocurriendo en Gaza puede denominarse “genocidio”. En términos históricos, el genocidio de los judíos es uno entre varios de los que tuvieron lugar durante el siglo XX, empezando con el genocidio armenio en la segunda década de la centuria. Por supuesto, el genocidio judío es de una naturaleza especial y distintiva; sobre eso no cabe discusión alguna. Es el Holocausto, el único Holocausto. Ahora bien, en términos diplomáticos y legales, el artículo II de la Convención para la prevención y la sanción del delito de genocidio, aprobada por las Naciones Unidas en 1948, entiende por genocidio “cualquiera de los actos mencionados a continuación, perpetrados con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso, como tal: a) matanza de miembros del grupo; b) lesión grave a la integridad física o mental de los miembros del grupo; c) sometimiento intencional del grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial; d) medidas destinadas a impedir los nacimientos en el seno del grupo; e) traslado por fuerza de niños del grupo a otro grupo.” Esta es la Convención que, a fines del año pasado, ante la Corte Internacional de Justicia de las Naciones Unidas, Sudáfrica acusó a Israel de violar. A raíz de esta acusación, el 26 de enero del año en curso la Corte ordenó una serie de medidas que requerían que el gobierno de Israel previniera el genocidio contra los palestinos en Gaza y asegurara la provisión de servicios básicos y de ayuda humanitaria. Esta misma ayuda es la que las propias entidades responsables de las Naciones Unidas han echado en falta varias veces en los meses subsiguientes, arguyendo no sólo que es a todas luces insuficiente para atender la situación actual en la Franja, sino que, además, ha sido obstaculizada en repetidas ocasiones por el gobierno y por el ejército israelíes. Más allá de la acusación sudafricana referida y de la serie de requerimientos que han sido ignorados por Israel, bastan algunos de los actos mencionados en el artículo II de la Convención sobre genocidio para concluir que lo que ha tenido lugar en la Franja de Gaza desde hace casi siete meses puede y debe ser considerado genocidio. Por lo mismo, la pasividad de la comunidad internacional (con notables excepciones) es un capítulo más de la actitud cobarde a la que aludí en el párrafo anterior.

En lo que respecta al gobierno de los Estados Unidos, no se trata de cobardía, sino de haber armado sin medida y sin condición alguna a Israel, y, al mismo tiempo, dejar caer víveres en paracaídas sobre el pueblo que ha sido masacrado, básicamente, con las armas provistas por ese mismo gobierno. Es ante este cinismo que han reaccionado y, mientras escribo, siguen reaccionando miles de estudiantes en muchas universidades estadunidenses. Han sido esos estudiantes y, sobre todo, por lo que alcanzo a ver en los videos, esas estudiantes, quienes han reanimado la conciencia de millones de personas alrededor del mundo. Digo “reanimar” porque no es que esa conciencia no existiera antes. Tuve la oportunidad de impartir un curso en Italia durante los últimos meses del año pasado y era evidente el interés y el involucramiento de la juventud italiana respecto a lo que estaba aconteciendo en Gaza. Lo que ha dado un nuevo impulso a la causa palestina tiene que ver con cuál es el país de origen de esta “nueva” conciencia y con el hecho de que a partir de ahora no sólo se requiere coraje, fuerza de voluntad y una irreprimible sensación de hartazgo respecto a una situación injusta, intolerable e inaceptable. Desde que un grupo de estudiantes de la Universidad de Columbia pusieron el ejemplo y las autoridades de esa institución reaccionaron como lo hicieron (llamando a cuerpos policíacos de diversa índole), reunir unas cuantas tiendas de campaña en un espacio no muy extenso dentro de un campus universitario se ha convertido no sólo en una toma de posición, sino en una expresión de lucha contra diversos aspectos del establishment y en toda una declaración de principios.

De difundirse por el mundo los campamentos universitarios estadunidenses, creo que ningún gobierno reaccionará como lo han hecho varios gobiernos estatales de los Estados Unidos y sus “fuerzas del orden” (convocadas, no se olvide, por las propias autoridades de varias universidades). En todo caso, es evidente que aquí están en juego libertades democráticas elementales, como la de reunión y la de expresión (¡dentro de un campus universitario!). Dentro de este marco es que el “antisemitismo” ha aparecido una vez más, pero como nunca antes (por el contexto en el que ahora nos encontramos), para justificar lo injustificable, acusando a esos estudiantes de “antisemitas” por expresar y defender su indignación ante la pusilanimidad y el cinismo del gobierno de su país y ante la connivencia que estos mismos estudiantes perciben en las autoridades de sus respectivas universidades.

En sentido estricto, en el mensaje referido, el senador Sanders no tiene toda la razón cuando acusa a Netanyahu de insultar la inteligencia del pueblo de los Estados Unidos. Esto se puede inferir del apoyo que ha recibido la represión que ha tenido lugar en varias universidades en las que se han levantado campamentos propalestinos y también se puede colegir del discurso actual del Partido Republicano a ese respecto (un partido que, por cierto, fue “causa eficiente” de dicha represión, para vergüenza de las autoridades académicas de algunas de las mejores universidades de los Estados Unidos). En cualquier caso, el estudiantado que ha acampado y sigue acampando en sus respectivos campus está harto y exclama, a su modo, “ya basta”. Su conciencia moral ha despertado, así como su ánimo de que ciertas cosas cambien: no more business as usual. Sobre todo, me parece, reaccionan y se rebelan ante la crisis humana, humanitaria y de futuro que Netanyahu y el ejército israelí han provocado en la Franja de Gaza. Más allá de algunos infiltrados y algunos antisemitas, como profesor que soy es imposible no sentir admiración por esas muchachas y esos muchachos.

 

Roberto Breña
Académico de El Colegio de México

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Publicado en: Internacional