La escena política iraní se agita. El desplome del helicóptero del presidente de Irán, Ebrahim Raisi, y de su ministro de Exteriores, Hossein Amir-Abdollahian, plantea el desafío más grande para la República Islámica en los últimos años. Además desencadena preocupaciones locales y regionales que se entrelazan para interpretar lo que se experimenta en la política regional de Medio Oriente.

Con respecto al ámbito local, Ebrahim Raisi no sólo fue el máximo funcionario iraní después de Alí Jameneí, sino uno de los candidatos más fuertes para ser Líder Supremo. Y es que Jameneí, de 85 años, abrió la carrera por la sucesión en la que Ebrahim Raisi transitó del Poder Judicial y la Presidencia hacia la condición de “favorito” para tomar el cargo. A pesar de su baja popularidad, Raisi disputaba las preferencias con el hijo del Líder, Mojataba Jameneí. Ahora éste podría salir beneficiado en la facción principalista al no haber muchos jurisconsultos con las simpatías suficientes que necesita la Guardia Revolucionaria, un actor preponderante en el sistema político iraní y factor clave en la estabilidad del gobierno.
Sobra decir que, en esta misma semana, también se determinaría el nuevo jefe de la Asamblea de Expertos, que es el órgano que elige al Líder en Irán; Ebrahim Raisi era el favorito para encabezarla. Sin embargo, ante la muerte del presidente, la disputa por el puesto de Rahbar se abre a otras facciones de la política iraní en las que nombres como el del reformista, Mohammed Jatamí, o el político de centro, Hassan Rohaní, podrían desafiar la candidatura del hijo de Alí Jameneí y despertar una fuerte competencia en el seno de la Asamblea de Expertos y sacudir la escena política nacional.
Antes de eso se redefinirá la presidencia, que es el verdadero vacío de poder en estos momentos. Entre los nombres que podrían buscar el puesto se encuentran el de Mohammad Javad Zarif, cercano a Hassan Rohaní, el del expresidente del Parlamento Ali Larijani, y su actual presidente, Mohammad Baqer Qalibaf, este último cercano a Alí Jameneí y bien posicionado entre los principalistas. Al igual que ocurre con la sucesión del Líder, las próximas elecciones pueden estimular la competencia entre facciones si se activa el interés de una población desencantada de la política. Los últimos ejercicios electorales en Irán mostraron una participación mínima, de tan sólo 41 % (a nivel nacional) y un dramático 7 % (en Teherán) cuando se repitió el filtro sistemático del Consejo de Guardianes, que desanimó por completo la participación ciudadana. El mismo Mohammed Jatamí ha mencionado en repetidas ocasiones que “mientras exista el Consejo de Guardianes, en Irán las elecciones no tendrán sentido”.
Según el artículo 131 de la Constitución iraní, ante la muerte del presidente será el vicepresidente en turno, Mohammad Mokhber, quien tome el poder y llame a nuevas elecciones para el próximo 28 de junio. El ministerio de exteriores será tomado por Alí Bagheri Kani quien, al igual que Mohammad Mokhber, es una figura cercana a Alí Jameneí. Estas personas, junto con los responsables del Poder Judicial, se encargarán de organizar una de las elecciones más críticas del Irán contemporáneo.
Con respecto al ámbito regional, tanto el presidente como el ministro de Exteriores son pieza clave en implementar la política exterior. Aunque Ebrahim Raisi era conocido en los ochenta por su represión contra activistas marxistas y, recientemente, contra el movimiento “¡Mujer, Vida y Libertad!”, el gobierno actual quiere que se le recuerde como el presidente que bombardeó con drones y cohetes a Israel. También sus aliados lo proyectan como el presidente que no se humilló ante Estados Unidos después del desaire de Donald Trump en la negociación nuclear y como el presidente que consolidó la cercanía con Rusia y China, además de lograr el ingreso de Irán a los BRICS.
Pero la muerte de Ebrahim Raisi no cambiará la posición de Irán con respecto a Palestina. La estrategia de política exterior hacia grupos como Hamás y Hezbollah está conectada con una política de seguridad de la cual son responsables Alí Jameneí, la Guardia Revolucionaria y el Consejo Supremo de Seguridad Nacional, estructuras encargadas de diseñar el verdadero pensamiento estratégico iraní. Una vez establecida la línea de acción, el presidente en turno ejecuta las directrices y las acompaña con la mejor diplomacia que su equipo pueda proveer. Es decir, lo que hemos visto entre Irán y sus aliados desde el 7 de octubre de 2023.
Al tiempo de escribir estas líneas, no deja de sorprender el contraste que hay entre la cantidad de dinero que Irán invierte en misiles, drones y su programa nuclear mientras el presidente y su ministro de Exteriores mueren en un helicóptero de la época pahlevíe. Si bien es lógico pensar que poner al presidente y al ministro de Exteriores en el mismo vuelo es una mala idea, sólo una investigación profunda determinará el origen del desplome y a los responsables de la negligencia que pudo llevar al desastre. Por ahora, lo que se muestra es que la élite política iraní está lista para gestionar escenarios de crisis al mostrar el control del relato del incidente y evitar la propagación del “estado de shock” en el que pudo haber entrado parte de la población.
Sin embargo, a menos que la investigación encuentre otra cosa, la duda sobre un atentado permanecerá abierta debido a los regocijos de algunos políticos de derecha israelíes, como Amichay Eliyahu o Avi Maoz, que trivializaron la muerte del presidente iraní para hacer eco en su base social. Si bien se trata de reacciones individuales, dado que el gobierno israelí no ha hecho una declaración oficial sobre el incidente, vale la pena recordar que en la historia de la República Islámica hay antecedentes de presidentes asesinados con ayuda extranjera. Ese es el caso de Alí Rajai, víctima de un bombazo mientras celebraba una reunión del Consejo Supremo de Defensa Iraní, junto con su primer ministro, Mohammad Yavad Bahonar, el 30 de agosto de 1981. En aquel momento, Irán no dudó en condenar una supuesta intervención de Saddam Hussein con quien entraría en guerra a lo largo de toda esa década.
Hoy los tiempos no son mejores para la región: mientras los bombardeos en Gaza se intensifican, los verdaderos problemas de Irán pasan por la devaluación de la moneda (que perdió 93 % de su valor desde 2018), la inflación por encima del 40 %, el alto desempleo entre los jóvenes y la represión del movimiento de mujeres que hoy en día es el más poderoso dentro de las fuerzas sociales iraníes. Sin duda, hay grandes desafíos al interior y al exterior de Irán pero, mientras se lleva a cabo la investigación que todos esperan, el único parámetro para medir la estabilidad del gobierno será el nivel de gestión de crisis y de los aliados con los que cuente para ello.
Moisés Garduño García
Profesor de la FCPyS-UNAM e investigador visitante en El Colegio de México