
Es un hecho que la UNAM está en crisis, y todos parecen estar de acuerdo en que la institución tiene muchos problemas. La lista varía dependiendo a quién se le pregunte. Inconformes hay muchos: estudiantes, trabajadores sindicalizados, profesores de asignatura, incluso investigadores eméritos. Problemas que van desde amenazas de bomba para infundir miedo hasta la petición de que haya papel higiénico y jabón en los baños.
El 17 de septiembre de 2025 se suspendieron las clases en la Facultad de Estudios Superiores (FES) Zaragoza por una amenaza de bomba. El 18 de septiembre hubo una amenaza de bomba en la Facultad de Economía. El 22 de septiembre, Lex Ashton Cañedo López asesinó a uno de sus compañeros del CCH Sur e hirió a un trabajador de la institución con un arma blanca. Ese mismo día ocurrió el suicidio de un estudiante de la Facultad de Arquitectura. El 24 de septiembre hubo una manifestación silenciosa del CCH Sur al edificio de Rectoría para exigir justicia por el asesinato. A medio día desalojaron la Prepa 6 por una amenaza de bomba. El 25 de septiembre se desató una riña en la FES Acatlán en la que uno de los participantes gritó que estaba armado. El 6 de octubre se desalojó la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales por amenaza de bomba y también la Prepa 6. Estos incidentes continúan hasta la fecha. El 23 de octubre se desalojó la Facultad de Ciencias por amenaza de bomba. El 25 de octubre un aficionado falleció después de un partido Cruz Azul-Monterrey tras ser sometido por elementos de seguridad de la UNAM.
A raíz de estos hechos sucedieron varias cosas: diversas facultades y preparatorias optaron por ofrecer clases en línea y se suspendieron las clases presenciales. También comenzaron los paros en escuelas y facultades. Los medios alertaron de la presencia de encapuchados en distintos centros. Se acordaron mesas de diálogo.
En la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, por ejemplo, los estudiantes tomaron control de las instalaciones y la administración las recuperó el 26 de octubre. Ese mismo día la Secretaría Administrativa informó en un comunicado que, por el tiempo que estuvo tomada la facultad, hubo daños al patrimonio y saqueo de equipo. Más tarde compartieron imágenes de las instalaciones cubiertas de grafiti.
Acaso el mayor problema de la UNAM es que los asuntos que la aquejan no son meros obstáculos que sortear, sino que son parte intrínseca de su diseño y de cómo funciona en realidad. Es decir, muchos de sus “problemas” son condiciones irresolubles por donde se mire. El antagonismo que hay entre la comunidad universitaria y sus autoridades, por ejemplo, no es producto de la coyuntura, es la condición natural de la relación entre ambas partes.
Un desplegado que firman más de setecientos profesores dice: “Reconocemos que muchas de las voces que hoy llaman a la defensa de la institución lo hacen desde el compromiso. Sin embargo, buena parte de esos llamados proviene (sic) de quienes han detentado históricamente los privilegios, recursos y espacios de poder en la UNAM. Son voces que han ocupado cargos directivos, han sido parte de las estructuras jerárquicas o las han utilizado en su favor y han mantenido vínculos estrechos con las autoridades”. Quienes han mantenido vínculos estrechos con las autoridades quedan descalificados, se les separa de las voces que reclaman de manera legítima, lo que supone otra paradoja. A quien se exige, a quien se le demanda es a la autoridad, pero el simple hecho de ser autoridad o estar cerca de ella produce desconfianza y escepticismo. Se le pide la solución de los problemas al enemigo. Y no se espera que éste los solucione, pues la inconformidad no cesa nunca.
De manera paradójica esta situación beneficia a las autoridades. Ante la ausencia del consenso y de claridad en un mar de peticiones –que van desde seguridad, higiene, participación, género, ideas sobre cómo debería ser la docencia o la carga de trabajo, aumento de salarios, democratización dentro de la institución– optan muchas veces por desconocer a los estudiantes, y desconocer los problemas. Uno pensaría que en estos momentos el problema más grave que enfrenta la UNAM es salvaguardar la seguridad de su comunidad, todo lo demás podría pasar a segundo plano. Sin embargo, los pliegos petitorios no priorizan, sino que acumulan. El 23 de octubre “…la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales entregó un pliego petitorio detallado a sus autoridades. El documento reúne 13 puntos principales y más de cinco subtemas por cada uno, con exigencias que incluyen acciones específicas de seguridad, acceso público a la normatividad interna, cambios en el diseño de los planes de estudio, modificaciones en trámites de titulación, así como el establecimiento de protocolos para casos de desaparición y el reconocimiento de derechos vinculados a la salud sexual”.
En artículos de opinión se dice que: “la seguridad no puede abordarse únicamente desde la lógica del control físico; requiere una comprensión integral de las condiciones sociales, culturales y políticas que atraviesan a la comunidad universitaria”. Pero la pregunta es si la comprensión integral de las condiciones sociales, culturales y políticas que atraviesan a la comunidad universitaria detendrá las amenazas de bomba o las expresiones de violencia. El comunicado de los setecientos profesores dice que “lo que se requiere es una reflexión profunda, plural y democrática sobre el presente y futuro de nuestra universidad”. La pregunta es si hay alguna respuesta satisfactoria que pueda ofrecer la autoridad, una respuesta factible en medio de la crisis, o si cualquier solución tendrá detractores y críticos. Parece que será lo segundo.
Las autoridades están atadas de manos, y tratan de mantener el delicado equilibrio entre no hacer enojar a los estudiantes, ceder a las demandas que puedan cumplir, fingir demencia ante las que no, evitar que la situación escale e intentar que todo vuelva a esa normalidad disfuncional que es la UNAM. A puertas cerradas se repite lo que se ha repetido por años: “es el sindicato”. Recuerdo cuando fui estudiante de la UNAM, por menos de un año, y vi a la directora de cierta facultad para preguntarle por qué en los baños no había papel, su respuesta: “es que se lo roba el sindicato”. El sindicato es uno de los muchos monstruos contra los que no se puede luchar, simplemente se acepta el poder que tienen, y se le pasa la bolita cuando toca hacerlo. Otros especulan que se trata de Morena: Fernando Belaunzarán aseveró en un tuit “No hay duda, el obradorato está detrás de los encapuchados en la @UNAM_MX”.
Esa es otra condición natural de la política universitaria: la sospecha. Siempre hay intereses de grupos ajenos a la universidad, gente que busca “desestabilizar” sin que nadie pueda explicar de manera clara por qué o para qué, pero están ahí y se materializan en la forma de “encapuchados”, “porros”, “intereses del sindicato”. Hay quienes apuntan más alto, y dicen que se trata de “Morena” o de “los que quieren hacer quedar mal a Morena”. El problema es que todo esto es posible considerando que son más de 440 000 personas quienes conforman la comunidad universitaria. Es decir, es muy probable que existan esos encapuchados, porros, sindicalizados, morenistas y antimorenistas “metiendo su cuchara en la situación”. Pero eso es más o menos irrelevante, eso no hace menos legítimas algunas peticiones de los estudiantes, o menos irracionales las que son del todo irracionales.
Nos gustaría pensar que hay un rector todopoderoso que no quiere que exista esa institución utópica, pero la realidad es que toda autoridad en la UNAM es una autoridad disminuida. Por ello las amenazas son tan efectivas, porque siembran pánico en una comunidad en la que no hay controles, donde cualquiera puede entrar y salir sin menor reparo, y donde pedir que haya mayores controles equivale a ser llamado reaccionario. Todo esto para decir que la UNAM se encuentra en una encrucijada, o quizá la UNAM sea en sí misma una encrucijada: una situación difícil en que no se sabe qué conducta seguir.
María Guillén Garza Ramos
Editora en nexos