Al comparar el período que corre entre finales de los años ochenta del siglo pasado y la segunda década del siglo XXI con la discusión actual acerca del estado de la democracia parece haber un hilo conductor. Aun cuando subsiste una contradicción que puede plantearse de la siguiente forma: en términos generales, los indicadores sociales, políticos y económicos del mundo son mejores hoy que cinco o seis décadas atrás, pero a la vez se han profundizado el desencanto, la polarización, el populismo y el autoritarismo, debilitando la confianza en la democracia, en las instituciones y en la política. Ambos extremos son evidentes, pero no explican suficientemente las disfunciones en el orden político-democrático y es necesario tejer más fino para entender con realismo el nervio de esa paradoja, parte de la cual incluye ahora un componente —aún por descifrar cabalmente— que es la revolución de las tecnologías de la información y la comunicación y, en especial, las complejidades que plantea la irrupción de la inteligencia artificial (IA) sobre el ejercicio democrático.

En principio, la relación entre IA y democracia sugiere distintas preguntas:
- ¿Pueden la IA y sus aplicaciones sustituir la expresión formal básica de la democracia que es la celebración de elecciones periódicas, justas, competitivas, transparentes e imparciales?
- ¿Cómo aprovechar la IA para construir democracias más inclusivas?
- ¿Cómo evitar el uso abusivo de la IA por parte de gobiernos para intentar controlar, entre otras cosas, la vida política, la privacidad y las libertades de los ciudadanos, distorsionar la información y los datos e intervenir en otros países?
- En la medida en que cinco grandes empresas (Microsoft, Google, Apple, Facebook, Amazon) controlan dos tercios del mercado global de recursos de computación en la nube utilizados para entrenar e implementar modelos de IA,1 ¿cómo armonizar su desarrollo y la libertad de expresión con un marco regulatorio eficiente, equilibrado y transparente tanto nacional como internacional?
- ¿Cómo democratizar el potencial de la IA para fortalecer ciudadanías más activas, autónomas, responsables y respetuosas de los derechos humanos?
Dada la relativa novedad del tema, y la falta de evidencia empírica suficiente, es apresurado extraer conclusiones convincentes, pero parece claro que el fenómeno tecnológico constituye una de las asignaturas pendientes más inquietantes. Por lo pronto, el deterioro democrático no debe ni puede ser reducido, de manera mecánica, sólo a los aspectos canónicos (economía, desigualdad, distribución del ingreso), que sin duda tienen un peso específico, sino que la información disponible sugiere ir más allá de estas variables y explorar otras hipótesis asociadas, desde luego, a la evolución de las tecnologías y de la IA.
Partamos de que, técnicamente, “el término inteligencia artificial se refiere a un modelo creado para resolver un problema específico o proveer un servicio en particular”.2 Pero la literatura académica existente no ha descifrado e interpretado con exactitud cómo sucede ese proceso en sectores muy específicos —salud, educación, cambio climático y otros— ni mucho menos en terrenos más abstractos como la política, los derechos humanos o las cuestiones éticas. Es probable, según proponía Henry Kissinger, que “estemos entrando en un nuevo período de la conciencia humana que aún no comprendemos del todo. Vivimos en un mundo que no tiene una visión filosófica dominante. Por lo tanto, los tecnólogos pueden dar rienda suelta a su creatividad y nos están mostrando cómo relacionar la razón con la inteligencia artificial. Con la inteligencia artificial, lo sorprendente es que se llega a una conclusión que es correcta. Pero no sabes por qué. Dado que los procesos de IA son tan rápidos y satisfactorios, existe cierta preocupación por si los humanos perderán la capacidad de pensar, conceptualizar y reflexionar”.3
Bajo esa perspectiva, la relación IA-democracia puede explorarse a partir de una aproximación, quizá la más compleja, que tiene que ver con factores educativos, psicológicos y sociológicos. En diversos países, las transformaciones en el entorno —la revolución tecnológica y digital, patrones culturales diferentes, desideologización, diversidad— y los progresos democráticos han modificado también la cultura cívica. La gente se preocupa más por los problemas cotidianos de su vida personal y menos por los “grandes temas” (como la democracia) y esto se refleja de muchas maneras: el surgimiento de una porción considerable de la sociedad muy escéptica frente a partidos, ideologías y prácticas tradicionales de hacer política, y, en los últimos tiempos, irritada por la corrupción de las élites; clases medias en aumento pero ajenas a la historia de las transiciones que aspira —y a veces no puede o puede menos de lo que quisiera— a ascender en la escala social, más compleja en sus juicios y opiniones, y desde luego una franja antisistema que no encuentra alojamiento político en ningún lado.
A muchos ciudadanos de diversos países (España, Portugal, Chile, Europa del Este) la memoria histórica les dice ya poco, o bien piensan que por los caminos convencionales no hay —o no se ve— un horizonte de futuro ni un proyecto de país que logre dotar de propósito al sentimiento colectivo o comunitario, entre otras razones porque este sentimiento fue reemplazado por una clara fragmentación social y política, y una desintermediación provocada por la explosión de la tecnología en tiempo real.
En suma, las imperfecciones en la pedagogía democrática —una cosa es el ladrillo del voto y otra la casa del bienestar, diría Guillermo O’Donnell— han pintado un lienzo de malestar, desinterés, polarización, confusión intelectual y hartazgo social y político, especialmente entre generaciones jóvenes a las que la política o el voto les dice poco o nada. Es decir, su mapa mental, su norte, va por otro lado: expectativas insatisfechas, oportunidades, individualismo, nihilismo, soledad,4 y, como bien dice Carlos Peña, una suerte de anomia por virtud de la cual los referentes y las reglas que ordenan u ordenaban el caos de la vida cotidiana, se han roto o están diluidos, lo cual conduce a patrones inéditos de conducta colectiva. Todo ello merece ser leído en otras pistas, entre ellas “como una distancia entre las expectativas que las personas abrigan, por una parte, y la experiencia a la que pueden acceder mediante las instituciones que regulan la vida social, por la otra parte”.5
Es decir, tiene que ver con una combinación de anomia generacional con el surgimiento de nuevas formas de mediación tecnológica, social y política, y con el reacomodo de las prioridades de las personas en tanto ciudadanos e individuos. En este sentido cabe observar, como lo hace un reciente informe del PNUD, que el progreso parece más difícil de entender cuando se producen fenómenos como el “desempoderamiento de las personas” que se enfrentan ahora ante nuevas configuraciones de “complejidad e interdependencia globales, incertidumbre e inseguridad” y cuyas capacidades para determinar por sí mismas lo que significa vivir una buena vida se ha visto mermada de muchas maneras, dando lugar a preferir el “yo” al “nosotros” como un mecanismo de autodefensa ante un escenario tan incierto y “alimentado por una vertiginosa polarización política”.
En otras palabras: si los regímenes democráticos han sido por definición regímenes cuyo pegamento era más o menos común previsible (normas, voto, participación política, entre otras cosas), ahora la incertidumbre y la falta de asideros frente al caos llevan a las personas a conducirse más como individuos que como ciudadanos o sujetos sociales, a situarse en los márgenes del sistema o de plano fuera de ellos, a radicalizarse eventualmente,6 o a preferir la indiferencia más que la acción colectiva.
Esto sugiere que afrontamos dilemas muy distintos a los de hace décadas, que se condensan en malestar y decepción. Por un lado, subyacen fenómenos riesgosos porque esa decepción suele incentivar demandas sociales más rápidas, respuestas políticas populistas y, por ende, una disolvencia institucional que pueden contribuir a agravar el abuso de poder o a revertir progresos alcanzados, como pasa actualmente en México. Y por otro, son dilemas inéditos porque canaliza nuevas formas de interacción, organización y participación ciudadana; una vida pública con crecientes grados de desintermediación, donde ni las instituciones ni los partidos importan, y, en suma, una comunicación más horizontal y directa que prefigura formas de expresión desconocidas, entre ellas la democracia digital e, incluso, una especie de algocracia: una democracia mediada por algoritmos, datos e IA, y probablemente contaminada por la desinformación, la posverdad y el discurso del odio, todo lo cual anticipa que quizá estamos ingresando a una especie de sociedades posdemocráticas.
Es decir, como hay categorías analíticas y motivaciones distintas que coexisten en la sociedad y una interacción a través de las redes y gradualmente de la IA, entonces la gente va a formar sus opiniones y a manifestarlas todos los días, en tiempo real, sobre cualquier tema; ejercerá una modalidad diferente de voto, que puede ser ciertamente irracional, de suerte que cuando llegue la jornada electoral y vaya a las urnas, si es que va, no hará más que reafirmar una decisión o un prejuicio (“Opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal”, según la RAE), que ni los datos duros ni la evidencia empírica lograrán cambiar, lo que hace prácticamente imposible un diálogo más o menos civilizado o una conversación pública sensata. Con suerte se preserva la arquitectura democrática limitada a su vertiente electoral, pero la modelación de la opinión individual se produce de manera cotidiana a través de dispositivos, redes sociales e IA, en donde la interacción entre el ciudadano y los actores políticos, en un sentido convencional, no existe o por lo menos no tiene densidad fundada en el proceso de “pensar, conceptualizar y reflexionar”, como cuestionaba Kissinger.
Desde cierto punto de vista, este último proceso parece socavar la democracia y son válidas las advertencias al respecto. Por ejemplo, el Consejo de Europa está impulsando la creación de un convenio marco con la finalidad de asegurar que el auge de la IA respete la normatividad sobre los derechos humanos, la democracia y el Estado de derecho. Pero desde otro enfoque, la IA puede fomentar que se escuche más y mejor la voz de los ciudadanos y se tomen mejores decisiones públicas. Hélène Landemore, de la Universidad de Yale, plantea que “al igual que en otros desafíos éticos y políticos, como la edición del genoma, el gobierno de la IA no requiere únicamente de una mayor intervención y regulación por parte de los expertos”, sino también puede marcar el comienzo de “una forma de democracia más inclusiva, participativa y deliberativa”.
De hecho, esto ya está sucediendo. Tras el Movimiento Girasol de 2014 en Taiwán, un país líder en competencias tecnológicas y con una alta calificación democrática, se creó una plataforma de código abierto en línea que permite a los ciudadanos expresar opiniones detalladas sobre cualquier tema, así como votar e interactuar con las opiniones de otros, con las cuales se elabora un mapa que ayuda a los participantes a entender qué propuestas obtendrían el consenso, identificar claramente las opiniones minoritarias y disidentes, influir sobre los programas partidistas y reducir la polarización. Dicho en modo tecnológico: “La democracia social —afirma Audrey Tang, ministra de Asuntos Digitales de Taiwán— es en el fondo un tipo de tecnología. Si votas por un candidato entre cuatro, eso son dos bits de información que subes. Si votas cada cuatro años, es demasiado tiempo entre un voto y otro. La tecnología digital hace que estos votos puedan ser mucho más rápidos. Para cada asunto, la gente puede contribuir en tiempo real y no sólo con su voto, sino simplemente hablando. Si el Gobierno te pregunta con una herramienta online qué piensas de la IA generativa, y tú le hablas al sistema y le dices lo que piensas, es mucho más poderoso que sólo escoger entre candidatos. Aumenta el ancho de banda de la democracia y conecta con mucha más gente”.
Por otra parte, la ampliación en el acceso y uso de las nuevas tecnologías de la información y de las redes sociales está configurando una fórmula muy potente de expresión directa, que ya no transcurre por organizaciones convencionales y que no necesariamente acudirá a las urnas, de manera mayoritaria, porque para cuando corresponda una elección ya habrán sucedido las cosas que le importan. Las elecciones, en ese escenario, no desaparecerán desde luego, sino que serán tan sólo un refrendo de decisiones públicas perfiladas con antelación. ¿En dónde está entonces el equilibrio fino entre desarrollo tecnológico, IA y democracia? ¿Cómo contar con regulaciones eficientes que no coarten la libertad al gusto de políticos, legisladores y burócratas ni inhiban la competitividad, la creatividad y la innovación de las empresas tecnológicas en busca de soluciones para los complejos problemas actuales? En síntesis: ¿cómo aprovechar la IA y al mismo tiempo evitar que debilite la democracia?
En otras palabras, como supone Daniel Innerarity, posiblemente pensamos que “el ecosistema humanos-máquinas son dos realidades demasiado similares. La inteligencia humana y la inteligencia artificial son dos inteligencias de naturaleza diferente. No se trata de hacer competir la una con la otra, sino de generar un ecosistema en el que nos beneficiemos los unos de los otros”. Por ahora, sin embargo, no hay una respuesta concluyente a estas preguntas ni una frontera clara entre ellas, pero la IA y las discusiones sobre sus alcances llegaron para quedarse y cambiarán las prácticas políticas y democráticas.
Otto Granados Roldán
Consultor internacional sobre educación, innovación y políticas públicas
1 Ver: How public AI can strengthen democracy
2 Bill Gates, “The Age of AI has begun”, 21 de marzo de 2023.
3 “Henry Kissinger’s Last Crusade: Stopping Dangerous AI”, Time, 05 de noviembre de 2021. Ver también: Henry Kissinger, Eric Schmidt, Daniel Huttenlocher, The Age of AI: And Our Human Future, Little, Brown and Company, 2021.
4 Diversos estudios sugieren que la soledad se ha convertido en un problema tanto al principio como al final de la y se representa como una curva en forma de U: a partir de la edad adulta temprana la soledad auto declarada tiende a disminuir a medida que las personas se acercan a la edad mediana para volver a aumentar después de los 60 años, y más pronunciada pasando los 80. Christina Caron, “The curve of loneliness”, The New York Times, 21 de mayo de 2024.
5 Carlos Peña, “El malestar en la modernización: el caso chileno”, en Carlos Peña y Patricio Silva (eds), La revuelta de octubre en Chile. Orígenes y consecuencias, Santiago, FCE, 2021, p. 42.
6 En su libro Cuchillo. Meditaciones tras un intento de asesinato (2024), Salman Rushdie relata cómo el joven que lo acuchilló en 2022 durante una conferencia en Nueva York vivió confinado en el sótano de su casa por cuatro años. El agresor era “totalmente un producto de las nuevas tecnologías de la era de la información […] Los grandes fabricantes de pensamiento colectivo, YouTube, Facebook, Twitter, además de los videojuegos violentos, fueron sus maestros. Sumados a lo que parecía ser una personalidad maleable que encontró en el fundamentalismo islámico un armazón para la identidad que requería, produjeron un yo que a punto estuvo de convertirse en un asesino”.
Muy buen texto que aborda una problemática cada vez más apremiante.
Como nota al margen, no es que la inteligencia artificial llegue a conclusiones que son correctas (no siempre lo son). La IA es un espejo que refleja lo que nosotros somos; sus conclusiones van a depender de los datos de entrenamiento. Si los datos tienen racismo, aunque esté oculto, la IA será racista. si se le alimenta los artículos que se publican en las revistas de relaciones internacionales, la IA termina recomendando la guerra nuclear, el ataque preventivo nuclear, la balcanización de países, etc.
En algunas ciudades se está experimentando con el llamado «presupuesto participativo». Los habitantes de la una ciudad proponen proyectos de desarrollo urbano, como pavimentar calles o construir parques. Estos proyectos son analizados por el municipio para calcular presupuestos y, si son factibles, son sujetos a votación dentro de las mismas comunidades para decidir cuáles se van a realizar. Todo el proceso se lleva a cabo en línea.