Ted Kaczynski: la muerte de un profeta criminal

El pasado 11 de junio falleció Theodore “Ted” J. Kaczynski, el terrorista estadunidense mejor conocido como “el Unabomber”, a los 81 años de edad. Murió en una celda parecida aquella en la que vivió los últimos veintiocho años, encerrado en confinamiento solitario, totalmente aislado del mundo, castigado por un sistema al que intentó, en vano, destruir. Es una triste ironía que la alienación física casi absoluta en la que vivió el último tercio de su vida sea una metáfora tan exacta del destino que empieza dibujarse en la vida cotidiana del resto de la humanidad.

Ilustración: Fabricio Vanden Broeck
Ilustración: Fabricio Vanden Broeck

Entre 1978 y 1995 Kaczynski asesinó a tres personas e hirió a más de veinte con explosivos que enviaba por correo. Las víctimas tenían en común ser profesionales de la ciencia que se desempeñaban en ramas avanzadas de computación y biotecnología. A ojos de Kaczynski, estos individuos eran agentes de un desastre humanitario y ecológico que intentó resumir en su ya mítico manifiesto “La sociedad industrial y su futuro”. Desde antes de publicar su manifiesto en 1995 —cosa que logró chantajeando a varios periódicos estadunidenses: si accedían a distribuir el texto, el terrorista prometía que dejaría de cobrar víctimas humanas— Kaczynski, aunque entonces nadie sabía quién era, ya se había consolidado como un mito en la consciencia de su país. Sus crímenes provocaron la búsqueda más grande por un delincuente que el FBI ha emprendido en su historia.

Años antes de tomar el camino radical de abandonar el mundo social y recluirse en una cabaña en la profundidad del campo en Montana, Kaczynski estudió en Harvard y se doctoró en matemáticas. Sus notables capacidades intelectuales fueron reconocidas de inmediato después de la publicación de su manifiesto; y las autoridades, como el resto de la sociedad, comprendieron que no se trataba de cualquier asesino. Entre las personas que leyeron con atención su texto se encontraba su cuñada, con quien nunca tuvo una buena relación, y quien de inmediato alertó a su marido, hermano de Ted, sobre la identidad del autor. Las autoridades tardaron apenas unas semanas en arrestarlo. Durante su juicio, Kaczynski se negó a apelar a una enfermedad mental para evitar el descrédito de sus acciones y se declaró culpable. Fue condenado a cadena perpetua.

Hoy su muerte inevitablemente nos conduce a pensar en los últimos descubrimientos tecnológicos que se han apoderado de los medios y la imaginación colectiva, infundiendo en muchos un renombrado temor sobre la posible extinción de la especie humana. La inteligencia artificial, las redes sociales y la ingeniería genética parecen precipitar un cambió tan radical en el camino de la civilización que las advertencias de Kaczynski ya no suenan exageradas ni como el producto de una mente enferma. No hay duda de que Kaczynski fue un asesino que causó dolor y sufrimiento injusto a muchas personas, como tampoco hay duda, al revistar sus ideas, que mucho de lo que escribió parece describir con precisión algunas de las dinámicas de nuestro momento histórico.

Además de su hechos violentos, otro aspecto de Kaczynski que repele a buena parte de la opinión pública es la insistencia y ferocidad con la que en su manifiesto denuncia a lo que él llama leftism; un término que, dada la carga tan negativa que adquiere en su texto, podríamos traducir al español como “izquierdoso”. Es necesario recalcar, sin embargo, que esto no hace de Kaczynski un terrorista de derechas. Como él mismo aclara una y otra vez, su uso de la palabra se debe a que no sabe de la existencia de otra dentro la cual quepan tantas ideologías distintas que, a su juicio, contribuyen —a menudo sin saberlo— al sufrimiento de los seres vivos del planeta.

Para entender el posicionamiento político de Kaczynski es importante situarse en una visión tan ambiciosa de la historia que las distinciones de izquierda y derecha dejan de hacer sentido. El terrorista quiere destruir a los dos bandos; su causa es en contra de la modernidad en todo su conjunto. Es un ludita radical que desborda resentimiento, pero que no por ello carece por completo de razón. Su odio a la izquierda como proyecto político no está enraizado en una valoración ética del individuo poderoso, ni en la justicia de las masas, ni en la defensa americana de la meritocracia. Su razonamiento es al mismo tiempo mucho más llano y profundo: odia a la izquierda por su espíritu colectivista, que inevitablemente requiere de la tecnología para funcionar.

La lógica de Kaczynski va más o menos así: después de que una comunidad alcanza un cierto número de habitantes o de kilómetros cuadrados, inevitablemente requiere de transporte y medios de comunicación que, a su vez, requieren de tecnología para funcionar. La izquierda, en la prioridad que le otorga a la sociedad sobre el individuo y en sus ambiciones que contienen multitudes, representa un peligro de industrialización mayor que cualquier otro. Por esto, Kaczynski la rechaza. Su visión es un anarquismo primitivo radical: no cree en el Estado ni en cualquier institución humana que aleje a las personas de su experiencia directa y visceral con la naturaleza; pero no se refiere a ella desde el romanticismo ecologista, sino desde una brutalidad existencial que sólo puede imaginar la satisfacción de vivir como resultado de la experiencia sin mediación de la lucha por sobrevivir.

Es una confusión común, seguramente relacionado con su vida rural, que se asocié a Kaczynski con una especie de ecologismo radical. Lo cierto, sin embargo, es que los planteamientos de Kaczynski siempre son más primitivistas. En las 35 000 palabras que componen el manifiesto, no hay un solo momento en el que el terrorista se permita ningún tipo de sentimentalismo por la naturaleza —o, para el caso, por casi cualquier cosa—. Cuando la menciona, lo hace de manera casi cínica. En los pasajes tácticos del texto, Kaczynski escribe de la utilidad del sentimiento espiritual que la belleza natural despierta en las personas puede tener para el movimiento antimodernidad, dado que se presta a un fervor religioso y en su estrategia sólo hay espacio para pasiones exclusivamente dirigidas a la destrucción.

De allí que Kaczynski rechaza la totalidad de movimientos sociales de la modernidad, del antirracismo al feminismo, pasando por el marxismo y el conservadurismo. Los rechaza no porque esté necesariamente en desacuerdo con estas causas en sí mismas, sino porque suponen una desviación, una distracción, del único objetivo que le es urgente: salvar a la humanidad de la destrucción tecno-industrial. Una empresa que, nos advierte en numerosas ocasiones, no puede llevarse a cabo sin grandes sufrimientos, horrores y pesadillas; pero que, en una ecuación natural en un matemático, resulta preferible porque la alternativa ofrece las mismas consecuencias, sólo que en magnitudes incomparablemente mayores.

Con todo, el manifiesto de Kaczynski no es particularmente original o difícil de comprender. La base de su teoría no es más que una interpretación menos sofisticada de los expuesto por Freud en El malestar de la cultura. Según Kaczynski, existen dos rasgos psicológicos que definen a los leftists, quienes en su esquema constituyen, si no la mayoría de la población, por lo menos a la mayoría de la población empoderada económica y políticamente. El primero de estos rasgos es un fuerte “sentimiento de inferioridad”; el segundo, lo que Kaczynski llama “sobresocialización”.

Vayamos a sus propios definiciones de estos estos conceptos. Cito a mi traducción del manifiesto:

Por “sentimientos de inferioridad” […] nos referimos a baja autoestima, emociones de impotencia, tendencias depresivas, derrotismo, culpa, auto-odio, etc.

No hace falta siquiera señalar lo comunes que todas estas emociones son en las redes sociales y en los estudios clínicos que analizan la pandemia de enfermedades mentales que sufren muchas sociedades contemporáneas. En lo que respecta a la “sobresocialización”:

Los psicólogos usan el término “socialización" para designar el proceso a través del cuál los niños son entrenados para pensar y actuar como la sociedad lo demanda. Una persona ha sido socializada si cree en y obedece a el código moral de su sociedad […] El código moral de nuestra sociedad es tan demandante que nadie puede pensar, sentir o actuar en una formal completamente moral […] Algunas personas han sido socializadas a tal grado que el esfuerzo de pensar, sentir y actuar moralmente les impone una pesada carga. Para evitar sentir culpa, estas personas se ven obligadas a engañarse constantemente a sí mismas respecto a sus propios motivos y a encontrar explicaciones morales para sentimientos y acciones que en realidad tienen orígenes extramorales. Usamos el término “sobresocializados" para describir a tales personas.

Si bien este punto quizá no resulte tan evidente como el primero —y si bien seguramente surge de la propia inadaptabilidad social del autor— podemos admitir que la vigilancia social y estatal que las redes sociales han impuesto sobre las personas han provocado que la auto-consciencia de los actos y las palabras, animada por el miedo a las consecuencia del escarnio, han hecho de la autenticidad algo más imposible que nunca.

Otro concepto central en el pensamiento de Kaczynski es lo que él llama "el proceso social". Cito el manifiesto:

Los seres humanos tienen una necesidad (probablemente con bases biológicas) de lo que podemos llamar “el proceso del poder” […] Tiene cuatro elementos. Los primeros tres, los más claros, son lo que llamamos la meta, el esfuerzo y el cumplimiento del objetivo […] El cuarto elemento es más difícil de definir, y no es necesario para todos. Lo llamamos “autonomía”. […] El incumplimiento de los objetivos más importantes, aquellos cuyas metas corresponden a necesidades físicas, resulta en la muerte; en el caso de los objetivos que no son esenciales para la supervivencia, resulta en frustración. La incapacidad consistente de cumplir con metas y objetivos a lo largo de la vida resulta en derrotismo, baja autoestima y depresión.

La relevancia de estas ideas —que, de nuevo, no son lo mismo que las acciones criminales que Kaczynski emprendió en un intento de ponerlas en práctica— para la vida de nuestros tiempos se vuelve evidente cuando recordamos que el sistema económico en el que actualmente vivimos depende en gran medida del consumo mediado por la publicidad, que en el fondo no es otra cosa que una fábrica de metas artificiales que nada tienen que ver con la supervivencia. La publicidad, a decir de Kaczynski, se basa en una lógica de aspiración infinita que inserta en el individuo moderno ciclos infinitos de “procesos de poder” que son inaprensibles y que, por tanto, resultan en baja autoestima y depresión. Si bien todo esto ya era cierto en la época cuando Kaczynski escribió su manifiesto, en los años posteriores, las redes sociales han llevado a la publicidad a un nivel de sofisticación en el que ya prácticamente nadie discute que estas empresas han adquirido más poder sobre la autonomía humana que cualquier otro esfuerzo de manipulación del pasado.

El último concepto central del manifiesto de Kaczynski que quisiera discutir es lo que él llama “actividades subrogadas”:

Usamos el término “actividad subrogada” para designar una actividad que está dirigida hacia una meta artificial que las personas se plantean simplemente para tener un objetivo hacia el cual trabajar; o, lo que es lo mismo, para sentir que “logran algo” al perseguir ese objetivo. En las sociedades industriales modernas, la satisfacción de las necesidades físicas requiere de un esfuerzo mínimo […] Así, no es sorprendente que la sociedad moderna esté llena de actividades subrogadas. Estas incluyen el trabajo científico, los logros atléticos, el trabajo humanitario, la creación artística o literaria, el ascenso de la escalera corporativa, la adquisición de dinero o bienes materiales que va mucho más allá del punto en el que cesan de ofrecer nuevas satisfacciones físicas, y el activismo social cuando se interesa por temas que no son personalmente importantes para el activista, como sucede con los activistas blancos.

Este último argumento es de los más espinosos que esgrime Kaczynski. No es fácil considerarlo sin sentirse directamente interpelado y ofendido; incluso podría decirse que la idea puede atentar directamente contra los cimientos más preciados de nuestra identidad.

Consideramos por lo pronto el caso de la investigación científica. A mediados de los años treinta del siglo pasado, el filoso judío-aleman Edmund Husserl escribió —mas no concluyó— un libro llamado La crisis de las ciencias europeas. Su preocupación principal, como señala el historiador del arte marxista Jonathan Crary en su libro The Scorched Earth, era la división creciente entre la vida real y cotidiana y la ciencia moderna. Husserl veía con profético horror —todos sabemos lo que pasó con los judíos alemanes pocos años después— la transformación de las ciencias naturales, otrora guiadas por el “espíritu” detrás de la tradición europea, en “mera tecnificación”. Así, por ejemplo, las matemáticas se “convertían en un mero arte de alcanzar resultados a través del cálculo técnico según normativas técnicas, y dejaba atrás su relación con los propósitos de la vida real y cotidiana”.

Bajo esta luz, la lógica de monetización detrás de los algoritmos de Facebook, Twitter y Google, los modelos de predicción de lenguaje de Chat GPT, y la aplicación absolutamente destructiva que la inteligencia artificial tendrá sobre nuestra vida —la vida real y cotidiana— se nos revela como la conclusión lógica de la crisis que Husserl anunciaba y que Kaczynski intentó detener. ¿Qué son los descubrimientos tecnológicos recientes sino la instancia más obvia de una actividad subrogada, una que ya no busca la supervivencia de la humanidad, sino que está dispuesta a arriesgar esa supervivencia en pos de un objetivo —el ánimo de lucro— que nada tiene que ver con el bienestar humano?

A manera de conclusión, quisiera considerar de forma breve el pensamiento de otro famoso catastrofista del que Kaczynski parece haber abrevado, y que también supo predecir mucho de lo que hoy nos atañe. Estoy hablando de George Orwell, el escritor británico de la novela distópica más leída de todos los tiempos: 1984. La popularidad de este libro se debe en gran medida a su calidad literaria y a sus certezas filosóficas. Sin embargo —y esto no es el mejor aspecto de la obra—, buena parte de la fama de la novela se debe a que el texto de Orwell ha sido politizado incesantemente por diferentes actores de poder. En un principio fue promovida como una lectura antisoviética y antinazi que arrojaba luz sobre el destino del autoritarismo. Más recientemente, la novela es citada por grupos en internet que se oponen a la modificación del lenguaje por parte de otros grupos que ven en las palabras la raíz de todas las injusticias.

No tiene sentido adentrarnos en estos temas que, a ojos de Kaczynski, constituyen precisamente las desviaciones de energía y poder que obstaculizan a la tarea urgente de destruir a la modernidad. Mejor, recordemos a Orwell citando un breve pasaje en el que el escritor expone una idea tan sencilla y brutal como las de Kaczynski. Hacia el final de la novela, una vez que el héroe caído Winston se encuentra ya bajo tortura del villano O’Brien, los dos hombres sostienen el siguiente diálogo:

—¿Qué es el poder? —pregunta O’Brien.

—El poder es la capacidad de un hombre de hacer sufrir a otro hombre —responde Winston.

Pensemos por un momento en el poder que los dueños de la tecnología tienen sobre el resto del planeta. Es difícil de dimensionar. Hay que imaginar todo el sufrimiento que sus “inventos” han provocado. Y resulta aún más difícil imaginar la dimensión de ese poder cuando ya no sean hombres los que hacen sufrir a otros hombres, sino máquinas. Todo esto puede parecer una exageración, sí, pero allí radica precisamente la pregunta que la figura de Kaczynski nos plantea: en vista de los riesgos potenciales que enfrentamos, ¿es realmente negativo ser exagerado? Cito de nuevo al manifiesto:

El sistema hace que la vida del individuo sea más fácil en incontables maneras, pero en el proceso lo priva del control sobre su propio destino.

Y en efecto: ¿quién accedió a que Zuckeberg —y Dorsey, Musk, Bezos, Altman y el resto de la pandilla que organiza la destrucción de las sociedades humanas desde California— tomara el control de su vida? Nadie fue consultado sobre la aniquilación de la vida privada, de la intimidad y la salud mental que los inventos de estos hombres han ocasionado. ¿Cómo es posible que la atención y los sentimientos de la mayoría del planeta fueran embolsadas, a plena luz del día y sin pudor alguno, para convertirlas en dinero y herramientas de manipulación?

Si aún existe una consciencia, aunque sea menguante, de que los bienes naturales de un Estado pertenecen o deberían de pertenecer a los ciudadanos, ¿cómo se explica que el bien más íntimo y privado que puede existir, como son los sentimientos y la atención, sean usurpados por menos de un centenar de millonarios para crear una tecnología que sólo abona al sufrimiento de las propias personas a quienes están robado? Se trata, en fin, de una insistencia, delirante y sádica, en destinar la mayoría de los recursos económicos y mentales del imperio a la aniquilación del sistema que sostiene dicho imperio.

La competencia entre estas empresas de tecnología —competencia que, en el fondo, no busca otra cosa que destruir la mayor cantidad de trabajos humanos posibles, todo para hacer de la acumulación de riqueza, de por sí ya absurda, aún más vulgar— es el crimen más irresponsable y cínico de nuestro tiempo. Es tan delirante que no puede explicarse de otra manera que no sea apelando a un trastornado impulso-de-muerte: el tánatos evangélico de una sociedad profundamente enferma y obsesionada por acabar consigo misma. ¿De qué van a servir los inventos si ya no habrá quién pueda comprarlos? ¿A qué se va dedicar la humanidad si ya no puede trabajar? ¿Si incluso el refugio de la producción artística también le es arrebatado? Hay que dimensionar el tamaño de este abuso de poder, de esta masacre de la civilización, sumado a las incontables atrocidades que ya se han cometido por el gobierno y las corporaciones de Estados Unidos, para valorar en su justa medida los crímenes de Kaczynski y su desesperado, urgente, imposible llamado a la revolución.

Con esto no pretendo en modo alguno justificar el asesinato de gente inocente. Nuestra condena a Kaczynski debe ser abierta y total. Sus homicidios crearon huérfanos y viudas donde había sólo gente inocente. Kaczynski lo sabía y no esperaba nuestra comprensión ni misericordia. El llamado “Unabomber” asumió la retorcida moral del profeta. Seguir sus palabras al pie de la letra sería una equivocación peligrosa. Sin embargo, la lectura de sus escritos se antoja cada vez más necesaria. El veneno radical de sus palabras nos induce una alucinación que quizá resulte útil para reconsiderar nuestros destinos.

Pensemos por un momento, con la solemnidad perdida de un rezo primitivo, si queremos tener algún tipo de influencia sobre el mundo después de morir. Reflexionemos si consideramos importante o no que la cultura que da forma a nuestros sentidos sea el producto de una máquina y no de una mente humana. ¿Vale la pena vivir sometido a la mediación incontrolable de una máquina? ¿Vale la pena existir en la tierra sin aspirar a tener función alguna? ¿Sigue teniendo valor la experiencia del otro si no se puede garantizar su existencia? A la clásica pregunta de Lenin — ¿qué hacer? — se agrega otra interrogante inevitable: ¿vale la pena?

La respuesta es tan clara que se arranca por sí sola de la intuición —ese pequeño terreno que aún no colonizan los algoritmos— y se impone con la fuerza de una detonación terrorista. La respuesta la sentimos desde el interior del cuerpo porque, como dijo un humano alguna vez, el espíritu está en los huesos. Tal es la lección de Kaczynski, ese mensajero imperfecto, incluso criminal, de una verdad dolorosa pero innegable: no existe otra alternativa que apagar la máquina.

 

Samuel Guadalupe
Ensayista y ludita