
Unas cuantas frases de Donald Trump destruyeron el sueño de cientos de migrantes que en búsqueda de asilo por violencia o crisis económica en Venezuela, Honduras, Guatemala y el propio México, cruzaron a pie, por meses, ríos, selvas y montañas, con la vida pendiendo de un hilo, para buscar un futuro mejor.
“Se detendrá inmediatamente toda entrada ilegal y comenzaremos el proceso de devolver a millones y millones de delincuentes extranjeros a los lugares de donde vinieron”, decía Trump en las pantallas de televisión y en los celulares de migrantes que no se perdieron la transmisión de su toma de investidura como presidente de Estados Unidos desde diferentes albergues y calles de Tijuana, en Baja California, y, tras cada palabra, sus rostros transformaban sus gestos en diferentes sentimientos como rabia, desesperanza y tristeza.
De pronto, la aplicación CBP One dejó de funcionar. A minutos de lograr el esperado avance hacia un destino más alentador, se esfumó la única oportunidad de gestionar una entrada legal con garantías de supervivencia. Ya había maletas hechas. Familias completas, jóvenes, mujeres y niños, estuvieron en la ciudad fronteriza por meses gestionando y esperando citas que no ocurrirían. Su futuro ya era incierto, pero con las nuevas órdenes ejecutivas de Donald Trump que impusieron una emergencia nacional en la frontera sur todo se complicó y empeoró para la mayoría pues volver a su país natal no es opción.
“Hay personas saliendo de su país, dejando toda su vida entera, buscando una oportunidad de vida para servirle a la nación y esto es lo que sucede, no puede ser… Donald Trump, que tanto habla de Jesús, debería tener misericordia y bondad porque aquí habemos personas que van a trabajar, que lo estamos haciendo por la vía legal, no ilegal, para que hoy a nosotros nos digan que no es lamentable, rompe el corazón.
“Muchas personas arriesgaron sus vidas, dejaron a sus hijos, enterraron a su familia. Yo vi personas muriéndose de deshidratación, cadáveres y eso es traumático, por eso es una frustración muy grande, un dolor increíble. Donald Trump en su discurso prácticamente nos llamó criminales y no, no somos criminales hay mucha gente que viene a trabajar y una de esas soy yo”, decía al respecto, entre sollozos, Pablo José Alvarado, un joven venezolano que tenía un turno apenas 10 horas después de que la aplicación cerró.
Días antes, la ciudad se mantenía en calma. Los tijuanenses decían que la situación para las personas en movilidad podría empeorar sólo un poco porque Joe Biden también separó familias con deportaciones masivas de las que poco se supo porque ocurrieron en menor cantidad y con menos escándalo.
Los últimos meses de 2024 centenas de deportados, en su mayoría mujeres y hombres jóvenes y familias con hijos, según las propias autoridades, cruzaron caminando desde San Diego, escoltados por personal de migración, después de haber sido detenidos por personal de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos al intentar cruzar de forma irregular o tras ser detenidos por el Servicio de Control de Inmigración de América del Norte.
El desinterés de los tijuanenses es, antes y hoy con Trump, el mismo. Las personas se hicieron ciegas ante la violencia, las adicciones y la precariedad que rodea no sólo a los migrantes sino a la población en condiciones de vulnerabilidad, como ocurre en otras partes del país. Mientras en la garita El Chaparral familias lloraban al recibir los correos de Customs and Border Protection indicando que sus citas serían canceladas indefinidamente, los transeúntes caminaban como si nada, hacían ejercicio, desayunaban tacos y burritos en los puestos cercanos, tomaban taxis a su trabajo. A nadie le importó.
“No va a cambiar mucho [con Donald Trump]. Aquí, a diario, traen a mucha gente y muchos, aunque llegan con sus hijos, con su pareja, se quedan por acá, se salen de los albergues y unos se drogan, otros no trabajan. No tienen que maltratarlos, pero está bien que los regresen. […] Unos se empiezan a juntar con gente que hace maldades, es difícil opinar sobre qué se debe hacer o no con ellos. Mejor no meterse”, opinaba con desparpajo Anthony Gutierrez, un tijuanense.
En la fila afuera de la sede de gestiones migratorias muchas personas insistían, sin suerte, con clics desesperados en las aplicaciones. Otras pensaron que la cancelación ocurriría de forma similar a lo que pasó con TikTok, es decir, que al día siguiente sería devuelta y otras buscaban desesperadas contacto con agentes del Instituto Nacional de Migración (INM), organizaciones de ayuda a migrantes o formas ilegales e inseguras de cruzar el muro.
“Sentí rabia, dolor, sentimiento, hasta odio sentí. Dios mío, perdóname, pero lo juro porque prácticamente jugaron con los sentimientos de uno. Si sabían que iban a eliminar eso, ¿por qué no eliminaron esa aplicación un mes antes? Más bien, ¿por qué no dejaron de aceptar citas? ¿Qué se creen ustedes (las autoridades de migración)? Jugaron con los sentimientos y es una violación a nuestros derechos”, reclamaba Milagro, una venezolana que tardó cinco meses en llegar hasta la frontera con Estados Unidos desde Estado de Zulia.
Además de resentimiento, había una sensación general de estar atrapados y lo expresaban de manera involuntaria todas las personas. Los cuerpos se dejaron caer frustrados a llorar a las banquetas, en los barandales de la garita, en los cristales de autos y en los brazos de su familia. No había forma de regresar a sus países, pero tampoco de irse y, mucho menos, quedarse en un país tan violento como México, según dijeron.
La arquitectura hostil del muro fronterizo representó la situación. Los enormes barrotes de metal oxidado, coronados con alambre de púas y luces brillantes, amarillas, que de noche lastiman los ojos de quien pone la mirada sobre ellas. Era un ambiente tenso, de tristeza, de enojo, de frustración, de impotencia. Nadie quería hablar cuando se les preguntaba sobre su sentir acerca de lo que estaba pasando porque nadie quería, o no podía, creer que era cierto.
Ese mismo día, los trabajadores norteamericanos, muchos de ellos latinos, intensificaron la labor de reconstruir el muro. Empezaron por Playas de Tijuana, donde lo hicieron más profundo y más alto. Asimismo, se multiplicó la presencia de agentes de la Guardia Nacional que pedían identificaciones a todos los que se acercaban para impedir cruces irregulares pues desde días pasados se multiplicaron los saltos de gente que, con ayuda de escaleras, treparon la barda, poniendo en peligro su vida.
Por la noche, en el mismo día de la toma de investidura de Donald Trump, llegaron decenas de camionetas del INM a la garita para llevarse de regreso a albergues a la gente que se aferró a no soltar su lugar en las rejas en espera de la posibilidad de que su cita aún fuera válida por tener un turno unos minutos después del discurso del presidente, pero no fue así.
Como no se dieron abasto, las autoridades tuvieron que usar combis de transporte público para seguir con la tarea de casi llevarse a la fuerza a las personas que esperaron todo el día por su cita y no querían desaferrarse de la entrada de la garita, muy cerca de San Ysidro, con la esperanza de que hubiera una última oportunidad.
Con la oscuridad de la noche, los sentimientos empezaron a mostrarse nuevamente. Hubo, otra vez, expectativa, incredulidad, rabia, desilusión y hasta odio nuevamente.
Otra vez iban de regreso al albergue, pero ahora, sin respuesta clara de cuándo podrían escapar de la violencia o las problemáticas de las que huyen como desplazamiento forzado, extorsiones, pobreza, desempleo, cambio climático, violencia doméstica, amenazas o simplemente el deseo de alcanzar a familia que antes ya logró migrar.
Al día siguiente, los primeros deportados llegaron a la ciudad. Eran familias y jornaleros, personas sin antecedentes criminales, como lo había advertido Customs and Border Protection al asegurar que los primeros deportados serían quienes tuvieran antecedentes penales.
Los menores de edad, que eran decenas, entre cinco a doce años, no sabían lo que estaba pasando, pero lloraban al percibir el desconcierto de sus padres, que también estaban en llanto, pero trataban de ocultarlo y seguían caminando hacia la salida de la garita tan sólo con una bolsa color naranja en mano en la que, a lo mucho, cargaban un cambio de ropa, identificaciones y papel de baño, medicinas o alimentos.
Por la noche, los cuerpos de los repatriados descendieron por una rampa, serpenteando entre los barandales. La oscuridad sólo permitía ver sus figuras; sus caras eran invisibles en la sombra. Eran almas desfilando hacia un país que los abandonó.
Los jornaleros, curiosamente, llegaron sonrientes anunciando que las autoridades migratorias los detuvieron mientras se encontraban en sus trabajos, pero que volverían a intentar el cruce hacia Estados Unidos pues su vida ya está hecha de ese lado del muro.
“Me agarraron en el campo. Sólo me dejaron agarrar lo que traía conmigo en ese momento, ya no pude ir a mi casa por nada, pero nosotros ya no tenemos nada que hacer aquí, voy a ver a mi familia y me regreso”, aseguró un trabajador del campo que contó que fue detenido el mismo 20 de enero.
Los que se fueron con el INM a los albergues que el gobierno habilitó para contener a las miles de personas que podrían llegar en los próximos días, pegaron su frente al cristal de los autobuses como un acto de introspección que, finalmente, es como la migración misma porque puede ser de miles o millones de personas que van en un viaje solitario y personal.
“No tenemos ninguna respuesta. No tenemos idea de nada de lo que no vaya a pasar, ni qué va a pasar con nosotros, ni nada. Trump arruinó nuestros planes. Ahora estamos a la deriva, sin respuesta de nada, sin saber qué hacer, a dónde ir, dónde pasar la noche, nada. Ahora simplemente esperamos respuestas a ver qué va a pasar con nosotros y ojalá sean positivas”, esperaba Emmanuel, que se fue hacia un albergue con la esperanza de que su sueño de tener una vida mejor no sea frustrado.
Félix Márquez
Fotoperiodista, ganador del Premio Pulitzer 2024