Tiempos circulares y el regreso de la fracasomanía

En estos tiempos coyunturales, toda lectura o representación artística parece incapaz de librarnos de la realidad. Leyendo el Canon occidental de Bloom (y su pleitesía shakespeariana), me generó cierto eco de la realidad que Harold Bloom utilizara las teorías cíclicas de Vico para describir, a su vez, la evolución de la literatura. Giambattista Vico (1668-1744) fue de los primeros pensadores en narrar el progreso de los gobiernos del hombre con tintes “evolutivos” o “escalonados”, algo que se convertiría en moda dentro de las ciencias sociales poco más de un siglo después con la emergencia del “darwinismo social”.

De acuerdo con la división de Vico,1 la primera edad histórica está conformada por la edad de los dioses, donde las sociedades son regidas por “gobiernos divinos” o teocráticos; eventualmente, estas sociedades dan paso a la edad de los héroes que se distingue por sus gobiernos y repúblicas aristocráticas, en las cuales los héroes de guerra y los nobles implementan una diferenciación institucionalizada entre ellos y los “plebeyos”. Finalmente, la humanidad llega como tal a lo que Vico describe como la “edad del hombre”, en la que se da un reconocimiento generalizado de iguales entre la población, lo que da nacimiento a los “gobiernos humanos” tanto de repúblicas libres como de monarquías. Gobiernos humanos, bonito adjetivo para caracterizar una etapa de la humanidad.

Ilustración: Alberto Caudillo

Bloom, mientras tanto, adapta dichas edades a Teocrática, Aristocrática y Democrática, pero le agrega además una etapa más que pareciera evocar los retrocesos relatados por Vico, donde la humanidad exhibe desvaríos que más la aproximan hacia la barbarie y el desorden: la Edad Caótica. A lo largo del mundo, seguimos estando muy lejos de vivir en sociedades donde la igualdad prevalezca tanto en reconocimiento valorativo como en nuestra práctica. Sin embargo, hasta los albores del siglo XXI, la mayoría de nuestros países y gobiernos seguían abanderando esa persecución continua de los principios democráticos y liberales (recordemos la utopía como horizonte de Galeano). La democracia y los principios liberales conformaban la columna teleológica de nuestras sociedades. Nos adelantamos unos cuantos años más en este siglo XXI y nos vamos dando cuenta, sin embargo, que esa búsqueda no va más; que la utopía de igualdad y democracia ya no está fungiendo como horizonte ni está sirviendo, en palabras de Eduardo Galeano, “para caminar”.

Edad Caótica o no, el auge de figuras y movimientos extremistas en Europa, Estados Unidos y América dio pie a que se hablara, en evocación o eterno retorno de Spengler, de la decadencia del (modelo democrático-liberal) de occidente. Basta con observar el auge de discursos francamente iliberales en figuras como las de Georgia Meloni en Italia o la de Viktor Orbán en Hungría, cuyo gobierno ha puesto “de manifiesto una falta de interés por la democracia liberal”.2

¿Se cansó el mundo (y su gente) de las democracias liberales? ¿Habíamos llegado ya acaso a esa etapa prevista por Fukuyama en la que el mundo se “llenaba” hasta la saciedad y el aburrimiento de democracias liberales?3 Los vaticinios de Fukuyama en torno al “fin de la historia” fueron rotundamente fallidos, tal como se lo haría ver su otrora profesor Samuel Huntingon. Pero en estos días sí que toma relevancia otro de los vaticinios de Fukuyama. Aun y cuando el mundo se “llene” de democracias liberales, decía, “la experiencia sugiere que si los hombres no pueden luchar en nombre de una causa justa porque esa causa justa triunfó en una generación anterior, entonces lucharán contra la causa justa”.4

Pues, bueno, estas luchas desatinadas también están dejando sus botones de muestra iliberal, caótica y populista de este lado del Atlántico: desde Trump comandando una invasión al Capitolio estadunidense, hasta Javier Milei borrando de tajo y a capricho toda una estructura organizacional del gobierno argentino como si se tratara de seguir recetas de ahorro corporativo al estilo McKinsey. Para consolidación simbólica, Milei blandió una “motosierra” en referencia a los recortes abruptos emprendidos contra instituciones, empleados públicos y subsidios. Ahora Argentina está sumida en una agravada crisis de desempleo y pobreza. Y ya ni qué decir de la Navidad por decreto de Maduro en Venezuela —una clara muestra de cómo la realidad en ocasiones supera a la ficción.

En México, en las postrimerías de una controversial reforma judicial, también comienzan a tomar forma algunas escenas caóticas de ingobernabilidad. Se habla ahora de “golpes de Estado” por todas partes, mientras que se impulsa, a la vez, el desacato de resoluciones de jueces, magistrados y hasta de la Suprema Corte de Justicia. Para infortunios de nuestros tiempos, también ha resonado en medios de comunicación el regreso del “viejo PRI” o el “fantasma del PRI” al escenario nacional; es decir, el PRI de los sesenta, setenta y ochenta, previo al auge democrático e institucional. Algo que evoca, a su vez, los tiempos circulares de Borges, la repetición de ciclos históricos no de forma idéntica, aunque similar.5

En el panorama actual mexicano, dicha repetición de ciclos tiene resonancias patológicas con esa “fracasomanía” que padecieron los estados latinoamericanos a lo largo del siglo XX. Su diagnóstico fue célebre en su momento. Lo bautizó así el reconocido economista y sociólogo Albert O. Hirschman,6 quien nos atribuyó a los latinoamericanos ese síndrome que nos llevaba a pensar que todas nuestras soluciones y proyectos políticos resultaban en vergonzosos fracasos. Esta precipitada (y exagerada) evaluación de políticas públicas llevaba con prontitud a su completa eliminación de nuestra agenda pública para dar paso a ese círculo vicioso en el que se diseñaban e implementaban nuevas políticas para ser reprobadas y eliminadas en breve. Y así hasta el cansancio.

La reforma judicial en México es ahora nuestro recordatorio más claro de ello. Sí, seguro que nuestro sistema de impartición de justicia tenía sus vicios y era, por demás, perfectible. Pero estas deficiencias no deberían habernos llevado a querer sustituir de tajo a todos sus titulares actuales y a querer recurrir a elecciones populares para escoger a miles de jueces y magistrados casi de la noche a la mañana. ¿Me pregunto entonces si estaremos a tiempo aún para cosechar lo sembrado y, a la vez, corregir lo perfectible de nuestro sistema de impartición de justicia? ¿Estaremos aún a tiempo para evitar ese sendero circular de la “fracasomanía” en nuestro país?

 

Walid Tijerina
Doctor en Ciencias Políticas por la Universidad de York, Inglaterra, y profesor-investigador de la Universidad Autónoma de Nuevo León.


1 En su obra Principios de una ciencia nueva en torno a la naturaleza común de las naciones (1725). Ver también: Iverson, K. M., “La idea del progreso en Giambattista Vico”, Revista de Filosofía de la Universidad de Costa Rica, 2010

2 Zielonka, J., “La Democracia y la crisis del liberalismo”, Idees,  2023

3 “But supposing the world has become “filled up”, so to speak, with liberal democracies, such as there exist no tyranny and oppression worthy of the name against which to struggle? Experience suggests that if men cannot struggle on behalf of a just cause because that just cause was victorious in an earlier generation, then they will struggle against the just cause. They will struggle for the sake of struggle. They will struggle, in other words, out of a certain boredom: for they cannot imagine living in a world without struggle. And if the greater part of the world in which they live is characterized by peaceful and prosperous liberal democracy, then they will struggle against that peace and prosperity, and against democracy.” En Fukuyama, F., The End of History and the Last Man, 1992, p. 330.

4 Ibid.

5 Borges, J. L., “El tiempo circular”, en Obras Completas: Emecé, Buenos Aires, 1974

6 Hirschman, A. O., The strategy of economic development, Yale University Press, 1958

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Publicado en: Justicia, Política