¿Tiene razón Marine Le Pen? Europa ante Venezuela

Esta mañana, mientras consumía obsesivamente información, análisis, opiniones y ocurrencias sobre la operación militar de Estados Unidos en Caracas, di con este post de Marine Le Pen, la jefa de la ultraderecha francesa: una clara condena a la intervención unilateral de los Estados Unidos, que sienta un peligroso precedente para el resto del mundo pese haber sido ejecutada contra Maduro, un líder autoritario. Me encontré en un espacio que no conocía, uno en el que estaba de acuerdo con ella. El contraste de sus palabras con las tibias posturas de Ursula von del Leyen y Kaja Kallas, líderes de la Unión Europea, complicaba el trago… pero la incomodidad me consumió sólo cuando encontré las palabras abiertamente celebratorias de los hechos que escribió el presidente francés Emmanuel Macron.

No debí sorprenderme. Visto con calma, los hechos son muy reveladores sobre el reto que enfrenta la Unión Europea ante el cambio del orden internacional.

Europa y el alineamiento transatlántico

La postura de Macron refleja algo simple: es la confirmación de que la Unión Europea ha decidido no moverse fuera del marco definido por Washington. En el corto plazo, no puede hacerlo. Europa se creyó la teoría del “Fin de la Historia”. Renunció hace décadas a una soberanía militar y energética efectiva, y hoy depende estructuralmente de alianzas que limitan su margen de maniobra. Aunque en teoría los líderes conservan cierto espacio para decisiones audaces, en la práctica rara vez lo ejercen cuando los costos estratégicos son altos. En estos casos, la geopolítica se impone.

Desde Bruselas, Venezuela no es una prioridad estratégica. En un contexto marcado por la guerra en Ucrania, la dependencia de la OTAN y una relación cada vez más asimétrica con Estados Unidos, Europa evitará cualquier gesto que pueda interpretarse como una desviación del eje transatlántico fuera de sus intereses inmediatos. La política frente a los hechos en Caracas queda así subordinada a una lógica mayor de alineamiento y contención de riesgos.

Venezuela no es una excepción

Este patrón no es exclusivo del caso venezolano. La reacción europea ante Gaza siguió una lógica similar: lenguaje normativo, llamados abstractos al derecho internacional y una extrema cautela a la hora de traducir esos principios en decisiones políticas con consecuencias reales. En ambos casos, la prioridad ha sido evitar fricciones con Washington, aunque ello implique tensar, o vaciar, el propio discurso europeo.

En este contexto, contrasta el discurso de Marine Le Pen, con el que, incómodamente, muchos creímos coincidir. Sin embargo, ese contraste es en gran medida un espejismo. Su postura tampoco responde a la audacia de un liderazgo moral y valiente, sino que es una estrategia política interna: quiere subrayar la dependencia de Bruselas y capitalizar el desgaste de una Unión que proclama principios, pero actúa con extrema cautela cuando esos principios chocan con intereses mayores.

La posición europea, en realidad, está bastante definida. No habrá mediación propia, ninguna iniciativa diplomática relevante, ni un esfuerzo serio por construir una salida política distinta a la de Washington. La UE ha optado por preservar la estabilidad del vínculo transatlántico, aun si ello implica aceptar un papel secundario tanto en América Latina como en otros escenarios fuera de su vecindad inmediata.

La excepción relativa es España, cuya postura diferenciada responde principalmente a intereses concretos en América Latina y, en segundo término, a las convicciones ideológicas de la coalición de izquierdas que sostiene al gobierno de Pedro Sánchez. España necesita preservar credibilidad política y canales de diálogo en la región, lo que le permite y exige un margen discursivo mayor.

Para los observadores fuera de Europa, el problema central es que la UE se presentó como un actor distinto. Un faro, defensor del multilateralismo, del derecho internacional y de soluciones políticas negociadas. Ese discurso le permitió construir influencia en regiones donde su peso no provenía del poder militar, sino de su supuesta independencia estratégica.

Cuando el problema deja de ser externo

A partir de aquí, el problema deja de ser la lectura europea de Venezuela o Gaza y pasa a ser algo más: la fragilidad del propio andamiaje político que ha sostenido a la Unión Europea. La narrativa no era sólo externa; también servía para justificar abandono de soberanía, disciplina interna y decisiones impopulares ante sus propias sociedades. Hoy, esa arquitectura discursiva empieza a mostrar grietas, que figuras como Marine Le Pen apuestan por aprovechar.

Esta brecha tiene consecuencias políticas claras. Por un lado, debilita la capacidad de las instituciones europeas para exigir coherencia a los Estados miembros, que observan cómo los valores se invocan de forma selectiva según el contexto geopolítico. Por otro, alimenta la narrativa de fuerzas ultraconservadoras, aunque también les exige tomar postura: reconocer en Trump a su líder ideológico y abandonar su euroescepticismo, o mantenerse ahí y romper con Trump.

En cualquier caso, hoy la Unión Europea debe enfrentarse al reto que implica la incoherencia entre discurso y acción. No es sólo un dilema moral, sino una señal geopolítica. Cuando Europa responde con alineamiento previsible mientras mantiene un lenguaje de principios, el mensaje para terceros es claro: la Unión no está dispuesta, o no es capaz, de sostener posiciones propias cuando estas entran en tensión con Washington. No es creíble, su utilidad como socio político es limitada y sus márgenes de influencia, estrechos.

Renunciar a una política autónoma sobre Venezuela puede ser, desde un punto de vista estratégico, comprensible. Sin embargo, ni Venezuela ni Gaza son la causa del problema, sino su síntoma: una Unión Europea que ha elegido alinearse para preservar estabilidad, pero que no encuentra una forma convincente de explicar o justificar esa elección ante el mundo, ante sus países miembros ni frente a los ciudadanos europeos. 

Si el hechizo está roto, la pregunta que queda es si Bruselas tendrá suficiente tiempo para corregir las asimetrías que le permitan convertirse en un jugador con capacidad de coescribir el nuevo Fin de la Historia. Sin perder, claro está, toda la credibilidad en el camino o sucumbir internamente ante los extremos. Está por verse.

Gonzalo Escribano

Maestro en Relaciones Internacionales por Sciences Po Paris y la London School of Economics, y en Políticas Públicas por la Universidad de Bath. Ha sido profesor de Seguridad Internacional en la Universidad Iberoamericana

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Publicado en: Internacional