
El Viejo Continente enfrenta uno de sus más importantes retos desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. La reconfiguración del paradigma europeo y el reajuste geopolítico global, en un contexto de acuciantes confrontaciones militares, de Ucrania a la Franja de Gaza, pone sobre la mesa una nueva carrera armamentista, preventiva, aunque peligrosa. En la antigua capital yugoslava saben que las armas no constituyen la única vía ni la más deseable, invitan a mirar al pasado para construir otro presente, un futuro distinto.
Tito
“Eran otras épocas”, dice Vladimir encogiéndose de brazos, arqueando las cejas y haciendo una mueca con la boca, mientras abre el grueso y deshojado libro de visitas de la llamada Casa de las Flores para invitarme a estampar en sus páginas mi nombre, firma, lugar de procedencia y algún mensaje. El inusual calor primaveral al interior del edificio de una planta sobre las verdes colinas al sur de Belgrado hace del pequeño invernadero que funge como mausoleo para el mariscal Josip Broz Tito –fundador y presidente vitalicio de la extinta República Federal Socialista de Yugoslavia (1945-1992)– un microcosmos, separado y, de cierta forma, protegido del resto de la ciudad por enormes ventanales. Un microcosmos que remite a otros tiempos, a otro mundo.
Sobre la impoluta lápida de mármol situada en el centro del complejo y enmarcada por frondosas patas de elefante sólo se leen en letras doradas el nombre del extinto líder partisano que liberó a los Balcanes del yugo nazi y sus fechas de nacimiento y muerte (1892 – 1980). A cada lado, dos espartanas galerías muestran a los visitantes fotografías en blanco y negro, algunas medallas y condecoraciones, viejos y descoloridos recortes de periódico, cartas con el escudo yugoslavo escritas en cirílico y el escritorio presuntamente utilizado por Tito en su despacho.
Un grupo de turistas japoneses que ronda los 70 años se hace selfies frente a la tumba y cuatro jóvenes daneses, estudiantes universitarios de intercambio en Serbia, retratan con sus cámaras análogas la hemeroteca que cuelga de los muros. Unos y otros emocionados, sorprendidos. “Otras épocas”, reitera, hablando para sí, Vladimir, celador del mausoleo, al intentar descifrar mi letra y el español de mi mensaje en el libro de visitantes, antes de tomar la decisión de cerrarlo y devolverlo al cajón que le resguarda en la entrada cubierta de espejos del recinto funerario.
Han pasado 45 años de la muerte de Tito, del inicio del fin del experimento federal yugoslavo, génesis de las guerras fratricidas e interétnicas que lo desmembraron. Eran otras épocas, sin duda, como afirma el nostálgico y octogenario Vladimir, aun así, todo aquello que pasó hace casi medio siglo tiene pinta de estar muy presente, demasiado quizá. Los gobiernos de mano dura y autoritarismos del periodo comunista, de democracia y libertades coartadas, están lejanos en el tiempo y sin embargo son parecidos a los que hoy florecen entre populismo y demagogia a ambos lados de la antigua cortina de hierro. La otrora polarización del mundo y de las sociedades y países que lo conforman, entre buenos y malos, revive en nuestros días, al igual que las voces que llaman a rearmarse como respuesta y las que disputan tal narrativa, como lo fuera la de Tito y la del proyecto de desarme y no proliferación de los No Alineados.
Los No Alineados y el rearme europeo
“Porque vivimos en un mundo más peligroso y es un momento crítico para nuestra seguridad, con múltiples amenazas y retos… porque Rusia se ha aliado con China, Corea del Norte e Irán, expandiendo sus capacidades militares, preparándose para una confrontación de largo aliento”, justificaba hace unas semanas Mark Rutte, secretario general de la Organización para el Tratado del Atlántico Norte (OTAN), su llamado a los estados miembro a incrementar su gasto militar en por lo menos un 5 %, en preparación de la cumbre anual del organismo a celebrarse a finales de junio en La Haya.
De producirse, será el mayor incremento conjunto en el gasto militar europeo en lo que va del siglo y uno de los más considerables desde la creación de la alianza militar en 1949. Si bien el llamado de Rutte responde a un fluctuante e incierto escenario geopolítico para Europa, acuciado desde la invasión rusa de Ucrania hace poco más de tres años, tiene como telón de fondo la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca y errática política exterior que bajo el lema de Make America Great Again pretende, engañosamente, resarcir lo que el empresario convertido en político considera como injusticias añejas contra los Estados Unidos por parte de sus principales socios comerciales y, en este caso, militares. Para el Washington trumpiano, desde terminada la Guerra Mundial, Europa ha sido una especie de free rider cuando de defensa se trata, dependiendo de la asistencia militar estadounidense para proteger sus fronteras e intereses. Algo que, como todo lo relativo al universo trumpiano, carece de sustento real y se basa en percepciones parciales y prejuicios.
Durante la mayor parte de su existencia la OTAN ha servido como útil instrumento disuasorio, sobre todo durante las décadas de bipolaridad de la Guerra Fría. Sin embargo, la considerable crisis identitaria que sobrevino tras la caída del Muro de Berlín, que conllevó a su agresiva expansión hacia los países otrora miembros del Pacto de Varsovia y que culminó con sus cuestionados bombardeos sobre Serbia, Kosovo y Montenegro entre marzo y junio de 1999, sin previa consulta ni aprobación del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, han puesto en entredicho la viabilidad de sus decisiones y la solidez de su actuar. Cuestionamientos que podrían resurgir ante el delicado contexto geopolítico actual, a punto de ebullición.
El llamado de su secretario general a aumentar al gasto militar y las voces que buscan el rearme continental, lanzadas incluso desde la desmilitarizada Alemania o desde la incauta España gobernada por los socialistas, deberían alertarnos. Una Europa rearmada hasta los dientes no garantiza un continente carente de conflicto, si acaso uno más proclive al mismo.
En el cruce de las avenidas Kneza Milosa y Nemanjina, en pleno corazón de Belgrado, los destrozos provocados hace un cuarto de siglo por los bombardeos de la OTAN siguen visibles, una cicatriz de concreto y varillas a cielo abierto que no termina de cerrar, que sigue supurando. “Esto debería de convertirse en un centro de memoria en lugar de venderse al mejor postor, un monumento contra la guerra y las armas”, argumenta la joven abogada serbia Mirjana sobre los rumores que corren en la antigua capital yugoslava al respecto del inminente futuro del antiguo predio del Ministerio de Defensa al pasar a manos de un fondo inmobiliario extranjero. De Srebrenica a Dubrovnik y de Mostar a Novi Sad, pasando por los campos kosovares, el recuerdo de lo devastadora que es la guerra y lo mortales que son las armas es un fantasma prevalente.
Un fantasma del pasado que remite a las épocas en que Tito aún vivía y la situación era diferente. Las épocas en que la diplomacia y el multilateralismo funcionaban, con sus bemoles, pero también con sus grandes aciertos. Como lo fuera, desde mi punto de vista, el Movimiento de Países No Alineados, impulsado en los albores del mundo bipolar de la Guerra Fría por líderes de naciones del ahora llamado Sur Global, de Ghana a Egipto y de Indonesia a la mismísima Yugoslavia, una plataforma de la que México fue en su momento impulsor y que abogaba, en oposición a las carreras armamentistas propulsadas por Washington y Moscú, por un mundo desarmado y que pusiera freno a la proliferación. Otras épocas a las que bien valdría la pena volver.
Diego Gómez Pickering
Escritor, periodista y diplomático mexicano (@gomezpickering). Su libro más reciente es África, radiografía de un continente (Taurus, 2023).