¡La guerra me ha alcanzado! A mí que escuchaba las historias de guerra
como si se tratara de otra época de la que resultaba interesante hablar.
Ítalo Svevo, La conciencia de Zeno.
En un año particularmente retador para la diplomacia y convulso para la geopolítica, la reelección de Donald J. Trump a la Casa Blanca ha desatado un sinfín de especulaciones que aceleradas se preguntan ¿qué sigue? Desde Trieste, la ciudad adriática de naturaleza cosmopolita, protagonista de guerras mundiales y testigo de la caída de imperios, la lectura de los tiempos que corren es más pausada y ofrece respuestas.

Trieste, 18 de septiembre de 1938
“Entre los reportes de política interna, el problema de incendiaria actualidad es el racial. En este campo adoptaremos también las medidas necesarias… los imperios se preservan a través de las armas, pero sobre todo a través del prestigio y con el prestigio viene una clara y verdadera conciencia de raza que establece no solamente diferencias sino superioridades irrefutables”. Benito Mussolini anunciaba así, ante una atestada Plaza de la Unidad de Italia, en el corazón de la ciudad de Trieste, la eventual promulgación de las infames Leyes raciales de su régimen fascista.
Aquel día de verano tardío de 1938, la ciudad que fuera puerta marítima del Imperio Austrohúngaro, punto de encuentro de Occidente y Oriente, multilingüe y pluricultural por derecho propio, la tercera ciudad con mayor número de judíos de todo el país, se convirtió en el epicentro de una de las peores facetas del fascismo italiano. La de la persecución xenófoba y religiosa, la de la intransigencia política e ideológica, la que castigó con muerte y prisión la libertad de ideas y pensamiento. Las Leyes raciales impulsadas por Mussolini, que no pueden negar su influencia hitleriana, pretendían establecer la existencia y superioridad de la raza italiana y su pertenencia al grupo de las denominadas razas arias, desproveyendo de por medio a los judíos italianos de todos sus derechos, pero también a gitanos, eritreos, libios, somalíes, eslavos o etíopes, ciudadanos de los entonces territorios controlados por las fuerzas del Duce. Los no “italianos”, por etnia, credo o lengua. Hoy en día, fuera de los extensos archivos históricos, del monumento nacional creado en lo que fuera el molino de arroz de San Sabba en un barrio triestino de extrarradio, convertido por los nazis en 1943 en un campo de concentración y exterminio, y de una discreta placa conmemorativa dedicada a los mártires del Holocausto por la comunidad hebrea de Trieste y colocada en uno de los pilares del ayuntamiento de la ciudad, desde cuyo balcón Mussolini pronunció el nefasto discurso racial, poca memoria queda de lo sucedido hace 85 años en la Plaza de la Unidad de Italia, aunque las cicatrices estén por todos lados.
El discurso de la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, al respecto de los inmigrantes, acompañado de sus repetidas acciones por limitar el rescate de embarcaciones a la deriva en el Mediterráneo con cientos de vidas de refugiados y solicitantes de asilo abordo y por extraditar a Albania a aquellos migrados que han alcanzado las costas de la bota italiana, pretende definir qué es lo italiano y, sobre todo, quién es italiano. Son narrativas que no se alejan mucho de las pronunciadas por su homólogo húngaro, Viktor Orbán, cuando de definir lo húngaro y a los húngaros se trata, o de las empleadas por el flamante presidente electo de los Estados Unidos, tanto durante su primer mandato como jefe del Ejecutivo como durante su recién culminada y por demás exitosa campaña presidencial. América para los americanos. Siempre y cuando se trate de americanos de ascendencia norte-europea, preferiblemente rubios y de ojos claros, de piel blanca, de confesión evangélica y de habla inglesa.
La Italia de Meloni, la Hungría de Orbán o la América de Trump, son lugares para sólo unos cuantos, para aquellos que cumplen con una identidad preconcebida, abstracta, estrecha y excluyente, que dista mucho de la compleja y diversa realidad de las sociedades que les votaron. Son ejemplos, como varios otros, muchos, demasiados, quizá, del regreso de los etnonacionalismos. Los mismos que iniciado el siglo pasado desembocaron en dos brutales y sanguinarias guerras mundiales. Los que en boca de Mussolini, Hitler o Franco arengaban a sus huestes sobre la importancia de preservar a la nación de toda influencia extranjera, necesariamente dañina, perjudicial, amenazante, nociva y, por ende, exterminable. Etnonacionalismos que aducen pureza cuando representan solamente suciedad, mental y moral. Que se esconden detrás de creencias religiosas, de plataformas políticas, de líderes populares y populistas, carismáticos, y que se avocan a despertar y alimentar el miedo. El miedo al otro, al diferente, al distinto, para convertirlo en enemigo. Una estrategia que funciona, y muy bien; que se ha probado en numerosas ocasiones, y que resulta casi infalible a pesar de conllevar altísimos costos para el hombre que la compra y para la humanidad que la sufre. Sobre ello, Trieste sabe mucho, lo sabe todo. Fueron esos nefastos etnonacionalismos de ayer los que enterraron su historia gloriosa, decimonónica, de ciudad portuaria de los Habsburgo, donde catedrales católico romanas y serbio ortodoxas se erigieron hombro con hombro, donde en las calles se preguntaba en friuliano y se respondía en croata, donde no había fronteras y la única bandera que ondeaba era la del libre tránsito de ideas, culturas y mercancías.
Trieste, 6 de noviembre de 2024
Del Corriere della Sera a La Repubblica, Il Messaggero o La Stampa, los principales diarios italianos de circulación nacional se apilan sobre las barras de los bares y cafés triestinos, lugares de encuentro por antonomasia en esta ciudad portuaria, equidistante de los Alpes y de los Cárpatos. Sobre las mesas del tradicional Caffè degli Specchi, fundado en 1839 en los bajos del Palazzo Stratti, que da a la Plaza de la Unidad de Italia, un grupo de oficinistas bebe espresso, un par de mesas más allá, una octogenaria y elegante mujer da sorbos a su capuchino, mientras que tres jóvenes universitarios conversan tomando machiatto. Son las 8:45 de la mañana, hora pico para el barista que sin ayuda de por medio logra atender a la treintena de personas que se encuentran esparcidas en los espaciosos interiores de la cafetería. Las conversaciones disgregan sin muchos alardes, como en otras partes, más meridionales, de Italia, pero invariablemente coinciden, como la mayoría de los titulares de los periódicos que algunos ojean entre sorbos y conversaciones. Ya se sabía. El triunfo de Donald J. Trump en las urnas registrado la víspera es el tema del día, en el mundo y en Trieste, aunque aquí, a pocos sorprende más de la cuenta.
La plétora de columnas de opinión, textos editoriales y ensayos que se han publicado desde el anuncio de la reelección en Washington del político republicano, más los artículos académicos y los litros de tinta que puedan sumarse en los días por venir, han sido incisivos, repetitivos incluso, en su aproximación al fenómeno: cómo pudo ganar Donald Trump, por qué triunfó el expresidente, cómo es posible que venciera a su contrincante. El recuento de páginas acumula incredulidad y dista de la autorreflexión, recuerda a la reacción de la prensa y la comentocracia londinenses tras el resultado del referendo en el Reino Unido que optó por salir de la Unión Europea o a la respuesta estupefacta de los medios estadunidenses ante la primera victoria trumpista en 2016. En los tres casos, podemos distinguir un dejo de negación, preguntas que obvian respuestas, la empecinada obcecación de quien no admite cuestionamientos, de quien cree, equivocadamente, tener siempre la razón.
El hecho es que Donald Trump, como otros tantos políticos, muchos, demasiados quizá, que en lo que va del siglo han optado por adherirse a las filas del etnonacionalismo, sigue siendo una opción muy valiosa, atractiva, dolosamente necesaria para un número importante de personas. La opción para revertir todo tipo de males, para redimirse, para salvarse y con ello salvar a la nación, a la patria, a la identidad. Pocos, como en Trieste, son quienes sabían lo que habría de pasar el 5 de noviembre, pocos los que, a partir de lo sucedido en los últimos años, por no decir en el último siglo, tienen la certeza de que los triunfos tan oprobiosos como el de Trump, y los discursos que los permiten, se maceran lentamente. Pocos son los que tienen en cuenta el descalabro financiero de Lehman Brothers, la crisis migratoria desatada tras la invasión americana de Irak y las guerras civiles en Siria y Afganistán, el descontento generalizado por un sistema económico globalizado que acucia las desigualdades y la impotencia ante instituciones anquilosadas, a nivel nacional e internacional, que son incapaces de resolver las necesidades más básicas e imperiosas. Para Margaret Macmillan, historiadora canadiense y catedrática de la Universidad de Oxford, especialista en la Primera Guerra Mundial y en el contexto económico, político, diplomático y social que la desató, aquella guerra en la que Trieste lo perdió todo, los tiempos que vivimos no necesariamente distan mucho de capítulos históricos pasados. Son tiempos que llevan años cocinándose. Tiempos en los que la historia se revisita para tergiversarla a modo, para justificar invasiones e hilvanar propaganda, para lavar la cara a nacionalismos populistas y confrontativos. Como afirma Macmillan al abordar la invasión rusa a Ucrania, iniciada en 2014 con la toma de Crimea, y la guerra que se extiende desde entonces entre ambos países: “La Tercera Guerra Mundial, una posibilidad que muy poca gente tomaba en serio desde el final de la Guerra Fría, fuera de círculos militares y de estudios estratégicos, es ahora tema de ansiosos debates entre cada vez más de nosotros”.
Y los etnonacionalismos están al centro de ese debate. Regímenes políticos del siglo XXI que nacen como respuesta a los excluidos, erigiéndose como excluyentes, de ideas, de formas de ser, de verdaderas respuestas a los problemas que han servido de pretexto para encumbrarles.
Diego Gómez Pickering
Escritor, periodista y diplomático mexicano basado en Barcelona. Su libro más reciente es África, radiografía de un continente (Taurus, 2023).