Trump pondrá orden en México

A sus 78 años de edad, Donald Trump confirmó de nuevo que no es un accidente en la democracia de Estados Unidos y que, más bien, la representa, le pese a quien le pese. El 5 de noviembre de 2024, antes de la medianoche, sabíamos por los reportes de la AP y las proyecciones de The New York Times, que su victoria sobre Kamala Harris sería avasalladora. Lo logró luego de una ininterrumpida campaña de cuatro años, que inició después de su derrota de 2020, cuando apostó por una reelección que no logró.

En esa ocasión, a pesar de la holgada ventaja que le llevaba a su contrincante, el exánime y anticarismático candidato demócrata Joe Biden, Trump perdió porque, entre otras cosas, menospreció la pandemia de covid-19, que mató a millones de estadunidenses. Aún así, se convirtió en el segundo presidente en la historia de Estados Unidos en lograr dos mandatos no consecutivos (el primero fue Stephen Grover Cleveland en 1893). Lo hizo de las manos de su jefa de campaña y futura jefa de gabinete Sussie Wills, de Elon Musk, su red social y satelital, y de su segunda esposa, la misteriosa Melania, que con su sola presencia y sonrisa despierta ovaciones.

A Trump se le acusó de racismo, machismo, violación y misoginia. Lo sometieron a juicio por dos causas penales federales y dos estatales junto a varios procedimientos civiles pendientes. Desde que compitió por primera vez a la Presidencia de Estados Unidos fue señalado como imprevisible, temperamental y hasta psicópata, más objeto de mofas por su cabellera rala rubia y su epidermis de tonalidades naranjas. Así tal cual, aplastó la campaña financiera, mediática y legal —en este orden jerárquico— de los demócratas y gobernará no sólo desde la Casa Blanca sino desde el Congreso y el Senado. El dinero no le bastó a Harris, quien recaudó 2300 mdd, por contraste con los 1800 mdd de Trump. Tampoco le ayudó la mentoría de Barack y Michelle Obama.

Al igual que en las elecciones de 2016 en las que derrotó a Hilary Clinton, Trump fue este 2024 confrontado por los medios de comunicación de más prestigio en Estados Unidos. The Washington Post, The New York Times, The Wall Street Journal, entre otros, junto a las más importantes cadenas de televisión, intentaron convertirlo en la caricatura que, para cualquier observador desapegado de simpatías o antipatías políticas —de los que hacen tanta falta— nunca ha sido ni será. En esas elecciones, Trump ganó a pesar de los medios y luego se burló de ellos. Los medios se la cobraron cuando intentó reelegirse y perdió. Al unísono, las principales cadenas televisoras de Estados Unidos suspendieron la transmisión de su mensaje donde aseguraba que había sido víctima de fraude en Georgia. Luego de cuatro años de campaña mediática en su contra, volvió a derrotarlos y su irrefutable y democrática victoria —pues no hubo fraude— exige a quienes lo han vituperado comenzar a tomarlo con la seriedad que amerita.

Ilustración: Belén García Monroy

El insólito contacto de Trump con “la realidad” norteamericana, que se le escapa a los medios o que omiten por conveniencia ideológica, es lo que lo vuelve más “peligroso” y más “impredecible”. Es sin duda peligroso para aquellos que no coincidan con los intereses de Estados Unidos, o con aquellos intereses concretos que Trump representa, pero eso no implica que no sea predecible; pues Trump es, básicamente, previsible. Si se observa con atención, a través de esa beligerancia e histrionismo, el próximo presidente de Estados Unidos dice lo que piensa y suele hacer lo que piensa, aunque sea con el pragmatismo y mesura que exija la ocasión. Pues Trump es un político: un político con su canon de ideas y a quien se le escurren las ideologías y partidos sin sacarlo de sus casillas.

Lo que Trump piensa, dice y hace se ajusta a una agenda básica que unifica a sus votantes, aunque no la hayan reflejado los medios que lo repudian, ni en Estados Unidos, ni en México, ni en otras partes del mundo. Esa agenda refleja a los votantes a tal grado que Harris tuvo que asumirla, puesto que es hoy día la agenda de Estados Unidos, sean republicanos o demócratas, o al margen de alguna de estas afiliaciones. No a los migrantes ilegales de México, Centroamérica y Venezuela. No al crimen organizado proveniente de México y China. No a la invasión de productos de China —que llegan por medio de México. No a un T-MEC que no les funciona más. Sí a Let´s Make America Great Again. Si México es nacionalista; ¿por qué Estados Unidos no puede serlo?

Trump aplastó porque exaltó el orgullo nacional. Lo dijo con estridencia y sinceridad. Si los medios lo ignoraron, Trump también los ignoró. A Harris sólo le quedó ajustar su tibia campaña a los preceptos que estableció su contrincante, que ya había derrotado a Biden en el primer debate. Nadie quiere ser gobernado por una persona con demencia senil. No hubo manera de que el relevo lo salvara del ridículo en YouTube, X y Facebook, aunque los medios a favor de los demócratas disimularan lo sucedido; aunque mintieran, pues. De tal manera, esos dos mensajes, la grandeza de Estados Unidos y el liderazgo carismático, acabaron imponiéndose.

El caso más emblemático fue The Washington Post, que solía publicar un editorial a favor de algún contendiente por la Presidencia de Estados Unidos. Esta vez, por instrucciones del dueño Jeff Bezos, también presidente ejecutivo de Amazon, el periódico apostó por la “objetividad”, y perdió más de 200 000 suscriptores en línea de un momento a otro. Lo cual confirma que la relación entre el lector-televidente con el medio es, aún, religiosa. En el lejanísimo y añorado siglo XIX, ya lo había dicho Hegel: la lectura del periódico era la oración matutina de la época. Hoy podríamos intentar decirlo de otro modo: leemos los diarios que nos digan aquello que queremos escuchar —aunque así se nos escape una parte importante de la realidad.

Los medios de EE.UU. transmitían el mismo mensaje en voz del republicano y de la demócrata, sólo que el mensaje lo estableció Trump cuatro años antes y desde la primera ocasión que ganó la presidencia. Eso lo sabía el ciudadano estadunidense, simpatizara con uno o la otra. Harris tenía esperanzas, pero no demasiadas, muchas menos de aquellas que le atribuían quienes apostaban por su victoria. Una vez más, los medios antitrump apostaron por una lectura ideológica: no ganó porque sea negra, mujer, y de origen migrante. No ganó Harris porque su estrategia fracasó.
.
También se dice allá y acá que la derrota de Harris se debe a que el “voto latino” votó “contra lo latino”. Debe aceptarse más bien que el voto latino es el de aquellos que tienen origen latino de una, dos o tres generaciones, que han construido su patrimonio como estadunidenses, y que por ende perciben con alarma la llegada de más inmigrantes indocumentados —y tienen razón en percibirlo así. Lo mismo puede decirse del voto de mujeres, que no necesariamente perciben el mundo desde una perspectiva feminista, y así sucesivamente. La paradoja de Harris fue que no tenía empaque ni para el triunfo ni la derrota.

Hillary, en 2016, sin aceptar aún que los resultados no le favorecían, al menos envió un mensaje, apenas caía la tarde, de reconocimiento a los demócratas por el esfuerzo realizado. En cambio, Harris mandó a informar que no saldría a dar un mensaje sino hasta el día siguiente. La imagen de AP del punto de encuentro de los demócratas, vacío y repleto de basura, dejó claro la estatura de una y otra. En su descargo, debe decirse que Biden tardó en declinar, lo que asfixió su candidatura. En contra de los demócratas, debe decirse que tardaron en retirarlo de la contienda.

Harris estaba lista desde mucho antes para asumir el desafío y sacar la casta. Nunca sabremos qué hubiera ofrecido al electorado si hubiese arrancado antes. Tan sólo sabemos que, si hay casta, esa se muestra ante la adversidad. Kamala, entonces, ni heroica ni trágica. ¿Estará de vuelta para las elecciones de 2028? Ya no se toparía con Trump. Dependerá de los caudillos demócratas, que la mandaron al precipicio en esta elección.

Al igual que en 2016 y 2020, en el México de 2024, los medios se ocuparon de nutrir una imagen patológica de Donald Trump. Varios de los más importantes —El Universal, Radio Fórmula, Imagen Noticias, Latinus, Reforma, por qué no La Razón y La crónica de hoy, junto a algunos diarios y semanarios estatales a los cuales prestamos poca atención, entre otros— expresaron, en su cobertura periodística, una abierta simpatía por Kamala, tan pronto se supo que relevaría a Biden. Lo mismo sucedió con la mayoría de sus conductores de noticieros, columnistas y comentaristas.

Trump era el “masiosare un extraño enemigo” y Harris la heroína que llegaba al rescate ¿de qué o quién? En unos y otros medios se posicionaba también una idea grata para los lectores y radioescuchas aunque sin sustento argumental: que dos presidentas —la de allá que finalmente no lo fue y la de acá que sólo formalmente lo es, las primeras en la historia de ambos países— harían buenas migas; se entenderían bien, porque son mujeres, pues.

En los medios de Estados Unidos existía una suerte de ofensa, impotencia, acaso agravio, y sobre todo cautela ante “los hechos”, que no querían ni podían negar. El reporte de The New York Times era demoledor. Poco antes de la medianoche —el conteo inició a las seis de la tarde, con empate técnico— Trump, 95 % de posibilidad de victoria; Harris, 5 %. Mientras, CNN, Fox, NBC, The Washington Post y Reuters también le otorgaban una considerable ventaja a Trump. Lo “inverosímil” se había vuelto “realidad”. Al final, los medios de Estados Unidos rechinaron los dientes y se dedicaron a “transmitir” la “realidad”. En The Economist y The Guardian se apostaba por la cautela, no se le mentía a los lectores. El fantasma del triunfo de Trump comenzaba a recorrer el mundo.

Trump ganó, y pondrá orden en México.

 

Gerardo Ochoa Sandy
Autor de Política cultural, ¿qué hacer? y 80 años: las batallas culturales del FCE, entre otros títulos. Fue agregado cultural en Praga, Lima y Toronto.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Internacional, Política