Trump y el colapso ideológico

La mímesis de sociedad y Estado es la gran calamidad de estos tiempos aciagos. Lo primero a entender de este fenómeno telúrico es que, en aras de su futuro, toda cultura es un sistema de diferencias, como nos recordó siempre Rene Giraud. Cuando las distinciones culturales desaparecen, inicia una liberación de fuerzas (auto)destructivas de la propia cultura: esta se consume en un fuego ya latente en sus entrañas. La identidad radical conduce a la violencia. Quizá por eso los soldados se uniforman de soldados y un presidente (en tanto jefe de Estado) se desenvuelve en público en una parafernalia y los jueces visten, con frecuencia, toga en sesiones públicas. Todo esto porque no deben confundirse con un simple ciudadano, porque no lo son.

En nuestras sociedades hay pulsiones identificables que pretenden borrar el sistema de diferencias, esencial para la pervivencia de la democracia y la paz. Para entender este juicio, debemos realizar otra operación dolorosa, en especial para unas sensibilidades mal educadas en décadas de un civilismo enclenque, supuestamente apolítico, sin historia: el agente diferenciador por excelencia es el Estado democrático. El hecho de que reclame para sí la legitimidad que otorga la voluntad política de los ciudadanos, en los términos que nos son familiares (una cabeza, un voto; libertad de autoorganización, de pensamiento y opinión de los ciudadanos; elecciones libres; etcétera) es condición de posibilidad de una operación posterior, institucionalizar la diferencia (como sabían y celebraban los atenienses del siglo V). Y luego vendrá el consenso, no antes de reconocer la diferencia fundante: la existencia de una mayoría y una minoría, coloreadas ambas por problemas y tópicos que nos significan como sociedades complejas: género, clase, raza, religión, ideología, geografía.

Mímesis: ¿habría que decir mejor la colonización ideológica y política del Estado por la sociedad civil? Esta pregunta ocupa el centro si queremos entender el efecto del segundo Trump en el orbe ideológico. Sugiero que Trump no está inaugurando algo sino, en realidad, culminando un proceso ya conocido y experimentado en México (y otros lugares de América Latina). Un proceso que ha sido (y es) el meollo discursivo de facciones de las élites económica y de ciertos grupos de intelectuales públicos: la ilusión y realidad de una sociedad civil que gobierna. No nos engañemos. El efecto subversivo de Trump, aquí y ahora, no está en su originalidad ideológica sino en su peso específico como líder de la primera potencia económica y militar del mundo. Ese papel de gran demiurgo en la mímesis sociedad civil/Estado en la Unión Americana será a la larga más trascendente, incluso, que el galimatías geopolítico en el que, en apariencia, incurre. Afinemos el oído: la geopolítica de Trump está subordinada al nuevo arreglo político nacional que está fundando. No quiere distracciones, no quiere gastos evitables.

¿Qué significado tiene el colapso y reelaboración de ciertas ideas-fuerza, algunas que incluso contribuyeron a reorganizar el pensamiento político incluso antes de la caída del Muro de Berlín y del colapso del socialismo realmente existente? Simplifico para entendernos: son cuatro los campos de fuerza que pueden potenciar (para bien) o subsumir (para mal) a las democracias. A la manera de un demiurgo enloquecido, Trump machaca y reconfigura esas nociones frente a nuestros ojos: lo global, lo nacional, lo estatal y lo racial. ¿Tópicos? No importa. Con tal ejercicio la historia se abrevia intempestivamente. Exprimidas, humilladas, hechas bagazo, esas categorías, otrora reinas de la historia y las ciencias sociales, exigen de nosotros una resignificación (justo lo que está haciendo Trump).

La paradoja es que tres de esas nociones fueron redefinidas en los centros del poder del neoliberalismo en la década de 1990; lo global se expandió hasta explicar y justificar casi todo; lo estatal y lo nacional se constriñeron en sus alcances heurísticos, su agencia histórica y su valoración ética. Y la cuarta –raza— que ha gravitado alrededor de casi cualquier doctrina y pensamiento político desde la Ilustración, está siendo inducida, cada vez con menos restricciones, en el debate público nacional y global. De manera clara, en el segundo trumpismo, la raza está dejando de ser tabú.

Es bien sabido que el capitalismo global, la nación, el Estado y la raza acumulan ya todos los libros del mundo. Es verdad también que su suerte académica y mediática (y sus prestigios) muestra diferencias según se trata de una u otra de las categorías, y según el emisor de este o aquel juicio. Pero lo que hace Trump es otra cosa, desde la cúspide de su poder (aunque aún no sepamos de qué tamaño y profundidad es): el aggiornamento conservador de las categorías, que incluye forzar otro equilibrio entre ellas. En más de un sentido, lo global está siendo alejado del centro del análisis y de la práctica política; en cambio lo estatal, lo nacional y lo racial son reposicionados y apropiados, en clave reaccionaria, para los aviesos fines del trumpismo. Para tal efecto, un mecanismo se convierte en comodín, proyectado desde una zona en apariencia sin ideología: el sentido común. Cuando Trump insiste en que hace política desde el sentido común no hace sino reconocer y socializar la certeza de que los valores de la comunidad tocquevilleana, esa versión decimonónica de la sociedad civil, son el único guion legítimo de la política.

Sentido común es a la vez resumen y proto ideología; ambos, facilitadores y justificadores de la colonización del Estado por la sociedad civil. Pulsión ideológica más que ideología como tal, el sentido común de la derecha trumpiana es el árbol de ideas que, a la manera de esas enormes jacarandas que levantan las banquetas y rompen los cimientos de las casas, resquebraja los fundamentos del Estado democrático. En adelante, según las intuiciones y deseos de esa novísima derecha, el Estado será lo que siempre debió ser: espejo, programa y gendarme de la sociedad civil. La utopía es un mundo de poderes desnudos, sin el incómodo recurso a la soberanía, una categoría que nunca ha sido del todo simpática a la ciencia política anglosajona, y de la cual en México –por cierto– se habla mucho menos de lo que se debiera.

¿Qué estaría destruyendo supuestamente el trumpismo? En una fase casi adivinatoria en la que nos encontramos, yo diría que un elemento crucial es la capacidad cognitiva y mediadora del Estado democrático. Casi nunca se dice: entre las funciones insignia del Estado democrático está la producción de conocimiento para, al menos, facilitar las relaciones interpersonales, intergrupales, interculturales, interclasistas. No está de más insistir que el Estado es, en esencia, una forma de conocimiento que apuntala del proceso civilizatorio. Lo ominoso del Estado colonizado, mimetizado absolutamente con los valores y prácticas de la sociedad civil, es que desaparecería el conocimiento específicamente político que produce el Estado, y con ello la mediación que inhibe la violencia. Por eso, al escuchar a Trump, escuchamos los ecos más arcaicos de lo social, lo primigenio que asciende en medio de la revolución tecnológica. Ya veremos.

Ariel Rodríguez Kuri

Historiador. Investigador en El Colegio de México.

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Publicado en: Internacional, Política

3 comentarios en “Trump y el colapso ideológico

  1. Las palabras de Trump provocan incertidumbre así que los inversionistas recurren a los valores «seguros», oro y bonos del tesoro de EEUU. También las criptomonedas se han beneficiado, lo que ha aumentado las fortunas de Trump y Musk.

    Me divierte cómo todos aquellos que negaban los efectos de las sanciones económicas a Cuba, Venezuela, Siria, Irak o Afganistán ahora se indignan por los efectos de los aranceles.

  2. Aunque en el caso de Trump, por su posición, sus palabras tienen ya efectos en la realidad. Por ejemplo, las bolsas de valores suben o bajan de acuerdo a sus declaraciones. Así que no sería extraño que «amigos» como Musk pudieran especular en bolsa sabiendo o al menos recibiendo indicaciones de Trump.

    Trump también está ejerciendo presión sobre Europa amenazándolos con aranceles si no cancelan lo que llama políticas woke. EEUU sigue presionando económicamente al resto del mundo para expandir su visión de las cosas, sólo que ahora sus ideas cambaron de signo.

    Cancelaron los permisos de explotación de petróleo en Venezuela, Repsol quedó muy afectada, no sé si sea un ataque al gobierno de Sánchez y si sube Vox o el PP renegociarían los contratos.

    En Argentina, el FMI aumentó los intereses al gobierno de Alberto Fernández y los redujo con el gobierno de Milei.

    Trump no ha recurrido aún a sanciones financieras como lo hicieron Biden u Obama por miedo a erosionar la posición del dólar como la moneda de reserva mundial. Su estrategia de usar los aranceles como un arma para premiar o castigar a los países para que hagan su voluntad sólo funcionará si el dólar sigue teniendo su posición privilegiada y si sigue teniendo un ejército fuerte para respaldar sus amenazas, pues de otro modo el resto del mundo simplemente cortaría relaciones con EEUU.

  3. Es un artículo muy interesante, y no creo que lo he entendido del todo. Aun así me gustaría comentar unos detalles.

    Trump ha roto todos los esquemas, pero sí creo que tiene que ver con la geopolítica. Como en la lucha libre, Trump juega el papel de rudo porque si EEUU siguiera las reglas, ya no podrían detener a China. Su discurso está enfocado en polarizar y en generar titulares sobre sus declaraciones, no sobre lo que realmente esté haciendo, similar a las mañaneras.

    Aunque diga que lleva el sentido común al poder, en realidad su ethos es empesarial. En las empresas no hay demasiada democracia, con excepción de Volkswagen.

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