
Una preocupación perene en las religiones del libro (judíos, cristianos y musulmanes) es el mito y sus efectos, que pueden ser desestructurantes, disolventes e, incluso, antiautoritarios. Las grandes religiones monoteístas tienden a ser antimíticas. Es por eso que su verdad existe como palabra consagrada, como texto estabilizado, como libro. Los herejes son producto secundario de la doxa; en realidad el objetivo principal de esta es evitar el proceso infinito de mitificación de las figuras y los momentos de religiosidad popular que cancelarían cualquier orden de autoridad.1
El hábitat del mito es la oralidad. Por eso en la cultura de masas de los últimos 150 años aparece la connivencia de mito y política. Entre más extendidos y diversos son los medios de comunicación, la oralidad tiende a imponerse como el vehículo por excelencia en la trasmisión de mensajes. Podría desdecirse lo anterior señalando la amplia prevalencia material y moral de los periódicos en la cultura política de las democracias más o menos establecidas, por ejemplo. Es una media verdad; la historia del periodismo político suele atender el lado de la oferta, pero no necesariamente su recepción, su consumo como acto cognitivo y emocional; quedan de lado las formas de retrasmisión informal de la noticia y la opinión. El chisme, el comentario en el café, la cantina, la cena, la peluquería son evanescencias casi imposibles de historiar, aunque su fuente original sea el periódico de la mañana o de la tarde.
El hábitat de la oralidad se ha expandido de manera dramática a partir de los modos comunicativos asociados al Internet. Aunque nos pese a muchos, la verdad es que las llamadas redes sociales son modos potenciados de oralidad (algunas en dependencia casi absoluta de la imagen, como Facebook o TikTok). El colapso de la sintaxis, la ortografía y el alfabeto tradicional en las redes lo demuestran; no sé si hay algo intrínsecamente indigno en este hecho, siempre y cuando se reconozca que estamos charlando y sólo incidentalmente escribiendo.
Trump no sabe casi nada, aun en medio de su progrom, pero intuye muchas cosas; por ejemplo, su usufructo de la galaxia amorfa y evanescente de la oralidad. A menos que seamos conmovedoramente inocentes y supongamos que hay una cosa afuera que corresponde al milímetro con la palabra emitida, la conclusión está a la vista; los mundos de las palabras son mundos en sí y, sobre todo, son performativos y de una fecundidad indecible: crean realidades. Al contrario del Talmud, la Biblia o el Corán, nadie ha estabilizado el texto sagrado de la democracia (quizá porque no hay texto en absoluto). Históricamente, los evangelios de la democracia están sujetos a interpretación y quien se atreva a contar su historia “verdadera” en realidad nos regala –y bienvenido sea– otro más de los evangelios.
No se han obtenido todas las consecuencias de pontificar sobre la sociedad abierta: acá el derecho mismo a la mitificación está implícito. Es una estupidez imaginar la posibilidad de convencer a millones de electores con una tabla de verdad en el prompter del discurso. Y la consecuencia indeseada y más perversa no es tanto el encumbramiento del demagogo (que preocupa) sino el desplazamiento, casi imperceptible pero inexorable, de contingentes otrora demócratas (en el sentido de una cabeza, un voto) con rumbo a la meritocracia del dinero o del conocimiento o de cualquier otra característica que los salve de competir en el mercado de las palabras dichas. Nos pese lo que nos pese, este mercado ha sido democratizado por las redes (tramposas, sesgadas y de fortísimas tendencias monopólicas) en una operación civilizatoria colosal y de pronóstico reservado.
¿Qué significa que el mito político se desenvuelva en y desde la oralidad contemporánea? El trabajo del mito es otorgar orden y jerarquía a las angustias, a los problemas que crea “el absolutismo de la realidad” –como lo llama Blumenberg– en la vida de las sociedades. En cierta forma el mito es un atajo cognitivo y un arreglo emocional de la cultura consigo misma para no claudicar ante el exceso de realidad. Atajemos la salida fácil: el mito no es la representación ni la historización de una mentira. El mito dota de sentido al tiempo y sus caprichos, esos que golpean y pesan en hombres y mujeres. El mito, en su obsesiva reelaboración humana, es un hecho objetivo, a la manera de una sequía y un huracán.
Cuando se trae a colación el mito como categoría para entender la política no se invoca un sistema de mentiras sistematizadas, sino un constructo que opera sobre nuestros temores, esperanzas, expectativas. El mito no es tampoco un programa ni se debe esperar algo así. Los votantes eligieron a Trump para hablar de los problemas y las angustias, para otorgar un nombre, identificar una causa, señalar un culpable, racializar la decadencia. La política está en el dominio de la imaginación y no de la razón, como los grandes tratadistas del mito han insistido hasta la saciedad. El programa político y gobernar son otra cosa.
Trump, en fin, irrumpe en la Casa Blanca de nueva cuenta, montado en un corcel mítico; esto es cualquier cosa menos una ficción. Make America great again podría significar muchas cosas, pero ahora significa un caos inducido, un cúmulo de estímulos de los que la nueva nomenclatura estadounidense podrá sacar sus conclusiones, alevosas como serán. La densidad y flexibilidad de los recursos políticos y jurisdiccionales podrían limitar el curso de las cosas (como el destino de los migrantes y los fondos federales para salud, educación, etcétera), pero a saber de la resiliencia de esas salvaguardas. Sin un fundamento metafísico y una socialización política de un contra-mito, de otra hegemonía, las cosas parecen alinearse para el presidente Trump. Peor aún: un segmento significativo de la llamada sociedad civil será la retaguardia ideológica y política de la Casa Blanca. Aquí, como en el momento inaugural de los fascismos europeos, será la contaminación del Estado con ciertos valores de la sociedad civil la amenaza real para la democracia. (Que un convencido militante contra las vacunas pueda ser titular del Departamento de Salud dice mucho del flujo de pensamientos y amenazas.)
El mito político como oralidad, y su eficacia, obliga a una concreción y responsabilidad distintivas en los estrechísimos márgenes disponibles de la cultura escrita. El caso Trump demanda un desplazamiento epistémico y emocional para una caracterización, de suyo complicada en nuestro medio político e intelectual. Es así porque al menos un par de generaciones de intelectuales públicos y analistas profesionales entienden la política como técnica y, más allá de esta estrecha definición, sólo encuentran (porque sólo eso buscan) ideología.
Entiendo que hay cuatro cuestiones (más bien actitudes) que podrían ayudarnos a entender el fenómeno Trump, aunque reconozco su asimetría y pertenencia a órdenes distintos de pensamiento:
Primera: nada de lo que podamos preguntar y afirmar respecto a Trump escapa de una perplejidad básica: ¿de qué está hecha la experiencia política moderna, incluyendo (sobre todo) la democracia?, ¿es la democracia un resultado natural y orgánico de ciertas trayectorias sociales (la estadunidense, por ejemplo, a la manera de Tocqueville) o es, en el fondo, una imposición política-ideológica de hombres y circunstancias extraordinarias, y pervive, con frecuencia, en su misma precariedad? ¿Trump viene a destruir la democracia o, en realidad (y como sospecho), a reconfirmar una democracia de clase, de raza, de privilegio?
Segunda: por lo pronto asumamos que Trump es hijo legítimo de la democracia estadounidense y no su bastardo. El problema de fondo, desde la perspectiva mexicana es que esa democracia tiende a presentarse, entre nosotros, como paradigmática, incluyendo sus libros de texto y manuales de operación. No hay problema; se lo merece (y lo digo sin hipérbole). Pero ¿no será momento de inquirir si se trata sólo de un modelo de la democracia posible? Con eso basta, y a las pruebas me remito: la candidatura y elección de Trump evidencian las falencias sistémicas del modelo en cuanto a financiamiento, control del sufragio, representación política, control judicial de las candidaturas (Trump es un convicto) y la poco atendida tendencia de la Suprema Corte a legislar supletoriamente.
Tercera: las admoniciones y juicios ad hominem reconfortan (al menos a mí), pero sirven de muy poco a estas alturas. Confrontar a Trump con la “verdad” es ocioso porque deja de lado lo esencial: Trump gobierna al decir; pero su tono no es dubitativo ni analítico: es ostensivo, es una orden. La obsesión de los intelectuales públicos y de ciertos medios que buscan en un supuesto déficit de verdad el pecado de origen y la condenación eterna de Trump es un extravío gigantesco. Como nos recuerda Hannah Arendt, “la verdad” aplicable a la política es la opinión, una verdad de razonamiento y no de hecho (la más importante, según Arendt, lo que a mi juicio es discutible y peligroso).2 Aquí caben las verdades reveladas, de clase, de raza, todas las cuales, bien gestadas en la oralidad, pasan fácilmente como verdades sin más. Como gustaban decir los franceses de la época de Napoleón III, el de Trump es un gobierno de opinión. Pensemos esto: el guion de Trump, como el de buena parte de las derechas europeas y latinoamericanas, abandonó las premisas y vocabularios de la clase política para abrevar en los manantiales de la sociedad civil hegemónica (y más de una izquierda coquetea con el método). Esto configura el envilecimiento de la política; pensemos en lo que la Asociación Nacional del Rifle (u otra delicatesen de la sociedad civil) aporta al gusto de la democracia estadounidense (o de la nuestra).
Cuarta: Trump tiene buena suerte. La tragedia de Gaza dinamitó los estándares morales internacionales. No hay referentes políticos ni (casi) voces que se opongan al procedimiento salvaje de las razias contra indocumentados en suelo estadounidense, el uso de esposas y la deportación de migrantes como delincuentes. Anestesiada Europa y América con el sambenito del fundamentalismo islámico y con la reactualización endógena de sus propios mitos, la racialización de la política desde la Casa Blanca recorre su propio sendero luminoso en Chicago, Denver y Nueva York –por lo pronto. En uno de los corazones de la democracia.
Ariel Rodríguez Kuri
Historiador. Investigador en El Colegio de México.
1 Para estos argumentos y este texto me inspiro libremente y a mi riesgo en tres libros excepcionales: Hans Blumenberg, Trabajo sobre el mito, Barcelona, Paidos, 2003; Chiara Bottici, A philosophy of political myth, Cambridge, Cambridge University Press, 2007 y María Pía Lara, The disclosure of politics: struggles over the semantics of secularization, New York, Columbia University Press, 2013.
2 “Verdad y política” en Hannah Arendt, Entre el pasado y el futuro: Ocho ejercicios sobre la reflexión política, Ediciones Península, Barcelona, 2016, pp. 277 ss.