El 8 de marzo suena diferente y se vive diferente alrededor del mundo. En Estados Unidos, marzo es reconocido como el mes de la Historia de las Mujeres; y en Latinoamérica, ese mismo día se conoce como “8M”. Miles de mujeres salen a marchar, protestar y conmemorar a las 4473 mujeres que anualmente son asesinadas por razón de género en esta región del mundo. Mismo día, misma lucha, diferente manera de conmemorar.

En 1975, la ONU declaró el Día Internacional de la Mujer en memoria de las 129 mujeres que murieron calcinadas en una protesta por derechos laborales en una fábrica textil en Nueva York un 8 de marzo de 1908. Si hace más de 100 años en esa ciudad “partió todo”, uno pensaría que Nueva York seguiría siendo epicentro para marchar por los derechos de las mujeres. Sobre todo, considerando que Estados Unidos sigue siendo un referente para el movimiento feminista y los derechos humanos, tal como se observó en 2017 con el surgimiento del movimiento #metoo y #BlackLivesMatter.
Pero este pasado 8M, Nueva York dejó a muchas mujeres con pañuelo morado en mano y sin ninguna marcha a la que asistir. Aunque se celebraron algunas manifestaciones alrededor de la ciudad, no se percibió ningún esfuerzo unificado para protestar de manera organizada y colectiva por la igualdad de género.
No contar con una marcha masiva para el Día Internacional de la Mujer en la gran ciudad de Nueva York debe ser motivo de reflexión. Si esta es la ciudad que nunca duerme, ¿por qué se durmió esta vez? Si en Latinoamérica resulta inconcebible no salir a protestar a las calles en los tiempos que vivimos, ¿cómo es que las mujeres estadunidenses, tan cercanas geográficamente a nuestra realidad, no padecen la necesidad de marchar juntas? ¿Será que no desconocen nuestra realidad? ¿O será que las mujeres latinas estamos acostumbradas a gritar para ser escuchadas? ¿Hace falta rayar monumentos, tomar los espacios públicos y paralizar a la sociedad un día al año para sentirnos vistas por gobiernos que nos ignoran?
El feminicidio parece movilizar a un alto número de personas en la región latinoamericana. Quizás porque la crudeza y brutalidad con la que se penaliza a las niñas y mujeres por el hecho de serlo no puede encontrar justificación alguna. O quizás porque la proximidad de toda mujer a una desaparición o feminicidio es tan escalofriante que genera empatía en cualquiera. O probablemente porque el simple hecho de que 12 mujeres mueren al día en promedio en Latinoamérica causa indignación a cualquiera.
Por eso, el silencio de una persona latina en un 8 de marzo, sin importar donde se encuentre, no es una opción. Este fue el caso de decenas de estudiantes mexicanas en la Universidad de Columbia, quienes ante la falta de una marcha unificada en Manhattan, decidieron aliarse con estudiantes de Irán. La sociedad de alumnos de Irán se mantiene activa haciendo eco a la ola de protestas que se detonó el año pasado en su país por la muerte de Mahsa Amini, mujer kurda que fue asesinada por la “policía moral” por no traer el hijab conforme a la ley. Y, aunque el gobierno iraní es un régimen autoritario bajo un sistema islámico completamente distinto a la realidad latinoamericana, hay algo en común que unió a las estudiantes de Columbia de tan contrastantes regiones: la violencia de género.
Cantos en tres idiomas llenaron el campus de Columbia; cantos traducidos para que cada una pudiera alzar la voz a su manera. Cantamos a coro insitiendo que “La culpa no era mía, ni dónde estaba ni cómo vestía” (canción chilena de la colectiva feminista “las Tesis”). Así fue como se vivió este pasado 8M en un fragmento de la ciudad de Nueva York, donde decenas de mujeres de Medio Oriente y Latinoamérica se congregaron para alzar la voz y gritar: “¡Ni una más / Ni una más / Ni una asesinada más!”
Las feministas iraníes, chilenas, mexicanas y estadunidenses estamos unidas por una misma causa, pero la necesidad de comprender los matices culturales y las realidades contrastantes de cada país se vuelve esencial cuando la protesta toma lugar en ciudades tan cosmopolitas como Nueva York. Porque como dijo Marcela Lagarde, antropóloga mexicana que acuñó el término “feminicidio” al español: “lo que no se nombra no existe”. Y si nosotras, las mujeres latinas, no compartimos la lucha contra la violencia de género que enfrentamos en nuestra realidad nacional, parece como si nuestros conflictos sociales quedan relegados y opacados por otras causas globales que se empeñan en hacer más ruido.
Este 8M, para quienes vivimos en Nueva York quedó claro que el alto índice de feminicidios y la violencia generalizada contra las mujeres pinta de un tono distinto al movimiento feminista latinoamericano de aquel que se vive en el resto del mundo. Comprendimos también que en Nueva York no se marcha, se conmemora; y que la lucha feminista es tan internacional como quienes componen el movimiento alrededor del mundo. Y si bien no hubo marcha masiva, sí hubo voces. Nos reconocimos con pañuelos verdes y morados en Columbia: sin importar de donde vinieras, vivimos el 8M acompañadas. Una vez más, nos unimos fuera del sistema para intentar cambiarlo.
Reconocer las narrativas y perspectivas desde las cuales se conmemora a las mujeres en cada país enriquece la diversidad y profundidad del movimiento feministas. Marzo se vive diferente en Estados Unidos que en Buenos Aires, Santiago o la Ciudad de México. El 8M en Estados Unidos se vive con un tono distinto, más de celebración que de manifestación. Se busca celebrar la participación de las mujeres en el presente y a través de la Historia.
Entonces, ¿es marchar un acto latinoamericano? Nosotras vivimos un 8M diferente en Nueva York, sin marcha pero con conmemoración. Comprobamos que si decenas de mujeres de todo el mundo logramos encontrarnos y protestar en la gran manzana, entonces, juntas y de la mano con otras culturas, podemos darle voz a la lucha feminista latina en la esfera académica y social en Estados Unidos. La sororidad derribó las barreras de la distancia y se mostró más fuerte que nunca.
Tal vez las protestas del 8 de marzo en los países de Latinoamérica ponen en evidencia la necesidad de reunir las voces, no sólo de cientos de miles de mujeres en cada país, si no de la importancia del elemento internacional del movimiento. Nuestra realidad nos pide que unamos a los 68 países latinos para por fin ser escuchadas aunque sea en el exterior de nuestra realidad nacional. Hay que alzar la voz, como si la desgarrante y cruda realidad de violencia contra las mujeres no hiciera suficiente ruido.
Quienes marchamos anualmente nos hemos acostumbrado a creer que sólo tenemos un día al año para llorar por nuestras muertas, desaparecidas y por las mujeres que luchan; y nos convencimos de que la forma más efectiva de exigir igualdad de género es marchando el 8M. Tal vez por eso este día resulta tan revelador para quienes lo vivimos desde fuera. No es que en Estados Unidos no exista el patriarcado, la cosa es que uno puede caminar, gritar y protestar sin miedo. Se puede ser mujer sin miedo a desaparecer. Y quizás ésta realidad tan distinta influya en la forma en que se vive el Día Internacional de la Mujer. Tal vez porque el elemento de supervivencia que enfrentamos en Latinoamérica no se vive tan sistemáticamente en Estados Unidos, la necesidad de marchar no parece tan urgente y, como consecuencia, se viven múltiples y variadas formas de conmemoración.
Algún día, tal vez, las latinas que vivimos en Estados Unidos dejaremos de extrañar y anhelar esas revolucionarias marchas del 8M. Pero hasta que la realidad no cambie, no podremos sino buscar formas de unirnos con nuestras hermanas de lucha: colombianas, chilenas, peruanas, boricuas, mexicanas —y hasta iraníes. Todas juntas rogando por no olvidar aquella realidad que todas algún día enfrentamos y temimos. Juntas, compartiendo con el mundo la lucha de quienes siguen allá. Todas juntas esperando que desde la distancia, quizás, al fin nuestra voz se escuche. Es por esto que seguiremos marchando cada 8M en la parte del mundo en la que nos encontremos y recordaremos que ese día no se celebra porque “feliz va a ser el día que no falte ninguna”.
Denisse G. Gómez
Abogada egresada de la Universidad Panamericana y maestra en Derechos Humanos por la Universidad de Columbia en Nueva York
Josefina Streeter
Psicóloga egresada de la Universidad Del Desarrollo (Chile) y estudiante de la Maestría de Psicología y Espiritualidad en la Universidad de Columbia en Nueva York