Un Mar de dudas y algún faro en el horizonte

Cuando el mundo se nos presenta ambiguo, dilemático, polarizado… “el hombre –dice Carlos Bravo Regidor orteguianamente– se pone a pensar”. “Al caer en la duda, el ser humano se agarra al intelecto como de un salvavidas”, consciente de que se mueve en la inmensidad inabarcable del mar, un “mar de dudas”. El pensamiento, en palabras de Gorostiza, adquiere “un sabor a sal”. No se puede tener mejor inicio para un libro.

Carlos Bravo constata que en 2016 “algo se quebró”: se eligió a un demagogo antiinmigrante, antiglobalización y antiélites. Los mapas y geografías comenzaron a arder. Para 2022 nos hallábamos ya en lo que, con una feliz expresión, Carlos llama el “momento Machado”. En palabras del poeta: “Todo se mueve, fluye, discurre, corre o gira, cambian la mar y el monte y el ojo que los mira”. Resulta obligado preguntarse: ¿cómo navegar en ese mundo? ¿cómo instalarse en la perplejidad sin ahogarse en ese mar de dudas? Este es el mundo al que nos invita el autor a lo largo de catorce entrevistas, con una advertencia. Se trata de un:

compromiso con la conversación –larga, esmerada, sustancial– como una forma de hacerle justicia a la complejidad de los temas y la inteligencia de los autores, de oponerle resistencia a una cotidianidad mediática obstinada en lo contrario –en el apremio, la improvisación, la simplicidad– […] estas conversaciones quieren ofrecer un remanso, un espacio propicio para la concentración, la profundidad y la perspectiva.

Bravo Regidor construye “perfiles”, retratos de los entrevistados, que no sólo revelan la profundidad de su pensamiento, sino también pinceladas de su carácter, comprendidos en su contexto y evitando caer en lo que Tom Nagel llamaba “la visión desde ningún lugar”. He seleccionado cuatro entrevistas sobre las que me gustaría decir algunas palabras y dejar abiertas algunas preguntas.

Comparto con Carlos Bravo el aprecio intelectual por Daniel Innerarity, en especial por uno de sus últimos libros, La sociedad del desconocimiento. Decía Innerarity que nos caracterizamos por ser una sociedad cada vez más consciente de su no saber y que progresa gestionando su desconocimiento en sus diversas manifestaciones: “inseguridad, verosimilitud, riesgo e incertidumbre”. Hay que acostumbrarnos a vivir en ese tipo de sociedad, porque aquello que se sabe se posee como una “propiedad inestable, amenazada por la controversia y el desmentido”. Una inestabilidad estrucutural, dice Innerarity, para la cual hay que educar al ser humano con el fin de estar alertas a “las rupturas inesperadas y a las modificaciones imprevistas”. En la medida en que nos asumimos bajo esta incertidumbre abrimos el espacio a la duda, la tolerancia, al pluralismo y, en definitiva, a la democracia. Ésta supone una epistemología de corte relativista, no dogmática o absolutista, propia de regímenes autoritarios, como ya lo veía Kelsen en su justificación del Derecho y la Política. El jurista debe acostumbrarse a lidiar con antinomias valorativas que no tienen respuesta racional: vida vs libertad, libertad vs seguridad, privacidad vs información, etc. Sólo el que se asume relativista, decía Kelsen, puede ser tolerante y un genuino demócrata.

“Cuidemos la libertad, y la verdad se cuidará sola” como afirmaba Richard Rorty. Es una consigna posmoderna, retóricamente poderosa y de la que hay que hacerse cargo, pero le pregunto a Innerarity y a Carlos: ¿hasta dónde queremos llevar esa retórica? ¿En verdad asumir un pluralismo como fundamento de la democracia es asumir un relativismo, y en el extremo, hasta un escepticismo con respecto a los valores? Por ejemplo, con respecto a los derechos humanos. Si no es posible justificar precondiciones sustantivas para la democracia, como son los propios derechos: ¿qué nos impediría comprenderla bajo criterios procedimentales y justificarla bajo premisas mayoritaristas, en una suerte de “tiranía de la mayoría”? ¿Estamos dispuestos a aceptar una incertidumbre radical, y vivir bajo un “mar de dudas?

En 2019 Nadia Urbinati publicó Me the People, uno de los mejores libros para comprender el fenómeno del populismo y su relación con la democracia. El populismo, dice Urbinati, trastoca los dos pilares de la democracia moderna: el principio de mayoría, puesto que la soberanía encarna en el líder y no en los representantes populares; y el principio de representatividad a partir de un manejo instrumental de la mayoría en el Congreso. El populismo es “parasitario” de la democracia, vive y se alimenta de ella con un despliegue activo de todos los mecanismos de democracia directa al alcance –referéndum, plebiscito, revocación de mandato, consulta popular– ajenos a un proceso deliberativo y pudiendo responder puntualmente a los mandatos del líder. Si esto es así entonces no tiene sentido hablar de “democracia iliberal”, expresión que puso de moda el húngaro Viktor Orban. Una democracia que viola los derechos humanos deja de ser democracia: “la democracia o es liberal o no es democracia”, decía Urbinati categóricamente, en la mejor escuela de Norberto Bobbio. Así comprendí el libro de Urbinati, y ahora, en la entrevista con Carlos a fines del 2022, me encuentro con una respuesta un tanto desconcertante.

Cuando emerge el populismo, dice Urbinati, ellos –los liberales– lo ven como una radicalización de la democracia en un mal sentido, sea de derecha o de izquierda, lo ven como una amenza a la “buena” democracia, es decir, a la democracia liberal. Así lo dijo en Me the People, pero ahora resulta que la democracia no necesita acudir al liberalismo para encontrar la libertad. “No se puede decir que un país es democrático, dice Urbinati, si no hay respeto entre los adversarios, si no hay diàlogo, diversidad, oposición, tolerancia, si no acepta respetar los votos y lo que decidan las mayorías. Eso es parte de la democracia, no del liberalismo”. Urbinati reconoce, faltaba más, que el liberalismo hizo contribuciones muy significativas, sobre todo estructurando jurídicamente los derechos humanos. Dicho esto, le pregunto en sus propios términos: ¿de dónde cree que viene la noción misma de tolerancia, la lucha por los derechos políticos y el respeto al voto, si no es de la misma tradición liberal? Percibo en la entrevista, y no sé si Carlos esté de acuerdo, una suerte de mea culpa por su pedigrí liberal, que en nuestros días no es sólo privativo de Urbinati. John Gray, por ejemplo, ha dicho que los propios liberales “han creado las condiciones para el iliberalismo”. Una afirmación exagerada.

La entrevista a David Altman es una pieza ejemplar de claridad y sensatez. No es cosa menor que Altman sea de origen uruguayo y que buena parte de su vida haya transcurrido en Chile. La experiencia de estos dos países en democracia directa de casi un siglo, en particular en el primero, ha permitido a Altman analizar con detalle las experiencia en consultas populares y valorar la voz ciudadana, sin que se pretenda sustituir la democracia representativa y el papel central que desempeñan los partidos políticos. Es más, como aclara Altman, ante “la enorme frustración de que la democracia representativa no termina de dar el ancho”, se han ensayado opciones de reforma que podrían ser más efectivas incluso que la democracia directa: democracia deliberativa, creación de minipúblicos, asambleas populares, presupuestos participativos. La democracia directa sería más bien una vía para lograr mejoras gestionando ciertas dificultades o crisis, “pero no para resolver problemas”, y Altman pone el acento en aquéllas que no son activadas desde el poder sino desde la ciudadanía, sin idealizar a esta última.

Altman se pregunta: ¿qué aporta la democracia directa a las decisiones institucionales? legitimidad. No se podría estar más de acuerdo. Vayamos a un caso que presenta un buen grado de complejidad, y al que Roberto Gargarella, un jurista argentino, ha puesto especial atención para defender su propuesta de derecho como una “conversación entre iguales”. El 24 de febrero de 2001, la Corte Interamericana de Derechos Humanos condenó a Uruguay en el caso Gelman vs. Uruguay por la desaparición forzada de la hija del poeta y el nacimiento en cautiverio de su nieta durante la dictadura militar. Ordenó remover la Ley de Caducidad de 1986, pese a haber sido aprobada democráticamente y refrendada en dos consultas ciudadanas, al considerar que los derechos humanos —en particular la prohibición de la desaparición forzada— prevalecen sobre cualquier decisión mayoritaria. Gargarella destaca que, a diferencia de otras amnistías como las de Argentina o Perú, la uruguaya cumplió con los requisitos de una democracia directa robusta. Sin embargo, la Corte la invalidó invocando concepciones sustantivas de derechos — como Luigi Ferrajoli y su “esfera de lo indecidible”, o Ernesto Garzón Valdés y su “coto vedado”, o Norberto Bobbio y su “territorio inviolable”—, ignorando, según Waldron y el propio Gargarella, los desacuerdos razonables sobre el alcance de esos derechos. Siempre me ha costado entender el razonamiento del caso Gelman, pues no veo un desacuerdo razonable respecto a la desaparición forzada. También me pregunto si, en estos casos, las víctimas no deberían tener una voz más fuerte que la ciudadanía común. No comprendo qué deliberación democrática podría justificar tratar la prohibición de la desaparición forzada como algo distinto a una precondición innegociable del debate mismo. A la luz de ello, dudo hasta dónde Altman y Bravo llevarían la democracia directa.

En la entrevista a Francis Fukuyama son más interesantes las preguntas y las reflexiones de Carlos Bravo que las respuestas. Al descontento sobre El fin de la historia y el últimohombre, Fukuyama ha respondido como propone Carlos, con una suerte de “realismo liberal e institucionalismo pragmático. […] Atenuó su visión de la democracia liberal desde la teleología del “fin de la historia” para adoptar, en cambio, una perspectiva más contingente y reformista […] prestando más atención a los incentivos institucionales y las disputas identitarias”. Se trata ahora de un “liberalismo atemperado y autocrítico, flexible y reflexivo […] un liberalismo más liberal”. Nunca he creído, reflexiona Carlos, que exista algo así como “un liberalismo sin adjetivos” y, es más, una de sus grandes fortalezas ha sido su adaptabilidad a lo largo de diferentes épocas y culturas. Quizás el problema, continúa Carlos, es que “estamos atrapados entre un liberalismo para el cual no parece haber alternativas teóricas atractivas y los problemas prácticos para los que el liberalismo no tiene soluciones adecuadas”. Aquí es donde Fukuyama hace una acotación oportuna, aunque ambigua, al preguntarle: “si tuviéramos un gobierno autoritario encabezado por un líder sabio que pareciera tener instintos liberales, pero entendiera que nos enfrentamos a una terrible emergencia y necesitamos tomar medidas enérgicas, ¿aceptaríamos un debilitameinto de los controles liberales para ayudarnos a superar esa emergencia? Bueno, responde Fukuyama, yo no veo muchos gobiernos autoritarios en los que confiaría para decir que sí, porque la tendencia es que, una vez que adquieren más poder para enfrentar una emergencia, no renuncian a él cuando la emergencia termina, sino que lo usan para volverse más autoritarios”. Parece ser cierto que esas “emergencias”, en muchos casos, terminan siendo recursos retóricos para justificar la centralización del poder en un partido hegemónico bajo gobiernos autoritarios. Así, lo práctico, lo flexible, no sería claudicar de la democracia liberal, sino por el contario, reafirmarlos como una contención necesaria al poder.

Ahora retomo lo que decía Carlos con respecto al liberalismo con adjetivos y me pregunto, y le pregunto a él, si no es hora de que comencemos a usar el liberalismo al revés, como sugiere Michael Walzer: ya no como sustantivo sino precisamente como adjetivo. En su libro La lucha por una política decente, Walzer usa la expresión “liberal” como una cualidad que puede acompañar las diferentes teorías que han aparecido en la historia contemporánea y que van desde las demócratas y socialistas hasta las comunitarias y feministas. La mejor manera de entender el ethos liberal, la actitud liberal, piensa este autor, es en términos morales más que en términos políticos o culturales. Es decir, estar dispuestos a vivir con la ambigüedad, sin dogmatismos ni fanatismos, con la mente abierta. Acompañarse, también, de algunas emociones y estados anímicos como la generosidad, la compasión, el humor, así como una suave ironía, y comprender el “vive y deja vivir” –y esto me parece muy relevante– no con un sentido relativista, sino bajo el reconocimiento de límites morales infranqueables y, en primer lugar, el que correponde al “pecado capital de la crueldad”.

Según Walzer, hay una conexión “adjetiva” entre las diferentes teorías políticas sustantivas, por lo que es posible hablar de demócratas liberales como de socialistas liberales, feministas liberales y aun de nacionalistas liberales. Eliminar el adjetivo liberal podría conducir tales teorías a posiciones monistas, dogmáticas, intolerantes y represivas. Desde este punto de vista, la moral y la sensibilidad liberales tienen un sentido de decencia y de universalidad. Ya en un libro previo, Sobre la tolerancia, Walzer reconocía contra cualquier asomo de relativismo comunitarista que: “los actos y prácticas que «producen shock en la conciencia de la humanidad» son en principios intolerables”, por ejemplo: la crueldad, opresión, genocidio, misoginia, racismo, esclavitud o tortura. Si estas acciones son intolerables, lo son en la medida en que atentan no contra los valores de la comunidad, sino contra la autonomía y dignidad de cada uno de los individuos que, en tanto tales, no merecen ningún tipo de trato humillante. Y tales principios, con sus derechos correspondientes, como decía Rawls, “no son negociables ni política, ni económicamente”. Es necesario educar bajo estas premisas y por ello, concluye Walzer, y yo con él intentando navegar en ese mar de dudas, pero con algún faro en el horizonte, que:

necesitamos profesores liberales que defiendan la libertad de expresión en el campus universitario; intelectuales liberales que no sólo ‘digan la verdad al poder’ sino que digan la verdad simple y llanamente […] La batalla por la decencia y la verdad se encuentra entre las batallas políticas más relevantes de nuestro tiempo, y el adjetivo ‘liberal’ es nuestra arma más importante.[1]

  • Carlos Bravo Regidor, Mar de dudas. Conversaciones para navegar el desconcierto, Grano de sal, México, 2025.

Rodolfo Vázquez

Profesor emérito del Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM).

[1] Una versión de ese ensayo de Michael Walzer puede encontrarse en “Qué significa ser liberal”, Nexos, abril 2022.

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Publicado en: Política, Vida pública

Un comentario en “Un Mar de dudas y algún faro en el horizonte

  1. Todo un tratado reflexivo nos ofrece Rodolfo Vázquez en un formato sustentado en neo-lenguajes que anuncian las transiciones sociales de las turbulencias y las aspiraciones para encontrar la luz en medio de la penumbra. Es ratificar finalmente que aún vivimos en el “País de los rotos” (RRZ).
    A través de la reseña de un texto que se basa en una narrativa de entrevistas acreditado al autor Carlos Bravo, recapitula las reflexiones que determinarán la convivencia humana a partir de corrientes del pensamiento en tendencia.
    Su discernimiento nos replantea los retos y los riesgos de la democracia convertida en un mayoriteo carente de esa “suspicacia educada”, que fortalece el pensamiento crítico y reflexivo, tan indispensable hoy en día.
    La lógica de lo efímero, el poder inmediato y absoluto con dosis de revancha emocional, se equiparan con la ruta del placer y la recompensa en el plano psicoemocional, que resulta en una conducta adictiva que empieza a ser generalizada. Ya no solo involucra ludopatías, o adicción a sustancias, ya que ahora se conjuga con adicción a los “likes”, los cultos al ego y con la adicción al poder.
    Deja en perspectiva la relevancia de la libertad de pensamiento, que requiere de un proceso formativo y de una consolidación a través del discernimiento introspectivo y de la deliberación interpersonal y social.
    Por fortuna resguarda la perspectiva como señalaba Kant, de que también se requiere de “inteligencia para tolerar la incertidumbre”, en alusión a ese faro tan pertinente y necesario para configurar el valor de la esperanza, que conceptualmente va más allá de la definición de expectativa.

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