Un mundo sin valores: conversación entre Wendy Brown y Jesús García Calero

*Este texto es una versión de Un mundo sin valores, una conversación entre Wendy Brown y Jesús García Calero, ocurrida en el marco de la primera edición del Festival de las Ideas en Madrid, organizado por el Círculo de Bellas Artes de Madrid y La Fábrica.

Jesús García Calero: Wendy Brown acaba de publicar el libro Tiempos nihilistas (Lengua de Trapo), donde reflexiona con Max Weber acerca del mundo en que vivimos. En el momento en que Weber dio las conferencias de El Político y el Científico, la democracia estaba perdiendo su prestigio y empezaban a verse en el horizonte los regímenes totalitarios que marcaron el siglo XX. Con esos paralelismos me gustaría que nos explicaras, Wendy, cómo es que Max Weber deconstruye los valores en ese proceso de desencanto del mundo, en el que la religión ha sido superada y la ciencia no acaba de dar respuestas.

Wendy Brown: Max Weber es un aliado poco probable para la izquierda y, sin embargo, para mí es absolutamente indispensable; en parte porque tiene una teoría del poder muy rica. También porque, aunque se le entiende como un defensor de la ciencia, tanto en su sentido alemán como en su sentido más estricto de ciencia dura —la creencia de que la ciencia proporciona hechos sobre el mundo y que constituye el marco para desarrollar el conocimiento—, Weber comprendió que la ciencia, junto con la razón filosófica, estaba vaciando al mundo de significado.

Weber entendió que, a medida que la ciencia crecía en la Modernidad y se valorizaba la razón, Dios y la autoridad de la religión se debilitarían. Comprendía que, en Occidente, el monoteísmo, desde el desarrollo del cristianismo, había organizado la producción y aseguramiento de los valores. ¿Qué significa esto? Que los valores para orientarnos en el mundo, tomar decisiones, emitir juicios, pero también el valor mismo de la verdad, estaban en peligro. Porque cuando la ciencia comienza a desplazar a Dios y a la religión, obtenemos cada vez más explicaciones sobre los mecanismos mediante los cuales las cosas funcionan, pero no cuál es su valor. Y si la ciencia desplaza a la autoridad religiosa —que es como Weber entendía la Modernidad—, el resultado es un mundo con cada vez más conocimiento, pero con menos significado; más facticidad, pero menos comprensión sobre cómo valorar lo que sabemos.

Weber comprendió que esta condición es lo que llamamos nihilismo. No el nihilismo en el sentido punk, de hastío o desesperación, sino un nihilismo como un mundo cada vez más vacío de significado y valor. Pero también sabía que el nihilismo no sólo vaciaba el mundo de valor, sino que también lo convertía en algo barato, instrumentalizable, algo que usamos para propósitos comerciales; algo que los políticos emplean para movilizar votantes, incluso cuando ni siquiera creen en los valores que defienden.

Weber creía que había una manera de superar esto. Implicaba que los seres humanos reconociéramos que somos la fuente del valor: no Dios, ni la naturaleza, ni los hechos, ni la ciencia, ni la tecnología, ni el conocimiento. Los seres humanos producimos valor, y tenemos que debatirlo y perseguirlo como forma de organizar el mundo según lo que consideramos justo, equitativo, democrático, decente o sostenible. Sabía que era un enorme esfuerzo humano y que, al final de este período que llamamos Modernidad —justo cuando él escribía, a finales de la Primera Guerra Mundial—, la crisis de los valores era parte de lo que presenciaba Europa. En conferencias argumentaba ferozmente que debíamos tomarnos en serio la producción y la construcción de valor como el proyecto político más importante que podíamos emprender.

Para Weber, la manera de tratar esta crisis era separar la política de la producción de conocimiento; entender que la política era un ámbito de valores, mientras que la producción y difusión del conocimiento, centrada en las universidades, pertenecía al ámbito de la ciencia. No es que no pensara que hay cierta intersección, pero quería establecer una separación entre ambas, no para recuperar la promesa de la Ilustración, sino para sostener la promesa de la ciencia de ofrecer una verdad sobre cómo funcionan las cosas y, al mismo tiempo, preservar la promesa ilustrada —aunque no sea exclusivamente de la Ilustración— de que los seres humanos deben poder pensar libremente, expresar sus pensamientos y participar en la vida política según sus creencias.

Sin embargo, la crisis que identificó Weber parece un problema menor en comparación con el nuestro. La propia idea de la verdad está en crisis radicalmente. Se invoca a menudo, todos afirman poseerla o defenderla. Pero cuando hay tantas verdades en disputa, en especial en política, y tantas verdades que son falsas, amplificadas por nuevas tecnologías, en particular en los medios, pero también en otros ámbitos, la cuestión de cómo asegurar un dominio de la verdad en el conocimiento se vuelve aún más seria.

Además, Weber no pudo prever lo que hemos hecho con la noción de hechos y verdad desde su época. Basta con mencionar el giro posestructuralista, el giro feminista y una serie de transformaciones del conocimiento que han problematizado la idea de que las universidades pueden ofrecer un orden objetivo de hechos sobre los cuales luego se toman decisiones sobre valores o significados. Porque todas estas transformaciones del conocimiento, desde mediados hasta finales del siglo XX, nos recordaron lo que Nietzsche había enseñado en el siglo anterior: no existen hechos no interpretados. Hay relatos, hay perspectivas. Eso no significa que todo sea relativo ni que el problema de los hechos desaparezca. Pero ningún hecho habla por sí mismo. Incluso los científicos más rigurosos reconocen ahora que narran, que no sólo exponen hechos. Por lo tanto, su intento de construir una gran muralla entre los hechos y los valores no nos ayuda a resolver nuestro dilema.

Tampoco nos ayuda del todo en política, donde debemos lidiar no sólo con choques de valores, sino con choques de relatos sobre el mundo, supuestamente basados en la verdad. Ya sea que estés en la izquierda o en la derecha, veo lo que llamaría una búsqueda frenética por un fundamento de verdad, una base absoluta para justificar la propia posición. Aquí es donde creo que Weber podría sernos un poco más útil, porque lo que él sugiere en su tiempo, y que podríamos traer al nuestro, es que enfrentemos un hecho difícil: debemos reconocer que nuestras narrativas, que están informadas por valores, son contingentes. Es decir, son debatibles. No son absolutamente correctas.

Empiezo con una afirmación de un hecho: quiero insistir en que hay un genocidio en Palestina, del cual soy crítica. Pero sé que esta posición también está informada por un conjunto de valores, por una interpretación histórica, por estudios empíricos y por un desafío a ciertos marcos que lo niegan. Pero, al mismo tiempo, soy consciente de que el argumento que quiero hacer, la posición que quiero asumir, es debatible. Y eso lo detestamos. Queremos que nuestra posición sea absolutamente verdadera. Ya sea la verdad de Dios, la verdad natural, la factual o la científica. Queremos que nuestra posición sea incuestionable.

El gran desafío que nos plantean Nietzsche, Dostoievski, Tolstói, Weber y toda la tradición que ha reflexionado sobre el problema de la verdad y el valor en la Modernidad tardía es que eso no es posible. Tienes que aceptar que la posición que tomas está informada por una convicción apasionada, pero también —esperemos— por un conjunto de estudios serios, investigaciones, conocimientos. Sin embargo, sigue siendo debatible.

JGC: Esto me lleva a una frase de Weber que decía, refiriéndose a la academia, “No podemos decir qué valores son los correctos”. Creo que hay una paradoja, tanto en el mundo de la política como en el de la academia hoy, y es que se presiona con determinados valores, en un momento, además, en el que la sociedad está muy polarizada. ¿Por qué tenemos que ser conscientes de lo contingente, de lo que creemos verdad, ser humildes con nuestra posición en el mundo y, a la vez, hay una convicción grande, desde la academia y desde la política, de que hay valores intocables? ¿Cómo se llega a ese acuerdo? ¿quién elige esos valores?

WB: Ahora nos vamos a poner serios sobre la separación entre la universidad y la vida política. Weber las separó de manera absoluta. La universidad es un espacio para aprender y se puede reflexionar sobre los valores, pero sólo de manera analítica. Nunca se deben promover. Él creía que podían separarse de los hechos. Nosotros no creemos eso. Para él, la política es el espacio donde se lucha por los valores. Y, según él, es una lucha interminable.

Pero es una lucha sin fin porque los valores, incluso si no tuvieran esta forma nihilista de proliferar sin sentido, de ser triviales y utilizados por políticos irresponsables para todo tipo de propósitos cuestionables, seguirían siendo objeto de gran conflicto. Y el propio Weber, un nacionalista conservador alemán, reprendía a sus estudiantes socialistas, pero también reconocía que sus propios valores eran contingentes, al igual que los de ellos. Y ese era uno de los conflictos fundamentales de su época: el choque entre el socialismo y ese tipo de conservadurismo, sin demasiada influencia del liberalismo.

La parte de esto que quiero que tomemos en serio es que los espacios universitarios están reduciéndose como ámbitos donde se pueden considerar de manera rigurosa las diferentes implicaciones de los valores, y también como espacios para analizar cómo se construyen, organizan y deconstruyen los hechos. Las universidades son lugares para ese tipo de pensamiento, y sin embargo, ese espacio está disminuyendo cada vez más.

Las universidades son un lugar donde podemos cuestionarnos cosas, incluso aquellas en las que creemos firmemente. No estás en riesgo de perder la vida por tener ciertos pensamientos. No estás en riesgo de coerción si el espacio es realmente uno en el que se acepta que aprender también implica cuestionar el orden de valores que consideras fundamentales, ya sean religiosos, seculares o incluso la idea de que otro mundo es posible. O que los años 50 fueron una mejor época a la que deberíamos regresar. Podemos enfrentarnos a lo que Weber llamaba «hechos incómodos», es decir, aquellos que complican tu análisis, que problematizan lo que deseas creer. Y ese es un buen lugar para hacerlo.

Pero el ámbito político es un pésimo lugar para eso. Porque en política estás luchando con cada fibra de tu ser para hacer realidad el mundo que quieres ver. Ese no es un espacio para detenerse a deconstruir, interpretar o permanecer en una incertidumbre radical. No es un espacio para la duda constante y la apertura total. Creo que la distinción entre un lugar de aprendizaje, donde puedes cuestionarte y transformarte, y el ámbito político, donde peleas por aquello en lo que crees, es crucial. En política, por supuesto, hay momentos de aprendizaje. Pero, en esencia, la política es el espacio de la lucha.

La segunda distinción que Weber hace entre el dominio del conocimiento y el dominio político es clave. La primera distinción es que uno trata sobre los hechos y el otro sobre los valores. Pero la segunda es que el ámbito del conocimiento es, en términos relativos, pacífico, mientras que el ámbito político es lucha y poder. Y su moneda última, nos recuerda Weber, es la violencia.

Para actualizar un poco a Weber, podemos recurrir a Stuart Hall, quien trató brillantemente esta cuestión. Él decía que en el ámbito de la teoría o el conocimiento, nuestra tarea es hacer que el significado «se deslice» –se basaba en la idea del «significante flotante”. Lo que quería decir es que, en el campo del conocimiento, siempre estamos problematizando lo que creemos que significa un hecho. Lo cuestionamos, lo desordenamos un poco, lo repensamos y lo reformulamos.

Pero en el ámbito político, Stuart Hall decía que el proyecto es el contrario: detener el deslizamiento del significado. En política no podemos darnos el lujo de cuestionar constantemente nuestras consignas y objetivos. No podemos detenernos a deconstruir cada término como «libertad reproductiva», preguntándonos qué significa realmente «libertad» o qué implica exactamente «reproducción». Es un ejercicio valioso en el ámbito del conocimiento, pero en política, tenemos que luchar por ella. Libertad reproductiva, hasta el final. Sabemos esto. Pero si seguimos regresando a la universidad para repensar lo que significa, quizás nos demos cuenta de que no es sólo una cuestión de género, sino también de raza, de clase, de historia. Hay un ámbito en el que estas cuestiones deben analizarse, pero en la política, como decía Stuart Hall, hay que frenar el deslizamiento del significado. Así que en un ámbito haces que el significado se deslice, en el otro lo detienes.

JGC: ¿No crees que el significado, en algunas ocasiones, se ha deslizado demasiado lejos? Todos hemos visto que la lucha política ha entrado en las universidades. Hemos visto grandes manifestaciones contra la guerra en Gaza, grandes debates sobre el antisemitismo; incluso hemos visto a las responsables de las principales universidades rindiendo cuentas en el Congreso de los Estados Unidos. ¿Cómo hacer esa separación que ya parece imposible? ¿Hay una mutación de la academia en el mundo actual?

WB: Tenemos que recordar que las universidades son espacios complejos: son aulas, espacios cívicos abiertos, y en muchos casos, también son espacios de vivienda. Cada uno de estos, en mi opinión, debe tener un código diferente respecto a lo que sucede en ellos. En esos espacios cívicos o civiles, similares a las plazas públicas, el argumento de que deben ser espacios seguros y no contener discursos que no quieras escuchar me parece que confunde ese espacio cívico o abierto con el hogar. Hay cosas que no quiero escuchar en mi hogar, y puedo negarme a escucharlas eliminando la fuente, ya sea una persona, un programa de radio u otra cosa. Pero eso es una prerrogativa. Así que hay una distinción entre el hogar y el espacio cívico, pero también entre el espacio cívico y el aula.

Soy una firme defensora de la libertad de expresión en los espacios abiertos. Con los límites siempre en la incitación a ciertas formas de violencia o daño. No son espacios seguros en términos emocionales. Simplemente no lo son. Puedes salir de ellos, pero no puedes exigir sólo escuchar lo que te haga sentir seguro o lo que quieras escuchar. No puedes hacer eso en la vida pública.

El aula es un asunto diferente. No se trata tanto de seguridad como de responsabilidad en el discurso. Si estoy enseñando un texto, digamos a Platón, y un estudiante entra y dice: «Hoy quiero hablar de Fanon», le diré: «No, estamos hablando de Platón». A menos que puedan hacer una conexión válida, eso está fuera de lugar. Un aula es un espacio donde intentamos aprender algo juntos. Y, en mi opinión, alguien tiene que estar a cargo.

La versión más simple de esto es que si un estudiante dice que dos más dos es siete, no voy a decir: «Está bien, tienes derecho a decirlo». Eso no es apropiado en un aula. Puedes decirlo en tu hogar. Las universidades consisten en estas diferencias complejas de dominio. Son como ciudades en miniatura, donde hay hogares, trabajadores, profesores, estudiantes, espacios públicos y espacios educativos. Por lo tanto, necesitamos diferencias.

Ahora, la pregunta difícil: ¿qué sucede cuando tienes un profesor que insiste en una perspectiva particular sobre un problema político, ya sea raza, Palestina, capitalismo, neoliberalismo, género, políticas reproductivas, cosmología, filosofía de la ciencia u otro tema? ¿Qué pasa cuando quieres cuestionarlo? En mi opinión, es muy importante poder cuestionar esas cosas, ya sea como estudiante desafiando la pedagogía de un profesor o su plan de estudios. Pero debe hacerse de manera responsable y de tal forma que haya una posible respuesta, no sólo una negación total. Por otro lado, creo que, como profesores, debemos ser valientes para aceptar eso. Y, me temo, no veo a muchos de mis colegas siéndolo. Pero tal vez nos volvamos más valientes, porque no estamos sólo en tiempos políticos difíciles: estamos en el siglo XXI.

JGC: ¿Se podría entender este tipo de circunstancias –el momento en el que hay presión sobre algún tema o una cancelación en marcha, desaparecer alguna cosa del currículum– como ataques a la libertad?

WB: Creo que es una problematización de la libertad. Cuando un estudiante exige un espacio seguro, no creo que la respuesta deba ser un simple «sí» o «no». La respuesta debería ser: «Sentémonos y hablemos sobre qué es un espacio seguro y por qué lo estás pidiendo aquí».

Cuando un estudiante exige un plan de estudios sionista o anti-sionista, o un plan de estudios feminista o no feminista, de un profesor que está ofreciendo lo contrario, esos son lo que llamamos momentos de enseñanza. Son momentos para abrir la conversación y decir: «las demandas políticas no pertenecen aquí. Lo que sí pertenece aquí es una conversación difícil, no sólo sobre lo que está ocurriendo en el mundo, sino sobre lo que estás pidiendo del conocimiento, de la enseñanza, de tus compañeros de clase. Tengamos esa conversación”. Es muy difícil de hacer; pero vengo de una universidad en California, Berkeley, donde hemos tenido que hacerlo durante décadas. Con el tiempo, si estás dispuesto, aprendes a tomar no sólo las convicciones políticas apasionadas y reflexivas que te lanzan como un momento para comenzar una conversación, sino incluso a las más radicales.

Cuando digo que he estado aprendiendo a hacerlo durante décadas, es porque en su mayoría enseño sobre hombres blancos muertos. Los hombres blancos muertos no han sido atractivos para los estudiantes de pregrado en mi universidad desde hace mucho tiempo. Algunos de ellos protestan, y exigen que leamos cualquier cosa excepto a hombres blancos muertos. Y tengo que ser capaz de trabajar con ellos en la cuestión de por qué vale la pena leer a estas personas y cómo podríamos leerlas de manera que no seamos adoctrinados por ellas, sino que comprendamos nuestro mundo de una manera más rica y profunda que si sólo las metemos en la categoría de «hombres blancos muertos».

JGC: Como ya has mencionado, tanto la derecha como la izquierda están buscando las bases de sus valores. ¿Crees que la academia trata con ecuanimidad los problemas de un lado y de otro?, ¿o el tablero está un poco torcido a favor del pensamiento progresista?

WB: Desde la Segunda Guerra Mundial, la academia ha tendido a inclinarse hacia el lado progresista. Esto ha sido así en Estados Unidos por muchas razones, entre ellas, nuestro otrora extraordinario sistema de universidades públicas, el cual fue desmantelado bajo el neoliberalismo. Pero lo que ese sistema hizo fue llevar a muchas personas de clase trabajadora a la vida intelectual.

Llenar la universidad de individuos de clase trabajadora que luego se convirtieron en profesores a menudo resultó en un cuerpo docente bastante progresista. Sin embargo, lo que quiero sugerir es que las universidades se han encontrado tan a la defensiva sobre lo que imaginan como su mala reputación de ser bastiones progresistas, y han estado tan a la defensiva frente a las demandas de los estudiantes de izquierda que creen que contribuyen a esa mala reputación, y no saben cómo enfrentar los ataques de la derecha contra sus programas de estudio y su profesorado.

Por eso, Jesús, sugeriría que lo que está ocurriendo es que cada vez más universidades están tratando de inclinarse hacia el centro para demostrar que no son bastiones de la vida intelectual de izquierda. Esto proviene principalmente de administradores y juntas directivas, pero también de algunas de las ciencias sociales más conservadoras. Así que no es sólo una historia de «somos un montón de izquierdistas que ocupamos la universidad, la derecha se dio cuenta y ahora viene por nosotros, revelando y exponiendo cuán desequilibrados estamos». Hay algo más sutil ocurriendo en la política de la vida universitaria.

Creo que en la izquierda estaríamos en una mejor posición para derrotar ese ataque de la derecha si no fuéramos tan predecibles. Estoy criticándonos por haber imaginado durante algunas décadas –creo que esto es en particular cierto en lo que llamamos las humanidades– que lo que estábamos allí para hacer era sostener un determinado conjunto de valores, en lugar de ofrecer a los estudiantes una educación profunda y guiarlos en el proyecto de llegar a juicios, atribuirles significado, y decidir valores después, por medio de su educación, en lugar de tener esas cosas impulsadas por nosotros.

JGC: Tiene que darse un encuentro. Desde una posición como la que tú defiendes, desde la izquierda, hay veces en las que se puede ver minusvalorada la opción contraria. Hace poco, la prensa en España publicó una entrevista a Nick Cave, en donde una frase suya llamó mucho la atención: él veía una configuración predeterminada de mucha gente para derribarlo todo. Y él no estaba de acuerdo. Desde este punto de vista se sentía un poco conservador.

WB: Es difícil. Cuando era joven quería un conjunto de convicciones que fueran inquebrantables, sin contradicciones, sin paradojas. Y entiendo ese impulso. Pero lo que sugiero es que permitir que tus valores sean intersectados por otros valores es la mejor manera de convertirse en un mejor pensador. Siento que me he convertido en un miembro más reflexivo de la izquierda, una feminista más reflexiva, una pensadora antirracista y anticolonial más reflexiva gracias al hecho de permitirme ser educada y desafiada por lecturas y por interlocutores que son brillantes, pero no de mi equipo. Y ese doble criterio es esencial.

Déjame darte un ejemplo. Edmund Burke, Max Weber, Schmitt, no son amigos de la izquierda. Pero cada uno de ellos tiene algo que necesitamos; tiene un pensamiento que no vamos a alcanzar fácilmente desde donde estamos. Cuando los estudiantes y yo leemos a Burke juntos y vemos su apego a lo que él llama los ritmos de la tradición, o lo que ofrece como una crítica de un temperamento o un apetito por el cambio constante, al principio cualquier persona de izquierda lo va a odiar, y luego, si te quedas en ello un rato y piensas, ¿qué es ese apetito por el cambio constante?, ¿qué es esa inclinación hacia la destrucción o hacia la revolución constante? ¿Realmente podemos vivir en eso? ¿O necesitamos pensarlo de manera un poco diferente? Lo que sugiero es que permitirte ser intersectado por un pensamiento realmente profundo y responsable, con el que no necesariamente estás de acuerdo, te convierte en un mejor pensador.

JGC: Al final de tu libro hay una página en la que citas a Carl Schmitt, a Lenin y estás hablando de la búsqueda por los valores que deben ponerse en juego en el mundo educativo –y, por consecuencia, en el futuro político. ¿Cómo es esa construcción de valores? ¿Cómo evitar el peligro, que Weber advertía, de no convertir la enseñanza en predicación?

WB: Mira, Weber insistía mucho en que somos maestros, no predicadores. E incluso en el ámbito político, insistía en que somos actores políticos, no religiosos. Esta es su visión anti-religión. Pero la razón por la que fue tan severo en ambas dimensiones es porque sentía que usar el poder del púlpito era un poder irresponsable en el aula. Exigía seguidores en lugar de pensadores. En el ámbito político se preocupaba mucho por la religión, porque pensaba que si se confundían los valores políticos con una tabla de valores religiosos, había un peligro muy serio: imaginar que cualquier medio para un fin político está bien porque te dirigiría hacia la Tierra Prometida. Y él sabía que eso era muy peligroso. Sabía que la violencia se desataría. Si eres un fanático religioso en la política, si sólo piensas que tu verdad es absoluta y que cualquier medio para un fin es aceptable, el resultado siempre sería masacre. Así que en ambos casos, él advertía sobre lo que consideraba la irresponsabilidad de la iglesia.

Él pensaba que esa iglesia tenía su propio lugar en la iglesia, y que nosotros, seculares, nosotros en su caso los del siglo XX, y en nuestro caso los del siglo XXI, teníamos que reconocer que somos humanos, que construimos sistemas de poder increíbles, y mundos a partir de esa capacidad. Y está en nuestras manos ser responsables de nuestras decisiones, acciones, palabras, nuestros proyectos colectivos y colaborativos: eso es la política. Y también eso es lo que es el conocimiento o la vida universitaria. Y en ambos casos requiere una responsabilidad consumada, pasión, conocimiento, devoción, pero sobre todo, la reflexión sobre el hecho de que somos nosotros los humanos –no es Dios, no es la naturaleza, no es algo fundacional, no viene de otro lugar– los que hacemos este mundo. Y donde me separo de Weber es que nuestra tarea ahora es hacer un mundo mucho, mucho mejor que este.

JGC: ¿Qué valores consideras en este momento más relevantes? Antes de entrar a la charla, hablábamos de algunos, y uno que me ha gustado es la búsqueda de la complejidad.

WB: Ofreceré una para cada dominio, el dominio del conocimiento y el dominio político. En política, nada es más importante que reconocer la enorme fragilidad del mundo, tanto de la vida humana como no humana; y el fracaso de la Modernidad que nos ha llevado al borde de la existencia. YU al mismo tiempo reconocer que lo que no protege la vida son los mercados dejados a su propia suerte. Ya que los mercados, por sí solos, no protegerán esa fragilidad. Lo que necesitamos para eso es la política, una política que aprecie lo tan amenazados que estamos ahora, todos los seres vivos en el mundo. Y lo que debe llevarse a cabo para alejarnos de ese borde, ya sea contener al capitalismo y los mercados, o si es necesario transformar y desarrollar un sucesor de ellos.

En el ámbito del conocimiento, creo que ya he expresado la importancia del valor de la apertura, la valentía, la curiosidad profunda, la persistencia y la disposición para repensar ciertos proyectos, problemas y convicciones. Sólo añadiría que hemos estado hablando sobre la vida universitaria y la importancia de no permitir que la organización actual de las disciplinas establezca las agendas del conocimiento. Se ha invertido más en metodologías que en problemas, y ahora por vía del neoliberalismo, sólo se ha invertido más en el éxito emprendedor de los individuos, que en el valor real del conocimiento que desarrollamos para el mundo. Así que en la vida universitaria, creo que no hay nada más importante que, por un lado, esos valores de apertura, curiosidad, profundidad, etcétera, pero por otro lado, un compromiso de pensar lo que realmente importa, no lo que las disciplinas y profesiones dicen que importa. Y en la política, alejarnos del borde y comenzar a crear formas de vida diferentes, más sostenibles, más igualitarias, más justas, más divertidas, más alegres. Y radicalmente inclusivas.

Trad. Valeria Villalobos Guízar

Wendy Brown

Teórica política. Profesora emérita de la Universidad de California en Berkeley.

Jesús García Calero

Director de ABC Cultural.


Un comentario en “Un mundo sin valores: conversación entre Wendy Brown y Jesús García Calero

  1. Hablar de «hombres blancos muertos2 es racista y perpetúa el racismo. Divide el mundo entre «los blancos» y los demás sin ninguna otra opción, Deshumaniza a las personas a las que se les aplica ese epíteto.

    Es una equivocación separar la política de la reflexión sobre los valores. Es el camino más seguro para obtener una turba fanatizada que obedece a su gurú o líder, sin mente propia. La cultura de la cancelación es el equivalente laico de «con el diablo no se discute, se le combate».

    Siempre ha existido politica en las escuelas y entre los estudiantes. Todos los cambios sociales en los últimos siglos han sido provocados por jóvenes estudiantes.

    El problema de reducir la discusión a un combate entre «narrativas» es que para construirlas se ocultan o se niegan hechos evidentes. La primera obligación es poner sobre la mesa los hechos para reventar las narrativas facilonas.

    Hay muchos sistemas de valores en el mundo, pero todos parten de la empatía con el semejante. El problema está en cómo ver como semejantes a todos, sin importar su aspecto físico o ideas o trasfondo cultural.

    El neoliberalismo impidió el acceso a la universidad. Las deudas estudiantiles es una forma eficaz de desactivar la vena politica de los jóvenes, similar a las tiendas de raya o la esclavitud por deudas.

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