En el reino musical del Caribe, el reguetón, una vez un titán, exhala su último aliento en una despedida inevitable: cede el trono al merengue urbano y República Dominicana y Puerto Rico son testigos. Pero esta transición no es simplemente un cambio de bastión, sino la consecuencia lógica de un fenómeno musical que evoluciona y sigue anunciando fanfarrias y promesas en el horizonte.
A pesar de su papel crucial en la comercialización mundial de la música latina en español y su capacidad para poner a todos a bellaquear y maleantear, cuando despertó, el reguetón ya no estaba allí. Para Alejandro Rosales, DJ reguetonero de Tepito, la cosa es simple: “El reguetón ya no innova, está muerto”. Porque contrario a lo que aparece en videos de TikTok con gente bebiendo gomichelas y trapeando el piso con el culo mientras la música del barrio hace su trabajo, lo que verdaderamente suena en el barrio bravo es salsa; “la gente es salsera, no reguetonera”, afirma Rosales.
Y resulta curioso y contradictorio porque, como género, la salsa en realidad no existe —según señalan varios músicos entrevistados por Leonardo Padura en Los rostros de la salsa (2021)— sino que es sólo una confluencia, un imaginario y una construcción cultural de latinos migrantes en Nueva York. Y aquí empezamos a ver similitudes en el mismo ciclo evolutivo de la salsa con lo que hoy está padeciendo el reguetón.
En su libro, Padura cuestiona qué es la salsa a nada más y nada menos que a Willie Colón, Cachao López, Mario Bauzá, Juan Formel, Johnny Ventura, Wilfrido Vargas, Papo Lucca, Rubén Blades y a una decena de músicos más (incluido el maestro Juan Luis Guerra). No hay respuesta clara ni concisa, salvo que la salsa es esa mezcla perfecta entre son cubano, jazz estadunidense y ritmos caribeños. Y lo que parece ser la única coincidencia es que la salsa en realidad no existe, que es una invención de todos; intérpretes, músicos y bailarines. Y los únicos que dan fe de “su existencia” son los cubanos que estaban haciendo salsa en Nueva York a partir de los años sesenta. Pero lo que sí es la salsa es tan sólo una frase cubana reflejo del bloqueo americano: “Esto tiene más salsa que pecao”. Y en palabras de Juan Formel: “La salsa es una respuesta a una necesidad cultural latina en Nueva York”.
Y aquí es cuando el verdugo camina triunfal. Estados Unidos como la paradoja de la historia musical caribeña: un país especialista en imponer bloqueos económicos, invadir países porque a la Doctrina Monroe le encanta dirigir el timón desde hace varias décadas con un “América para los americanos” y por el otro lado —y al mismo tiempo—, el refugio dorado del sueño musical americano. Esta ambivalencia sólo puede ocurrir en este país como fuente de inspiración y opresión que hospeda y catapulta la narrativa musical de la región latinoamericana.
Y es que en 1959 se marcó un giro épico en la historia del Caribe con la Revolución Cubana liderada por Fidel Castro. A medida que el bloqueo económico de Estados Unidos se cierne sobre la isla, Cuba se aísla del mundo y su música se convierte en un tesoro enigmático. No obstante, este aislamiento no pudo sofocar la creatividad musical que latió en las sombras de la isla, y que terminó emigrando al país que los bloqueó.
Surge entonces una fusión musical cubano-estadounidense y para 1960, cuando el bloqueo se endurece, aparece el luminoso contrapunto de Mario Bauzá, músico cubano que encuentra refugio en Estados Unidos. Bauzá, maestro multiinstrumental, contribuye al mundo del jazz y se convierte en un pionero en la fusión de ritmos caribeños y estadunidenses. Su legado perdura hoy día como un himno a la resistencia musical cubana en tierras foráneas.
Pocos años después, en 1964, el tumbao de Johnny Pacheco se convierte en un estandarte de la música cubana en el exilio. Pacheco, líder de la legendaria Fania All-Stars, utiliza su música como un faro para mantener viva la esencia de la isla y preservar su conexión con la tierra amada. Eco de la resistencia en medio de las sombras impuestas por el bloqueo estadunidense y lo hace con bases musicales del son que eventualmente le darían vida a la salsa.
Es en la misma década de los años sesenta cuando Johnny Ventura —el rebelde dominicano— hace música que se convertirá en una espada y escudo durante tiempos de agitación política y social. Ventura, conocido como “El Caballo Mayor”, emerge como un ícono musical y político. Su música narra la lucha ardiente del pueblo dominicano contra la opresión y la dictadura. Porque sí, el merengue nace como defensa militar y Johnny Ventura se convertiría en un símbolo musical de resiliencia. Son, tumbao y merengue ya se miden entonces la estatura y se empiezan a reconocer: juegan su rol de primos hermanos en la familia musical caribeña.
Y después la Guerra Fría llegaría a su fin y el continente necesitaba de acordes sencillos y cantables para entonar un himno de paz. La paralela entrada triunfal de los Beatles en la escena musical dejó una fuerte influencia en el mundo, pero sobre todo en el continente americano, y muy especialmente en Puerto Rico. Un país que ha hecho frente a su invasor como escribiría en algún momento Rafael Hernández en Preciosa, y que Marc Antony catapultaría en una grandiosa versión de salsa:
Preciosa te llaman los bardos
Que cantan tu historia
No importa el tirano te trate
Con negra maldad…
Así, la salsa se alimenta de la riqueza cultural de la región y devuelve el favor. Desde la década de los sesenta, hasta un nuevo boom en 1997 cuando se erige como un hito épico con el nacimiento del Buena Vista Social Club. Agitación que anuncia la gloria de la música caribeña y pone a nuevos artistas legendarios de nuevo en el escenario global. Celia Cruz es apenas la punta del iceberg. Y la salsa, pero sobre todo los cimientos del son cubano retoman su trono, recordándonos que más que tradición, es influencia. Aliento sobre una la música y sus géneros que cumplen funciones sociales diversas acordes a sus tiempos, que reviven en otros géneros y lo que inicia como un mero invento, termina en el salón de la fama.

Diáspora, nostalgia y evolución
I Like It de Cardi B., J. Balvin y Bad Bunny, estrenada en 2018, es una expresión de la tesis de la evolución de la música que da muerte al reguetón: fusión de elementos tradicionales de la música caribeña acompañados de ritmos latinos y versos despreocupados. Si bien el coro, acordes y toda la base musical proviene del bugalú de “I Like It Like That” de Pete Rodríguez, lanzada en 1967, tuvieron que pasar 53 años después para que en 2020 y durante el Super Bowl LIV, Shakira coreara I Like It junto con Bad Bunny pasando por Chantaje, Callaíta y la breve estrofa de En barranquilla me quedo del maestro colombiano, Joe Arroyo. Perfecta mezcla que deriva en los mejores noventa segundos de música fusión caribeño-latinoamericana que ningún Super Bowl nos había regalado antes. Recorrido histórico de ritmos afrocubanos que van del soul estadunidense, al salsatón.
Y es que para Padura (2021) “El reggaeton y su estética no son causa, sino consecuencia” y a medida que la música evoluciona, así el reguetón dice adiós, mientras inocente y efusivo, el merengue urbano dice ¡hola!; este nuevo himno contemporáneo que empieza a resonar en todo el mundo por la batuta de tres grandes productores: Antonio Peter de la Rosa “Omega El Fuerte" (dominicano), Luis Daniel Frías Feliz “Dahian el Apechao” (dominicano) y los hermanos Giencarlos y Jonathan Rivera (puertorriqueños, propietarios de MadMusick). Sinuosamente estas tres (cuatro) mentes creativas, nos han puesto a cantar Despechá de Rosalía, Arranca de Becky G., Después de la playa de Bad Bunny, Limbo de Daddy Yankee y La Temperatura, de Maluma. Todos son productores caribeños que están detrás de cámaras orquestando cómo suena el futuro. Y la marca está al final de estas canciones donde los artistas mencionan muy agradecidamente sus nombres. Créditos, siempre: Omega, el Apechao y MadMusik.
Y como el ritmo incesante de una melodía apasionada, el merengue urbano se alza hoy como la voz de una generación y la promesa de un emocionante viaje de fusión musical. En este cuento épico donde la historia, la diáspora y la música se entrelazan, el merengue urbano puertoriqueño-dominicano se yergue como el faro que guiará la música caribeña popular del futuro inmediato (incluso ya podríamos decir que presente). Es una evolución musical marcada por momentos históricos y su proyección hacia el mundo. Desde las sombras del bloqueo, la música caribeña se mantiene eternamente épica, y el merengue urbano es su testigo y su mensajero. Porque a los oídos de cualquier europeo promedio todo lo que suene latino, rapidito y en español es reguetón, pero en realidad, para quienes nos sentimos “latinos” no todo es reguetón (o quizás sí, ya para qué complicarnos la vida, la verdad).
Eso sí, la tradición dominicana y puertorriqueña nos han dado ya bastantes señas en más de una vez, que es la interminable batalla por la nostalgia. Hace tiempo hubo una pelea épica: cuando la salsa puertorriqueña se plantó de frente al merengue dominicano hasta que, en 1998, Elvis Crespo —estadunidense de ascendencia puertorriqueña— lanzó Suavemente y acabó con treinta años de enfrentamientos casi bélicos entre la salsa y el merengue.
La anécdota es la siguiente: a partir de la segunda mitad de los setenta y principios de los años ochenta, llegaron a Puerto Rico orquestas de Merengue como las de Wilfrido Vargas y Johnny Ventura; migrantes que huían de la posdictadura de Rafael Leónidas Trujillo Molina. Se dedicaron con tambora, güira y trompetas en mano, a poner a bailar con un ritmo rápido, movido y fácil de bailar a una sociedad boricua que no estaba acostumbrada a ello y desconocía del merengue a pesar de la vecindad con República Dominicana. Tanto creció el descontento que la Federación de Músicos de Puerto Rico aseguraba que los dominicanos les quitaban trabajo; ingresos que los salseros puertorriqueños dejaban de recibir en sus tocadas: “Que se vayan a otra parte con su música”, decían, porque en la isla del encanto no eran bienvenidos.
Pasaron los años, la comunidad dominicana en Puerto Rico fue creciendo —tanto que hoy, la mitad de los extranjeros en la isla son dominicanos— y a finales de los años noventa artistas como Límite 21, Manny Manuel y Olga Tañón ya eran reconocidos por sus letras y acordes merengueros. Y Elvis Crespo en vez de aceptar el rechazo al merengue, muy inteligentemente como buen heredero de la salsa puertorriqueña y tal y como hizo años atrás, decidió abrazar la música fusión y por qué no, hacer merengue. Aquí vale la pena hacer reverencia y reconocer la increíble interpretación que Crespo hace de Neverita en el año 2022 —originalmente de Bad Bunny— y la ejecuta en versión de merengue urbano (o “Mambo” como también es conocido este género).
Dictadura, herencia y futuro; todo comenzó en República Dominicana
Una colonia española que, entre 1821 y 1822 buscó independizarse para pasar a manos de otro verdugo; Haití, que lo reclamó todo y se quedó con “La Española”. Veintidós años después, República Dominicana se liberó de la invasión haitiana, pero hacia 1844, los dominicanos volvieron a manos españolas a petición del entonces presidente Pedro Santana. Poco duró el gusto cuando entre 1861 y 1865 diversos intereses y conflictos en la isla dieron paso a la sombra de la Doctrina Monroe que comenzaba a operar “eficazmente” en el país, respondiendo a los propios intereses de América del Norte. Esto se consolida en 1916 cuando Estados Unidos invade República Dominicana y años después con la ayuda de Trujillo, desde 1930 y por más de treinta años, se ejerció una dictadura que marcó un periodo negro de la historia dominicana.
Fue en este último periodo de su historia cuando el merengue pasó de ser un género rural y campesino, a convertirse en los acordes oficiales del Trujillismo. Músico y militar, este dictador puso a la tambora, el güiro y la guitarra, a musicalizar los campos de batalla, los actos oficiales y a todas las tropas ¡a tocar merengue! Fundó orquestas, obligó a las clases altas a escuchar la música del pueblo y escribió una etapa musical importante para la isla. Pero se acaba la dictadura y la influencia estadunidense volvería en forma de partitura; hacia la década de los sesenta, el bombo, la tambora, el acordeón y nuevos acordes provenientes de las big band de jazz, así como el rock ‘n’ roll, influyeron en la reconfiguración del merengue con Johnny Ventura al frente del movimiento. Wilfrido Vargas haría después lo suyo y Juan Luis Guerra lo propio entre el merengue y la bachata.
Así, en la música caribeña se ven reflejados los recelos de la conquista, la dictadura, la negritud, el colonialismo, la migración, la rabia, la desesperación, la pasión, la libido, la criminalidad, el marginalismo, la degradación, la violencia, el desasosiego, el delirio, el dolor, la liberación sexual, la desesperación, la droga y muy por encima de todo, la nostalgia. Y lo que trajo consigo —y cantado en español— fueron los temas prohibidos o tabú, para nombrarlos y visibilizarlos. Se trata del contexto del texto musical; el uso democrático del baile entre el sudor caribeño, las nuevas juventudes y el consumo cultural de nuestros tiempos. Función social al final de todo.
Para Christian Mejía, músico, biólogo, jazzista y docente, a la música hay que verla en su conjunto, en su complejidad y, sobre todo, socialmente; nunca de manera aislada: “Todas las expresiones musicales son una expresión social, no existe un género musical que esté aislado. Uno como músico se va dando cuenta que cualquier expresión musical, cualquier tradición o género, implica más allá de lo sonoro. Sí podemos apreciar una sinfonía de Beethoven y con esos mismos oídos podemos escuchar reggaetón, pero sus funciones sociales son distintas. Entonces ningún género —y con esto incluyo al reggaetón— debe de escucharse o de constreñirse solamente desde su expresión musical. No podemos dejar de lado la función social que tienen todos los géneros musicales”.
Esto lo podemos oír en la complejidad musical de la fusión de acordes caribeños, en el reflejo cultural de piezas actuales de merengue urbano como las de Soltero, de David Cañizares, Que buena ta tú, de Fuego, Mujeriego, de Ryan Castro, Brindemos, de Tito Swing, Coco Loco, de Maluma, Conspiran, de Omega, y más extravagantemente en Llorarás, de Henry Jiménez en colaboración con José Alberto “El Canario”, Yiyo Sarante, Raulín Rosendo y Chiquito Timbal. Presente y futuro; adiós reguetón, hola, música fusión caribeña alias “mambo”. Un mismo acorde que suena en todas estas piezas y que es la base rítmica del presente continuo de la música caribeña. Y siempre en pareja con Puerto Rico y República Dominicana tomados de las manos: Un lío, de Ozuna con Omega “El Fuerte” o Rawayana en su Tiny Desk de septiembre de 2023 cuando interpreta dos merengues distintos: uno dominicano y otro venezolano. Control absoluto de todo.
Así, y sin mucha complicación. Porque lo peor de nuestro tiempo actual es pensar desde el purismo musical y no desde la constante y necesaria evolución de la música, entendiendo los contextos en los que ocurre. La música, especialmente la caribeña, está en constante evolución. Géneros y subgéneros que nacen, crecen, se transforman, mueren, inspiran, resucitan y se saltan todas las leyes de la evolución humana. Bachata, bolero, chachacha, cumbia, danzón, guaguancó, guaracha, latín jazz, mambo, merengue, pachanga, reggae, reguetón, rumba, salsa, son y vallenato, son solo reflejo de nuestra naturaleza latinoamericana y caribeña. Un pretexto más para hablar de esa hermandad simbólica cantada en español.
También herencia, nostalgia y futuro acompañadas de un fuerte peso migratorio: Rafael Hernández, puertorriqueño que vivió y escribió sus obras más importantes en México: Perfume de gardenias y Qué chula es Puebla. Y un Marc Anthony quien le estará eternamente agradecido por dejarle interpretar los himnos no oficiales de Puerto Rico: Lamento Borincano y Preciosa. Adiós, reguetón, hola, Merengue (mambo) urbano. Y para terminar bailando, llega Bad Bunny con Un verano sin ti (2022), y la segunda pista del disco Después de la playa, que es quizás, uno de los mejores ejemplos de este género musical: “Dime, ¿nos vamos por el Mambo, o no vamos por el Mambo, mami?”.
Ulises Vera
Productor ejecutivo del pódcast universitario Latitudes (en su última temporada se abordan las intersecciones del reguetón con el drag, el feminismo y el yoga). Doctor en comunicación por la Universidad Iberoamericana, melómano y amante del café de especialidad. Ulises trabaja en un fondo ambiental y siempre está en constante búsqueda por expandir sus horizontes musicales.
Referencias
La Brega (pódcast), segunda temporada: la experiencia boricua en 8 canciones, enero 2023. WNYC Studios y Futuro Studios.
Latitudes, cuarta temporada, 2022-2023, Gustavito.Media. Entrevistas originales a Christian Mejía y Alejandro Rosales.
Padura, Leonardo (2021). Los rostros de la Salsa, México: Tusquets.
Cobo, Leila, Latin Hitmakers MadMusick Sign With UMPG, Billboard, 05/01/2017.
¡Excelente artículo!! Felicidades.