
Para Robert Musil la historia es un Dios al que todos se someten[1]. No un Dios benévolo ni un demiurgo que armoniza el orden, sino una deidad ambigua, esquiva, caprichosa en sus manifestaciones y, sin embargo, incuestionable en su autoridad. Como toda deidad moderna, se le venera y niega al mismo tiempo. Incluso aquellos que proclaman su muerte o su irrelevancia no pueden sino hablar en su nombre, pretenden interpretarla o invocarla. Pero lo más fascinante es constatar cómo ciertos actores —intelectuales, dirigentes, propagandistas y remedos de tribunos— no se conforman con rendirse ante ella: insisten en proclamar que la inauguran, en asegurar que la someten. Musil, con la lucidez de quien presenció de cerca la devastación, se burla de esa ilusión tan característica del siglo XX —y presente con tanta obstinación en el XXI—: la fantasía de que el sentido de la historia puede controlarse.
No sorprende, entonces, que en los periodos de cambio de época emerja con fuerza la tentación de apropiarse de la historia, de dictar un destino, de anunciar con voz profética su desenlace. En el caso mexicano, la generación de intelectuales que protagonizó el tránsito hacia la democracia encontró en esa tentación un terreno fértil para sembrar certezas. Con un pie en la experiencia del régimen autoritario posrevolucionario y otro en el horizonte promisorio del pluralismo electoral, esos pensadores articularon una narrativa que les permitía explicarse —y explicarnos— el rumbo que el país debía seguir. Su modelo, aunque adaptado al contexto nacional, se alimentaba de dos fuentes principales: la ciencia política estadounidense y la experiencia española de la transición posfranquista. De la primera heredaron la idea de la transición como un proceso racional, estructurado, inevitable; de la segunda, la imagen de una élite pactista y moderna, capaz de conducir a la sociedad desde las sombras del autoritarismo hacia la luz de las instituciones liberales.
Esa visión, en apariencia técnica y neutral, estaba cargada de implicaciones políticas. No sólo definía qué debía entenderse por democracia, sino que trazaba una línea del tiempo que separaba con nitidez el pasado —el autoritarismo— del presente —la liberalización— y del futuro —la anhelada consolidación democrática. Toda desviación de esa trayectoria debía interpretarse como retroceso, como una recaída en el abismo del “eterno retorno” autoritario, porque hacia adelante sólo podía haber democracia. En ese esquema, la historia era una escalera: cada peldaño simbolizaba una conquista, un avance, una mejora.
El problema de esa concepción es que entendía la historia como una maquinaria teleológica, rígida, ajena a las complejidades de todo orden político. No admitía la ambivalencia, no dejaba espacio para lo inesperado ni para el error. Bajo su lógica, era impensable que los propios intelectuales y políticos que prometían democracia participaran en su desmoronamiento, o que el tránsito hacia adelante no implicara una virtud.
Pero si los intelectuales de la transición contaban al menos con un andamiaje teórico, con referentes conceptuales que les permitían articular un relato histórico más o menos coherente, los ideólogos —si es que se les puede llamar así— de la llamada Cuarta Transformación operan desde otro lugar: el de la consigna que suplanta al pensamiento. Mientras aquellos construían su interpretación a partir de experiencias comparadas, lecturas y categorías de análisis tomadas —sí, a veces de manera forzada— de otras realidades, estos otros se lanzan a la arena sin más brújula que las frases de quien fuera su dirigente. No hay un programa ideológico definido, ni ideas consistentes que les sirvan de sustento. Hay palabras, símbolos, invocaciones: un relato épico, alimentado con fragmentos del nacionalismo revolucionario, de una extraña interpretación del giro a la izquierda latinoamericano y del repertorio discursivo del expresidente. No mucho más.
Lo curioso es que esta amalgama de ideas —en apariencia incoherente— cumple una función similar a la del relato de la transición: imponer una interpretación de la historia. Si los ideólogos de la transición afirmaban que todo desvío de su programa político implicaba un retroceso democrático, los comunicadores y optimistas de la Cuarta Transformación sostienen que la transición fue una pausa conservadora en el ascenso del gobierno del pueblo. No importa que las herramientas analíticas sean endebles o contradictorias, lo esencial es el gesto de soberanía sobre la historia: declararla, redefinirla y reescribirla sin parar.
Esta actitud, sin embargo, revela su fragilidad. Afirmar que se están domando las fuerzas históricas no implica haberlas comprendido, y mucho menos haberlas vencido. Lo que hay, más bien, es una retórica del dominio que encubre una precariedad estructural: la ausencia de proyecto, de horizonte, de mediaciones estatales. Se habla en nombre de grandes transformaciones, pero se gobierna con la lógica del corto plazo, con el cálculo electoral. Se invocan procesos históricos de emancipación, pero se reproducen las prácticas clientelares, el verticalismo, la cooptación, el neoliberalismo y el autoritarismo.
El pasado 7 de abril se conmemoró, con la solemnidad propia del obradorismo, un aniversario más del desafuero de Andrés Manuel López Obrador. Aquella jornada, que marcó un punto de inflexión en la política mexicana, quedó sellada por una frase que entonces sonó a desafío y que hoy resuena como profecía: “Aún falta que a ustedes y a mí nos juzgue la historia”. Para muchos de sus seguidores, ese juicio ya ocurrió. Y fue favorable. Lo repiten con devoción: el pueblo habló, la justicia histórica se cumplió, el líder venció al sistema. El desafuero, transformado en mito fundacional, se reescribe como símbolo de redención, como un hito del destino.
Pero hay algo muy ingenuo en esa forma de dictar el final de los tiempos. La historia —esa espiral que se resiste a las líneas rectas y a los desenlaces felices— es un campo de tensiones, contradicciones, de equilibrios siempre precarios. Y suele ser severa con quienes renuncian a enfrentarla sin respeto; con quienes eluden la tarea de asumir la debilidad estructural desde la cual actúa todo individuo, toda persona sin atributos, por más poder que ostente. Así, uno de los grandes males de nuestro país es que la clase política no se comprendió como una parte, bastante pequeña, de la historia, sino que pretendió situarse por encima de ella. Y ante ello, no está mal regresar a Robert Musil:
“El camino de la historia no es, pues, el que recorre una bola de billar dando carambolas con dirección fija, sino que se asemeja más bien al rumbo de las nubes, a la Rectoría descrita por un vagabundo trotacalles, rechazado aquí por sombra, allí por un grupo de hombres, más adelante por la vuelta de una esquina y el cual llega, al fin, a un lugar desconocido y no deseado. En el curso de la historia se dan también deslices. El presente es siempre como la última casa de una ciudad, que de algún modo ya no pertenece al casco urbano. Cada generación se pregunta extrañada: ¿quién soy y qué fueron mis antepasados? Sería mejor que se preguntara: ¿dónde estoy yo?; y que supusiera que sus antepasados no fueron de otro modo, sino que simplemente vivieron en otro tiempo; con esto se habría ganado algo…[2]”.
Hugo Garciamarín
Doctor en Ciencias Políticas por la UNAM y director de la Revista Presente
[1] Esta idea la desarrolla de manera amplia José María Pérez Gay en El imperio perdido, México: FCE, 2022.
[2] Robert Musil, El hombre sin atributos, Barcelona: Seix Barral, 2015, versión kindle, p. 482.
Vaya y yo pensando que el gran intelectual Patterson o el historiador Meyer o el excelso político Monreal eran pilares de la nueva era histórica de México, inaugurada por el prócer y estadista sin parangón Lopez Obrador.
Creí ver en el interregno de Sheinbaum una pausa conservadora en el ascenso del Andy-gobierno del pueblo.
Sorpresas te da la vida!