Una década de memoria, una década sin respuestas

“No hay política sin relato, sin imaginación, sin fantasía”.
—Jesús Silva-Herzog Márquez

 

Los medios son parte determinante de la concepción que se tiene sobre los hechos, las situaciones, las imágenes. Sin embargo, lo que presentan no son casualidades ni azar, sino que lo acontecido se diseña y se construye. Los acontecimientos son narrativas elaboradas, edificadas, que las personas reciben y acogen. ¿Cómo se construyó Ayotzinapa para entenderlo como se hace hoy, diez años después? Existen respuestas, como la que presentan Fernando Escalante y Julián Canseco, en su libro De Iguala a Ayotzinapa. Los autores sostienen que el caso se presentó —en los medios al menos— como una reiteración de masacres anteriores, convirtiéndose en símbolo de injusticia e impunidad.

Ilustración: Kathia Recio

Lo cierto es que Ayotzinapa se construyó como un acontecimiento para ser recordado, en vista de que apela a la sensación que se genera luego de repetir algo que ya ha causado un dolor similar. El repertorio de versiones sobre lo sucedido en la madrugada del 27 de septiembre de 2014 es bastante amplio. Junto con las historias oficiales están aquellas que nacen de conversaciones y opiniones medianamente informales. Entre las versiones oficiales está la famosa “verdad histórica” de la Procuraduría General de la República (PGR), que expuso Jesús Murillo Karam con su cansancio explícito. También están las interpretaciones tanto del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI) como de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH).

No vale la pena profundizar quién dijo qué ni apuntar aún más dedos hacia algún posible responsable que muy probablemente quedará impune, pues una década después, se lucra con el duelo de las familias de Ayotzinapa por medio de campañas electorales y promesas de resolución inconclusas. En cualquier caso, los acontecimientos de Ayotzinapa se construyen y se presentan como hechos que ya se conocen y que simplemente se están reviviendo. Con ello se les confiere sentido, al tiempo que evocan emociones en un público acostumbrado a este tipo de sucesos. Esta construcción apela a la memoria de los mexicanos y, a la vez, la edifica. Le agrega ladrillos, la vuelve más estable y reitera el sentimiento de frustración.

Lo que sucedió en 2014 se comparte, se vive, se sostiene de manera colectiva en el país. A diez años, ni siquiera los padres de los 43 estudiantes desaparecidos tienen idea clara de lo ocurrido. Pero sí hay certidumbres. Los diferentes discursos y narrativas se entrelazan con distorsiones, mentiras, manipulaciones. Hay víctimas de las que no se habla. Así como hay un sinfín de versiones, Ayotzinapa tiene también una variedad casi infinita de consecuencias. Lo innegable es que a estos estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos los desaparecieron entre la noche del 26 de septiembre de 2014 y la madrugada del día siguiente, y a la fecha no hay responsables. O, mejor dicho, no hay responsabilización. No hay seguimiento y, mucho menos, reparación del daño.

 

Las culpas se pasan de mano en mano, pero ni siquiera hacia un sentido coherente. Se culpa a quien se pone enfrente, al funcionario más débil, al que nadie conoce, para que la narrativa sea más fácil de comprar y más difícil de desmentir. No obstante, se intuye que fue el Estado. Así, sin más, lo presentan las versiones periodísticas, las investigaciones profundas, la prensa internacional y las narrativas comunes y desactualizadas. Un día se señala al exgobernador de Guerrero, otro día al Ejército y de vez en cuando a la Marina. Pero siempre es el Estado. Y al Estado no se le enjuicia, no se le apresa. El crimen de Estado peca de ambigüedad e indeterminación.

Entonces se mantiene una narrativa abstracta, irresoluta. Las víctimas se convierten en figuras dignas de compasión, mas no de justicia. Su recuerdo queda en el imaginario colectivo como mártires de una masacre que todavía no se entiende a cabalidad. El Estado, el culpable, se vuelve un enemigo común. No se puede confiar en él. Aquí hay una actitud dual: por un lado, al Estado se le acusa e incrimina sin vacilación alguna, pero, por el otro, no se le exige justicia. Siempre ganan la indiferencia o la pereza. La apatía tiende a vencer sobre la lucha.

El número 43 queda grabado en la memoria; no así los nombres de los estudiantes. Ayotzinapa, como suceso, entraña un sentimiento de cansancio colectivo, de hartazgo, incluso de tedio. Ser testigos de una historia que parece repetirse, pero nunca termina de entenderse, resulta agotador. No se sabe qué pasó en esa localidad del estado de Guerrero, pero los mexicanos estamos hartos de vivirlo. Se narra y se vive siempre con un tono de fatiga. No es nuevo; es una reiteración del fiasco que es México y quien lo gobierna. O así se siente.

El suceso tuvo lugar en 2014, pero revive todos los días. Los padres de los desaparecidos cargan con el apabullante peso de la incertidumbre. En tanto, el resto de la gente adopta la masacre como emblema de indignación ante un gobierno fallido. Se vuelve un punto de referencia. Ha adquirido un sentido específico, se ha convertido en un símbolo de dolor y de duelo. Al parecer, hay una lucha constante en contra de un adversario ambiguo. Lucha que nunca se ha logrado superar y que, por tanto, sigue cobrando factura.

La incertidumbre agrega seguridad a la sensación de desconfianza en el gobierno. A pesar de que se tiene una idea abstracta, general e imprecisa, se sabe también que “Ayotzinapa nunca más”. No sólo eso; además, se empatiza con lo desconocido: sucedió algo de lo que se sabe muy poco, pero que amerita un enojo colectivo. Y es así como se desarrolla la memoria colectiva y se arman los movimientos y luchas. Sin embargo, no debe pasarse por alto que lo que se tiene es tan sólo una narrativa, la historia de una masacre, contada e intermediada por muchos, y manipulada por quienes detentan el poder y tienen algo que temer. Si bien existen muchas versiones sobre la “verdad”, que coinciden o discrepan entre sí en más de un sentido, todas tienen algo que aportar. Ese conjunto de interpretaciones contribuye a entender lo sucedido.

Las versiones acerca de lo acontecido en 2014 no se generan por mera casualidad. No surgen de manera objetiva ni están libres de sesgos o de contexto. Se trata de descripciones construidas, historias diseñadas, relatos elaborados conforme a cierto sistema que les permite adquirir sentido y fuerza. No se pensaría en Ayotzinapa de la manera en que se hace si no hubiese narrativas y versiones que presentaran al acontecimiento como lo han hecho. A su vez, esas narrativas necesitan de un sistema político específico que las valide. Ayotzinapa no habría adquirido su valor simbólico en un contexto y en un sistema político diferentes.

Fomentar la memoria colectiva tiene sentido en un contexto determinado, específicamente en el mexicano. No se puede pensar en Ayotzinapa sin el precedente de hartazgo hacia el gobierno. El sistema político del país valida y le da vigencia a la interpretación. La masacre de los 43 se guarda en la memoria colectiva, en un cajón asignado para el dolor de las víctimas de los crímenes de Estado. Y en las promesas de solución y verdad, con tinte más político que benevolente, continúa la incertidumbre de lo que pasó con los 43 normalistas de Ayotzinapa en 2014.

Arantxa Gómez Aguilar

Estudiante en El Colegio de México

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Publicado en: Política