Una posible salida a la crisis cubana

Ilustración: David Peón

Hay quienes equiparan la Revolución cubana con esperanza, con la idea de que un mundo justo —en el que las grandes potencias no dominen a los pequeños países— es posible, con una gesta antiimperialista épica e inspiradora, y con un vibrante experimento político que permite imaginar otro tipo de futuro. Otros la asocian con dictadura, represión, autoritarismo, la precariedad, con el subdesarrollo y el inmovilismo histórico: La Habana congelada en los años sesenta. Unos culpan de la precariedad en que vive el pueblo cubano al bloqueo estadunidense, mientras otros responsabilizan por completo a la dictadura castrista y al “fallido sistema comunista”. En suma: Cuba es una isla de encuentros y desencuentros, de ilusiones y desilusiones, parafraseando al historiador Rafael Rojas. 

Así de ambivalente es el legado de la Revolución y así de polarizadas son las emociones que ocasiona. Quizá sea así porque la Revolución cubana es todas estas cosas a la vez: un régimen que en sus etapas tempranas representó un experimento político fascinante, con una escena cultural vibrante, con una política educativa y de salud destacadas, con un internacionalismo notable y con una firme convicción antiimperialista, pero que se fue tornando cada día más represivo, autoritario, burocratizado e intolerante. Un régimen que priorizó su continuidad en el poder por encima del bienestar y las libertades de su gente. 

El historiador Enzo Traverso sostiene que es incorrecto analizar de manera fragmentaria la Revolución rusa, dividiéndola en períodos históricos bajo criterios morales. En términos analíticos, es poco fructífero narrarla como una gloriosa hazaña de la clase obrera y como un experimento político auténticamente socialista desde octubre de 1917 hasta la muerte de Lenin en 1924, para después describir el régimen de Stalin como una “traición a la Revolución” que derivó en de una dictadura del terror. La Revolución rusa, nos dice Traverso, es todo a la vez: Lenin, Trotski y Stalin; la solidaridad proletaria, la rápida industrialización, las hambrunas y el gulag; el antiimperialismo frente a Estados Unidos junto con el imperialismo frente a sus vecinos de Europa Oriental. 

Para el historiador italiano lo interesante es entender cómo la Revolución rusa pasó de una fase a la otra y cómo elementos tan contradictorios convergían en el mismo proceso histórico y en el mismo régimen político. Propongo que debemos realizar una operación intelectual similar para comprender la Revolución cubana, el régimen castrista y su derivación en el gobierno —con cada vez menor legitimidad popular— de Miguel Díaz-Canel. Sobre todo si queremos entender la actual crisis cubana y proponer caminos para solucionarla desde la izquierda. 

La crisis de Cuba es bien conocida. Un apretado resumen: según organismos internacionales, la población sólo tiene acceso a 30 % de los medicamentos esenciales, siete de cada diez cubanos se saltan comidas diarias, hay cientos de presos políticos (víctimas de la represión) y los apagones afectan al ciudadano promedio con lapsos de hasta veinte horas sin electricidad. La situación se agravó con la captura ilegal de Nicolás Maduro —principal aliado regional de Cuba— y con la orden ejecutiva de Trump que estrecha el cerco sobre La Habana y amenaza con imponer aranceles a los países que le envíen combustible. 

La presidenta Sheinbaum calificó el bloqueo petrolero como “injusto” pero lo acató, advirtiendo que dialogará con Washington para reanudar el suministro de combustibles a la isla. Además, ordenó el envío de barcos de ayuda humanitaria a Cuba. ¿Es lo único que puede hacer México ante la crisis cubana y el bloqueo de Washington? ¿Las izquierdas mexicanas deberían limitarse a condenar —de forma acertada— el bloqueo como un acto inhumano y a reunir víveres para la isla? Me parece que la respuesta a ambas preguntas es no: precisamente por ser de izquierda y por encabezar un Estado con una relación histórica, geopolítica y diplomática especial con Cuba, el gobierno mexicano podría —y debería— hacer más para solucionar la crisis de La Habana y, así, ayudar al pueblo cubano a mejorar su precaria situación.  

Roberta Lajous, embajadora de México en Cuba entre 2002 y 2005, argumenta que el gobierno mexicano “debería aprovechar la buena voluntad que ha ganado […] para crear un entorno favorable a una transición en Cuba”. “El primer paso sería un diálogo con Estados Unidos –dice Lajous– para levantar el embargo a Cuba que, además del daño que ha ocasionado, constituye una excusa para darle respiración artificial a un modelo ideológico y económico en el que ni los cubanos creen hoy día”. Posteriormente, “México debe tomar la iniciativa de involucrar a sus principales socios y a la CEPAL, como brazo intelectual de la ONU para América Latina y el Caribe, para elaborar un plan de transición. Por geografía y por historia, Cuba forma parte de América del Norte. Abrir la puerta a la integración de Cuba a la región sería el mejor incentivo para cambiar sus políticas públicas que han fracasado”. 

La propuesta de Lajous es interesante y las izquierdas mexicanas deberían tomarla con seriedad. No sé qué tanto valga la pena involucrar a la CEPAL cuando el multilateralismo está en retirada, pero concuerdo con el argumento general. Nuestro país cuenta con las cartas necesarias para participar más activamente en este juego geopolítico: interlocución con Trump y Díaz-Canel: simpatía del gobierno y el pueblo cubanos; empatía genuina con la esperanza y el proyecto revolucionario que representó —y para muchos cuadros de Morena representa— Cuba; así como el interés de no sufrir las repercusiones humanitarias, migratorias y diplomáticas del estallido de una crisis más severa en la isla. Además, si la retórica antiimperialista de Morena es auténtica y si en verdad le preocupa que no se imponga un protectorado estadunidense en Cuba, entonces hay más razones para actuar. 

México podría ser el mediador idóneo para encontrar una salida política aceptable para La Habana y Washington: ya sea un cambio de régimen, el mantenimiento del gobierno actual –pero con reformas– o algún otro esquema asimilable para ambas partes. De otro modo, México estaría dejando solo al pueblo cubano, atrapado entre la espada imperialista de Trump y la pared represiva de Díaz-Canel. Además, la participación de nuestro país dotaría a Sheinbaum de fichas adicionales para negociar con Trump en otros frentes estratégicos, como seguridad, comercio y temas hídricos. 

Incluso para los sectores duros de Morena, por más que simpaticen con el régimen cubano, sería más productivo pugnar porque México sea mediador que simplemente atrincherarse en una retórica antiimperialista de defensa acérrima de la Revolución. Visto con pragmatismo, es más probable garantizar la sobrevivencia de alguna iteración del régimen cubano (o al menos de parte de su legado) mediante un acuerdo con Washington que con una resistencia inflexible. 

En suma, un posicionamiento estratégico y realista de las izquierdas mexicanas —tanto las procastristas como las anticastristas— sería promover que México se involucre como mediador de la crisis cubana. Aunque primero deban hacer las paces con el legado ambivalente de la Revolución y con su desastroso presente. A partir de ese realismo las izquierdas mexicanas pueden construir una salida política de la crisis que priorice el bienestar del pueblo cubano, que ya ha sufrido suficiente. 

Jacques Coste

Analista político, historiador y autor de Derechos humanos y política en México (Tirant lo Blanch e Instituto Mora, 2022). Cursa un doctorado en historia en la Universidad Estatal de Nueva York en Stony Brook, donde estudia la transición democrática de México.

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Publicado en: Internacional, Política

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