Veinticuatro onzas de Dallas

Crédito: Estelí Meza

Le tengo aversión al estado de Texas. Tal vez por ser el norte perdido, o porque detestar a Bush Jr. fue parte del despertar de mi conciencia política, o simplemente porque los Vaqueros de Dallas son despreciables.

De niño estuve algunas horas en McAllen con mis padres. Qué lugar más feo. Prometimos nunca volver. Y no volví a Texas hasta hace un par de años. Visité Houston, que retó aunque no demolió mis prejuicios —sólo estuve unos días. La capilla Rothko, la Menil Collection y el centro me gustaron. Pero lo que más disfruté fue ver perder a los Astros, y estar con los amigos que nos invitaron.

Lo de viajar a Estados Unidos lo entiendo. Lo que no me cabe en la cabeza, tal vez por chilango-centrista, es por qué alguien preferiría turistear en cualquier ciudad de Texas pudiendo ir a Nueva York, Chicago, Washington, San Diego o Los Ángeles.

Casarme con una nacida en Monterrey y crecida en Tampico me ha ido dejando claro que la cultura, identidad y forma de convivir de la familia norteña se encuentran, en cierta medida, en su relación con Texas (o Nuevo México, Arizona y California). Las familias del norte se esparcen entre los estados fronterizos, sin importar la frontera.

No quita que la idea de Dallas me aburre infinitamente. De todas maneras, ahí pasé el fin de año. Mi tía política, que allá vive, nos invitó muy generosamente. Mi problema no era con quién sino la oportunidad perdida —Puerto Escondido, ¡o conocer Perú! Ante la inevitabilidad encontré refugio en el consejo de un amigo —míralo antropológicamente y escribe una crónica.

En el highway de ocho carriles por lado, de camino entre el aeropuerto y el restaurante, pasaban infinidad muy grandes coches con pegatinas que leían “Trump/Vance”. Un tipo en una pickup optó por menos discreción y montó dos grandes banderas rojas para señalarnos lo mismo.

Impecables e imponentes carreteras y distribuidores viales. Ni una bici, ni una moto en el horizonte. Difícil usar algo más que un coche para navegar por una ciudad tan extendida, tan larga y tan ordenada. Parece que la tierra sin obstáculos naturales, aquí, es infinita. Tal vez por eso hay farmacias, restaurantes y almacenes que ocupan cuadras enteras —lo que sobra es lugar. Todo está en su lugar. Se nota en la eficiencia del servicio en los restaurantes y en las tiendas. Y en la impasible amabilidad con la que te atienden —thank you for your business.

Más que un centro, hay centros comerciales. Uno encuentra lo que hace falta a máximo 10 minutos de distancia. También hay malls, de los que alguna vez leí que estaban en peligro de extinción. Llama la atención que la mayoría de las tiendas mantienen el mismo diseño, renuncian a distinguirse por algo más que su nombre y las paredes que dividen su local. Si un mall es aburrido, un mall así lo es más. En el mall y fuera de él tampoco parece haber mucha vida. Niños y adultos se portan bien. No se escuchan gritos, ni siquiera de los adolescentes.

En el coche pasamos por uno de los suburbios más ricos de la ciudad. Una tras otra, se acumulan las mansiones. Lote tras lote se entremezclan casas modernas con castillos franceses, villas mediterráneas, mansiones campestres de estilo inglés y haciendas inspiradas en las antiguas plantaciones del sur. Primero es obvia la falsedad, luego la aspiración. En conjunto no hay más armonía que la que da la uniformidad de los jardines frontales. Cruzando la avenida, casas suburbanas tradicionales en lotes del mismo tamaño, resultan más bonitas sólo por ser auténticas. Asumo que a falta de mucha historia, toca imitar la de otro lado.

Dallas no existía cuando Texas era México. El centro es soso pero hay que visitar su gran sitio histórico: Dealey Plaza, donde alguien asesinó a JFK. Lo hicimos al día siguiente. Había olvidado que lo habían matado en Dallas. No importaba demasiado porque desde que llegas te lo recuerda un individuo que agita panfletos (que cuestan cinco dólares) y te invita a conocer la verdadera historia.

Hay varios individuos y muchas teorías. A un grupo de personas les cuentan que a JFK lo mató la mafia y la CIA. Otro dice que los reptilianos. Hay quien dice que ya no hay duda, que Robert Kennedy Jr. —sí, el del cisticerco en el cerebro— ya contó la verdad. En un grupo, una señora, expresa un contundente temor a que el estado profundo también mate a Trump, antes de que nos cuente la verdad sobre JFK y sobre los OVNIs. El gobierno es corrupto, sentencia el guía. De metiche, ahí mismo, viendo la cruz que marca el punto exacto de la carretera en el que le volaron la cabeza a JFK, tanto ruido y tanta conspiración me comprobaron la teoría de Richard Hofstadter. Desde el celular, pedí una copia de su libro de 1965 sobre el estilo paranoico de la política gringa, seguro que releerlo me ayudará a entender la era en que vivimos.

Siguió el fin de año. La tía lo había deliberado con sus compañeras del pickleball y lo confirmó en Facebook: la fiesta a la que hay que ir es en uno de los exclusivos clubs campestres del norte de la ciudad. Nos regaló nuestras entradas. Me dio el nombre del lugar y lo busqué en internet: fotos de hombres sexagenarios en shorts, suéteres con las barras y estrellas y muchos palos de golf.

Un fiestón en la casa club, tan falsa como los french chateaux de los ricos suburbios, pero en esta había barra libre y buffet. Un caricaturista dibujaba a las parejas entre el salón en el que tocaba una banda en vivo y el bar donde había karaoke —oh baby baby, how was I supposed to know that something’ wasn’t right here. Todo menos el karaoke, la originalidad y las galas, excelente. Los hombres con sacos demasiado cortos y pantalones muy pegados; varios con botas. A las señoras mayores les gustan las cirugías estéticas que se notan. Son más bien simplones los tejanos. Hay más dinero que buen gusto.

Una chica de frente amplia y vestido azul bailaba sola. Nos la encontramos en todas las pistas. Sus amigos no la pelaban —se equivocó de amigos y de ciudad— pero no paró de bailar. Felicidades a ella por ser la única irreverente en el condado.

Dieron las 12, nos besamos y nos abrazamos. La banda tocó una de Bruno Mars y los asistentes se abalanzaron a la pista. Para mi enorme sorpresa y decepción, con la misma celeridad la abandonaron en cuanto terminó la canción. A ver quién llega más rápido al valet, para no esperar demasiado por el coche. El lugar se vació en menos de cinco minutos. Todo se acabó cuando apenas debía empezar.

Al día siguiente despertamos tarde, por principio. En la noche me llevaron a un steakhouse. Entre pecho y espalda, me empaqué un corte de 24 oz. Sigo sin saber qué son 24 oz, pero sé que son las mejores 24 oz de carne que me he comido jamás. No sé qué trampa hagan pero una cosa está clara: los tejanos saben de carne. Entre el primer y el último bocado me importó poco que sobre mí estuviera enmarcado un jersey autografiado de Troy Aikman, estar en la ciudad más aburrida del mundo, o todo lo de en medio.

Al día siguiente, nos despedimos de mis suegros que regresaban a Monterrey, y visitamos a un gran amigo. Vive en Dallas pero había pasado los últimos días fuera de la ciudad, también con su familia política. Hace apenas un mes nació su primer hijo. Disfruté conocer al heredero y saludar a su mujer. Salimos a platicar como lo hacíamos cuando estudiábamos o cuando hacíamos radio juntos, en otra vida. Dos whiskies y de regreso, a cumplir con sus obligaciones.

Nosotros pedimos un uber, en estas ciudades ya no hay taxis. Por otra ancha avenida observamos Dallas de nuevo. Texas-large: tanto que parece vacío, nadie camina en las aceras, incluso donde las hay. Limpio y silencioso, no parece suceder nada. Si buscas irreverencia, del tipo no conspirativo, aquí no la hay. Aquí lo que vale la pena son 24 oz de carne, la familia y los amigos —si los tienes.

Gonzalo Escribano
Maestro en Relaciones Internacionales por Sciences Po Paris y la London School of Economics, y maestro en Políticas Públicas por la Universidad de Bath

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Publicado en: Internacional