gay-bannerLa historia tiene prisa, cuando los pueblos tienen prisa, y vaya que México ha tenido prisa en el 2009. El establishment del país fue sorprendido varias veces.  Fue el año de Twitter, de la epidemia de influenza H1N1, de la inesperada campaña del voto nulo, del catarro que se hizo tsunami, de la primera mujer designada como rectora de una universidad de primer nivel (el Politécnico) y de la legalización del matrimonio del mismo sexo en la Ciudad de México. Todos parecen a simple vista fenómenos inconexos, sin embargo forman parte del mismo patrón de veloz cambio social que vive la sociedad mexicana. Hasta hace pocos años todos ellos hubieran sido considerados de la misma forma que eran considerados los cisnes negros por los europeos antes de que fueran descubiertos en Australia en el siglo XVIII: imposibles. Todas estas sorpresas sin embargo tenían años preparándose. Fue interesante estar sentado en las galerías de la Asamblea Legislativa del DF y escuchar el debate, en especial los argumentos en contra de de que se legalizara el matrimonio para quien lo quiera.

Estaba defendiendo David Razú (PRD), la iniciativa como su principal proponente cuando Octavio West (PRI) lo interrumpió, y le preguntó que por qué decía que el matrimonio era un derecho humano, “¿si el artículo 16 de la Declaración Universal de Derechos Humanos solo habla de hombre y mujer?”
Razú en una inteligente respuesta le contestó que no entendía la pregunta, ya que el mismo diputado West había dado la respuesta: era cierto, el artículo 16 se refería al hombre y a la mujer, porque ellos son quienes deciden con quién se casan, punto. El problema no era de la redacción, sino que West pensaba que todos los hombres y mujeres del planeta Tierra son heterosexuales…

Posteriormente Fernando Rodríguez (PAN) atacó la iniciativa afirmando que no es discriminación negar el matrimonio civil a parejas del mismo sexo como no lo es negar pensión de personas mayores a un joven. Así Rodríguez defendía la racionalidad de darle trato desigual a los desiguales. La falacia en este caso era que el diputado no pudo explicar la diferencia esencial entre un matrimonio heterosexual y otro homosexual, más cuando las partes de ambos igual tienen las mismas obligaciones ciudadanas como votar o pagar impuestos. Y terminó con que el PAN seguiría defendiendo los derechos de “la familia” – como si los gays y las lesbianas no nacieran en familias con padres heterosexuales. ¿No se da cuenta del autogol que se mete el PAN al hablar así, al denigrar a priori a miles de familias y votantes? Rodríguez además afirmó que no se debe cambiar la definición de matrimonio ya que así ha funcionado bien desde hace siglos: el mismo argumento que se usó en su  tiempo para negar la libertad a esclavos o impedir matrimonio interracial en Estados Unidos. Negar la autonomía moral personal para imponer un dogma ha sido la costumbre de políticos autoritarios desde hace siglos también.

El diputado Pizano (PAN) habló muchas veces, pero sus argumentos fueron tan bien desarrollados que no los recuerdo, a excepción de una cumbre del humor político postmoderno, cuando aseveró muy serio que el matrimonio es una “institución jurídica natural”. Que yo recuerde, ningún animal o planta se casa, ni siquiera los pandas de Chapultepec. ¿O acaso han visto al “matrimonio” como alguna especie catalogada en algún museo de historia natural o en algún diccionario de biología? ¿No se da cuenta el PAN que con este forma de hablar solo da lugar a la chunga y al escarnio de quienes no tienen miedo a pensar?

Estos son solo algunos ejemplos del debate el 21 de diciembre de 2009 en la Asamblea del Distrito Federal, y por lo que pueden ver no es casual que la iniciativa que legaliza el derecho al matrimonio sin importar el sexo de los contrayentes haya pasado por casi el doble de votos (39 a 20). Por eso, si el PAN algún día quiere gobernar la capital debe hacer algo: cambiar.

Alfredo Narváez Lozano. Maestro en Estudios de Género por El Colegio de México. Su correo es: terra@prodigy.net.mx