La reciente ola de populismos de derecha es un fenómeno que tiene explicaciones diversas. Parte de ellas es, sin duda, una reacción ante la diversidad de identidades, cada vez más evidente en Occidente. Vale la pena preguntar, sin embargo, si esta reacción era una consecuencia natural ante la diversidad o si hay otros factores que la propiciaron. El uso de la identidad como herramienta política ha sido fundamental en los últimos años. Algunos de los más importantes avances en derechos se han dado gracias a la política identitaria. Un dato global representativo es, por ejemplo, el aumento global en la aceptación de la homosexualidad. Un estudio de Pew Research encontró que en la gran mayoría de los países de su muestra la aceptación creció entre 2007 y 2013. Pero los avances van más allá de la opinión: El reconocimiento legal del matrimonio entre personas del mismo sexo ha avanzado progresivamente. Hace algunos años era impensable ver personajes LGBT en televisión, hoy no es poco común ver personajes LGBT con características que los definen más allá de su orientación sexual o identidad de género.

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Sería difícil argumentar que hay un solo camino hacia una sociedad más libre e igual. Desde el siglo XVIII, con la Ilustración, este camino se siguió apelando a la libertad y la igualdad como ideas abstractas y enfatizando lo común de la humanidad. Olympe de Gouges y el Marqués de Condorcet utilizaron este tipo de argumentos a finales del siglo XVIII para defender la igualdad de derechos para las mujeres.1 Las principales reacciones a esta nueva forma de ver el mundo estuvieron relacionadas, precisamente, con esta nulificación de las diferencias. Joseph de Maistre, uno de los principales enemigos del pensamiento ilustrado escribió: “No hay hombre en el mundo. Durante mi vida, he visto franceses, italianos, rusos, etc.; sé incluso, gracias a Montesquieu, que se puede ser persa: pero, en cuanto al hombre, declaro no haberlo encontrado en mi vida.”2 Con “el hombre”, de Maistre se refiere a este ser abstracto mencionado en la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Esta apelación al universalismo y a la humanidad como un solo ente no fue bien recibida en todos los sectores.

A pesar de cierta oposición, esta visión universalista continuó siendo la principal fuente de los avances en igualdad y libertades civiles. La teoría de derechos humanos debe mucho a los pensadores de esta tradición como John Locke e Immanuel Kant. La Declaración Universal de los Derechos Humanos intencionalmente tomó como modelo la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Sin embargo, esta visión puede tener limitaciones, y desde finales del siglo XX, surgieron críticas, esta vez desde la izquierda. Feministas como Susan Okin, o comunitaristas como Michael Sandel, critican el liberalismo, especialmente la teoría de la justicia de John Rawls, pues consideran que el énfasis en la eliminación de las identidades en la filosofía política es una debilidad más que un punto fuerte. La crítica de ambos es análoga: Para Sandel, la cultura, la historia, y la comunidad son centrales para el individuo y la filosofía política no puede ignorarlas.3 De manera similar, Okin considera que el sexo de una persona determina una parte importante de las experiencias de los individuos, y una teoría de la justicia que busca ser neutral en términos de género no puede dar cuenta de ello.

La influencia de estas teorías es clara en la forma de hacer política en relación con los derechos de las minorías. La igualdad formal y legal no son suficientes; es necesario que estas minorías sean correctamente representadas en el ámbito público, lo cual puede verse desde medias legales como cuotas de género hasta críticas enfocadas más bien en visibilizar lo que ocurre en el día a día, como la representación de ciertos grupos en el cine, o los páneles de expertos sin mujeres. A pesar de esta introducción, mi interés no es la parte intelectual de la política identitaria, los paralelos entre las reacciones (de derecha) a la ilustración durante los siglos XVIII y XIX, y las contemporáneas (de izquierda) ya se han hecho. Pero mi interés no es la parte intelectual, sino el quehacer político en términos prácticos. Como cualquier otro tipo de ideología (el universalismo de la ilustración, por ejemplo) tiene debilidades. Mi argumento es que estas debilidades tienen, al menos, parte de la responsabilidad en el alza de los populismos de derecha.

No es difícil entender que hay ciertas identidades que han estado mayormente del lado de la opresión y otras, del lado del privilegio. Sin embargo, esto no es, a priori, motivo para que un individuo se identifique más o menos con alguna comunidad. En la práctica, es natural que los grupos oprimidos refuercen su sentido de identidad como ocurrió con el nacionalismo catalán durante la dictadura de Franco. Por sí mismo, esto tampoco implica que identificarse con un grupo privilegiado sea moralmente reprobable; los juicios de valor deberían limitarse a los actos derivados de esto. Me parece natural que en un contexto político que enfatiza y pide el reconocimiento de las identidades, especialmente como fuente de derechos, todas las identidades busquen fortalecerse. El problema es la forma en la que se manifiestan. Se puede objetar el orgullo racial en general, pero es difícil sostener que sólo el orgullo de ciertas razas es permisible. Se puede objetar la forma en la que se manifiestan, pero esto es independiente del orgullo en sí mismo.

La identidad masculina, históricamente, se ha construido alrededor de la violencia y la dominación. De la misma manera, el nazismo es el movimiento más grande centrando en la identidad blanca. Por lo tanto, si bien no es inevitable, tampoco es sorprendente que movimientos como el Men’s Rights Activism, busque reivindicar algunos de los peores aspectos de la masculinidad tradicional, y la política alrededor de la identidad blanca tenga corrientes abiertamente racistas. Los populismos de derecha han aprovechado este renovado interés en las identidades, como lo hizo Donald Trump con la Alt-right, un movimiento de jóvenes blancos hostil al feminismo y la diversidad étnica. Si bien no pueden negarse los avances gracias a la política identitaria, debe reconocerse que el énfasis en la identidad y las diferencias puede tener consecuencias negativas. Richard Spencer, uno de los líderes de la Alt-right, ha dicho que él hace política identitaria. Sin embargo, sería un error atribuirle este aspecto del movimiento a un líder intelectual, dado que las bases del populismo, por definición, no son los sectores educados y su política no necesariamente se basa en teorías de manera consciente y explícita. No está de más recordar que en la reciente elección en Holanda, definida principalmente alrededor de Geert Wilders, el líder de la derecha populista, significó el mayor aumento de representación en el parlamento para D66, un partido con una ideología liberal y abiertamente entusiasta sobre la Unión Europea. De la misma manera, el principal oponente de Marine Le Pen para las elecciones presidenciales francesas es Emmanuel Macron, otro liberal. Por lo tanto, sin restarle mérito a los logros de la política identitaria, también es necesario reconocer cuándo puede ser más útil apelar a valores e identidades que pretendan ser universales que a las diferencias.

Néstor de Buen Alatorre


1 Marie-Jean-Antoine-Nicolas Caritat, Marquis de Condorcet y Olympe de Gouges, “The Rights of Women” The Best of OLL No. 50 (Indianapolis: Liberty Fund, 2013).

2 Joseph de Maistre, Consideraciones sobre Francia (Madrid: Tecnos, 1990) 66.

3 Michael J. Sandel, “The Procedural Republic and the Unencumbered Self”, Political Theory, vo. 12, num. 1 (Feb., 1984) 90-2.