Desde que tengo memoria, mi madre ha cumplido con doble jornada laboral, la de un trabajo remunerado y la del cuidado de su familia. Las labores domésticas de limpieza siempre las ha llevado a cabo alguien más. La primera mujer que recuerdo es Tere. Ella en realidad era casi una niña cuando empezó a trabajar con nosotros, pues tenía 15 años.

De pequeña jamás me percaté de cómo era la vida de Tere. Ella provenía de Tenancingo, un municipio al sur del Estado de México, era la mayor de siete hijos e hijas. No recuerdo cómo es que Tere llegó a trabajar con nosotros, pero me han contado que mi madre y padre fueron a Tenancingo a buscar a alguien que quisiera trabajar “de planta”, es decir que durmiera en la casa y sólo se fuera los fines de semana. Tere accedió a pesar de su corta edad, pues su familia se enfrentaba a problemas económicos.

A mis 26 años me parece increíble pensar en que una joven de 15 años comience a trabajar viviendo en casa de desconocidos. Sin embargo, un estudio realizado por el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (CONAPRED) revela que, en México, “un tercio de las mujeres que son trabajadoras del hogar (36%) comenzó a trabajar siendo menor de edad; de hecho, una de cada cinco (21%) lo hizo entre los 10 y los 15 años” (CONAPRED, 2018:2). Así que Tere en realidad era parte de un gran grupo de menores de edad que dejan los estudios y comienzan su vida laboral.

Ilustración: Patricio Betteo

Otra de las desigualdades estructurales y sociales a la que se enfrentan las mujeres como Tere es a la falta de acceso a la escolaridad. Al ser la mayor de sus hermanos y hermanas, ella sólo estudió hasta la primaria; cosa diferente de su hermana menor Dalia, quien terminó hasta la secundaria. Ambas están muy cerca del promedio de grado escolar de mujeres que trabajan en hogares. El promedio de años estudiados de la población ocupada de México con 15 y más años es de 10. Para los hombres trabajadores del hogar este número disminuye a ocho, para las mujeres que ejercen el mismo oficio, el promedio es de siete años (STPS,2016). Tere era parte de esos números, e inclusive su escolaridad era menor del promedio, pues había terminado hasta la primaria.

Los problemas económicos y familiares fueron lo que la impulsó a aceptar el trabajo con mi familia. Tere, de quien hasta hoy me entero que se apellida “García”, llegaba los lunes temprano y se iba los sábados cerca de las 12 del día. Mi madre le enseñó a cocinar, aunque raras veces era parte de sus labores. Cocinar lo hacía para aprender “para un futuro”. Diario trapeaba el piso de abajo, lavaba trastes, ponía la mesa y sacudía; por las tardes, tras levantar los platos, cubiertos y ollas de la comida, era la encargada de cerrar las cortinas, a veces, ya más noche nos cuidaba y hacía de cenar. Los lunes limpiaba los tres y medio baños de la casa. Los martes sacudía la sala y el estudio. Los miércoles limpiaba los tres cuartos y aspiraba todo el piso de arriba; siempre creí que esta era la labor más difícil, pues mi cuarto generalmente era un desorden. Los jueves lavaba nuestra ropa, separando la blanca, la de color y la obscura. Los viernes limpiaba vidrios, tenemos un ventanal que mide más de tres metros de alto y cerca de cinco de ancho, así que tampoco era una labor sencilla. Los sábados doblaba y planchaba ropa y regresaba a su pueblo.

Aunado a todo esto, cuidaba de mi hermano mayor y de mí. Jugaba conmigo y a veces me sacaba “a pasear” en la privada. De vez en cuando, ayudaba a bañarme, sobre todo durante mis primeros años. Todo lo hacía con mucho amor y mucha paciencia.

Tristemente, a pesar de que era prácticamente parte de nuestra familia, Tere fue la primera persona con la que, inconscientemente, me enseñaron a reproducir las desigualdades. En ocasiones, mi hermano y yo éramos muy latosos, hacíamos travesuras y muy en el fondo sabíamos que ella no tenía derecho a regañarnos. Cuando lavaba los trastes, continuamente pasábamos corriendo atrás de ella y jalábamos la trenza que le llegaba hasta la cintura mientras gritábamos “ding, dong”, como si fuera una campana. Claro que mi madre no lo permitía, pero si ella no estaba presente, Tere no hacía mucho para evitar que lo hiciéramos y si decía algo, nosotros no hacíamos gran caso. Siempre pensamos que era sólo un juego.

Mi hermano y yo quisimos muchísimo a Tere, pero en un país en el que nos enseñan jerarquías sociales, rápidamente aprendimos a reproducir aquella falsa idea de que las personas provenientes de pueblos indígenas están a nuestra disposición, sobre todo cuando se les paga por ello. Repito, esto no fue algo que nos enseñaran directamente, pues mi madre y padre siempre insistieron en que fuéramos respetuosos con ella. Aún así, aprendimos rápido a reproducir las desigualdades, Tere podía “sugerir” que no hiciéramos las cosas, pero jamás “mandarnos”.

La desobediencia a veces tenía consecuencias, mismas que ella tomaba con gran cariño. Recuerdo perfectamente que un día quise salir descalza de la casa, ella me pidió que no lo hiciera y yo la ignoré. Salí descalza y al poco tiempo tenía decenas de astillas en las plantas de los pies. Tere me cargó de regreso al interior de la casa, me sentó en un sillón y quitó las astillas una por una. Vaya paciencia.

Mi madre y padre jamás nos dijeron que Tere era diferente a nosotros, todo lo contrario. Sin embargo, las prácticas del hogar nos mostraban algo diferente. Ella nunca comía en la mesa donde nosotros comemos. Su cuarto no estaba anexo a la casa, sino que era (y sigue siendo) un cuarto anexo al “cuarto de lavado”, donde está la lavadora, el tendedero y una habitación con baño completo. Aunado a esto, si Tere tenía que usar el baño, lo hacía en el que está a un lado de su habitación. Alguna vez, ya siendo adolescente, pregunté la razón por la que las trabajadoras domésticas que hemos tenido a lo largo de los años no usan los tres baños que tiene la casa; no obtuve respuesta.

Históricamente, este oficio ha sido objeto de discriminación estructural, pues las mujeres se enfrentan a diversos obstáculos para que sus derechos laborales y a veces humanos, sean respetados. De acuerdo con CONAPRED el 62% de la población mexicana considera que los derechos de las trabajadoras del hogar son poco o nada respetados. A pesar de que somos conscientes del trato que reciben estas mujeres, son pocas las acciones que se llevan a cabo.

Le pregunté a mi madre cuánto ganaba Tere, sin embargo han pasado 20 años, así que no recuerda con exactitud, pero cree que eran 300 pesos quincenales, es decir el equivalente a 1,300 pesos actuales. Ella tenía dos semanas vacaciones pagadas en época invernal y otras dos en Semana Santa. Tenía los días festivos libres y en caso de que no fuera así, le eran pagados al doble. Sin embargo, esto no estaba escrito en un contrato, todo era apalabrado.  Y esto es extremadamente común en el caso de las trabajadoras domésticas, pues de acuerdo con CONAPRED, 96% de las trabajadoras del hogar no cuentan con un contrato escrito que especifique sus actividades. Mi familia intentaba apoyarla cuando tenía que estar en casa por motivos personales, si se enfermaba podía falta, sin embargo Tere no contaba con seguro social ni con algún otro tipo de prestaciones, fuera del aguinaldo. Estaba en la informalidad.

Tengo mil historias de la paciencia de Tere, como la vez que había relámpagos y le pedí que no me dejara sola. O la vez que yo tenía una tos terrible y le gritaba “ya no quiero toooos”, mientras ella me tranquilizaba. Recuerdo también perfectamente el día que me dijeron que Tere ya no regresaría a la casa. Eran fechas de inicio de año, marcaron a la casa, mi madre tomó el teléfono y habló durante 10 minutos, al saber que era Tere, pedí que le dijera que la extrañaba y que ya quería que regresara. Mi madre lo hizo, colgó el teléfono y me avisó que Tere no regresaría, lloré durante días. Tere dejó de trabajar porque se comprometió y su próximo esposo no quería que ella trabajara. Jamás lo comprendí.

Mientras Tere vivió con nosotros, fuimos algunas veces a Tenancingo a casa de su familia. Recuerdo que siempre me causaba asombro ver cómo su casa no tenía piso y ahí cocinaban. Sus hermanos siempre tenían la ropa rota y la cara llena de tierra. Su madre, a pesar de ser sólo 10 años mayor a la mía, parecía que tenía 30 o 40 más. A mi hermano y a mí nos gustaba ir porque podíamos jugar en campo abierto, pero nos incomodaban las desigualdades.

 Diferencias, desigualdades y calidad de vida

Era muy claro que la familia de Tere vivía en diferentes condiciones que nosotros. Esto implica que había grandes desigualdades entre nuestras formas de vida, y esto ponía a Tere y su familia, pero sobre todo a ella y a sus hermanas, en desventaja respecto a mi hermano y a mí. Estas desigualdades limitaban la mejora de la calidad de vida de Tere, así como sus capacidades potenciales de desarrollo profesional, económico y personal.

Por otro lado, el trabajo doméstico facilita que no se establezca un horario laboral, facilita los abusos para que exista el exceso de trabajo. Así mismo, es muy común que las trabajadoras del hogar tengan bajos sueldos y presenten dificultad de acceso a prestaciones. Eso es parte y consecuencia de la violencia estructural en la que viven; pues la precarización de recursos generalmente lleva a la falta de oportunidades, lo que a su vez implica pocas posibilidades de desarrollarse en el ámbito educativo. Todo esto conlleva a que las personas tengan que trabajar desde temprana edad (como Tere), y al no tener el los elementos cognitivos para exigir un trato justo, muchas veces aceptan condiciones laborales que están por debajo de lo establecido por la ley. Algunas otras veces, no tienen otra opción más que aceptar esas condiciones, no por falta de conocimiento, sino porque es la única opción para sobrevivir el día a día.

A pesar de ambas ser mujeres, las diferencias entre Tere y yo eran múltiples. Estas diferencias permiten que, conforme fuimos creciendo, la brecha de desigualdad creció cada vez más. La primera diferencia que me viene a la mente es la familia: yo tuve una madre actuario y un padre ingeniero electrónico. Ambos bilingües y con estudios en el extranjero. Tere creció con una madre que no sabía leer y un padre cuyo nivel de estudios desconozco pero que tomaba constantemente. Mi familia me impulsaba a seguir con la escuela, mi mamá me ayudaba con las tareas de matemáticas y mi padre me leía todas las noches, lo que generó mi amor por la lectura. Mi madre tomaba cursos de desarrollo humano, emocional y psicología, así que constantemente tenía dinámicas para mejorar nuestro aprendizaje.

Desigualdad de género

Aunado a esto, Tere también se enfrentaba a desigualdad de género. Su padre no quería que trabajara, porque no era bien visto; en su casa debía ayudarle a su madre a las labores domésticas no remuneradas y al cuidado de sus hermanos y hermanas menores, cosa que no se les pedía a los hombres de su familia. El dinero que ganaba debía ser entregado a su madre, otra diferencia entre ella y sus hermanos.

La desigualdad de género parte de la diferenciación sexual y a través de los años ha estado presente de manera sociocultural. Es así que donde vivía Tere, las mujeres, una vez que deciden casarse, ya no pueden trabajar, pues de acuerdo a roles de género, deben dedicarse al hogar y cuidado de la familia. Al casarse, socialmente Tere renunció a un ingreso económico,

Por otro lado, a pesar de que mi padre sí interactuaba con Tere, siempre ha sido mi madre la encargada de buscar, contratar y establecer las tareas a realizar por parte de las trabajadoras domésticas. Una vez más se reproducen los roles de género en los que las mujeres deben llevar a cabo lo doméstico. Esta carga extra implica una desigualdad entre mi madre y mi padre, en la que ella tiene dos opciones: o deja de lado su trabajo profesional por cumplir con el rol doméstico o acepta ambos roles y sacrifica su tiempo personal.

Cuando le pregunto a mi padre sobre la relación con Tere, el tono de su voz me dice que la relación con ella era un tanto paternal. Me comenta que siempre ha intentado ser respetuoso con las trabajadoras domésticas. Así mismo, explica que muchos de sus amigos le han contado que su primera relación sexual fue con la mujer que trabajaba en ese entonces en su casa. Es así que la desigualdad de género demuestra, una vez más, ser un eslabón importante de la violencia sexual que sufren las mujeres.

En el caso de las trabajadoras domésticas, a veces, sobre todo las de planta, quedan atrapadas dentro de una casa en la que el “patrón” puede hacer lo que quiera porque es él quien paga. Es así que las mujeres se enfrentan a una doble vulnerabilidad, la primera, el ser mujeres; la segunda, el ser “subordinadas” de alguien más.

Desigualdad de raza

A pesar de que provenimos de la misma familia, mi hermano tiene pelo castaño y ojos verdes, así como una piel un poco más clara que la mía. Durante nuestra infancia podía notar el trato distinto que recibíamos: a él le regalaban paletas de hielo “por sus bonitos ojos”. Recibía halagos sobre su sonrisa y lo guapo que era, todo eso muchas veces le abría las puertas.

Tere es de tez clara, sin embargo, los rasgos indígenas están presentes en su físico. Su estatura es baja, tiene ojos rasgados y labios gruesos. Evoco su recuerdo y pienso en mi físico, luego pienso en todas esas veces que me enojaba porque mi hermano recibía mejor trato que yo por cómo luce. Imagino y sé que Tere y yo recibimos un trato distinto en diversos ámbitos.

Es sabido que la raza y la clase social van de la mano, inclusive diversos estudios han demostrado que las personas con rasgos indígenas tienden a quedarse en los puestos laborales más bajos (o en los oficios), mientras que las personas que tienen rasgos más caucásicos ascienden a puestos laborales más altos y a un mejor trato.

 La Tere de hoy

Para hacer este ensayo le marqué a Tere, ahora vive en Los Cabos y trabaja haciendo limpieza en una casa. Tiene un hijo de 20 años y uno de 17. Me alegró mucho saber que el mayor estudia administración de negocios y el menor quiere ser ingeniero electrónico, como mi papá.

Aprendí que su nombre completo es Teresa García Olvera, que llegó a la casa antes de cumplir 15 años y que todo lo que ganaba se lo daba a su familia, sólo se quedaba con lo suficiente para el pasaje. Le pregunté sobre cómo nos portábamos y cómo éramos con ella, me dijo que siempre hubo mucha complicidad entre los tres, ella nos tapaba las travesuras, nos permitía cenar mientras veíamos la tele a pesar de que estaba prohibido, nos dejaba quedarnos despiertos hasta después de la hora debida y nos leía cuentos.

Durante mi conversación con Tere hubo varias frases que me sorprendieron y a la vez me alegraron, la primera fue “crecí con ustedes, me trataban como familia, en realidad crecí como si fuera su hermana”. A pesar de que yo veo muchas desigualdades, Tere siempre fue feliz en la casa, y eso me lleva a la segunda frase, “como siempre tenía problemas con mi papá, en tu casa me sentía liberada, me sentía libre al estar con ustedes”. Tere prefería jornadas laborales de 12 horas a estar en casa. Tal vez yo vea desigualdades de género, de clase y etnia en cómo era nuestra relación con Tere, pero para ella, el vivir con nosotros implicaba tener privilegios que no tendría en casa. No sólo en cuestiones de vivienda como un baño con agua potable, comida sobre la mesa y agua caliente para bañarse; sino que también veía aprendizaje cuando nos ayudaba con tareas, cuando pasaba tiempo con mi madre y en la forma en la que nos educaron. 

Recuerdo que hace unos años, cuando  Tere nos visitó en casa, mencionó que ella había intentado educar a sus hijos lo más parecido a como nos educaron a nosotros. Me da gusto saber que sus hijos tienen en la mira ser profesionistas. Sin embargo, no puedo evitar pensar en las desigualdades que presentan respecto a mi hermano y a mí.

A pesar de que yo, como mujer, tengo desventajas en un país con ideas patriarcales muy arraigadas, me parece que las desigualdades de clase implican desventajas para ellos en comparación conmigo. Durante toda la vida tuve una educación bilingüe, he viajado a diversos países, lo que me ha abierto el panorama respecto a qué quiero para un futuro. Así mismo, ahora cuento con una madre, padre y hermano con nivel educativo de maestría. Todo esto establece parámetros en el nivel de vida que se busca.

Mientras Tere trabajaba con nosotros, su hermana Cristina, trabajaba con una vecina. Cristina estudió la prepa durante esos años, a pesar de que mi madre le propuso lo mismo a Tere, ella no quiso hacerlo, no estaba interesada. Años después de que Tere se fue, Dalia, su hermana menor, llegó a trabajar a la casa. No estuvo mucho tiempo, hoy está casada y es madre de un hijo, es trabajadora doméstica en Tenancingo. Esto refleja que las condiciones pueden ser similares, pero que estímulos externos pueden condicionar las oportunidades de las personas.

Mejores oportunidades

En su debido momento no veía las desigualdades en las que vivíamos Tere y yo, mismas desigualdades que han llevado a condiciones de vida distintas y a desventajas para ella.

Tere dejó de trabajar en la casa poco antes de que yo cumpliera 7 años, sin embargo muchas cosas quedaron grabadas en mi memoria. Ahora, realizando este ejercicio de reflexión y autoreflexión me percato de la violencia estructural y simbólica a la que se enfrentaba Tere y a la que se enfrentan las trabajadoras domésticas en nuestro país. Y lo hablo en femenino porque de acuerdo a la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo, para el primer trimestre de 2018, en México 2.3 millones de personas se dedicaban al trabajo del hogar remunerado, de ellas el 92 por ciento era mujer (INEGI, 2018:).

Las sociedades deben cambiar la concepción del trabajo del hogar. Es momento de que la economía comience a interesarse por el bienestar de las personas, no sólo en un bienestar monetario, sino en condiciones laborales que mejoren la calidad de vida.

Si bien hay economías feministas y solidarias que reparten el trabajo del hogar y de cuidados entre diversos integrantes de la familia, estos modelos siguen muy alejados de la sociedad mexicana; pero me parece que es posible transitar a un modelo en el que las trabajadoras domésticas cuenten con las condiciones debidas: vacaciones pagadas, seguro social, horario de trabajo establecido y respetado,  aguinaldo, prima vacacional, respeto a los días festivos, pero aunado a todo esto es elemental que tengan condiciones dignas de trabajo, en donde sean consideradas como cualquier otra persona trabajadora, y sobre todo que sus derechos humanos sean respetados.

Es necesario que estos temas se debatan en el ámbito público, que se generen políticas públicas que protejan los derechos de las trabajadoras domésticas pero que también creen conciencia en la población. Las desigualdades y brechas pueden y deben disminuir. Es necesario que la labor de las trabajadoras del hogar sea valorada y remunerada como es debido.

Es un tema que debe ser debatido también en el ámbito privado, discutido y considerado. Debemos hablar de las condiciones laborales de las trabajadoras domésticas, pero sobre todo, hablar con ellas, escucharlas, saber cómo viven, qué les parece, qué no les parece. Urge unirnos como sociedad para generar cambios para todas las personas.

 

Greta Díaz GV
Periodista especializada en temas de género.

Referencias:

• CONAPRED (2017), Encuesta Nacional Sobre Discriminación, Principales Resultados, INEGI, México.

• CONAPRED (2018), Condiciones laborales de las trabajadoras domésticas, SEGOB, México.