Antiespecismo: una breve historia

Ilustración: Estelí Meza

En septiembre de 1994 Sandra —de entonces nueve años—, bajó de un avión en Buenos Aires. Su destino era una jaula en la capital argentina; el espacio le parecía familiar, sus primeros años transcurrieron en un lugar semejante. En suelo porteño parió una hija que, como ella, fue vendida. Pasó once años en soledad, hasta que su vida tuvo un giro trascendental en el año 2015. La jueza Elena Liberatori —con un apellido casi poético para las circunstancias— determinó que Sandra, una orangutana, era una persona no humana y que tenía un derecho a la libertad que había sido violado de manera sistemática. ¿Qué llevó a ese momento? Desde hace años la academia y las cortes reflexionan si los animales no humanos tienen intereses que podrían protegerse. La conclusión suele ser la misma: sí. Aunque las razones varían.

Para entender la historia de los derechos de los animales y del movimiento antiespecista hay cuatro autores fundamentales: Jeremy Bentham, Peter Singer, Tom Regan y Martha Nussbaum.

Utilitarismo: la puerta de entrada

En muchas industrias de producción de carne, las cerdas son recluidas en jaulas tan pequeñas que no les permiten dar la vuelta sobre su propio eje. Las funciones que son obligadas a realizar consisten en quedar preñadas, gestar, parir y amamantar a lechones machos que, al crecer, serán utilizados como alimento y a lechones hembras que, al crecer, vivirán en jaulas parecidas a las de sus madres. En 2008 el estado de California, Estados Unidos, votó a favor de la Ley de Prevención de Crueldad hacia los Animales de Granja, que exigía que las cerdas (así como las gallinas y terneros) tuvieran suficiente espacio para levantarse, acostarse, girar y estirar sus extremidades sin golpearse. Es decir, se votó por medidas que disminuyeran el sufrimiento de los animales, aunque sus muertes no fueran cuestionadas. Los argumentos de Jeremy Bentham defienden una postura similar.

Jurista y filósofo inglés conocido como el padre del utilitarismo moderno, Bentham nació en 1748 y sus ideas respecto de los animales fueron adelantadas a su época. Lamentaba que éstos fueran considerados “cosas” e hizo una acusación retomada por más autores: si las leyes no atienden los intereses de los animales como sí atienden los intereses de los humanos es porque los animales no tienen los mismos medios para exigir rendición de cuentas.

Para los utilitaristas, una acción es adecuada si aumenta la suma de la felicidad de un grupo social o disminuye el sufrimiento. Por eso, Bentham consideraba que los seres que importan en términos morales son quienes tienen la capacidad de sentir. Y dado que los animales, al igual que los humanos, experimentan placer y dolor, el filósofo propuso que su bienestar también fuera considerado. No obstante, no tenía una posición contraria a la necesidad de matarlos, mientras se hiciera de manera humana. La razón, explicó, es que los animales no tienen la habilidad de anticipar el futuro así que no tienen interés en permanecer vivos.

El gran acierto de Bentham fue afirmar que los animales no humanos tienen valor y que éste es tan valioso como el de los seres humanos. Sin embargo, sus postulados al respecto son escasos. Sin embargo, dos siglos después, Peter Singer retomó algunas de sus ideas, refutó unas, y propuso otras.

El prejuicio antiespecista

Singer es un utilitarista australiano, nombrado el filósofo vivo más influyente del mundo y su postura respecto de los animales no humanos es parecida a la de Jeremy Bentham. Concuerda en que la base de la equidad es la capacidad de experimentar sufrimiento o felicidad porque eso es suficiente para tener intereses. En ese sentido, propuso el principio de igual consideración: si dos seres tienen el mismo interés, deben tratarse de la misma manera respecto de éste, con independencia de quienes sean. Para contextualizarlo explicó que los racistas violan este principio si conceden más importancia a los intereses de las personas de su misma raza; que los sexistas lo violan si favorecen los de las personas de su mismo sexo y que los especistas lo hacen si permiten que los de su propia especie pasen por encima de los de miembros de otras especies. El patrón de conducta se comporta de la misma manera.

Para entender lo anterior, es necesario comprender que el especismo es un término creado por Richard D. Ryder en 1970, definido de la siguiente manera:

  1. Discriminación de los animales por considerarlos especies inferiores;
  2. Creencia según la cual el ser humano es superior al resto de los animales, y por ello puede utilizarlos en beneficio 

El concepto se volvió famoso con la publicación del libro Liberación Animal escrito por Peter Singer. A diferencia de Bentham, Singer considera que algunos animales sí tienen interés en una existencia continuada. Sin embargo, aclara que es una minoría. Admite que el sacrificio de la vida de los animales para salvar la vida de un humano con autoconciencia es compatible con el principio de igual consideración. Y menciona que lo anterior no es especista porque lo mismo puede plantearse en sentido contrario: se puede preferir la vida de un animal con autoconciencia (pone como ejemplo a los chimpancés) si entra en conflicto con un ser humano que no la tenga.

Si bien no se opone al uso de animales para experimentos, sólo los justifica si un número suficiente de otros seres se beneficia de éstos. Y establece que en esas circunstancias, que denomina extremas, el principio de igual consideración justificaría que se utilicen seres humanos que no tengan autoconciencia. De este modo, el filósofo australiano contempla nuevas situaciones que para el jurista inglés pasaron desapercibidas: existen grupos humanos que, como los animales, carecen de las características que para el derecho y la sociedad son importantes y que, de seguir un estricto sentido de la congruencia, tendrían que ser tratados de la misma manera en la que se trata a los segundos.

Por supuesto, Peter Singer es un autor fundamental para el movimiento antiespecista. Sus planteamientos incómodos son útiles para cuestionarnos si lo que hemos interiorizado tiene sentido o si, por el contrario, se trata de ideas que padecen de un sesgo discriminatorio injustificado. Su obra permitió que el movimiento se popularizara. No obstante, la perspectiva utilitarista que comparte con Bentham es un obstáculo para dar cuenta de la necesidad de proteger intereses que podrían identificarse como valiosos en sí mismos cuando entran en tensión con intereses de un grupo más grande de individuos.

Hace algunos años ballenas que vivían en las aguas del norte de América tuvieron problemas para comunicarse y buscar alimento. Se separaron de sus crías de manera involuntaria y se interrumpieron sus épocas de apareamiento. Su migración se retrasó y, cuando sucedía, era con reservas de energía reducidas. Lo que estaba detrás era la implementación de una tecnología por parte de la Marina estadunidense que usaba ondas sonoras de baja frecuencia para detectar potenciales amenazas bajo el mar. El caso llegó a la Corte de Apelaciones del Noveno Circuito en Estados Unidos y ésta falló en contra de la Marina. Se determinó que no cumplían con los requisitos impuestos por la Ley de Protección de Mamíferos Marinos: lograr el mínimo impacto adverso posible.

Si la ley que protege a las ballenas y los actores judiciales hubieran tomado como única referencia los postulados de Singer, quizás la decisión judicial habría sido más complicada. Se hubieran tenido que poner en una balanza intereses como la soberanía nacional y la posible afectación a un país con millones de habitantes por un lado, y por el otro, el sufrimiento de algunos mamíferos marinos. Al reducir sus decisiones a un tema de cuantificación, las resoluciones de los utilitaristas como Singer y Bentham terminan siendo un tema de sumas, restas y agregados, y no de protección de individuos.

Nuevas perspectivas: el valor inherente

Una elefanta llamada Happy tenía un año cuando la alejaron de forma arbitraria de su madre y su familia, con quienes vivía en Tailandia. Asustada y confundida, llegó a Nueva York en 1977 para entretener a visitantes y dejar que subieran a su lomo. Vivió con otra elefanta llamada Grumpy durante 25 años hasta que ésta fue atacada y sus heridas resultaron tan profundas que se tomó la decisión de practicarle la eutanasia. En algún momento, Happy participó en la prueba del espejo y la aprobó: reconoció su propia imagen. A partir de lo anterior científicos reconocieron que Happy tenía autonomía, inteligencia y capacidad de entender. Es decir, Happy sabe que Grumpy murió, entiende que su vida progresa de manera secuencial y está consciente de su soledad.

La corte de Nueva York negó una demanda de habeas corpus que reclamaba el traslado de Happy a un santuario. La decisión se basó en que la elefanta no tenía derecho a la libertad porque no era una persona. Sobre este caso, el juez Wilson emitió una opinión disidente con contraargumentos que son similares a los planteamientos del filósofo Tom Regan. En primer lugar denunció que la acción de habeas corpus se ha utilizado para impugnar la detención de esclavos —incluso cuando eran considerados bienes muebles—. Para sorpresa de nadie, los instrumentos jurídicos que les son negados a los animales hoy en día, en otros tiempos han servido para proteger a seres que no eran considerados personas. En segundo lugar, explicó que era una incongruencia argumentar que los animales no podían ser sujetos de derechos dado que eran incapaces de tener obligaciones. Para ejemplificar lo anterior señaló cómo los niños y los adultos severamente discapacitados son sujetos de derechos aunque no se les impongan obligaciones. Y por último, recalcó que Happy comparte características con los humanos que el derecho toma como fundamentales para proteger a los segundos: autonomía, sensibilidad, reconocimiento propio y entendimiento del entorno. Todos estos argumentos fueron planteados años antes por Tom Regan.

Con sus ideas se dio un giro importante en el análisis de los derechos de los animales, pues estableció que los animales no humanos son valiosos en sí mismos y que esto es independiente de lo útil que resulten sus intereses para otros. Señaló la importancia de ver por los seres de manera individual, sin concentrarse en el agregado. Sin embargo, Reagan explicó que la visión utilitarista de Singer es problemática porque cualquier acción, por dañina que resulte para algún individuo, puede terminar justificándose si se demuestra que resultará en un beneficio para un mayor número de personas.

En este sentido, señaló características que han servido para definir a las personas: “conciencia sensorial, sensibilidad (entendida como la capacidad de sentir placer y dolor), habilidades de comunicación, deseos, emociones, creencias, preferencias, memorias del pasado, expectativas acerca del futuro, intención (entendida como la habilidad de actuar con un propósito), razón, autoconciencia y autonomía moral”. Y postuló una idea que comparte con Singer: es contradictorio que si varios individuos presentan o carecen de las mismas características, algunos tengan protección jurídica y otros no. Puso como ejemplo a los infantes humanos que no tienen autonomía moral y señaló que, a pesar de lo anterior, sería difícil encontrar a alguien que les niegue la calidad de personas. Con base en el principio de consistencia, hizo una analogía entre ese grupo y los animales: “si entre ellos no existen diferencias morales relevantes, y los primeros poseen calidad de personas, no hay razón lógica que impida que la misma calidad se les confiera a los segundos”.

Planteó que los animales no humanos, al igual que los humanos, están protegidos por signos invisibles y que las implicaciones abolicionistas son inevitables porque el respeto por sus derechos derriba cualquier otro interés público o privado. Regan afirma que cada individuo tiene un valor intrínseco cuya protección no puede estar sujeta a ningún otro interés. Y aunque imaginar un mundo en el que el uso de los animales quede erradicado de manera absoluta es interesante, la viabilidad de sus postulados no resulta del todo clara.

Capacidades e intereses de los animales no humanos

Al igual que Tom Regan, la filósofa Martha Nussbaum considera que los animales tienen valor intrínseco. Adaptó el marco conceptual de las capacidades elaborado por Amartya Sen para incluir también a los animales. El principio consiste en que los seres vivos tienen una serie de capacidades que deben fomentarse para que florezcan y vivan con dignidad. Los orígenes de esta idea son aristotélicos: si se fomentan las capacidades de los individuos, se obtienen sus mejores versiones. Si no, se obtiene tragedia y desperdicio.

Nussbaum presentó una lista de aspectos a proteger: la vida, la salud, la integridad corporal, los sentidos, imaginación y pensamientos; las emociones, la razón práctica, los vínculos con otros, la convivencia con otras especies de plantas y animales; el juego; y, finalmente, el control respecto del entorno propio. Nussbaum, a diferencia de Singer, considera que incluso los animales que no tienen un interés en la continuación de la existencia, tienen derecho a la vida. No obstante, a diferencia de Regan, no descarta por completo la posibilidad de que se maten animales para comerlos mientras no sea mediante prácticas crueles y dolorosas, y sobre todo, mientras no afecte a los animales sintientes más complejos.

Nussbaum está convencida de que se necesita una revolución ética respecto de los animales no humanos, pero que ésta no basta. Para ella es imperativo crear leyes que protejan a los animales de los abusos humanos. Y explicó que los casos judiciales son una oportunidad importante para lograrlo. Si bien algunas de sus ideas son contradictorias, su teoría es muy valiosa. Colocó a los animales en un nivel más alto al señalar la importancia no sólo de sus vidas (al menos la de la mayoría de los animales sintientes) e integridad, sino de particularidades que pasaron desapercibidas para otros autores. De manera fundamental, planteó la adaptación de herramientas jurídicas para garantizar su protección.

En 2011 un fotógrafo inglés fue a una reserva ubicada en Sulawesi, Indonesia. Ahí vivía Naruto, una macaca negra. El fotógrafo dejó su cámara desatendida y Naruto —de entonces seis años— la tomó para capturar dos autorretratos. Peritos especializados describieron que la macaca actuó a partir de un claro entendimiento de la relación causa y efecto que sucede tras ejercer presión sobre un botón, escuchar un ruido y generar un cambio en el reflejo del lente. Las fotografías se volvieron famosas y generaron beneficios económicos para el fotógrafo inglés.

Se presentó una demanda en representación de Naruto que reclamaba parte de las ganancias producidas. Sin embargo, la Corte del Distrito Norte de California la desechó bajo el argumento de que la Ley de Derechos de Autor aplicable no establecía de manera explícita que un animal no humano pudiera ser autora de una obra. Por eso, a Naruto le fueron negados derechos económicos. Además, el juez Smith emitió una opinión particular en la que explicó su desacuerdo con la representación de la macaca por parte de People for the Ethical Treatment of Animals (PETA). Argumentó que la figura de tutores para animales era susceptible a abusos y que la representación de otras especies era difícil porque no tenemos un entendimiento de éstas como lo tenemos de la nuestra.

Por medio de sus postulados estos autores plantean la necesidad de reflexionar de manera profunda sobre la fragilidad de ciertas posturas morales que han dado lugar a normas jurídicas especistas. Sólo a partir del desarrollo y discusión de ideas se pueden alcanzar reflexiones y propuestas que resulten cada vez más adecuadas. Y lo que funge de motor es la claridad y convicción de que otras formas de vida importan.

El debate tiene sentido en este tiempo por tres razones. En primer lugar, porque es cada vez más claro que la discriminación a la que hemos sometido a otras especies es injustificada si nos volvemos conscientes de los prejuicios internalizados. En segundo lugar, porque el derecho es un instrumento social sujeto a evolución que debe estar a la altura de las necesidades con las que de forma directa o indirecta se relaciona. Muchas decisiones jurídicas afectan de manera negativa los intereses de los animales no humanos. Y si eso es una realidad, también lo es que podemos buscar el resultado contrario: que otras especies empiecen a ser protegidas por medio de estos instrumentos. Y en tercer lugar, porque el mundo que conocemos está en amenaza constante por fenómenos climáticos que hemos propiciado los propios humanos. Esto afecta de manera desproporcionada a grupos vulnerables y a la mayoría de las especies de animales no humanos. La visión antropocéntrica que ha dictado el rumbo de las sociedades es parte del problema. Idear nuevas formas de relacionarnos desde las instituciones puede ser parte de la solución. Que los intereses de más seres se protejan ha dejado de ser una mera cuestión de justicia para convertirse en una cuestión de necesidad.

Alina González Gallardo

Abogada. Fundadora de Rescatalandia.

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Publicado en: Justicia