Con el cambio de año llegaron acontecimientos significativos, notablemente el fin de la inédita coexistencia de un Papa y un Papa Emérito dentro de la Iglesia Católica. En efecto, el último día de 2022 falleció uno de los personajes públicos más controvertidos de los últimos tiempos: el teólogo alemán Joseph Aloisius Ratzinger, también conocido como Benedicto XVI. Curiosamente, en vida fue controvertido para dos bandos diametralmente opuestos.

Por un lado, sus detractores progresistas lo acusaron de ser demasiado ortodoxo y conservador, al negar apertura a desarrollos sociales del mundo moderno, en tanto ocupó el cargo de Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (la oficina encargada de reglamentar cuestiones litúrgicas y dogmáticas) bajo el Papa Juan Pablo II y, más adelante, durante su propio pontificado (2005-2013). En este sentido, criticaron decisiones como su rechazo a modificar la doctrina en temas sexuales y reproductivos, o con respecto al ordenamiento de mujeres y la derogación del celibato sacerdotal. Asimismo, se le criticó por ser laxo en temas de abuso sexual por parte de clérigos.
Por otro lado, Benedicto también causó controversia en ámbitos conservadores que lo admiraban. En efecto, pocos le perdonaron que hubiera abdicado al trono papal en 2013, convirtiéndose en el primer pontífice en renunciar en casi 600 años. Ello, porque tal decisión dio paso a la elección del argentino Jorge Mario Bergoglio —Papa Francisco—, un Jesuita a quien consideran unos de los pontífices más modernistas y doctrinalmente heterodoxos en la historia de la Iglesia Católica, el cual, en su opinión, incluso estaría abriendo la puerta a un Cisma. De hecho, desde su ascensión a la Cátedra de San Pedro, Francisco ha asumido un rol disruptivo —en línea con su advertencia de que en la Iglesia es necesario “hacer lío”— y consistentemente tomado pasos para desmantelar en múltiples aspectos el legado de papas anteriores, sin que Benedicto jamás haya expresado oposición. Así, por ejemplo, Francisco ha mostrado apertura a cambiar la doctrina en temas de moral sexual y permitido la comunión a divorciados vueltos a casar. Además, aprobó acciones hacia una toma de decisiones más descentralizada y “sinodal” en la definición de éste y otros temas. Eso no es todo: en julio de 2021, con la publicación de la carta apostólica Traditionis Custodes, revirtió la decisión de su predecesor de ampliar el uso de la misa en latín (también conocida como Misa Tridentina). Hacia adelante, es previsible que tome pasos para reforzar su agenda de cambios progresistas, al sentirse menos constreñido ante la ausencia del conservador Papa que le precedió. Específicamente, habrá que estar atentos al desenlace del Sínodo sobre la Sinodalidad, proceso que inició en 2021 y cuya Asamblea de Obispos tendrá dos sesiones, en octubre de 2023 y 2024. Desde ahora se anticipa que, bajo el influjo de Francisco, tal Sínodo podría incluso recomendar innovaciones doctrinales para liberalizar el uso de anticonceptivos y bendecir a parejas del mismo sexo.
Pocos pontífices han sido tan disímiles también en aspectos simbólicos: Benedicto era afecto al protocolo y ceremonial papal, en tanto que Francisco ha hecho esfuerzos por mostrar sencillez, descontinuado el uso de vestimentas y automóviles lujosos y rechazando le besen el Anillo del Pescador. Además, el Papa argentino ha buscado revalorar la importancia de figuras como el reformador protestante Martín Lutero, de quien ha colocado estatuas en eventos del Vaticano y dicho que “dio un gran paso para poner la palabra de Dios en manos del pueblo”.
Ante este panorama, será el tiempo, y sobre todo el legado del pontificado de Francisco, el que vaya perfilando con mayor claridad el legado del Papa Emérito; ello, especialmente si la agenda progresista del Papa argentino marca un punto de quiebre en la historia de la Iglesia. En este sentido, está por verse si sobrevive la idea de “hermenéutica de la continuidad” que Benedicto impulsó buscando unir la tradición de la Iglesia con la apertura a la modernidad impulsada por el Concilio Vaticano II, o si a partir de Francisco se instaura un giro modernista mucho más contundente.
Lo que es indudable es que Benedicto fue uno de los más grandes teólogos de la historia y, tal vez, como señaló recientemente un comentarista, “uno de los últimos grandes pensadores del Siglo XX”. En las semanas recientes han aflorado testimonios de quienes lo conocieron, por ejemplo del estudioso católico George Weigel, quien sostiene que se trató de “una de las personas más cultas del mundo, con conocimiento enciclopédico de teología cristiana (católica, ortodoxa y protestante), filosofía (antigua, medieval y moderna), estudios bíblicos (aproximación judía o cristiana) y teoría política (clásica y contemporánea)”. A este último respecto, recordemos que Benedicto no rehuyó debatir con filósofos de la talla de Jürgen Habermas para hablar sobre temas como “los fundamentos morales del Estado liberal”. También tuvo gran conocimiento de literatura y artes; al respecto, sus conocidos recuerdan que podía tocar todas las sonatas para piano de Mozart, muchas de ellas de memoria. De manera relacionada Weigel sostiene que “su mente era luminosa y ordenada; cuando se le hacía una pregunta, respondía articuladamente en párrafos completos, en el tercer o cuarto idioma que dominaba a la perfección”.
En suma, Benedicto XVI dejó un legado vital de fe y una vastísima obra escrita que eventualmente podrían hacer que se le declare Santo y Doctor de la Iglesia. Más aún, no sería extraño que tanto entre creyentes como no creyentes resuene por largo tiempo su llamado a evitar una “dictadura del relativismo”, sobre la que advirtió al inicio de su pontificado. Ello, en la búsqueda por encontrar en la posmodernidad asideros firmes e inamovibles —válidos en todo momento y lugar— para la defensa de los derechos y la dignidad humanas.
Alejandro Aurrecoechea Villela
Analista político
Muchas gracias por tan conocedora información. Me han impresionado muchas cosas, pero que tocara las sonatas de Mozart me parece una rareza que nunca hubiera puesto en mi idea de un Papa. Siempre es bueno saber más.
Gracias por la reseña de una vida articulada, valiosa e inteligente. Creo que la labor de un líder se encuentra influenciada por valores de su época, su formación académica e intereses personales. En el caso de un teólogo, podemos concordar o discrepar con las manifestaciones expuestas por su corriente de pensamiento pero apreciar su dedicación al estudio y la divulgación de su propuesta. Así mismo, creo que debemos honrar nuestro propio credo sin desdeñar las diversas corrientes de pensamiento esparcidas por el mundo. Admiro a esos personajes que enriquecen su vida por el aprecio al arte, en particular la música, así como al desarrollo intelectual y al nutritivo cultivo de la FÉ.