
Salí de mi casa con la idea de que tenía que escribir sobre Pablo Gómez: el plurinominal convertido en el mayor enemigo de los plurinominales, el exsecretario técnico del Pacto por México –hoy representante de las masas inconformes ante las élites de los partidos–. Quería escribir sobre cómo parece inevitable que la reforma electoral que impulsa termine por colisionar con los factores reales de poder que Ricardo Monreal coordina desde la Cámara de Diputados. Estaba en eso cuando un auto pasó a toda velocidad y levantó el agua sucia de un charco que me empapó de la cintura para abajo. La ciudad no perdona.
Casi tres décadas de gobiernos del cambio y nomás no cambia la costumbre de ver la ciudad sumergida en aguas negras: avenidas convertidas en canales, casas que tragan lodo, coches varados como balsas, las típicas lluvias atípicas. Lo paradójico es que, aunque el agua se atasca, también hace falta en las casas, colonias enteras donde la gente se levanta con la angustia de no poder bañarse, lavar platos, ni jalarle al excusado, así que deben organizarse, correr la voz, hablarle al vecino que tiene el contacto de la pipa. Pero los piperos cobran lo que quieren, porque tienen su negocio en la necesidad de la gente.
El sobresalto me hizo notar que, a mi lado, había un cartel mal pegado en un poste. La foto de una joven desaparecida. El papel estaba rasgado, y debajo se asomaba otro, más viejo, con otro rostro también desaparecido. Me detuve un momento para mirarlos. Recordé cuando la ahora presidenta presumía que como Jefa de Gobierno había bajado los homicidios. Lo decía mientras crecía el número de desaparecidos. Periodistas lo señalaron, pero el gobierno sacó a un comisionado de la verdad para decir que todo estaba bien. Desde entonces, la gente sigue sin aparecer, y él sigue dando entrevistas.
Hace unos días, las madres buscadoras cerraron Tlalpan. Querían que las dejaran entrar a un predio donde, decían, había fosas clandestinas. No salió en todos los medios, porque esa misma mañana, también en Tlalpan, asesinaron a Ximena y Pepe, dos colaboradores de Clara Brugada, la jefa de gobierno. Todavía no sabemos por qué los mataron ni quién lo hizo. Algunos detenidos hay, pero las explicaciones no llegan. Sólo quedó un slogan: “no nos arrebatarán la utopía”.
Qué curiosa palabra para un slogan: utopía. No es objeto ni logro consumado, sino proyección, horizonte, imaginación compartida. Se pueden arrebatar tierras, cargos, pero la utopía no: por definición es un no-lugar, un plan, una doctrina, una representación imaginativa de una sociedad futura. Arrebatar la utopía es como arrebatar el viento. Pero lo que sí casi me arrebatan fue el celular.
Una tarde cualquiera, cargado con bolsas de pan, jamón y otros ingredientes para la cena, me detuve en una esquina mientras esperaba el DiDi que solicité. El semáforo estaba en rojo, los coches detenidos, una moto con dos jóvenes aguardando. Cuando la luz cambió a verde, saqué el teléfono para verificar las placas –gesto rutinario, apenas una costumbre de seguridad. En segundos la moto se acercó, el joven de atrás extendió la mano y gritó con furia: “¡Dámelo, hijo de tu puta madre!” Sujeté el celular con fuerza, instinto puro, y me eché hacia atrás. No pudo quitarme el teléfono. Nuestros ojos se cruzaron un momento: los suyos ardían de rabia y fracaso. La moto aceleró y desapareció. Quedé paralizado, con la mente en blanco, hasta que los cláxones me devolvieron a la escena. El auto negro frente a mí bajó la ventanilla: “¿Está bien, señor Hugo?” Era mi conductor. Subí y él hablaba agitado: “Creo que me espanté más que usted. Pinches chamacos. La ciudad está de locos.”
La locura de la ciudad no respeta ni siquiera los lugares donde la izquierda envejecida se reúne a beber y recordar sus glorias. En un famoso centro cultural, donde coincidieron activistas, funcionarios, periodistas e incluso emisarios de Podemos para presenciar el espectáculo de un artista de izquierdas, irrumpió de pronto la Guardia Nacional junto con el Ejército. Clausuraron el show porque, decían, faltaba un permiso. “¡Pinches fascistas!, gritaron algunos mientras salían del lugar. Debió ser una falta grave, porque el mismo artista antisistema se presentó al día siguiente en el deportivo Ciudad Jardín, en Nezahualcóyotl, sin problemas, aunque es verdad que todos saben que en Neza los espectáculos siempre cumplen con las normas de protección civil. En fin, un escándalo: ¿quién mandó al ejército y a la Guardia Nacional?
Para escándalo, el que provocó la marcha contra la gentrificación, esa palabra que alguna vez servía para describir un proceso económico y social con bordes claros: desplazamiento, aumento de rentas, y que ahora sirve para cualquier cosa. A la marcha llegaron los vecinos preocupados porque ya no les alcanza para pagar la renta o porque los están desplazando; los colectivos con pancartas de frases largas y dibujadas a mano; también encapuchados que rayaban paredes con aerosol negro y que luego gritaron que había que correr a los gringos. Los encapuchados pintaron la consigna “fuera gringos” sobre un anuncio de Bluey, una serie para niños, niñas y sus papás. Pero Bluey es australiana, no gringa, aunque a nadie le importa, porque pa’ pronto, en la Condesa, en la Alcaldía Cuauhtémoc, supongo, todos los güeros son gringos.
La alcaldesa de Cuauhtémoc no respondió a la marcha con una política, sino con una estrategia de comunicación, a la que ahora llama resistencia: mandó quitar las estatuas de Fidel Castro y del Che Guevara, y dijo en redes sociales que lo hacía porque eran dictadores y porque se habían quejado los vecinos. Y lo dijo como si con eso hubiera resuelto algo. La verdad es que fue un éxito inmediato, no porque arreglara las calles llenas de baches, ni porque mejorara la iluminación, sino porque todos se pelearon en redes. Y entre comentarios y memes se armó el espectáculo perfecto.
Incluso el gobierno de la ciudad entró en la discusión, aunque la verdad no recuerdo qué dijo, porque en estos tiempos así es: el escándalo ilumina la pantalla de dispositivos y computadoras por unos días y de pronto se apaga, y con ello llega el olvido, y nadie vuelve a hablar del tema: ni de las estatuas ni de los vecinos desplazados ni de las rentas imposibles. Lo que queda es que la capital se transforma mientras otros resisten, aunque no sabemos qué se transforma ni para qué se resisten; resistencia, por cierto, es otra palabra curiosa, porque originalmente significaba, de manera literal, “quedarse atrás”.
Pero bueno, les decía, estaba pensando en lo importante: en Pablo Gómez: el plurinominal convertido en el mayor enemigo de los plurinominales, el exsecretario técnico del Pacto por México –hoy representante de las masas inconformes ante las élites de los partidos–, Quería escribir sobre cómo parece inevitable que la reforma electoral que impulsa termine por colisionar con los factores reales de poder que Ricardo Monreal coordina desde la Cámara de Diputados…
Hugo Garciamarín
Doctor en Ciencias Políticas por la UNAM y director de la Revista Presente