
Alguna vez unos extranjeros me pidieron que les explicara por qué en México se grita para conmemorar la Independencia. Nunca me lo había cuestionado. Para mí era lo más natural, un rito asumido sin reparos que se repite cada septiembre bajo la inercia de un país donde normalizar el absurdo es una entrañable seña de identidad. Quizá por eso cuando uno intenta explicarlo descubre que lo que parecía tan obvio es en realidad un gesto cargado de contradicciones; una mezcla de fervor patriótico y rutina burocrática, de memoria histórica y de improvisación folclórica.
Lo cierto es que con los años esta conmemoración resulta cada vez más artificiosa y desnaturalizada. La pretendida épica que acompaña la ceremonia del Grito es proporcional a la mezquindad con que distintos gobernantes la instrumentalizan derrochando presupuesto en petardos y grupos musicales. La fiesta patria termina por exhibir el bochorno de una clase política que ha hecho de este evento cívico un escenario de despilfarro, tropiezos y ocurrencias.
Las ridiculeces de este año fueron abundantes. En Coahuila un alcalde logró una extraña fusión de personajes históricos al proclamar: “¡Viva Josefa María Morelos y Pavón!”; en Puebla, el gobernador rebautizó a Leona Vicario con un insólito “¡Viva Leonorio Vicario!”; mientras que en Campeche un alcalde, incapaz de recordar el apellido de la Corregidora, improvisó un desconcertante “¡Viva Josefa Ortiz de Pinedo!”, en clara alusión a su familiar el doctor Cándido Pérez.
El performance de la política mexicana contrasta con la pequeñez de sus resultados. Mientras se invierte energía en la puesta en escena, la realidad muestra hospitales sin medicinas, escuelas sin mantenimiento, calles llenas de baches. La parafernalia del poder revela que el Grito convoca tanto como confunde; emociona a la multitud al mismo tiempo que evidencia la distancia entre lo gritado y la vida que se padece.
Así, mientras los reflectores se concentran en la forma, lo trascendente ocurre lejos de vacuas festividades en la cotidianidad de lo local, en esos espacios donde la política adquiere otra densidad y, de manera inesperada, suelen germinar los experimentos más significativos.
Es allí donde aparece la historia de San Pedro Garza García, municipio del área metropolitana de Monterrey, conocido por sus contrastes y por la imagen estereotípica que lo persigue como el municipio más rico de América Latina, con un PIB per cápita récord y sus calles llenas de camionetas blindadas transitando la Sierra Madre. Se han hecho muchos esfuerzos para retratar y explicar San Pedro: series, artículos, documentales, reportajes y hasta caricaturas sociales. Entre todas, quizá Cindy la Regia sea el retrato cultural más popular, una sátira que convierte a los habitantes de este municipio en emblema de frivolidad.
Yo mismo nací del lado equivocado de la loma, y siempre miré con cierta fascinación y recelo la manera en que San Pedro se erigía como un pequeño enclave dentro de Nuevo León. A medio camino entre suburbio exclusivo y caricatura clasista de lo que significa el privilegio en México.
De ese lugar, tan atípico como influyente, emergió en 2018 la candidatura independiente de Miguel Treviño. Contra todo pronóstico, y enfrentando tres décadas de hegemonía panista, este personaje ganó la alcaldía en dos ocasiones: la primera frente a Rebeca Clouthier y la segunda frente a Mauricio Fernández. No era un político de carrera, no tenía detrás a un partido, ni arrastraba compromisos con estructuras tradicionales. Lo suyo parecía una apuesta temeraria que pocos tomaron en serio. Pero el triunfo llegó, y con él un experimento que merecía ser contado. De ahí surge Contracorriente. Por qué y cómo entrarle al reto de rescatar tu ciudad (Aguilar, 2025), libro recién publicado que combina crónica personal, memoria de gestión y manual de gobierno.
Algo de lo que más llama la atención de dicha obra es su tono: lejos de la rendición de cuentas fría o del recuento triunfalista, se ofrece una narrativa que expone aciertos y errores. El propio Treviño arranca con una frase provocadora: “el universo conspira contra los resultados del gobierno”. Y a partir de ahí, se dedica a demostrarlo. Gobernar, nos dice, es remar contracorriente en un sistema diseñado para perpetuar inercias: periodos cortos, trabas legales, celos partidistas, burocracia resistente al cambio, improvisaciones inevitables. Lo interesante es que, en vez de resignarse, Miguel presenta cómo fue posible transformar lo fatal en una oportunidad, apoyándose en una visión clara, un equipo comprometido y una sólida brújula moral.
Es innegable que en seis años San Pedro cambió. Si durante décadas las actividades de convivencia de las familias sampetrinas se replegaron hacia el interior de las casas, los clubes privados o los centros comerciales, ahora los parques, las plazas y las banquetas recuperaron protagonismo. El espacio público, antes relegado y casi inexistente en la agenda, comenzó a verse como un bien común, un lugar para encontrarse y no sólo para transitar. Esa transformación no fue producto de la casualidad ni de la simple voluntad política, sino de un cambio de perspectiva en la manera de concebir la ciudad.
Esto es quizá la mayor virtud del testimonio de Contracorriente, ya que por lo general la gestión urbana en México “depende de las ocurrencias del alcalde en turno, mientras que a nivel global, el estudio de los fenómenos urbanos ha tomado un enfoque científico”. Esa desconexión explica buena parte del rezago de nuestras ciudades, pues en lugar de diagnósticos serios, predominan los caprichos sexenales; en lugar de continuidad institucional, la obsesión por inaugurar obras visibles, aunque carezcan de sentido estratégico. Frente a esa lógica cortoplacista, la apuesta de una gestión basada en datos, rutinas de evaluación y objetivos marca diferencia y abre la posibilidad de construir políticas urbanas que trasciendan el calendario político.
La clave para tener un país menos anclado en el simbolismo y lo retórica radica en fortalecer lo local, reconocer experiencias exitosas y dar continuidad a proyectos que transforman la vida cotidiana. Se trata, en suma, de ponerse a trabajar, de “entrarle” a los problemas reales y de arriesgarse a cambiar inercias que parecían intocables.
Existen gobernantes locales en México que vale la pena tener en el radar. Perseo Quiroz en Tepoztlán, alcalde independiente, becado en Fullbright que decidió entrar a la política para enfrentar el desarrollo urbano desordenado, defender el patrimonio natural y regenerar uno de los parques más emblemáticos de la comunidad. En Cancún, Ana Paty Peralta ha impulsado un presupuesto participativo que involucró a miles de ciudadanos para decidir sobre alumbrado, movilidad y rescate de espacios públicos. En Saltillo, Javier Díaz ha destacado por su gestión de servicios municipales, finanzas sanas y la recuperación del centro histórico. Antonio Astiazarán en Hermosillo ha colocado a su administración como referente en sustentabilidad, con proyectos de energías renovables, reciclaje y movilidad sostenible que buscan convertir a la capital sonorense en una “ciudad solar”. Y en León, Alejandra Gutiérrez trabaja en consolidar una de las redes de parques más ambiciosas del país, con disciplina y visión de largo plazo.
Cito algunos casos que conozco de primera mano, aunque seguramente hay muchos más. Con independencia de partidos, geografías o trayectorias personales, lo cierto es que empiezan a surgir alcaldes y alcaldesas que rompen inercias y muestran que lo local puede ser un verdadero espacio de experimentación política y de compromiso con la comunidad.
Me encantaría pensar que en medio de tanta estridencia también podamos celebrar la congruencia de figuras como Miguel Treviño. En tiempos en que todo se sobreactúa y se viste de épica, el mérito de este tipo de gobernantes es recordarnos que la política también puede ejercerse con mesura, discreción y un compromiso auténtico con la vida cotidiana de la gente.
Ojalá que los gobernantes que lean el libro de Miguel encuentren ahí un recordatorio de que el verdadero Grito de independencia hoy ya no se mide en decibeles o miles de pesos gastados, sino en la capacidad de gobernar con principios, de poner manos a la obra y de arriesgarse a cambiar inercias sin dejar de ser congruentes.
Juan Jesús Garza Onofre
Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM y profesor en El Colegio de México y el ITAM.